Lacan, el Amor de la Feminidad – por Éric Laurent – 2022/03/31

LACAN, EL AMOR DE LA FEMINIDAD

Por Éric Laurent

2022-03-31


Jorge Chamorro:

Muchas gracias, Marco. Muy claro. Una ubicación. El método es claro y el punto crucial, a mi entender, es el enigma. Pero el enigma no está al principio, estaba. Y la frase que ilumina esto es que el enigma aflora en el discurso freudiano. El enigma que exige respuestas se suma a la dificultad de la niña de dejar por cerrado el Edipo, de superarlo. En este punto vamos a encontrar la puerta abierta a Lⱥ mujer no existe: enigma, puerta, fin del Edipo que no se termina y allí encontraremos a Lⱥ mujer que no existe. En este punto, Éric Laurent va a desarrollar las exigencias del enigma -de tener una respuesta-.

Éric Laurent:

Sí. La feminidad tomada en el sentido de lo que compete del objeto femenino es lo que hace obstáculo a todo Zeitgeist, a todo espíritu de la época. Éste culmina en una descripción de la mujer. No puede sino decirla bajo una forma que siempre escapa, huye, siempre desbordada por su objeto, ella retorna en difamaciones -lo que Lacan escribe dit-femmer-. La feminidad objeta a los espíritus según las épocas, cada vez de una manera particular. La feminidad que tenía que ver con la época Freud era aquella de la Reina Victoria quien supo encarnarla definiendo su época y el final del largo siglo XIX como era victoriana. El régimen de goce que se establecía bajo ese estandarte era una mezcla de prohibiciones, de idealizaciones, de desconocimientos que iban a producir la insurrección freudiana fundada bajo un desciframiento radicalmente nuevo de la feminidad -que resaltó Marco Focchi-.

La época de Lacan viene en ruptura con la era victoriana. La emancipación de las mujeres que permitió la carnicería de la Gran Guerra abre una nueva era, da lugar a una figura nueva de la feminidad, un séquito denominado la marimacha, la sufragante, como tantas facetas del objeto que desquiciaban a los amores nuevos. Cuando Lacan llega a la edad de hombre, es contemporáneo a la vez de las provocaciones vitales de los dada, del amor loco de los surrealistas, de la experiencia anterior de Georges Bataille o de la locura magnífica de Zelda. La originalidad de Lacan era de no ceder a ninguna idealización. Es fiel a la actitud que define en su “Carta a mi padre” que Lacan redivivus aportó a nuestro conocimiento: “Mi personalidad consiste en esto, en que me rechazo el dejarme atiborrar el cráneo. Siguiendo el método científico, miro primero lo que son los fenómenos y luego veo a qué leyes obedecen y entonces puedo soñar con modificarlos si tal es mi interés”[1]. Lacan examina no las idealizaciones del amor loco, sino el funcionamiento preciso de la locura femenina en acto. Esa será su tesis de psiquiatría la que lo conducirá hacia el psicoanálisis, pero también hacia su propio psicoanálisis.

En el texto publicado en 1966 bajo el título “Nuestros antecedentes”, Lacan refiere su entrada al psicoanálisis en relación con la actualización -cita-: “de un método de exhaustividad clínica, del cual nuestra tesis de medicina constituye el ensayo”[2]. El mecanicismo psiquiátrico de Clérambault, asumido como fidelidad a la envoltura formal del síntoma, la lucha contra la supuesta estabilización del yo y el método de exhaustividad lógica constituyen los elementos de una configuración de entrada en el psicoanálisis. Es propicia para una confrontación contra los prejuicios postfreudianos y traza la vía de renovación que Lacan iba a abrir.

