LA SINGULARIDAD Y LA FALLA – UNA ESCRITURA PARA LA CLÍNICA
Por Éric Laurent
2024/10/12
Christiane Alberti:
¿Ahí, me escuchan? Sí. Entonces, vamos a comenzar rogándoles disculparnos por esta demora. Entonces, tengo el placer de acoger y presentarles a Éric Laurent para la conferencia de este inicio de la tarde. Podría decir que no se lo presenta, pero, aun así, tengo ganas de decir que es psicoanalista, que es miembro de la Escuela de la Causa Freudiana, que ejerce el psicoanálisis en París, que es antiguo presidente de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, que es doctor honoris causa de la Universidad de Córdoba en Argentina y que es el autor de numerosas obras, sobre todo Lost in cognition -una obra sobre psicoanálisis y ciencias cognitivas-, La batalla del autismo, El revés de la biopolítica para citar los más importantes. Señalaré igualmente algunos de sus últimos artículos, sobre todo en el número de Ornicar? titulado “Decir”, la excelente revista Ornicar? que será presentada en un momento. Esta mañana se tratado del decir. Entonces, el artículo se titula “Conjetura del saber y deseo de LOM”. Señalaré igualmente en el número de Mental sobre la “Ecología lacaniana” el artículo de Éric Laurent “La angustia del científico y su síntoma” e igualmente su artículo “El padre contingente o necesario” en el número consagrado a la impotencia del Padre.
Entonces, sin tardar, para no perder tiempo, le voy a pasar la palabra. Nos va a hablar sobre “La singularidad y la falla”.
Éric Laurent:
Gracias, Christiane, por la presentación. Voy a hablar y sí, bajo el título de “La singularidad y la falla” con un subtítulo “Una escritura para la clínica”.
Esta jornada nos propone articulaciones entre la clínica y la singularidad. Esta articulación presenta varias antinomias. La ambición de la clasificación clínica es, precisamente, poder hacer prevalecer los agrupamientos, los tipos clínicos en detrimento de la singularidad. Y al inverso, la singularidad es una máquina de guerra contra el agrupamiento clínico, sea cual fuere. Lo veremos en la historia de los usos de las más importantes clasificaciones clínicas contemporáneas, el DSM estadounidense -Diagnostic and Statistical Manual-. Estas antinomias, singularidad y clasificación clínica, se radicalizan en la perspectiva lacaniana donde la singularidad no es abordada como entidad, sino como falla. Sin embargo, veremos, para concluir, que Lacan propuso una escritura para una clínica contemporánea del discurso psicoanalítico. Esta escritura cambia el sentido y los usos de la palabra «clínica».
Primero, examinemos la singularidad contra la clínica y el historial de proyecto DSM. La publicación del DSM-5 en 2013 fue acompañada por debates virulentos en el seno de la American Psychiatric Association alrededor de la respuesta a una pregunta: ¿qué es lo que se malogró con el DSM-5? What went wrong con el DSM-5? Esto tanto de la parte que permanecen globalmente favorables a la iniciativa DSM como aquellos que se opusieron radicalmente. Un acuerdo se dibujaba sobre la ruptura enfatizada en la última edición del manual, pero sin que haya acuerdo acerca de la naturaleza del franqueamiento operado. Así, los debates tuvieron la particularidad de recoger puntos de vista muy críticos formulados por antiguos responsables en los más altos niveles de las ediciones precedentes, sea el fundador del conjunto del proyecto DSM, Robert Sptizer, o una de los ochos personas en el origen del DSM-III -como Nancy Andreasen- o, incluso, Allen Frances, responsable del DSM-IV. Las críticas de Spitzer recaían sobre todo en la extensión hiperbólica de los procesos burocráticos de elaboración del DSM-5, lo que implica reuniones sin fin, de secretos, de cláusulas de confidencialidad, hermetismo de los comités, retardos en los ensayos clínicos de pensadores diversos, etc. Así, la cualidad clínica habría sufrido de este barullo burocrático.
