Lo que Enseñan las Psicosis sobre el Cuerpo y la Interpretación – por Daniel Millas – 2024/10/05

LO QUE ENSEÑAN LAS PSICOSIS SOBRE EL CUERPO Y LA INTERPRETACIÓN

Por Daniel Millas

2024-10-05


Buenas tardes, en principio, a todos. Es un gusto participar de esta experiencia de trabajo con ustedes. Agradezco la invitación a la biblioteca. Efectivamente, le he puesto como título a la exposición de hoy “Lo que enseñan las psicosis sobre el cuerpo y la interpretación”. Está desarrollado en tres puntos.

El cuerpo en psicoanálisis

Digamos, para comenzar, que la concepción del cuerpo en psicoanálisis es correlativa a la composición que nos hacemos del síntoma, del inconsciente y de lo que constituye la operación analítica propiamente dicha, es decir la interpretación. La interpretación analítica tiene como mira la relación existente entre el decir y el cuerpo, o sea aquello que, en la clínica psicoanalítica -siguiendo a Freud-, denominamos «pulsión». Lo importante es tener en cuenta dos cuestiones que son fundamentales en el abordaje que hace Freud al respecto. La primera es que Freud considera que los trastornos del lenguaje en la psicosis tienen como correlato un problema libidinal. Esta orientación es la que va a desarrollar luego Lacan a partir del estudio de las relaciones entre el significante y el goce.

La segunda es que se sirve del abordaje de la psicosis como una vía de estudio para pensar el funcionamiento del aparato psíquico y los modos de intervención posibles en la práctica analítica. Así, lo señala, por ejemplo, en 1914 en “Introducción al narcisismo”[1] cuando afirma que la demencia precoz y la paranoia permiten desentrañar la psicología del yo así como la distribución y la localización de la libido. Un año después en su artículo “Lo inconsciente”[2], Freud se refiere a los trastornos del lenguaje en la esquizofrenia señalando la peculiar desorganización sintáctica de la frase como también una tendencia que existe a la dispersión asociativa y al amaneramiento lingüístico. Si Freud emplea el análisis gramatical para dar cuenta de los avatares libidinales del sujeto es porque lo que está en juego tampoco tiene nada que ver con una noción de «instinto». El circuito pulsional encuentra en el cuerpo el comienzo y el final de su recorrido en búsqueda de satisfacción.

Lacan nos va a indicar, por su parte, que, si bien el significante le pertenece al orden simbólico en su puro formalismo, toma su materia del cuerpo. Nos encontramos en el campo de lo que Lacan va a llamar en el Seminario VI «significantización». Se trata del devenir significante del cuerpo. Es una sublimación de la cosa al significante que tiene como paradigma en ese momento de su enseñanza la función atribuida al falo. De este modo, en esa época escribe la pulsión a partir de la demanda y del fantasma como un argumento asimilable a una cadena significante.

Pero tenemos también otra perspectiva en la relación entre el lenguaje y el cuerpo que Lacan desarrolla fundamentalmente en su última enseñanza. Y podemos afirmar que en ella, el cuerpo pasa a tener una importancia equivalente a la que tuvo el lenguaje en su primera enseñanza. Se trata de acentuar los efectos de goce que el significante introduce en el cuerpo. Miller propone para situar esta perspectiva el término de «corporización», pero podemos remitirnos a una afirmación de Lacan que está en “Radiofonía” en 1970. Lacan plantea ahí lo siguiente, dice:

 “Vuelvo en primer lugar al cuerpo de lo simbólico, que hay que entender como fuera de toda metáfora. Prueba de ello es que nada sino él aísla el cuerpo a tomar en sentido ingenuo, es decir, aquel del que el ser que se sostiene en él no sabe que es el lenguaje el que se le concede, hasta el punto de que él no sería aquí, a falta de poder hablar de este. El primer cuerpo hace al segundo, al incorporarse en él.”[3]

Aquí vemos que Lacan llama «cuerpo simbólico» al lenguaje en la medida en que lo considera como un sistema ordenado por relaciones y leyes internas de funcionamiento. Es, entonces, su incorporación que el lenguaje le otorga al cuerpo al sujeto como si fuera un atributo y que permite asumir una posición desde donde puede decir: “Yo tengo un cuerpo”.

Sin embargo, la incorporación del lenguaje como un sistema ordenado se funda en un primer momento lógico que tenemos que considerar la intrusión de un significante-solo, por fuera del orden que establece el lenguaje. La intrusión de este Uno-solo, de este significante-solo produce un desequilibrio en el viviente. Es un encuentro que deja huellas en el cuerpo y si tomamos la referencia freudiana podemos designar con el nombre de trauma. Pero se trata del trauma estructural, transclínico que es propio del ser hablante y constituye un primer acontecimiento de cuerpo. Los efectos de este trauma estructural insisten, son inasimilables y constituyen el núcleo irreductible de todo síntoma.