Con la tesis sobre Aimée, es de la pasión femenina de la cual Lacan quiere encontrar la clave. Aimée, ese misterio de la pulsión de muerte en las mujeres y su pasaje al acto. Decididamente, Lacan se adentró en la zona donde ella quería golpear al hombre y su objeto de enamoramiento loco. Aimée anuncia la lectura que Lacan hará del caso de las hermanas Papin, de Medea, de Antígona, de Madeleine Gide, de las tragedias de Claudel del Imperio de los sentidos y los místicos. En su valorización de los gestos de la verdadera mujer que cada vez transgrede los límites apuntando a lo que el hombre tiene de más precioso, Lacan hace valer el más-allá de la rivalidad fálica del Penisneid. Ella no golpea al hombre sino para alcanzar mejor y agujerear el horizonte de la época y de su discurso. Lacan no es un místico del goce femenino, sino un descifrador apasionado de la posición femenina de la sexuación de la cual terminará dando el matema, abriendo así el acceso de lo que era un problema crucial para el psicoanálisis.

En su “Cuestionamiento del psicoanalista” de 1963, texto capital al cual Lacan redivivus nos ha dado acceso, Lacan subraya a la vez la manera en que Freud cerró en su análisis el acceso al desciframiento del goce en su fantasma y el problema crucial para el psicoanálisis que dejó baldío. Cito a Lacan:

“En su Traumdeutung, vemos les pliegues que teje con los tules del vestido de su voluntad de potencia, dejando vacío el lugar donde se sostiene el deseo que rasga es sostén. Nosotros no sabemos nada, una existencia marcada por un amor conyugal impecable.”, antes que llamarlo serio -como Ernest Jones-. “Es mejor saber que ella conlleva un gesto magistral que Freud nos da a cambio[3], aquel del fantasma fundamental cuyo rol para nosotros es interrogado”. Reformulando esta interrogación sobre el deseo de Freud 6 meses más tarde en el Seminario XI, Lacan añade: “Diremos que Freud tenía madera para ser un magnífico idealista apasionado, si no se hubiese dedicado al otro, bajo la forma de la histérica”[4]. Idealista apasionado de la causa femenina -he ahí el adjetivo, ciertamente único- del cual Lacan desea separarse para interrogar el goce que aparece como partenaire del sujeto histérico, pero en tanto que se rehúsa a él.

Freud, cerrando la puerta al único acceso que permite al goce el fantasma, deja vacío el lugar del resultado de sus interrogaciones. Lacan lo subraya: “Habría que partir de un balance de lo que el psicoanálisis ha sostenido desde que Freud se dedicó. El resultado es manifiesto. El vacío enorme que se marca sobre el goce femenino, por ejemplo, lo mismo en el terreno de la descripción psicológica que permanece intacto”.

Para encontrar el camino hacia el goce femenino como tal, Lacan va primeramente la dialéctica de la castración deshaciendo la evidencia del lazo del goce fálico con el órgano peniano. Retoma todo el capítulo de las querellas que han atravesado el movimiento analítico después de Freud sobre la cuestión fálica, donde se han afrontado los feminismos diversos de Karen Horney, Helene Deutsch y el lugarteniente de la ortodoxia, Ernest Jones. Lacan reformula esa dialéctica en 1958 en “La significación del falo”. Se apoya dándole una dimensión desconocida para el autor sobre la equivalencia que Otto Fenichel había extraído: girl = phallus. Lacan lo dice de manera meritoria, aunque titubeante. La cuestión no es solamente de la falta de tener fálico del lado femenino, sino del juego así abierto entre tener y ser. “Quien lo es, no lo tiene”. Cita: “Es precisamente en tanto que ella no tiene el falo que la mujer puede tomar el valor de éste. Recuérdese en la juventud, la mujer es concebida como aquello del cual el hombre está privado”. Así se cava la distancia entre el goce y el órgano y se disipa la falsa evidencia de la libido. Aquella que está privada puede gozar de la privación en sí. El cuerpo de una mujer se vuelve entonces el lugar de la metáfora de mi goce o del goce como metáfora. Una vez deshecho el lazo entre el órgano peniano y el goce se puede establecer la categoría del goce como tal que va a englobar el goce de los objetos parciales -como testimonia el fantasma- y el goce fálico. Estos diversos objetos encuentran una formulación en el matema del objeto a. El falo no es un objeto parcial más, sino que es aquel que permite una metáfora del goce fantasmático en el objeto femenino del que se hace el depósito. Este goce que pasa del fantasma e incluyendo el objeto parcial a el objeto sexual, Lacan lo designará como goce absoluto, o goce como tal, que sobrepasan las diferentes calificaciones anteriores del goce. Lacan aísla el hilo rojo del goce entre las diferentes formulaciones de Freud, pero es para desentrañar mejor la particularidad del goce que no tiene localización orgánica. Mientras que, fiándose del órgano peniano, el hombre cree tener la clave de lo que piensa dar y de sus fantasmas oblativos. El goce como tal, distinto del goce fálico, fue descubierto por Freud del lado de la histérico que, hombre o mujer, hace del goce lo que se rehúsa a él o ella y lo deja insatisfecho o insatisfecha. Si el sujeto histérico permite plantear lógicamente la cuestión del goce, el ordenamiento no podrá desplegarse sino a partir del sujeto femenino y no del sujeto histérico. El goce femenino se vuelve el goce como tal, esa que hace acontecimiento de cuerpo y no acontecimiento de órgano -como lo dice Jacques-Alain Miller en su texto de Juliette de 2019-.

