El Ornitorrinco y el Psicoanálisis – por Philippe De Georges – 2022/01/22

Agnès Aflalo:

Vamos a seguir esta tarde. Tenemos la secuencia ahora bajo el título “¿Qué entendemos por singularidad?”. Y tenemos tres intervenciones: Philippe de Georges, Guilaine Guillaumé y Christiane Alberti. Sin tardar voy a pasar la palabra a Philippe de Georges, quien hablará con el título “El ornitorrinco y el psicoanálisis”.

Philippe De Georges:

La despatologización es una interpretación. La debemos a Anna Aromí en un reciente coloquio en español con Jacques-Alain Miller. Esta expresión interpreta una serie de fenómenos que marcan la época que vivimos. Es primeramente, sin duda, un cambio de paradigma inaugurado por los trabajos de Michel Foucault: Los anormales, luego Historia de la locura. Con estos dos libros, Foucault deconstruyó lo que era el alienismo y luego la psiquiatría tal como la conocíamos y la habíamos practicado. Él resalta la psicopatología como un hecho de civilización y la concepción de la enfermedad mental como algo que compete de una constitución histórica. El sistema psiquiátrico se basaba en una taxonomía inspirado por el modelo de las ciencias naturales del siglo XIX y su lógica médica. Los signos tomados como síntomas hasta los síndromes, luego a la entidad nosológica, luego al tratamiento. Estuvimos impregnados por esta construcción práctica y teórica de la cual al menos hemos guardado la tripartición: neurosis, psicosis y perversión.

Podemos decir que el psicoanálisis contrajo una deuda en vista de esa psiquiatría retomando esa clasificación aun si Freud tuvo la esperanza de subvertirla y reorientarla. Creo que saber que cuando Lacan dedicó un ejemplar de su tesis a Freud, le hace un homenaje a éste por ser el padre de una psiquiatría nueva.

El desmontaje foucaultiano acordó la legitimidad epistémica de ese aparato intelectual y de la práctica social que de allí se autorizaba. Pero otro fenómeno social convergió con esta iniciativa. Ciertos grupos objetaron el uso de esos términos pues a sus orejas no eran sino estigmatizaciones abusivas. Ciertas feministas atacaron la noción de histeria, a pesar del prestigio que Freud pudo darle en la escucha de sus pacientes; luego, los homosexuales impugnaron el hecho de que sus prácticas sexuales puedan haber sido calificadas como perversas y tomadas como el efecto de una patología psiquiátrica y de una causalidad psíquicas antes que ser vistas como una elección de objeto igual de admisible que otras. Más recientemente, los autistas han cuestionado las referencias a su estado como una forma de psicosis.

Estas reivindicaciones han ocupado las luchas de las minorías y de las diversas comunidades de goce para que se tomen en cuenta sus derechos. El momento trans no es, sin duda, sino un desarrollo de estos cambios globales y, tal vez, su acmé. Pero al mismo tiempo los psi han constatado que las personas que se dirigían a ellos admitían cada vez menos que su subjetividad sea interrogada y que sus maneras de ser pudieran ser problematizadas, historizadas y que se presten así a volverse un síntoma analítico. Es como si la división subjetiva dejara lugar a una certeza generalizada y como si la dialectización dejara lugar a una autonomía de la afirmación de sí. Podemos decir así que todos estos fenómenos convergen en un haz de despatologización.

Esto se traduce entre los psiquiatras por la desmonetización de los sistemas clasificatorios habituales en beneficio de una serie de trastornos más o menos aislados, supuestamente identificados por un recorrido de observación objetiva y a-teórica. Los diversos DSM han desembocado en la liquidación de categorías llamadas clínicas mientras que las neurociencias afirmaban la causalidad genética y hereditaria. Es así como constatamos -como lo hicieron hace un momento dos colegas- la obsolescencia de la disciplina psiquiátrica que ya no es sino la sombra y la caricatura de sí misma con sus pacientes desatendidos que colman las prisiones y son reducidos al estado de SDF[1] y sus servicios desiertos de personal auxiliar donde reflorece el encierro, la contención y los electroshocks.

El psicoanálisis no ha escapado al espíritu de los tiempos. El acusar lo normal así como de lo patológico desde Canguilhem es perceptible temprano en la enseñanza de Lacan. Si su promoción del Nombre-del-Padre y de la noción de forclusión parecía dar vigor a una lógica binaria, el giro marcado por el Seminario El sinthome se muestra como una ruptura. Lacan, sismógrafo, registra la disolución de la clínica llamada estructural. No hemos sacado de ello todas las consecuencias todavía. Éstas están, no obstante, en el corazón de la enseñanza del ultimísimo Lacan con la promoción del nudo borromeo en lugar de las tópicas freudianas.

