Todo el Mundo es Loco – por Jacques-Alain Miller – 2022/04/03

TODO EL MUNDO ES LOCO[1]

Por Jacques-Alain Miller

2022-04-03


Angelina Harari:

Llegamos casi al final de estos cuatro días intensos de trabajo, pero esto aún no se acaba. Tenemos el honor y el placer de tener a Jacques-Alain Miller en esta secuencia para su intervención. Luego, tengo un anuncio que hacer en cuanto al próximo congreso, pero eso será al final. Jacques-Alain Miller, con usted.

Jacques-Alain Miller:

Unas palabras para comenzar. Dedico esta conferencia a Angelina Harari, quien ha conducido la vida de la AMP durante cuatro años con una mano a veces dura, a veces dulce, siempre con pertinencia. Segundo comentario preliminar, admiro a los oradores precedentes que han leído textos tipeados a máquina. El mío no lo es. Les llega salido del horno y hace alusión a un cierto número de debates que han tenido lugar aquí. Constato que mi escritura es un poco de patas de mosca -letra ilegible-, que voy a tener dificultad en descifrar mi propio texto. Pido su indulgencia en razón de esto. Voy a leerlo.

Vuelvo a dar el título del congreso o conversación -como se ha dicho para éste-. ¿Por qué así? Se ha hecho costumbre y se ha convertido en una suerte de tradición. No va a ser siempre así, pero no hay creer que ese momento ha llegado aún. Entonces, continúo.

El título de nuestro próximo congreso será éste -un aforismo de Lacan-: «Todo el mundo es loco». Es un aforismo como éste que está escrito detrás de mí: «La mujer no existe». El aforismo de Lacan «Todo el mundo es loco» lo fui a pescar en un escrito minúsculo compuesto por Lacan a demanda mía. Se trataba entonces de defender el Departamento de Psicoanálisis de Vincennes, cuya existencia en el seno de la universidad estaba amenazada -como lo es aún y lo digo todos los años-, por razones coyunturales, pero también por razones de estructura. Es que, en verdad, es ahí que se expresa que la filosofía no es materia de enseñanza, como lo escribe Lacan. Esto se apoya en la oposición que llamo estructural entre el discurso analítico y el discurso universitario, entre el saber siempre supuesto en la práctica del psicoanálisis y el saber expuesto de la élite en el discurso universitario. Esta oposición es bien conocida por nosotros.

Entonces, fui a pescar ese aforismo en algunas líneas escritas por Lacan en un tiempo en el que podemos decir que era de ultratumba, en la medida que se sitúa después del Seminario titulado por él “El momento de concluir”. Todo lo que Lacan pudo escribir y proferir después de ese seminario, lo tengo como gozando de un estatuto especial de retroacción del conjunto logrado de su enseñanza -empleo esta palabra que él la empleaba también, antes de refutarla-, lo que da a esas palabras un valor testamentario. Lacan sostuvo que «Todo el mundo es loco» una y única vez, en un texto publicado en una revista entonces confidencial: Ornicar? De ahí fue que lo saqué, lo comenté, repetí. Este aforismo entró en nuestra lengua común, aquella de la AMP y en lo que podríamos llamar nuestra doxa. Incluso se volvió una suerte de eslogan.

En el contexto de la época, se lo escucha de una manera que asombra a los prejuicios contemporáneos, a saber, la reivindicación democrática de una igualdad fundamental de los ciudadanos que se impone -y por qué no decir- y que deconstruye la jerarquía tradicional que reinaba en la relación médico-paciente. Lo digo sin nostalgias en la medida en que Lacan había anticipado la ideología contemporánea de la igualdad universal de los seres hablantes subrayando desde mucho tiempo atrás la fraternidad delante -según él- del médico a su paciente. Decía él: “Al hombre emancipado de la sociedad moderna tenemos que acogerlo”, y cito: “Abrirle de nuevo la vía de su sentido en una fraternidad discreta en la medida de la cual siempre somos desiguales”. Si es de fraternidad de lo que se trata, ella ha dejado de ser discreta hace mucho tiempo, al contrario, para ser reclamada bajo la especie -lo digo- de una igualdad entera de los seres hablantes.