Para precisar la lógica del goce es necesario para Lacan crear una lógica formal, que vaya más allá de la lógica fálica. Está será fundada en el empleo de la letra, ésta que inscribe el goce como metáfora precisando su aspecto feminizante. Este aparto nuevo de letras permite a Lacan reformular 16 años después el lazo de la letra y de la posición femenina que encarnaba la reina en la ficción de Edgar Poe. La carta robada es dirigida a la reina en medio de la corte, es decir, en medio del orden del Estado -el que garantiza la relación sexual legítimo-. Esta Corte real es un contrapelo del mito de la horda primitiva de “Tótem y tabú” en la que el padre primitivo goza de todas las mujeres. En la Corte está el rey. El rey no tiene acceso a todas, sino a ciertas, en plural. Sin embargo, lo que viene a añadirse al goce distribuido según el orden patriarcal, el goce suplementario es aquel que es poseído por la reina. La irrupción de la letra, lo que ésta viene a anotar es un goce disimétrico en relación con el goce patriarcal. La letra roba viene a inscribir lo que no puede encontrar su lugar en la distribución significante. Ésta se convierte en la huella de lo que no puede escribirse, se convierte en el “signo” de la mujer como una posición de exclusión interna, de extimidad, -cita-: “en él hace ella valer su ser, fundándolo fuera de la ley, que la contiene siempre, debido al efecto de los orígenes, en posición de significante, e incluso de fetiche”[5]. Lacan pasa entonces de la Bedeutung des Phallus a La carta robada, de la dialéctica fálica al goce absoluto, aquel que no se puede inscribir en la relación sexual. El orden de la letra anota en lógica el lugar de lo que no se puede escribir y que, por lo tanto, connota lo imposible. La escritura permite situar la Bedeutung alrededor de un agujero central que permite todas las metáforas de los semblantes y los deslizamientos metonímicos del goce como aquello que permanece: el plus de goce. Lacan hace de la decepción fálica en el horizonte de la perspectiva freudiana -esa decepción que había bautizado como «roca de la castración»- un error de perspectiva donde el imposible de la inscripción de la relación sexual fue reducido a la impotencia del semblante fálico para inscribir lo que se le escapa.

Para llegar a dar forma al goce así planteado, es necesario, al igual de la ciencia, abandonar a todo recurso a la intuición para apoyarse en un cierto tipo de inscriptible. (Le digo al traductor que voy a saltarme el siguiente párrafo.)

Un nuevo amor por la feminidad

Amar la feminidad implica no abordarla por una definición, una descripción, sino suponerle un saber. El nuevo amor por la feminidad al que Lacan nos lleva consiste en convencernos en que, en cuanto escuchamos hablar de goce, es necesario deshacernos de la intuición de la forma de los cuerpos para retener únicamente la inscripción de la letra de goce sobre el cuerpo. Este nuevo amor por la feminidad que incita al amor por la letra se basa en un esfuerzo de lógica formal que se inscribe en la historia de los discursos que han marcado los lazos del amor y del saber, uno propiamente llevado al esfuerzo de sublimación.

