DE LA ESCUCHA A LA LECTURA
Por Esthela Solano-Suárez
2023-07-03
Un análisis es una experiencia de palabra a la cual un parlêtre puede arriesgarse. Hablando con un analista, espera recibir una respuesta que pueda aclarar el enigma de lo que es disfuncional en él, cavando una desarmonía en lo más íntimo de uno mismo como perteneciente a lo más ajeno a uno mismo, no sin afectarlo.
La dirección a un analista implica una suposición, la cual está sostenida por una creencia. Creer que lo que sufrimos quiere decir algo cuyo sentido se escapa, resulta ser la premisa de una verdadera demanda de análisis.
Una solicitud de sentido, por lo tanto, que pueda arrojar luz sobre lo que significa la opacidad en juego. De entrada, surge el pivote desde el que se articula el lugar del sujeto que se supone conocer, cuya ilusión consiste en creer que se supone que el analista es capaz de aportar un significante que dé sentido al enigmático significante del que sufre el parlêtre. Esta es la trampa de la demanda y lo que más teme el analizante potencial: que el analista pueda creer que su persona es convocada como alguien que sabe. Ocupar el lugar de un analista digno de ese nombre requiere que no use el disfraz[1], lo que solo lo convertiría en una marioneta ridícula.
Será necesario identificar las coordenadas de lo que es la queja del sujeto, correlacionada con el sufrimiento. El tacto, la prudencia y la atención al detalle estarán en la cita del analista. Un interés en la particularidad de la situación expuesta a él, su preocupación por la precisión convocará una forma de decir dónde algunos dichos tomarán relieve.
A partir del flujo de la palabra del orador, el analista puede hacer oír no vocablos, sino significantes. En particular, un significante que, por su insistencia, por su consistencia sonora, representa al sujeto y puede tomar el valor del significante de la transferencia. La basculación ocurre en el momento en que el analista introduce al analizante a otra dicho-mansión, la del inconsciente, como un saber a partir del cual el sujeto puede descifrarse.[2]
Freud allanó el camino: inaugurando un discurso inédito, el discurso analítico, demostrará que los síntomas, los sueños, los lapsus de la lengua, pueden descifrarse revelando un sentido relativo al saber inconsciente. El trabajo de ciframiento del inconsciente que se realiza en los sueños, vehiculiza una satisfacción del deseo no sin producir una «ganancia de placer». El sentido del síntoma descifrado pone en evidencia un saber-hacer del inconsciente con los significantes de la lalengua, no sin lograr una satisfacción secreta de la pulsión.
La interpretación freudiana compete del sentido, revelando una verdad relativa al sentido sexual.
La experiencia freudiana tropieza con la dificultad del final del análisis, la constatación de una roca insuperable de la cual la castración es la clave, y el rechazo de la feminidad su corolario. La constatación de «restos sintomáticos» que requiere la reanudación regular del análisis es conforme con la idea de un análisis sin fin.
Jacques-Alain Miller está de acuerdo en que esta dificultad proviene de la modalidad de interpretación centrada en el sentido. En la medida en que la experiencia de la palabra es la de la fuga de sentido y de la falta de verdad sobre la verdad, el proceso de desciframiento no encuentra su punto de finitud[3]. Señala que Freud al interpretar el síntoma en el cuadro de la dialéctica edípica, al prolongar la metonimia del goce, cubre con significación el significante del síntoma que opera fuera-de-sentido. Contrasta la operación de Lacan que consiste en mover la interpretación del ternario edípico hacia un ternario que no tiene sentido: el marco borromeo.[4]
Desde esta perspectiva, es el estatuto y el funcionamiento mismo de la interpretación lo que cambia, pasando de escuchar el sentido a leer lo fuera-de-sentido, agrega J.-A. Miller en ese texto.
Así que avancemos hacia esta nueva perspectiva.
En el marco del nudo borromeo que une tres consistencias, real, simbólica e imaginaria, su aplanamiento permite localizar que el sentido encuentra su lugar en la intersección de lo imaginario y lo simbólico. El sentido es lo que responde en lo imaginario a lo simbólico. Si lo imaginario se soporta de la consistencia de la imagen del cuerpo, Lacan deduce que existe un parentesco entre la buena forma y el sentido, en cuyo caso, la supuesta consistencia supuesta a lo simbólico concuerda con esta imagen primaria[5]. Sabemos que para que haya un nudo, lo imaginario y lo simbólico no son suficientes, debemos añadir el tercer elemento, lo real.
«Lo real [según Lacan] se funda en la medida en que no tiene sentido, que excluye el sentido o, más precisamente, que se deposita siendo excluido de él.»[6]
Lacan, en su objetivo de extraer el psicoanálisis del impase freudiano, deporta la interpretación del sentido dirigida a la verdad hacia la existencia de un real, con el fin de hacer pasar la operación analítica de la impotencia a lo imposible. Para ello, se apoya en la lógica de la que Aristóteles da el paso inaugural vaciando los dichos de su sentido. «De esta manera, nos da una idea de la dimensión de lo real, [pasando] a través de lo escrito»[7], indica Lacan.