En estas condiciones, que no nos sorprenda que esta reivindicación igualitaria se traduzca por la desaparición programada de la clínica. Todos los tipos clínicos son sucesivamente sustraídos de los grandes catálogos clínicos -ya rebajados y deconstruidos- en las ediciones sucesivas del DSM. Es una época en la que con todos los individuos afectados de un trastorno mental, de un hándicap, de lo que era en antaño juzgado como anormalidad, se hace grupos, grupos jurídicamente fundados, jurídicamente inscritos, grupos a menudo de presión -desde los autistas a los escuchadores de voces-. Todo anuncia que la clínica será muy pronto cosa del pasado. Nos toca poner nuestra práctica en esta nueva era sin nostalgia -lo digo-, sin amargura y sin aires de revancha.

En tal contexto, el aforismo lacaniano no podría no ser interpretado sino como tomando a cargo y validando ese término que es de ahora en adelante corriente -y que hemos escuchado más de una vez resonar en esta sala-: la despatologización. No habría ya patología. Hay ya en su lugar “estilos de vida” libremente escogidos por esta libertad en tanto imprescriptible, ya que es aquella de los sujetos de derecho. Si puedo decir, el derecho lo lleva a lo retorcido[2]. Freud hablaba de la sustitución del principio de realidad al principio del placer. Nosotros asistimos a la sustitución de los principios jurídicos a los principios clínicos, lo cual es asimilado a un supremacismo y las consecuencias hay que sacarlas desde el presente.

No voy a tomar sino un ejemplo reciente, la reciente ley adoptada por el Parlamento francés este año. Ésta conlleva que como delito se deberá sancionar desde ahora en adelante toda reserva, toda reticencia, toda modulación aportada al pedido de un sujeto -sujeto de derecho, entiendo-, la demanda de una transición de género -como se dice-. Fue necesaria la intervención de las autoridades de la Escuela de la Causa Freudiana -a los que saludo aquí- para que sea aprobadas, por el Senado y después por la Asamblea Nacional, dos enmiendas que permiten fundar la excepción a los terapeutas a condición de que sus palabras testimonien una prudencia, que no infrinjan la bienvenida y el respeto que se impone delante de lo que yo llamo la “libre elección” de su estilo de vida.

Un hombre político francés a quien no nombraré -¿por qué no lo nombraría?-, Mélenchon, en sus declaraciones hoy propuso que el cambio de sexo sea introducido en la Constitución del Estado y reconocido como un derecho humano fundamental hasta ahora desatendido. En esas condiciones, el aforismo de Lacan formulado en 1978 se escucha como perfectamente en acuerdo con el Zeitgeist, el espíritu de los tiempos. Sin embargo, en ese derecho hubiera sido mejor decir “Todo el mundo es normal”. Decir “Todo es mundo es loco”, completado en el texto por un “es decir delirante” no es sin dejar resonar una suerte de chirrido.

En efecto, hablar de locura, de delirio compete aún de la clínica. Es validar, me parece, el fin de la clínica en términos que pertenecen a la clínica; paradoja que no es la única que introduce este aforismo ya que “Todo el mundo es loco”, ¿quién lo dice? Podría ser que un loco y sus palabras serían un delirio. Es el calcado exacto de una idea enunciada al singular de un Yo [Je], a saber, “Yo miento”. Esa doble paradoja empuja a sospechar que hay en el aforismo en cuestión otra cosa más que esa famosa despatologización. Admito que, respondiendo a este aforismo, cortándolo de su contexto escritural, elevándolo o rebajándolo a la calidad de un eslogan cuan eficaz, sin duda he favorecido un malentendido que importa corregir en el momento de hacer el tema del próximo congreso. Básicamente, nada más simple. Hay que volver a situarlo en el contexto de ese breve escrito del cual lo he extraído. Es a lo que voy a dedicarme desde este momento bajo la forma inevitablemente abreviada que la función a la que estoy obligado -la función de clausura- y que determina mi deber aquí.