Leyendo El banquete de Platón, Lacan definió una metáfora del amor que dio una forma nueva al camino que Platón trazó a partir del interés erótico por los bellos jóvenes a lo bello como tal y así al estudio de las matemáticas. Pero la metáfora del amor entre erastés y erómenos permanece del lado hombre. Éste se mantiene a distancia de la feminidad. Es el meollo del lugar de Diotima en El banquete. Lacan habla completamente de otra manera del esfuerzo de Aristóteles. Considera que la lógica formal inventada por Aristóteles estaba ligada a su deseo de nombrar el goce femenino identificado por él a aquel de la histérica en su relación al todo. El todo-hombre de los silogismos hace eco al todo-hombre que funda la lógica histérica. El todo -el pan -está en el centro de esta lógica que precede a los portaherramientas de la ciencia. Cito a Lacan: “Esa payasada [pan-talonnade] de la primera gran lógica formal está ligada esencialmente a la idea que Aristóteles se hacía de la mujer, lo que pone más bien a las mujeres de su época en un muy buen rango y al menos a ser estimulantes para los hombres”. De manera sorprendente, Lacan sitúa a Aristóteles en una perspectiva de un nuevo amor por la feminidad, la feminidad histérica. Éste precede a aquel de Freud, contemporáneo de la renovación de la lógica. Es la ocasión para recordar que Freud no solo siguió los cursos de física de Holtz. También siguió los cursos de lógica filosófica de Brentano. Estos son los que le permitieron poner en el corazón del inconsciente la diferencia entre juicio de existencia y juicio de atribución.

Las mujeres de nuestra época son tan estimulantes como las de Aristóteles, pero de otra manera. La conexión entre la feminidad y la aventura de la lógica de nuestro tiempo que interroga radicalmente la noción de existencia se hace por el esfuerzo del sistema formal de Lacan. La importancia de la existencia lógica, distinta de las evidencias fenomenológicas fue extraída por Jacques-Alain Miller en su curso El Uno completamente solo. Es en el centro de la existencia del goce femenino y de un nuevo amor por la feminidad. Solo la representación literal del goce da cuenta de la experiencia de nuestro Zeitgeist que desemboca en la renovación de todos los semblantes por donde viene a nombrarse La mujer que no existe. La mujer no puede reducirse tampoco en la civilización de la ciencia -como el hombre- a la mujer sin cualidades, aquellas que se pudiera reducir por la cuantificación. Hay entonces mujeres que existen sin poder reducirse a una comunidad feminista o a otra. Ellas se escabullen de los semblantes y provocan a la escritura. Es lo que hace la estimulación de las mujeres en la experiencia de la época. Ellas incitan a despertarnos a las manifestaciones nuevas del no-todo que marcan el adiós al patriarcado. Esto, sin reducirse al yugo de la inscripción en una igualdad de condición anhelada por la justicia distributiva -perspectiva woke-.

Es así como se aclara el problema que planteábamos en el inicio de este texto. La feminidad hace obstáculo a los dichos del Zeitgeist, pero gracias al aparato lógico de los matemas de Lacan, el problema se desplaza y encuentra su resolución. Por este aparato, el goce femenino logra escribirse a condición de renunciar a toda intuición para contentarse de señalar la manera en la cual encuentra el discurso de la época. Por este nuevo amor de la feminidad, somos convidados a un despertar de la letra y a la primavera del goce.


*Discurso presentado en la Gran Conversación Internacional Virtual de la AMP 2022 “La mujer no existe”. Texto no oficial ni revisado por su autor. 2022-03-31

[1] Cfr. Lacan Hispano – por Jacques-Alain Miller – 2021/12/17 – PSICOANÁLISIS LACANIANO (psicoanalisislacaniano.com)

[2] Lacan, J., “De nuestros antecedentes”, in Escritos, tomo 1, México, Siglo XXI Editores, 2009, p. 73.

[3] N.d.t.: Freud nous fait monnaie en el original.

[4] Lacan, J., El Seminario, libro XI, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 2017, p. 35.

[5] Lacan, J., “El seminario de la carta robada”, in Escritos, tomo 1, México, Siglo XXI Editores, 2009, p. 42.

Publicado por Psicoanálisis Lacaniano

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8 comentarios sobre “Lacan, el Amor de la Feminidad – por Éric Laurent – 2022/03/31

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