En este sentido, J.-A. Miller señala que «el lenguaje como tal -nuestro habitual blablablá- no tiene acceso a ningún real. Simplemente, el lenguaje presupone serlo a ciertos vocablos»[8]. En consecuencia, es necesario que el lenguaje haga oídos sordos a «lo real [como siendo] el producto sin sentido de un discurso»[9]. En este caso, la lógica y el discurso matemático pueden conducir a una demostración de imposibilidad. Lo real de Lacan, sinsentido y sin ley, toca la imposibilidad de escribir la relación sexual en los seres hablantes.
Esta es la orientación propuesta por Lacan cuando indica que, si «el análisis […] es la respuesta a un enigma», en este camino, «debemos mantener la cuerda. […] si no tenemos la idea de a dónde conduce, la cuerda o el nudo de la no-relación sexual, corremos el riesgo de tartamudear.»[10]
Si el inconsciente es una formación lenguajera, y el lenguaje vehiculiza el Uno, el Uno del significante, se deduce que «del inconsciente todo Uno, en la medida en que subtiende al significante en el que consiste el inconsciente, es capaz de escribir una letra»[11]. De esta manera, el inconsciente adquiere el estatuto de un escrito. Lacan añade que la escritura de la letra «es la misma que el síntoma opera salvajemente», de donde proviene «lo que no cesa de escribirse en el síntoma.»[12]
De ahí la importancia de esta referencia a la escritura para cernir la repetición.
Si el inconsciente y el síntoma competen de lo escrito, el estatuto de la interpretación cambia al pasar «de escuchar el sentido a leer el sinsentido». Leer un síntoma «consiste en distanciar la palabra y el sentido que ella vehiculiza a partir de la escritura como sin sentido, como Anzeichen, como una letra»[13]. Esto consiste en «destetar el síntoma del sentido»[14] ya que «al nutrir el sentido del síntoma, es decir lo real, solo le damos continuidad de subsistencia.»[15]
Lacan indica que, si en la práctica analítica se opera a partir del sentido, no deja de precisar que «por otro lado, este sentido, se opera sólo para reducirlo»[16]. Reducir el sentido tiene como objetivo tener un impacto en lo real del goce al vaciar el sentido sexual que cubre su opacidad. La interpretación se basará entonces en lo que se escucha en los dichos del analizante. Y para ello, recurre a lo que es fundamental para lo simbólico, la dimensión del equívoco, «que incluye la abolición del sentido»[17]. La legibilidad como base de la interpretación del analista se orienta hacia la sonoridad del significante alejando la finalidad de significación. La dimensión sonora aislada por el corte de los dichos, hará pasar el dicho al decir.
El decir que es un acontecimiento, y hace acontecimiento de cuerpo si la sonoridad del dicho consuena con las huellas dejadas por la lalengua en el cuerpo. En este caso, lo simbólico puede tener una incidencia sobre el parásito real del goce, al permitir aislar un «gocentido«. Es lo mismo [añade Lacan] que escuchar un sentido«.[18]
Lo legible, resultado de una operación analítica fundada en el corte –operación que Lacan pensó en elevar «a la dignidad de la cirugía»[19], que hace relucir el sinsentido que promueve el equívoco, tropezará al final del trayecto con lo ilegible del sinthome, y cuyo goce opaco, habiendo sido apretado, es signo de lo más singular de un parlêtre. No sin la aparición de una nueva satisfacción desprendida del pathos inicial.
* Solano-Suárez E., De l’écoute à la lecture – J53 (causefreudienne.org)
[1] Cfr. Lacan J., “Proposición del 9 de octubre de 1967 sobre el psicoanalista de la Escuela”, Otros escritos, Buenos Aires, Paidós, 2012.
[2] Cfr. Lacan J., El Seminario, libro XXI, “Les non-dupes errent”, lección del 13 de noviembre de 1973. Inédito.
[3] Cfr. Miller J.-A., « Un rêve de Lacan », Le Réel en mathématique, París, Le Seuil, 2004, p. 127.
[4] Cfr. Miller J.-A., « Lire un symptôme », Mental, n° 26, juin 2011, p. 57.
[5] Cfr. Lacan J., El Seminario, libro XXII, “R.S.I.”, lección del 21 de enero de 1975. Inédito.
[6] Lacan J., El Seminario, libro XXIII, El sinthome, Buenos Aires, Paidós, 2008
[7] Lacan J., El Seminario, libro XXI, op. cit., lección del 12 de febrero de 1974. Inédito.
[8] Miller J.-A., « Un rêve de Lacan », op. cit., p. 127.
[9] Ibíd., p. 128.
[10] Lacan J., El Seminario, libro XXIII, op. cit..
[11] Lacan J., El Seminario, libro XXII, “R.S.I.”, lección del 21 de enero de 1975, Ornicar?, #3, mayo 1975, p. 107.
[12] Ídem.
[13] Miller J.-A., Lire un symptôme, op. cit., p. 57.
[14] Ídem.
[15] Lacan J., “La tercera”, En los confines del Seminario, Buenos Aires, Paidós, 2022.
[16] Lacan J., El Seminario, libro XXII, “R.S.I.”, lección del 21 de enero de 1975, Ornicar?, #3, mayo 1975, p. 91.
[17] Lacan J., “La tercera”, op. cit.
[18] Lacan J., El Seminario, libro XXIII, El sinthome, op. cit.
[19] Lacan J., El Seminario, libro XXV, “Le momento de conclure”, lección del 11 de abril de 1978. Inédito.
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