Pero la crítica más aguda vino de aquel que conocía perfectamente el interior del funcionamiento del sistema, el responsable del DSM-IV, Allen Frances, quien, en el momento mismo cuando se publicó el DSM-5, consagró un libro a los efectos perversos del DSM. Pero, antes de demolerlo al DSM-5, justifica la necesidad del conjunto del proyecto DSM. Su justificación es tanto más sorprendente ya que es un psiquiatra formado completamente en la Universidad de Columbia, la cual tiene un departamento de psiquiatría orientado por el psicoanálisis desde los años ’40. Es también psicoanalista. Y, para él, el proyecto DSM-5 -y el DSM en su proyecto global- es crucial y considera que ese proyecto salvó a la psiquiatría en los años ’80 liberándola de confusiones y ambigüedades en el corazón del modelo psicoanalítico. Lo que es astuto es que el resalta que la dificultad del psicoanálisis para inspirar clasificaciones estables en psiquiatría no está ligada a una impotencia contingente. Dice que es cosubstancial a su discurso. Es un imposible. Así, él formula de la manera estadounidense. Dice: “El modelo psicoanalítico tenía tendencia a quererse un poco como un atrapa-todo, con una notable excepción y es que lo normal allí no encuentra lugar. Para Freud, nadie es completamente normal. Todos somos más o menos neuróticos”. Considera que, con ese punto de vista, es imposible clasificar correctamente las diversas rúbricas de la psicopatología. Todo desborda sobre todo. Y, así, lo que Frances resalta sobre Freud es lo que Lacan radicalizó con su dicho al que le consagramos un Congreso: “Todo el mundo es loco, es decir delirante”. La tesis de Frances es clara y robusta: si no hay lugar para lo normal, entonces todo es patológico y la psicopatología se vuelve inclasificable.
Más allá de la necesidad epistemológica del proyecto DSM, quiere enseguida dar cuenta del fracaso del DSM-5. Considera que el DSM-IV estaba muy bien, que todo iba bien hasta allí. Pero, luego, entre el DSM-IV y el DSM-5, hubo el surgimiento de burbujas diagnósticas. Lo dijo en los últimos 15 años -ya que son 15 años los que separaron el DSM-IV y el DSM-5: “Cuatro grandes epidemias de trastornos mentales estallaron de repente: el número de niños bipolar aumentó 40%; los autistas un 30%; los hiperactivos con trastornos de la atención se triplicaron mientras que la proporción de adultos elegible para un diagnóstico de bipolaridad se duplicó. Entonces, considera que, en 15 años de cifras iguales, éstas están ligadas a efectos de clasificación a la deriva.
Y, para él, la clave del fenómeno es que tres años antes de la publicación del DSM-IV en 1997, los lobbies de los laboratorios farmacéuticos obtuvieron una gran victoria en los Estados Unidos y obtuvieron -es el único país del mundo donde es el caso- el poder autorizar la publicidad directa de los medicamentos hacia los consumidores. Entonces, a partir de esa fecha, no hay ya límites del marketing directo hacia los médicos y consumidores de todas las metáforas inventadas por las publicidades de la salud. El éxito del «desequilibrio químico» para dar cuenta de todo en psicopatología no tendría límite. El rol de la Big Pharma en la sobremedicalización, en la promoción de la medicalización de la vida es central para Allen Frances y él añade el peso de las asociaciones de padres que quieren tener acceso a servicios apropiados para sus hijos, acceso que sólo el diagnóstico da derecho y es necesario el mejor diagnóstico, aquel que dé acceso a más derechos y entre ellos el diagnóstico de autismo. Por ende, las asociaciones militan para que el diagnóstico sea el más generosamente atribuido de manera tal para tener derechos para sus hijos. Y, finalmente, el rol de las asociaciones de consumidores que buscan reagrupar siempre más adherentes alrededor de una clasificación particular.
Entonces, el peso respectivo de los diferentes factores del contexto puede discutirse, pero el resultado final es innegable. De una cierta manera, el contexto ha venido al cabo del texto y se tiene la sobremedicalización. Según Frances, esto hace un fenómeno de civilización -lo cito- “a medida que nuestro mundo se globaliza y se homogeniza, también nuestra tolerancia frente a la excentricidad o la diferencia y que tengamos de golpe tendencia a medicalizar”. Entonces, las burbujas diagnósticas son para él un simple efecto de esta nueva aproximación civilizatorio.