Sin duda, la psicosis nos enseña acerca de la intrusión de un significante-solo. En el momento de desencadenamiento de una gran psicosis, el cuerpo se ve afectado por un trastorno libidinal donde el cuerpo deja de reconocerse como propio. Se lo vive, en cambio, por la imposición de un goce y se lo vive de una manera desregulada y extraña. En la esquizofrenia queda expuesto de un modo descarnado como una falla en la incorporación de lo simbólico que tiene como correlato un profundo trastorno en la relación con el cuerpo propio. En el esquizofrénico, los órganos se autonomizan y se desligan del orden que establece el lenguaje. Al no contar, el esquizofrénico, con el recurso de un discurso establecido -como plantea Lacan- se ve empujado a inventar un artificio que pueda, de alguna manera, suplir esa función. Podemos, entonces, afirmar que el cuerpo, al igual que el significante, nos resulta, en principio, extraño y ajeno. Y es por la función operatoria del Nombre-del-Padre que el sujeto neurótico puede establecer un anudamiento entre el significante, el significado y el goce del cuerpo, es decir, anudar lo simbólico, lo imaginario y lo real, restableciéndose así de un estado originario en que lo normal es la xenopatía y la fragmentación corporal.

La interpretación delirante

Continuamos, entonces, con la afirmación que formulé al inicio, es decir que la concepción del cuerpo en psicoanálisis es correlativa a la concepción que tenemos del síntoma, del inconsciente y de lo que constituye la operación analítica propiamente dicha que es la interpretación. «Interpretación» es un término que proviene de la clínica de la psicosis. El término de «significación personal», al que Lacan se refiere en varias oportunidades en su estudio sobre la psicosis, fue elaborado por un psiquiatra que se llamó Clemens Neisser en un trabajo de 1892. Neisser dice que la significación personal consiste en interpretar las representaciones que se ofrecen a la consciencia al margen de las emociones y sin quererlo como algo que está especialmente relacionado con su propia persona. Otra referencia de Lacan constituye un trabajo de 1909 de los psiquiatras Sérieux y Capgras que se llama Locuras razonantes, el delirio de interpretación, donde se refieren al denominado «delirio de significación personal». Ellos describen la paulatina transformación del mundo exterior en la que todo pasa a tener una explicación que está referida al paciente. Nada es natural. Todo resulta extraño y debe ser interpretado. Y si no encuentra una explicación, ese mismo hecho tiene que ser interpretado. Uno de sus pacientes afirma: “Comprendo lo que nadie comprende. Es el mundo al revés. Es un mundo de sobreentendidos. ¡Qué enorme comedia cómo cada uno desempeña bien su papel! Hay que tener la cabeza bien puesta para no volverse loco”. Hasta acá la cita. Y hay algo muy importante a tener en cuenta en el testimonio de este paciente y es que el psicótico comprende lo que nadie comprende.

En su escrito, “De una cuestión preliminar”, Lacan describe en términos de ruptura de la cadena significante la experiencia enigmática de la psicosis. Dice Lacan:

“Se trata de hecho de un efecto del significante, por cuanto su grado de certidumbre (grado segundo: significación de significación) toma un peso proporcional al vacío enigmático que se presenta primeramente en el lugar de la significación misma.”[4]

Es decir, en un primer momento surge el enigma ante el encuentro con un vacío de significación. No se sabe qué significa eso. Es un momento de perplejidad y de indeterminación angustiante, pero en un segundo momento surge la certeza que es proporcional a ese vacío inicial. Esto quiere decir que mientras menos sé qué significa eso, más tengo la certeza de que algo significa. Eso es la significación de significación. En este movimiento donde se despliega la transformación de un vacío enigmático y una certeza se establecen las condiciones de la angustia que son propias de la estructura psicótica. Entonces, tenemos una secuencia clínica y lógica en la que tenemos primero el enigma, luego la perplejidad, la angustia y finalmente la certeza.

Para dar cuenta de este mecanismo en términos lógicos, Lacan lo que nos dice es que aquello que es forcluido en lo simbólico -la forclusión del Nombre-del-Padre- retorna en lo real. Para entender las consecuencias de esta afirmación es preciso tener en cuenta que al agujero en lo simbólico -es decir a la forclusión del Nombre-del-Padre- y al abismo abierto en lo imaginario -es decir en el campo de la significación-, hay que ubicar también una presencia que es real y que Lacan en su escrito sobre la psicosis denomina objeto indecible. De manera que la forclusión no es sólo que no hay Nombre-del-Padre, sino que implica la intrusión de un goce que es vivido en el cuerpo como extraño. Este objeto -que Lacan llama en esa época objeto indecible– es fundamentalmente un objeto angustiante y el tratamiento que pueda llegar a realizar cada sujeto dará cuenta de los modos de los artificios que encuentra para lograr domesticarlo.