Antes de entregarme a este trabajo de recontextualización, indico en un breve excursus cómo podríamos salvar la clínica pese a toda despatologización. Sería suficiente con tener el auxilio de la dialéctica del Monseñor de Panlaud, quien tenía como tarea el calmar los ardores de quienes en la Iglesia se insurgían contra la proscripción del progreso del liberalismo de la civilización moderna articulado en el famoso sílabo del Papa Pío IX. Procedió de la manera siguiente. Distinguía dos niveles, aquel que llamó “de la tesis” donde se afirma el principio como absoluto; y abajo inscribía la hipótesis en el sentido de lo que está encima de la tesis o el relativo triunfo. El principio, ciertamente, en este nivel deja abrir un espacio que está subordinado al primero, un espacio de modulación donde se tienen en cuenta las circunstancias de lo que es importante y lo que no lo es, de las necesidades de la operatividad, etc. Así, lo absoluto y lo relativo, lejos de contradecirse uno al otro, pueden coexistir como buenos vecinos a condición de establecer entre ellos los dos términos de una jerarquía.

La tesis como absoluta sería la desaparición de toda patología -para servirnos de esa dialéctica- y el igualitarismo post-clínico. Sin embargo, al nivel subordinado de la hipótesis, en el interés público, para remediar el desorden, incluso la destrucción que no faltaría al desembocar la aplicación ciega del principio absoluto, se conservaría el distingo de la clínica.

Me permito aquí decir que esto reconciliaría el punto de vista de mis colegas Dominique Laurent y François Leguil con el mío, tesis para mí e hipótesis para ellos.

Mi primera anotación, entonces -retomo después de este excursus el contexto del aforismo de Lacan-, o rectificación será más simple. Me contentaré con tomar en cuenta la frase que sigue inmediatamente a «Todo el mundo es loco», es decir delirante. Esa frase es la siguiente: “Es esto lo que se demuestra en el primer paso hacia la enseñanza”. Aquí no hay ninguna despatologización, sino una disminución, un deterioro y -¿por qué no?- una deconstrucción de lo que es la enseñanza. Esto puede ser sorprendente de parte de un sujeto que largamente ha celebrado la posición de enseñante y que en sí mismo hablaba de su enseñanza.

En efecto, ¿qué es lo que, según Lacan -el ultimísimo Lacan, el ultra-Lacan- se demuestra así, sino que enseñar es una locura, que la enseñanza es una locura? Es así que el aforismo en cuestión se inscribe en el marco de una crítica feroz de la función de la enseñanza; crítica feroz y -añadiría- propiamente clínica. Esta crítica enmarca el aforismo lacaniano. Si leemos lo que le precede en el texto, nos damos cuenta de que no se trata desde el principio únicamente de una crítica, y no solo de la clínica, sino de toda enseñanza. Escucharemos de ahora en adelante el eslogan como anunciando: “Hay que estar loco para enseñar. El que enseña delira” -una curiosa manera de defender el Departamento de Psicoanálisis, así como desvalorizar toda enseñanza y particularmente aquel del psicoanálisis al escribir que el discurso analítico no es materia de enseñanza-. Es necesario ver que Lacan alentó durante años y sostuvo la existencia de ese Departamento.

¿Cuáles son las razones que llevan a Lacan a atacar así a la función de la enseñanza? Primeramente, de este discurso, a diferencia de los 3 otros construidos por Lacan, se dice que no enseña nada -dice Lacan- porque -cita-: “excluye la dominación. No es del orden del discurso del amo que es por excelencia discurso de la dominación porque se establece sobre lo indiscutible de un significante-amo”. ¿Qué enseña este discurso? Enseña que lo que domina es un saber, el cual es siempre siervo de un significante-amo, lo que no demanda las condiciones de nacimiento de la Universidad -se puede situar aproximativamente a Carlos Magno; Blandine nos dirá si es exacto-. No es sino el discurso universitario el que instala en el lugar dominante un saber que permite e incluso exige la enseñanza. El discurso universitario es por excelencia discurso de la enseñanza. No lo desarrollaré.