Entonces, el peso respectivo de los diferentes factores del contexto puede discutirse, pero el resultado final es innegable. De una cierta manera, el contexto ha venido al cabo del texto y se tiene la sobremedicalización. Según Frances, esto hace un fenómeno de civilización -lo cito- “a medida que nuestro mundo se globaliza y se homogeniza, también nuestra tolerancia frente a la excentricidad o la diferencia y que tengamos de golpe tendencia a medicalizar”. Entonces, las burbujas diagnósticas son para él un simple efecto de esta nueva aproximación civilizatorio. Contra la normalización, Frances pone su esperanza en el reconocimiento de un mayor lugar para lo normal que reduciría la extensión de lo patológico.
Veamos ahora el fenómeno inverso, la clínica contra la singularidad y este significante-amo. Lo normal funciona, para Frances, como un obstáculo epistemológico que le impide reconocer el lugar del sujeto. Permanece pegado al individuo en su normalidad en el seno del colectivo de la clasificación. Ahora bien, como lo nota Lacan en una frase brillante como un diamante, “el colectivo no es nada sino el sujeto de lo individual”. Hay, así, cuando pronuncia esta frase al final de los años ’40, cuando se hablaba todavía de inconsciente colectivo y, por ende, el colectivo no es nada -es al menos esta tesis-. No hay inconsciente colectivo, sino que el sujeto de lo individual es que no hay individuos. No hay individuo aislado en el sentido liberal del término. Para nosotros, al seguir a Lacan, cada individuo está atravesado por un efecto sujeto y, de allí, articulado al único lugar común: el lugar del Otro. Hay dos facetas de la cuestión del sujeto que se revelan en la clasificación diagnóstica: ¿el sujeto es aquel que puede encontrar un lugar ubicuo en la clasificación o el sujeto es aquello que escapa a toda clasificación? De hecho, está a la vez en todo lado y en ninguna parte. El sujeto del inconsciente lacaniano es perceptible a partir de lo que cojea y, justamente, las clasificaciones cojean sea cuales fueren. Deslizamientos se producen sin cesar dando lugar a lo que ha sido nombrado por estadistas como el «efecto jabón». Las clasificaciones no son conceptos que están ahí para ponerles la mano encima, sino que ahí se les escapa como el jabón que resbala.
Los sujetos se amparan en las categorías que les son propuestas por los especialistas para hacer de ellas un uso fuera de etiquetas, off label -como se dice- y no solamente para los medicamentos. Y esto lo vemos para las tres categorías clínicas que han formado las burbujas clasificatorias: bipolar, autista e hiperactivo. Es un efecto que el epistemológico Ian Hacking había nombrado como el looping effect, el efecto de bucle donde el sujeto se ampara y se reivindica de la categoría con la cual se lo segrega. La burbuja diagnóstica debe mucho a sus efectos de envoltorio y esas burbujas se acompañan muy bien del carácter incierto de ciertos diagnósticos favoritos como aquel de trastorno de déficit de la atención con o sin hiperactividad que es el trastorno más incierto en su fundamento, aunque sea el más expandido mundialmente y que resisten a todas las críticas fundadas que le son dirigidas. Hay siempre 10% más de TDAH por años sea cual fuere la crítica.
El efecto identificatorio hecho por las categorías hace que los sujetos hablen de sí mismos en la lengua del especialista que se establece como metalenguaje. Y ahí el dicho de Lacan según el cual “no hay metalenguaje” se verifica una vez más. No hay separación neta entre lo que sería la lengua en la cual se dice el síntoma es la metacategoría utilizada para aprehenderla. Algunos se entusiasman por ese régimen identificatorio nuevo. Es el caso de Erenberg que ustedes escucharon esta mañana quien, en un texto, La mecánica de las pasiones, decía en una suerte de automedicalización donde la popularidad de las categorías del DSM juega un rol patente, los dichos espontáneos se parecen tomarse como un discurso de un médico. El DSM inventó un régimen de reivindicación clínica y de identificación patológica de un nuevo tipo, el cual rompe con la confidencialidad tradicional diagnóstica psiquiátrica. Bueno, sería necesario atemperar ese entusiasmo constatando que esto no vale para todas las clasificaciones. Uno se dice de buena gana bipolar, hiperactivo o autista de alto nivel; se califica de buen agrado a todos los enemigos como perversos narcisistas, pero se utiliza poco la categoría de esquizofrénico parafílico para designarse a uno mismo. Las categorías a las cuales las personas se identifican fácilmente funcionan, de hecho, como significantes-amos. A estos nuevos significantes-amos respondes, por ende, como S2, los testimonios de los sujetos que proponen sus casos como ejemplo de narraciones, de modalidades de vida con un diagnóstico vivido de manera singular y ese tipo de relato atraviesa todo el campo clínico. Se podría también añadir que el discurso psicoanalítico tenía antes los significantes-amo DSM y había logrado también hacer categorías clínicas tomadas de la clínica psiquiátrica, significantes-amo en los cuales el sujeto se reconocía con cierto júbilo. Era el caso de los diagnósticos como histeria y obsesión.
