¿Por Qué la Guerra? – por Éric Laurent – 2022/04/03

¿POR QUÉ LA GUERRA?

Por Éric Laurent

2022-04-03


¿Por qué la guerra? Freud y Lacan divergen en este punto. En el texto de 1932 que lleva ese título, coescrito por Freud y Einstein, el pacifismo es la posición razonable del hombre civilizado. Cito: “Es por lo que no podemos sino indignarnos contra la guerra. Es en nosotros, pacifistas, una intolerancia constitucional”[1]. Pero Freud concluye su texto con una pregunta, angustiado. Él es pacifista, pero no todos lo son. De ahí su pregunta: “¿Cuánto tiempo tendremos que esperar hasta que los otros también se vuelvan pacifistas?”[2]

Lacan tomaba su distancia con el abordaje científico de un fenómeno real. Lo cito:

“Es loco lo que rechaza la ciencia y que, no obstante, existe, a saber, la guerra. Están allí todos los sabios rompiéndose la cabeza, Warum Krieg? […] Se juntan entre dos, Freud y Einstein. No está a su favor”[3].

Lacan hablaba de la guerra como una dimensión ineliminable del poder. Lo cito: “El poder […] tiene necesidad de una guerra cada veinte años. Esta vez no se ha podido hacerla, pero finalmente va a llegar aun así”[4]. La necesidad de la guerra así reconocida como algo que no cesa da un límite a la biopolítica según Foucault. La paz de los señores políticos no es para todo el mundo. Regularmente un poder -sea capitalista, democrático o sea tiránico- se acuerda del buen recuerdo de sus administrados y desencadena una guerra.

Sobre la guerra y su porqué, Cioran está del mismo lado que Lacan. Guerra y poder son inseparables. En el increíble texto que leemos, Cioran fustiga a la democracia occidental que se deja hacer en Budapest, pero más allá, desarrolla un análisis del poder ruso a través de los siglos en una tonalidad de ciencia ficción. Presenta antes que nada a la Rusia soviética como un imperio eslavo con una forma de poder tiránico que permaneció prácticamente incambiable a través de las formas de la monarquía o de la democracia popular del pueblo. Y, sobre todo, este imperio está investido desde su nacimiento de una misión. Primeramente, católica, volviéndose la tercera Roma. La revolución rusa del ’17 renovó la misión convertida en parir al hombre nuevo, futuro de Europa. Lejos de la perspectiva de la historia y del triunfo anunciado de las democracias occidentales a la Fukuyama, Cioran anuncia lo irreductible de la tiranía y de la sombría fascinación que ejerce sobre los hombres. En una avalancha de oxímoron y de fórmulas sorprendentes, él extrae la oscura claridad del poder absoluto y cuánto está anclado en la subjetividad de cada uno. Como Freud, hace del tirano una posibilidad interna y no una aberración política. Lo cito:

“Iván el terrible, el más fascinante entre ellos, habiendo hecho de su reino y, hasta en cierto modo, de su país un modelo de pesadillo, un prototipo de alucinación viviente e indomable, mezcla de mongoles y de bizantinos, acumulando las cualidades y fallas de un kan y un Basileus, monstruo colérico demoníaco frente a la melancolía sórdida, compartido entre los gustos de los sentidos, tenía la pasión del crimen. Todos nosotros también la tenemos en tanto que somos. Atentado contra los otros o contra nosotros mismos.”[5]

Cioran lee la historia como la repetición de la dimisión del Occidente delante de las amenazas de diversas invasiones y es esa dimisión que nutrió el mesianismo ruso, único frente a las fronteras de la inmensidad de las estepas eurasiáticas. Lo cito:

“Las pretensiones de Rusia de pasar de la primacía vaga a la hegemonía caracterizada tienen un fundamento. ¿Qué hubiera ocurrido con el mundo occidental si Rusia no hubiese detenido y absorbido la invasión mongólica? Durante más de dos siglos de humillaciones y de esclavitud fue excluida de la historia, mientras que en el Oeste las naciones se daban el lujo de destrozarse mutuamente.”[6]

En efecto, mientras que los mongoles hacían estragos en las estepas, en China y el medio oriente, el cristianismo occidental atacó a Bizancio, la debilitó y luego la abandonó después de su caída. El mesianismo ruso retomó la ortodoxia. El marxismo renovó la misión, pero sin alterar la necesidad -cito a Cioran-: “Al divinizar la historia para desacreditar a Dios, el marxismo solo ha conseguido volver a Dios más extraño y obsesionante. Todo se puede sofocar en el hombre, salvo la necesidad de absoluto […]”[7]. La convicción en Cioran de la potencia de lo absoluto hace que anuncie que en la medida del ascenso de su poder política Rusia se desviará del marxismo para regresar a la religión. Ahí realmente hay un costado de ciencia ficción. Lo cito:

“Mientras más fuerte se haga, más conciencia adquirirá de sus raíces, de las que, en cierta forma, el marxismo la habrá alejado; después de una cura forzada de universalismo, se rusificará de nuevo en provecho de la ortodoxia. Además, habrá marcado de tal manera al marxismo, que éste se hallará eslavizado […] ¿Acaso no es revelador que la Revolución, salida en línea directa de las teorías occidentalistas, se haya orientado cada vez más hacia las ideas de los eslavófilos?”[8]

Subrayemos que la ideología eslavófila respondió al desprecio nazi por los eslavos y nutrió la fuerza de resistencia rusa en Stalingrado que terminó rompiendo la máquina de guerra enemiga.