El discurso de la histérica hace del sujeto el amo del amo. Domina al dominador poniéndolo al trabajo de producir un saber. Éste no es saber siervo del amo. Es el discurso que empuja a la invención del saber al punto que Lacan pudo subrayar la afinidad del discurso de la histérica con el de la ciencia.

En relación con el discurso analítico, éste conlleva también el lugar de la dominación. Para los que lo conocen, arriba a la izquierda en el esquema de Lacan, en el discurso analítico, ese lugar está ocupado por un elemento que no está hecho para dominar, ni comandar o someter, sino hecho para causar el deseo. Es lo que Lacan llamaba en su jerga, el objeto a minúscula, causa del deseo ya que el deseo no se deja dominar y es rebelde a todo mandato y se burla de él. ¿Dónde está el saber en este discurso? Está en posición de no ser sino supuesto y no explícito como en el discurso universitario. Y como supuesto es que sostiene la instancia de la causa del deseo del cual el analista se hace semblante. Aquí, en efecto, no hay enseñanza, lo que no impide que dado el caso sea posible de enseñarse y de un saber sin valor de enseñanza, sin orden de coherencia ni sistema, un saber que se base en encuentros aleatorios, sin ley. Entonces, el discurso analítico no domina. En particular, no domina a su sujeto -a escuchar como ustedes quieran-.

Segunda razón alegada por Lacan para refutar al discurso analítico la capacidad de ser materia de enseñanza: no tiene nada de universal. En efecto, no es en absoluto para todos. Es para uno solo, es para el Uno-completamente-solo. Es para él, solamente él, que la interpretación puede dar lugar a un saber que se desvanece desde el momento en que se pretende universalizarlo, hacerlo valer para todos. Traten de explicar a los demás el efecto sensacional de una interpretación y el exterior no la verá sino en su carácter banal o muy discutible.

Introduzco aquí una modulación ya que Lacan no dice que el psicoanálisis no sería materia de enseñanza. Dice que el discurso analítico no sería materia de enseñanza. El discurso analítico es la práctica del análisis y, por otro lado, está la teoría del psicoanálisis, la historia de ésta y el debate que ha suscitado y se ha sedimentado. Es una partición, una división entre práctica del psicoanálisis y teoría del psicoanálisis. No hay aquí -me corrijo- ninguna desaprobación del Departamento de Psicoanálisis, de la presencia del psicoanálisis en la universidad. Hay, al contrario, una restricción que tiene por efecto el de liberar y abrir un campo. La práctica del psicoanálisis no se enseña, a lo sumo se supervisa dado el caso, cada vez, de un caso singular, el cual no se deja llevar al universal, sino que se puede elevar -cuando éste se presta a ello- a la dignidad de un paradigma. Se trata entonces aquí de una puesta en guardia de Lacan frente a sus alumnos. Sepan bien y hagan saber que nada de lo que les será enseñado del psicoanálisis en la universidad les permitirá ahorrarse un psicoanálisis. Será necesario -como lo dice la apertura de los Escritos- “poner su parte”[1], como algo distinto a un alumno, a saber, como analizantes.

Llevo mi discurso de clausura -que más bien es de apertura- apegándome a un pequeño escrito de Lacan y, primeramente, a la frase que hice situar en la portada de esos pequeños escritos reunidos en una colección que llamé Paradojas. Y es mediante la tercera paradoja de ese texto que comienza el segundo párrafo: “¿Cómo hacer para enseñar lo que no se enseña?”. No era la primera vez que Lacan transmitió un imposible, un real. Digamos aquí que lo que hace es pasar de lo imposible al necesario. Lo que es imposible de enseñar es sin embargo enseñanza y no obstante un enseñar necesario.