Las categorías identificatorias y sus relatos no cesan, sin embargo, de deslizarse. Un extraño sociólogo, Zygmunt Bauman, señalado por el papa Francisco, se volvió famoso por haber calificado a nuestros tiempos como líquidos. Reformula ahí el famoso dicho de Marx según el cual el capitalismo hace pasar lazos más sólidos y más antiguos. El texto alemán, “Alles stehende verdampft”, tiene más que ver con la evaporación, lo gaseoso. Había que encontrar una palabra para calificar los efectos de nuestra modernidad. Bauman lo encontró, es lo líquido. Las nuevas identidades y los nuevos significantes-amo que se proponen también en las clasificaciones están marcados por lo transitorio y lo precario, por la fugacidad, berglischkeit, para retomar un adjetivo freudiano.
Vengamos a una función de la clínica, la clínica de antes del discurso psicoanalítico el que, en relación con el psicoanálisis, puede hacer función de superyó. La clasificación clínica en la medida donde la ambición para hacer valer para todos tiene una dimensión de superyó. Hay una glotonería superyoica en la voluntad de la clínica de hacer desaparecer a las excepciones. Se encuentra ahí que el universal está al servicio de la voluntad de goce, como dice Jacques-Alain Miller en su “Teoría de Turín”. Es un punto que debe vigilar el psicoanalista en las supervisiones. A menudo, los supervisantes se entusiasman y piensan que la singularidad del inconsciente puede elevarse por las montañas de la clínica y hacer mentir el saber acumulado por la repetición y la regularidad clínica. Por ejemplo, la frecuencia de los pasajes al acto en las psicosis pasionales, la regularidad de los pasajes al acto en las erotomanías. Recordar la clínica puede, en este caso, echar un baldazo de agua fría sobre las esperanzas excesivas y recordar la dura realidad. Hay que cuidarse de hacer de esto un uso superyoico. El saber clínico es necesario cuando el acto analítico debe ser atemperado por las exigencias terapéuticas. Cuando hay análisis como tal, entonces las antinomias entre clínica y singularidad pueden alcanzar su más alta intensidad.
Si las identidades tambalean tan profundamente, es que no hay sino identificaciones porque no hay identidad que se sostenga. La identidad es una crisis de manera fundamental ya que creerse Uno es una ilusión, una pasión, una locura según las diferentes maneras en que Lacan pudo nombrar al narcisismo. Desde 1946, en su texto sobre “La causalidad psíquica”, Lacan lo subraya: “Las primeras elecciones identificatorias del niño no determinan nada sino esa locura por la cual el hombre se cree un hombre”. Fin de cita. Creerse Uno es fuertemente designado como pasión narcisista. Cita una vez más del ’46:
“En ella se hace presente la ilusión fundamental de la que el hombre es siervo, mucho más que de todas las “pasiones del cuerpo” en sentido cartesiano esa pasión de ser un hombre, diré, que es la pasión del alma por excelencia, el narcisismo, que impone su estructura a todos sus deseos, aun a los más elevados.”[1]
El sujeto del inconsciente es puntual y evanescente a contrapelo de las identificaciones. Es, por tanto, que los discursos buscan nombrarlo de una manera o de otra. El discurso político, el discurso del amo, hace de la identificación la clave de una captura. Como lo subrayó Jacques-Alain en un texto que es una entrevista dada a esta universidad, lo cito:
“A los ojos de Lacan, la política procede por identificación. Manipula los significantes-amos. Busca así capturar al sujeto. Esté, hay que decirlo, no demanda sino esto siendo como inconsciente una falta de identidad. Vacío. Evanescente. El psicoanálisis como práctica va contra las identificaciones del sujeto. Las deshace una a una, les hace caer como la piel de una cebolla y de esta manera envía al sujeto a su vacuidad primordial.”
Fin de cita de Jacques-Alain.