Pero fíjense que todo este movimiento concierne a la ruptura de la relación que mantiene el sujeto con la cadena significante, con el encuentro de un significante-solo que está desarticulado de su relación con un S2. Hay que recordar que el lenguaje como un sistema ordenado de relaciones tiene como condición fundamental una articulación significante mínima. Esta matriz mínima es la articulación entre un S1 y un S2. Por eso es muy importante entender que la certeza no implica una demostración, no resulta de una elaboración delirante. La certeza no se deduce. La certeza es una experiencia de goce vivida en el cuerpo por la imposición del significante-solo y, por lo tanto, separada, vaciada de un sentido articulado.

Entonces, primero se impone la certeza y, luego -como ya lo afirmaba el maestro en psiquiatría de Lacan, de Clérambault- puede generarse, o no, la búsqueda de sentido como una superestructura, el intento de justificación, a través de aquello que llamamos un delirio. Por este motivo, la certeza es inconmovible por la razón, por las pruebas de la realidad y por el sentido común. El sujeto puede dudar de algunas de sus elaboraciones. Las podrá llegar a cambiar, pero su certeza constituye un axioma y, en tanto tal, no se va a modificar.

En la paranoia, los propios sujetos son los que reinterpretan y reformulan el sentido. Ellos no esperan comprensión, sino, en todo caso, reconocimiento. A partir de que tienen la certeza -tal como lo manifestaba el paciente que mencioné antes- comprenden lo que nadie comprende. Lacan, en el Seminario III Las psicosis, afirma que, para un psicoanalista, no comprender es una lección primordial, una lección, además -agrega-, que es muy difícil de aprehender porque toca aquello que todos tenemos de delirantes. La comprensión, dice Lacan, es sólo un espejismo. La certeza del psicótico, entonces, responde a la imposición del significante-solo desencadenado. El delirio, llevando la marca de esa intrusión, se ordena en una lógica propia. Se trata, entonces, de avenirse a esa lógica y no de comprender las significaciones delirantes.

Una paciente paranoica que tuve la oportunidad de entrevistar en una presentación de enfermos me dejó una enseñanza inolvidable. En la entrevista, luego de denunciar al marido y a aquellos que la deñaban muy cruelmente, se despidió de mí expresando: “Gracias por escucharme. Pude decir mi verdad y la verdad triunfó”. Me impactó en su testimonio el empuje feroz de esa verdad que triunfaba sobre cualquier semblante que viniera a cuestionarla. Su verdad era la máscara de un goce desregulado que desde su intrusión le devastaba la vida. No se trata de comprender, ni de buscar la rectificación del delirio a una realidad colectiva.

¿Cómo orientarnos en la dirección de la cura del sujeto psicótico?

«La conversación de Arcachon». Miller afirma que tal como generalizamos la forclusión, es preciso generalizar el Nombre-del-Padre. Y para este fin propone el término de «punto de basta». El punto de basta generaliza el Nombre-del-Padre y lo caracteriza como un aparato que hilvana y que engancha. Miller propone una fórmula muy simple: punto de basta, ¿sí o no? Y se acentúa, entonces, el carácter pragmático de la práctica analítica, es decir cómo podemos hacer para evitarle al sujeto nuevas crisis y desencadenamientos. Se toma entonces una nueva perspectiva para pensar el lugar del analista en la dirección de la cura. La función «secretario del alienado», establecida por Lacan, implica una posición que tiene en cuenta que un delirio resulta eficaz para la estabilización cuando encuentra su punto de detención, es decir cuando el sujeto deja de delirar. El analista, entonces, dirige sus intervenciones en la medida en que éstas permitan el abrochamiento entre el sentido y el goce deteniendo el trabajo impuesto de interpretación delirante. Se trata, entonces, de una perspectiva pragmática que, además, no hace del delirio la única vía posible y necesaria para una estabilización. Asimismo, lo que eventualmente opera como punto de basta introduce una dimensión temporal, es decir que no podemos prever durante cuánto tiempo ese recurso de suplencia va a cumplir con su función.