Será necesario distinguir el enseñar. Es decir, para retomar el término de Bertrand Russell, estratificar los dos términos. Hay el enseñar tomado del lado de lo imposible y el enseñar del lado necesario. Del uno al otro es problemático ciertamente. Ese pasaje no es para todos, sino -Lacan también lo dice y lo hace escuchar- que solo concierne a uno, a saber, Freud. En efecto, la frase que sigue lo convoca:

“He ahí en lo que Freud se abrió camino. Hay aquí privilegio. Freud es hace mucho el primero en tomar a cargo el enseñar lo que no se enseña, a saber, la práctica del psicoanálisis. Y lo hizo pagando con su persona. Lo hizo librándose a analizar una cantidad de sus sueños y jamás retrocedió en extraer sus formaciones del inconsciente para hacer avanzar el psicoanálisis. Lo que vale para él, sin embargo, no vale para todos”.

Pero diría que también vale para Lacan. No se puede decir que no haya pensado en sí mismo. Sin embargo, él no lo dice. Puede ser el único caso en que da testimonio de modestia. Lacan también, puesto que era un reformador de la práctica del psicoanálisis, aunque se haya defendido de ello, digamos que el rasgo que marca el distingo de su práctica no valía sino para él mismo. Entonces, imitarlo o no es responsabilidad de cada uno.

Habría aquí mucho que decir, lo que no haré ahora ya que voy a hacer un salto a la frase que sigue a donde figura nuestro aforismo. Hela aquí: “Él, Freud, consideró que nada no es sino sueños y que todo el mundo…”, si se puede decir por esta expresión, en efecto, al universal -contrariamente a lo que había dicho anteriormente- “todo el mundo es loco, es decir delirante”. La tesis concentrada en esta frase concierne a la vez al sueño, la locura y al delirio, y es necesario que sean desplegadas. Hay que anotar cuáles son estas tesis atribuidas por Lacan a Freud. Primeramente, es en la obra de Freud donde podré esclarecer estas frases, donde están en juego toda la metapsicología y toda la clínica. Resaltemos que no es sino con Lacan que las sesiones son cortas, incluso ultracortas. Sus escritos están siempre bajo tensión, una tensión que es incesablemente emotiva, a veces se va por las ramas, en correrías, a veces su discurso se reserva bruscamente como aquí.

Tomemos primero la fórmula “Nada no es sino sueños”, frase que corta el aliento. En efecto, uno se pregunta si es Lacan quien pudo escribir eso, mientras que, por ejemplo, se refirió en su Seminario una vez al título famoso de la pieza de Calderón “La vida es sueño” para negar la tesis que conlleva e invalidarla en lo que concierne el discurso analítico. Si todo es sueño, ¿qué pasa con lo real? ¿Hay que llegar a enunciar “Nada es real”? -lo real en el sentido de Lacan-. ¿Lo real no sería sino una ilusión, ficción, delirio? Después de todo, ¿por qué no? Aquí se evoca palabras de Lacan que siempre han sido consideradas como enigmáticas. En la primera lección del Seminario El sinthome, página 18[2] de la edición francesa, Lacan subraya la homogeneidad de lo imaginario y de lo real. Pretende fundarla sobre la estructura binaria de los números. Luego, hace una referencia a Cantor que encuentro al final del breve texto del cual analizo su composición de cerca. Esto es ciertamente homogéneo a lo que se dice bajo la forma “Nada es sino sueños”. La homogeneidad imaginaria-real se completa con la notación de que el símbolo vuelve a poner sobre lo imaginario. Todo sucede como si desde la óptica de las matemáticas a las que evoca y precisamente en la teoría de los conjuntos, lo real, así como lo simbólico se reabsorberían en lo imaginario. ¿No es esto lo que es necesario para que sea fundada la afirmación de que “Nada no es sino sueños”? Esta supremacía de lo imaginario es la conditio sine qua non para que pueda ser dicho que “Nada no es sino sueño”.

Habiendo menoscabado lo que hay que llamar su enseñanza, acentuando la prevalencia de lo imaginario -por ejemplo, en el estadio del espejo-, ¿no sería también lo imaginario del cual Lacan aseguró la promoción en términos de la trayectoria de su discurso? Esto no dejaría de ser satisfactorio para los espíritus que gustan que los discursos se cierren sobre sí mismos. Sin embargo, dejo este tema en suspenso empleando un estilo interrogativo y el condicional.