Es a partir de ahí que en la práctica de la cura se puede pensar un atravesamiento del fantasma apoyándose en el deser del sujeto. Vemos bien la oposición entre los regímenes, entre identidad e identificación y cómo cae el discurso. La manera en que el discurso del amo quiere decir consistencia a la identificación se encuentra movilizada de manera crucial por la política de las identidades en plural. Se trata, en esta rúbrica, de remplazar los grandes relatos políticos por los relatos fragmentados de la conquista de la igualdad de derechos entre diferentes comunidades en las cuales se reclama el sujeto -sean minorías sexuales, minorías raciales llamadas racializadas- y hacer de la igualdad de derechos de las diferentes minorías un gran relato político parece ser una de las apuestas capitales del discurso político contemporáneo. Esto da lugar a una proliferación de los relatos.
Pero la proliferación de nombres, de relatos, de comunidades, ¿recubre la falla fundamental del sujeto del inconsciente y de la mentalidad en el sentido de Lacan? Cito a Lacan:
“No es para nada identitaria la enfermedad mental. Es más bien la mentalidad la que tiene fallas. La falla de la mentalidad abre un agujero en el discurso y la potencia propia del discurso psicoanalítico procede de otra manera que la del discurso del amo para recordar al sujeto la singularidad de sus deseos, de su fantasma, de sus síntomas. No entrega un significante-amo nuevo. Quiere separar al sujeto de ese significante-amo para aislar la diferencia absoluta. Es ahí donde el proyecto psicoanalítico, que debe llevar a cada uno a la singularidad de su delirio”, según el dicho de Lacan.
Esto sobrepasa el proyecto de Allen Frances quien quería salvar la normalidad. Anhelamos, al revés, destruir el prestigio de esto. Recordar que todo el mundo está un poco enfermo, descentrado, desfasado, excéntrico nos permite hacer entrar el sujeto en escena que esta ahí en todo individuo. La manera propia de organizar su goce, la singularidad del fantasma, la singularidad del modo de gozar de cada uno encuentra cómo ordenarse a partir de los correlatos fantasmáticos entre el sujeto y su plus-de-gozar. Es esta existencia de la que se trata hacer valer en todo discurso.
Vayamos, entonces, a la manera en la cual Lacan resuelve la dificultad entre esta esta singularidad atópica y un discurso posible. Propone de ello una versión en un texto de 1975, “Introducción a la edición alemana de los Escritos”. Constata ahí la antinomia: “Es esta existencia de la que se trata hacer valer en todo discurso.”[1] Vemos que esa luz es una luz -como lo nota Frances- algo destructiva, incluyendo el texto de Lacan donde dice que todo el mundo delira. Es algo destructor. En otra parte, en un texto del ’75, Lacan anota que el discurso psicoanalítico en sí permite entregar al analizante el sentido de sus síntomas, pero las experiencias del análisis no podrían adicionarse. Y esa es una certitud. Lacan se plantea la pregunta de la certitud religada a sus dispersos descabalados, esos sujetos en los cuales cada uno accede al sentido de su síntoma, pero sin relación uno con el otro.
Si alguna vez se hace un tipo, el tipo siempre viene del exterior. Es la mirada del discurso del amo sobre el sujeto, el cual intenta clasificar a ese sujeto que huye. Y entre ellos -se nota la dificultad- lo que compete de un mismo tipo no tiene común sentido. Cada uno tiene el sentido de su síntoma, pero no hay el común sentido -lo que quería Aristóteles-. Los sujetos de un tipo son, así, sin utilidad para los otros del mismo tipo. Entonces, ¿cómo hacer? Lo que puede religar a los sujetos no pasa por la vía del sentido, sino por el objeto. Y ahí Lacan da una nueva versión de su dicho: “El colectivo no es nada, sino el sujeto de lo individual”. Los discursos se sostienen colectivamente y los discursos hacen lazo social. Operan una torsión sobre lo particular del síntoma de la clínica. A nivel de lo particular, hay el síntoma histérico, pero al nivel del lazo social, al nivel colectivo, hay el discurso histérico. Este discurso se caracteriza porque sostiene la existencia de La mujer en su oposición al hombre. Asimismo, al nivel de lo particular del síntoma hay la obsesión; a nivel de lo colectivo, hay el discurso de la religión. Y es por esto por lo que dice: “Es concebible que un obsesivo no pueda dar el menor sentido de otro obsesivo. Es incluso de ahí que parte la guerra de la religión”.