La interpretación analítica

Si el psicoanálisis se diferencia de un delirio psicótico es justamente porque la operación analítica apunta a una separación entre el goce y la verdad. Va a decir Lacan en su última enseñanza: “El espejismo de la verdad no tiene otro término que la satisfacción que marca el fin del análisis”. Nuevamente el término «espejismo» -al comienzo el “espejismo de la comprensión”, muchos años después “el espejismo de la verdad”-. No se trata, entonces, como afirmaba la paciente de la presentación de enfermos del triunfo de la verdad, sino de su reducción a su condición de semblante, de su mutación en una satisfacción que opera como un punto de basta conclusivo. Un análisis demuestra justamente que no hay una verdad del goce, que la verdad forma pareja con el sentido y que ambos encuentran en el goce su referencia. La cuestión apunta, entonces, a la resonancia que, por medio de la palabra, es capaz de acoger aquello que de la pulsión le hace límite al sentido.

Dice Lacan al respecto: “Necesitamos la certeza porque sólo ella se puede transmitir al demostrarse”. Fíjense, tenemos una secuencia lógica precisa también acá: certeza, transmisión y demostración. Es efectivamente bajo esta lógica que se inscribe el acto analítico en tanto tal. La interpretación se escribe bajo una contingencia sin estar asegurada por un saber previsible. Nunca podemos saber los alcances de la interpretación. Por eso, la interpretación se funda en el acto de interpretar. Este es el rasgo fundamental de la interpretación lacaniana. Va en contra del sentido y justamente lo que la diferencia de la interpretación delirante.

Desde una perspectiva podemos decir que el trabajo de elaboración en el análisis tiene la estructura de un delirio, el delirio edípico. Sin embargo, el horizonte de la cura analítica no es la revelación de una verdad toda, final y definitiva, sino ubicar el nudo mismo de lo ininterpretable, de aquello que no tiene sentido y tiene una inscripción simbólica en el Otro. Si hacemos un contrapunto, podemos decir que el paranoico tiene la certeza de que todo es simbolizable, que todo tiene un sentido y él mismo encarna la garantía de una verdad absoluta y definitiva. La certeza analítica, en cambio, se sostiene en la imposibilidad de constituir un todo. Es la certeza que surge en la experiencia analítica ante la constatación de un real que escapa al sentido.

Por ese motivo, Lacan se refiere al arte de Joyce en su Seminario El sinthome. Le interesa señalar a Lacan que no se lee Finnegans Wake para seguir una historia porque en una historia nos atrapa el sentido de la trama, es decir que al leer usamos el sentido. En estos casos, el escrito se puede igualar a la palabra, ser su representación gráfica, un vehículo del sentido común. Por el contrario, cuando en la práctica analítica se enfatiza la función del escrito como “no para leer” se destaca su disyunción respecto de la palabra hablaba. Esto implica una violencia al sentido común, un forzamiento no sólo del uso convencional de la palabra, sino incluso -como en caso de Joyce- hasta de su forma escrita misma. A su vez, Finnegans Wake, tiene cierta afinidad con la poesía porque multiplica las resonancias de las palabras vaciándolas de un sentido que sea claro y unívoco.

Bien, para finalizar y poder conversar un poco, algunas consecuencias de lo que he desarrollado para la práctica analítica:

1. El síntoma, en tanto constituye un acontecimiento de cuerpo, conlleva el modo de gozar de cada uno alojando un indecible, un resto absoluto imposible de simbolizar.

2. Si bien la interpretación analítica no es una hermenéutica ni una donación de sentido, no hay análisis posible sin pasar por el sentido. La eficacia de la operación analítica nos remite a cómo servirse del sentido para cernir la singularidad de goce del sujeto.

3. La interpretación requiere que el analista, sostenido en el lugar del sinsentido, aporte el cuerpo y represente el acontecimiento corporal, el semblante del traumatismo.

Ahora bien, ¿qué disposición se requiere para volverse el agente de una operación de este tipo? Por lo tanto, se puede ver que el tema de la formación analítica resulta para nosotros un tema ineludible.

Bien, me detengo en este punto para que podamos conversar.


*Millas D., “Lo que enseñan las psicosis sobre el cuerpo y la interpretación”, conversación rumbo a la XIV Jornadas de la NELcf “El cuerpo en las psicosis”, vía Zoom, 2024/10/05. Inédito.

Transcripción de: (86) «Lo que enseñan las psicosis sobre el cuerpo y la interpretación» – YouTube

[1] Freud S., “Introducción al narcisismo (1914)”, Obras completas, tomo XIV, Buenos Aires, Amorrortu, 2003.

[2] Freud S., “Lo inconsciente (1915)”, Obras completas, tomo XIV, Buenos Aires, Amorrortu, 2003.

[3] Lacan J., “Radiofonía”, Otros escritos, Paidós, Buenos Aires, 2021, p. 431.

[4] Lacan J., “De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis”, Escritos, tomo 2, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2018, p. 516.

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