La segunda declaración de Lacan que enunciaba se encuentra en el texto de la lección 9 del mismo seminario, página 132. Él mismo subraya aquí su brecha con Freud. Dice: “la instancia del saber que Freud renueva, quiero decir innova, con la forma del inconsciente, no supone en absoluto obligatoriamente lo real del que me sirvo”[3]. De esta declaración retengo que según Lacan la teoría freudiana de lo inconsciente no supone lo real y que podría sostenerse sin él, sin real. Lacan subraya que el término de real en función del discurso analítico es de su invención y que es su reacción a la articulación freudiana de lo inconsciente. Reacciona a ella inventando lo real. Lacan va hasta reducir lo real a no ser sino su respuesta sintomática al inconsciente freudiano. Ahí se trata de quitar a ese término toda pretensión a lo universal, reducirlo al síntoma del Uno-completamente-solo.

Hay allí mucho que decir, pero me abrevio. Y vuelvo sobre la idea -como lo anuncié- de que la teoría de Freud no supone lo real. Sí, sin duda, pero articula claramente que algo opera y que permite al sujeto discriminar entre sueño o alucinación de un lado, y realidad de otra. Este algo es, digamos -digo “digamos” porque Freud varió mucho sobre el estatuto de este aparato-, un dispositivo que Freud nombra Realitätsprüfung, la prueba de realidad como se la traduce. Decir, como Lacan, que “Nada es sino sueño” es hacer caso omiso de la prueba de realidad, es amputar la teoría freudiana de un término que parece, no obstante, esencial y que es tenido por tal por los psicoanalistas. ¡Qué imprudencia de hacer nada de la prueba de realidad y además, amputándola a Freud! Sin embargo, la teoría de Freud no es tan clara en este punto. A través de su obra, no se puede discriminar entre aquello que se conserva y lo que se descarta. Hay lugar para una elección en la obra de Freud, la cual no es el jardín a la francesa que Lacan plantó, sino al contrario, una jungla. Y Lacan escoge acentuar en Freud lo que relativiza, incluso, vuelve ilusoria la noción de prueba de realidad. El tema es apasionante para un analista. No hago sino abordarla en cortocircuito.

Es por lo que iría enseguida a un texto corto y magistral de Freud que se titula “Formulaciones sobre los dos principios del acaecer psíquico”[4], texto de 1911. Dejemos de lado los dos textos que le preceden y de los cuales encontramos sus huellas en él: el primer pasaje está en el Proyecto para una psicología científica de 1895 y el segundo en la Traumdeutung, en el famoso capítulo VII. Dejo también el texto escrito tres años más tarde acerca de la metapsicología de los sueños donde Freud enuncia -creo que por primera vez ya que Strachey lo dice, el traductor en inglés de toda la obra de Freud, admirable traductor- que es el yo quien es el asiento de la prueba de realidad -también lo escribe en el texto de la Verneinung[5]-. Es en “Formulaciones sobre los dos principios…” donde Freud introduce por primera vez el término de «prueba de realidad», pero es necesario notar de inmediato que el proceso inconsciente se mofa de la prueba de realidad, que es impermeable a su acción. Primer punto. En efecto, el texto está hecho para articular la relación entre el principio de placer al principio de realidad. Uno se detiene en la tesis de Freud según la cual el evento decisivo en el desarrollo psíquico es la Einrichtung, la instalación del principio de realidad que constituiría un progreso de la más alta importancia. Lo que era hasta entonces solo lo placentero siendo lo que se buscaba bajo el imperio del principio del placer se ve entonces sustituido por el principio de realidad. Y aquí tenemos la satisfacción de encontrar una cadena de las más tradicionales según la cual crecer, alcanzar la madurez implicaría renunciar al placer para confrontarse con la dura realidad. Sin embargo, como ya se resaltó, el inconsciente no conoce -si puedo decir- la prueba de realidad. A esto se adjunta una notación esencial de Freud que viene a matizar o contradecir la idea de una sustitución pura y simple del segundo principio al primero. Freud matiza él mismo su declaración. Nos equivocaríamos en pensar que la sustitución del principio de realidad al principio de placer implica la destitución, la revocación, el declive -son palabras que pueden traducir lo que en alemán se dice Absetzung– efectivo del principio del placer. Digo este “efectivo” para traducir el wirklich en la frase -que me parece que no tradujo Strachey-. Esta sustitución permite, al contrario, dice Freud, la preservación, del principio de placer. Se trata aquí de continuidad del principio del placer por el principio de realidad. Lo que se trata de obtener vía el principio del placer y luego vía el principio de realidad es siempre lo que Freud llama Lustgewinn y que lo traducimos con esta expresión de Lacan de «plus de goce» que se revela aquí -podemos decir esta vez para retomar una fórmula de Lacan- imposible de negativizar; y que el principio de realidad no negativiza. Hablaré allí en cortocircuito porque he tomado la palabra más tiempo de lo que estaba previsto.