Entonces, del lado de la histérica, el discurso colectivo, según el principio de Massenpsychologie que recuerda Jacques-Alain Miller en su “Teoría de Turín”, sitúa un objeto en común para provocar la identificación. Esa es la fórmula general, pero en el caso de la histeria, lo particular de ese discurso es que pone en común la falta tomada como objeto. Cito a Lacan: “No hay común sentido de la histérica y aquello en lo cual juega en ella o él la identificación es la estructura y no el sentido -como se lee- sobre el hecho de que recae en el deseo, es decir la falta tomada como objeto”. Y no sobre la causa de la falta. Todo esto ameritaría una hora y media.
Pero, globalmente, simplemente se ve que la transmisión en el psicoanálisis no se puede hacer por la vía del sentido, sino por la estructura del inconsciente. Y esta estructura del inconsciente, cuando Lacan dice en un sentido que es la estructura del inconsciente la que incluye la no-relación sexual, el sujeto supuesto saber y el amor que se dirige a ese saber. El inconsciente articula la ausencia de saber sobre lo que es La mujer para el hombre, la ausencia de relación sexual y el plus-de-gozar que son causas.
Entonces, la clínica de después del discurso analítico no es la clínica de antes, más o menos limitada a las categorías clínicas utilizadas por Freud y únicamente éstas, cinco en total; o bien la clínica clásica vagamente completada de añadidos propiamente psicoanalíticos como el acting-out, por ejemplo, que es desconocido en la clínica psiquiátrica. La clínica de después del discurso psicoanalítico, según Lacan, es completamente de otra amplitud. Es la escritura de los discursos propiamente dichos. Estos discursos tienen relación con la clínica anterior el psicoanálisis sólo en un punto: es la manera en que la pregunta planteada sobre la inexistencia de La mujer fue captada por la clínica clásica. La captó a través de la categoría de la histeria. Y es por esto por lo que Lacan puede decir que “los tipos clínicos responden a la estructura es algo que puede escribirse ya, aunque no sin fluctuación. Solo es cierto y transmisible del discurso histérico”.[1] A contrapelo de la intuición, tomo como prueba de la certitud que se obtiene del discurso de la histeria el hecho que la histeria haya salido ahora de las clasificaciones psicopatológicas. Esta salida de las clasificaciones está ligada al desplazamiento de la cuestión de La mujer que fue desplazada con la actualización del discurso psicoanalítico. La clínica psiquiátrica ya no puede captar el lugar de La mujer a partir la histeria. Lo hace todavía a partir de las categorías como aquella de la depresión, ya que la disimetría entre los sexos sobre esta afectación permanece insuperable. Sea cual fuera el cambio del estatuto sociológico de las mujeres, hay siempre dos veces más mujeres deprimidas que hombres.
Entonces, ya no hay histeria en la psicopatología, pero hay un discurso de la histeria que mantiene la posibilidad del universal del lado mujer. El relevo se ha pasado y el discurso de la histeria puede escribirse al lado de los otros tres.
La clínica de después del discurso deja, entonces, la vía para el desprendimiento y la producción de la diferencia pura. Con los discursos, Lacan logra encontrar una escritura para la clínica del psicoanálisis a contrapelo de la identificación segregativa, una escritura que permitiría anotar no sin fluctuación el pasaje de la antigua clínica a la nueva. Cuando Lacan dice “no sin fluctuación”, me parece que es lo que le da el impulso para seguir y trate de reducir la fluctuación. Y es con los nudos lo que le permitirá de nueva el renovamiento de esa escritura, lo que permite centrar la diferencia al revés de las masificaciones de la biopolítica.
Christiane Alberti:
Gracias.
*Intervención para el Departamento de Psicoanálisis de la Universidad de París 8. Inédito.
**Traducción de: Laurent É., Éric Laurent : La singularité et la faille. Último acceso: 2025/02/13.
[1] Lacan J., “Acerca de la causalidad psíquica”, Escritos, tomo 1, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2018, pp. 185-186.
[1] Lacan J., “Introducción a la edición alemana de un primer volumen de los Escritos”, Otros escritos, Buenos Aires, Paidós, 2021, p. 583.
[1] Ibíd., p. 583.

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