Cuando nosotros, los occidentales, vemos combatir a los ucranianos con una fuerza y una vitalidad ejemplar, el texto de Cioran nos aclara acerca del poder de los pueblos sometidos en el seno del imperio, de nuevo ahí de manera original. Lo cito: “Rusia está condenada a la ascensión. Sin embargo, ¿no se arriesga, a fuerza de subir, desbocada como está, a perder el equilibrio, a estallar y a arruinarse?”. Y allí discierne en el Este la vitalidad de las naciones sometidas que aún no han dicho su última palabra. Lo cito:

“[…] algunas, como Polonia o Hungría, tuvieron en la historia un papel nada deleznable; otras, como Yugoslavia, Bulgaria y Rumania, habiendo vivido en la sombra, no conocieron más que sobresaltos sin mañana […] Maltratadas, desheredadas, precipitadas a un martirio anónimo, descuartizadas entre el desamparo y la sedición, quizá conocerán en el futuro una compensación a tantos infortunios, humillaciones e incluso cobardías […] Los pueblos que podrían sublevarse -no tendría dudas- son aquellos que acabo de mencionar.”[9]

Y luego añade incluso a los Balcanes a pesar de la mala reputación del nacionalismo serbio y la aventura fascista rumana.

El acento puesto por Cioran acerca de la necesidad de los imperios y su examen del imperio eslavo completan lo que otro ruso, Kojève, había enseñado acerca de la necesidad de los imperios. Solicitado en 1945 por asuntos extranjeros, Kojève en un texto que permaneció inédito durante mucho tiempo describe el avenir supranacional de Europa de la posguerra bajo la forma política del imperio. La burocracia ordoliberal no había ganado aún la partida. Cito a Kojève:

“El Estado moderno, la realidad política actual exige bases mayores que aquellas que representan las naciones propiamente dichas. Para ser políticamente viable, el Estado moderno debe basarse en una vasta unión imperial de naciones semejantes. El Estado moderno no es verdaderamente un Estado sino si es un imperio.”

Kojève considera que al menos tres deben emerger: el imperio estadounidense o anglosajón, el imperio eslavo-soviético y propone que en Europa se haga un imperio latino. Los imperios están ligados por lo que llama un “parentesco entre naciones”. Entiende por ello a un lazo de civilización. Lo cito: “El parentesco de naciones es primero y antes que nada un parentesco de lenguaje, de civilización, de mentalidad general y ese parentesco entre ellos se traduce por el parentesco de la religión.”

Kojève dibuja entonces una línea de separación entre el mundo anglosajón, protestante, con inclusión rápida de Alemania en el conjunto, el mundo ortodoxo eslavo y el catolicismo latino. El catolicismo de Kojève no se define por el dogma. Es igual de extraño que la ortodoxia, según Cioran. De manera irónica, Kojève opone a los protestantes que trabajan a los católicos que saben desarrollar el encanto del ocio, en herencia de los romanos. Kojève se desvía aquí en beneficio de su perspectiva el lazo entre protestantismo y capitalismo establecido por Max Weber en su Ética protestante y el espíritu del capitalismo.

En su texto del ’45, Kojève dice pocas cosas sobre el imperio eslavo-soviético. Es sin duda su stalinismo soñado que le impidió decir más acerca del modo de gozar particular que el imperio de Gulag iba a actualizar. En este sentido, el texto mesiánico de Cioran añade un complemento indispensable a Kojève. La descripción del mesianismo ruso no fue posible para Cioran sino después de una maduración subjetiva extraordinaria. Él, quien fue admirador de Hitler, va a convertirse en el portador de otra revelación: “Las democracias no podrán afrontar al imperio sino únicamente levantándose para combatir. La libertad en sí misma no es suficiente, dejada a sí mismos es un virus debilitante”.

Philippe Sollers observó precisamente -lo cito-: “Cioran era mesiánico y va a permanecer así de manera invertida en la desesperanza. Y la mutación no fue posible sino por su conversión a la lengua francesa”. Sollers encuentra los oxímoros para nombrar esa mutación -lo cito-: “no queriendo ser ya los cómplices de sea quien fuere. Se vuelven un integrista del escepticismo, un terrorista del todo, un devoto de la amargura, fanático de la nada”. Y de esto, Cioran supo extraer una visión que nos habla hoy y nos quema.


*Intervención en la plenaria «Por Ucrania» durante la Gran Conversación Virtual de la AMP 2022 «La mujer no existe». 2022-04-03.

[1] Freud, S., “¿Por qué la guerra?”, in Obras completas, tomo XXII, Buenos Aires, Amorrortu, 2003, p. 198.

[2] Ídem.

[3] Lacan, J., El Seminario, libro XXI, Les Non-Dupes Errent. Clase del 1973-XI-02. Inédito.

[4] Lacan, J., El Seminario, libro XVI, De un Otro al otro, Buenos Aires, Paidós, 2017, p. 221.

[5] Cioran, E., Historia y utopía, 1960.

[6] Ídem.

[7] Ídem.

[8] Ídem.

[9] Ídem.

Publicado por Psicoanálisis Lacaniano

Blog en la articulación Freud-Lacan

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