Si escogemos privilegiar esta perspectiva y no aquella de la llamada prueba de realidad, es entonces demostrar en qué el estado del soñante es indestructible, que el despertar no es sino una ilusión. Despertarse es continuar soñando con los ojos abiertos. En este sentido, en efecto, “nada es sino sueño”. Y el delirio pertenece para Freud a la misma clase de fenómenos psíquicos que el sueño. Esto fue enunciado en el prefacio de la primera edición de la Traumdeutung: “El sueño es el primer evento de una clase de fenómenos psíquicos anormales de los cuales los otros son la fobia histérica, las obsesiones y los delirios”. Bueno, quisiera saber por qué pone las fobias histéricas y las obsesiones en el mismo capítulo. No he reflexionado aún en aquello.

Además, en el capítulo de la Traumdeutung titulado “Relaciones entre los sueños y las enfermedades mentales”, Freud trata en un pie de igualdad al sueño y a la locura. Lo vemos citar a filósofos en apoyo de su tesis. Y como saben, eso no es algo acostumbrado. Habría que hacer una lista de la aparición de filósofos en sus textos. Es algo en extremo raro. Y aquí cita a Kant y luego a Schopenhauer. A Kant en esta frase: “El loco es alguien quien sueña en estado de vigilia”. Es verdaderamente una tesis freudiana. Y Schopenhauer: “El sueño es una breve locura. La locura es un sueño prolongado”. ¿Hay que distinguir severamente al sueño como fenómeno universal de la locura la cual no atañe sino a algunos? El sentido común querría que no se los introduzca en la misma clase. Es, sin embargo, lo propio del psicoanálisis no ver entre los dos sino diferencias cualitativas y no diferencias de naturaleza para retomar aproximadamente los términos, la orientación de Clérambault evocada ayer par François Leguil. Es lo propio del psicoanálisis el poner a estos fenómenos en continuidad mientras que les pertenece a los guardianes de la realidad común discriminarlos y trazar una línea infranqueable entre lo normal y lo patológico.

A pesar del circuito al que me tuve que resolver para no prolongar largamente este discurso de clausura, creo haber propuesto una orientación clara para los trabajos que serán presentados en dos años en nuestro próximo congreso. Disculpas por las faltas del autor.


[1] Notas tomadas del discurso de clausura de la GCVI de la AMP 2022 “La mujer no existe”. Texto no oficial ni revisado por el autor.

[2] N.d.t.: emporte sur le tordu en el original.

[3] Lacan, J., “Obertura de esta recopilación”, in Escritos, tomo 1, México, Siglo XXI, 2009, p. 22.

[4] Lacan, J., El Seminario, libro XXIII, El Sinthome, Buenos Aires, Paidós, 2017, p. 19.

[5] Ibíd., p. 130.

[6] Freud, S., “Formulaciones sobre los dos principios del acaecer psíquico”, in Obras completas, tomo XII, Buenos Aires, Amorrotu, 2003.

[7] Freud, S., “La negación”, in Obras completas, tomo XIX, Buenos Aires, Amorrortu, 2003.

Publicado por Psicoanálisis Lacaniano

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