Es partiendo de estas nuevas referencias que podemos recoger los desafíos de la época. Queda todo por hacer. Nuestro hacer clínico ha encontrado un nuevo ciclo cuando Jacques-Alain Miller inventó el término de «psicosis ordinaria» a partir de la constatación que ha podido hacer de que cada practicante ha podido conocer casos inclasificables, cuestionando la pertinencia de nuestras bases diagnósticas. La clínica ha sido modernizada, como testimonian los casos presentados en todo este coloquio por nuestros colegas formados en nuestro campo, pero esta innovación permanece interna a la distinción entre neurosis y psicosis de la cual no es sino una modalidad. Como lo dice Canguilhem: “Les conceptos no son de la naturaleza de las cosas, sino de las construcciones y de las ficciones”. Y como lo recuerda Jacques-Alain Miller a sus interlocutores españoles: “Nuestra clínica está tomada del discurso del amo.”[2]

La clínica es etimológicamente aquello que se recoge en la cama del enfermo. El diván es otra cosa. El desafío que tenemos delante de nosotros no concierne esencialmente el psicoanálisis aplicado -sea la psicoterapia o la institución-. Nuestro dominio compete del psicoanálisis puro. Es el campo del discurso analítico en lo que tiene de fundamentalmente diferente de los otros discursos. Es ahí y solamente ahí que se juega verdaderamente lo que no cesamos de repetir después de Lacan, a saber, que el deseo del psicoanalista es aquel de la diferencia absoluta. La diferencia absoluta es el meollo de la praxis psicoanalítica. Los testimonios del pase lo demuestran. Tienen como virtud el evidenciar cómo la experiencia analítica es el medio de una invención singular. No escuchamos a los AE afinar su diagnóstico, ninguno de ellos dice: “Yo soy una histérica del tipo Charcot. He ahí en que casillero me sitúo”. Ninguno no es, sin embargo, un ornitorrinco o una quimera, sino que cada uno se presenta como un sujeto que asume su singularidad. Como lo dice nuevamente Canguilhem: “Es contra la regla que la singularidad aparece y, podríamos decir, estalla.

Es la singularidad de cada parlêtre, su nombre propio, como lo recordaba Marie-Hélène Brousse esta mañana y con cada solución sinthomática a la que se apunta en cada cura. El aforismo “Todo el mundo es loco, es decir delirante” tiene para mí un sentido. No hay que tomarlo como una suerte de consigna situacionista o relativista. El delirio hay que tomarlo aquí, como Freud, como una tentativa de curación o, para decirlo en nuestro lenguaje, como solución. Es una invitación a oponer sistemáticamente el sin-igual de cada uno tanto en miras a lo universal como a los particularismos y de comunidades de identidad o goce que son los últimos avatares de la lógica segregativa. En este sentido, el estudio de delirio de cada uno -como expresión de la diferencia singular- puede ser desde ahora la tarea que debe asignarse la Escuela de Lacan.

Agnès Aflalo:

Gracias, Philippe. Usted evoca varias acepciones de la singularidad. Antes que retomemos lo que hace dificultad a la singularidad, lo cito: “La despatologización marca la época que vivimos” y para esto usted evoca el impacto de un fenómeno social que recorta a la lucha de las minorías. ¿Quisieras volver a este punto para que podamos luego hablar de singularidad?

Philippe De Georges:

Hacía alusión a las minorías que evoca Lacan cuando habla del ascenso de la segregación. En efecto, a medida en que se evapora la distinción tradicional que lo simbólico antigua proponía, es decir las diferencias de naciones, de géneros y de razas, se ve aparecer otra expresión de la aspiración a la diferencia. Esto se evocó hace un momento. Las personas quieren marcar su diferencia y para hacerlo reclaman fronteras nuevas entre yo y el otro, o entre nosotros y los otros. Y de repente, hay una respuesta en el campo social a esa inquietud de la desaparición del sistema binario que era el simbólico antiguo, una respuesta que es la agregación en comunidades de goce. Cada una se presenta como un lobby que reivindica su derecho al reconocimiento, contra lo universal, ciertamente, pero también contra la singularidad porque cada uno es requerido de encasillarse en una clase. Vimos con la entrevista de Rachel Khan que cada uno se encuentra verdaderamente agredido si no acepta el entrar en una categoría que se le propone.

Agnès Aflalo:

Yo pensaba más bien en lo que mencionó de que las corrientes feministas que se oponen al hecho de que se hable de histeria; los homosexuales que encuentran estigmatizante el término de perversión. Lo que plantea problemas para una referencia estructural. No discuto del lado despreciativo que puede tener ese término, sino que desde el punto de vista del concepto eso plantea ciertas dificultades. Los autistas tienen la idea de que no se puede hablar de psicosis y la pregunta que eso plantea, incluso, de una cara de psicosis. Usted los enumeró. Son categorías del discurso corriente ahora. Hemos salido de la despatologización para entrar en el discurso corriente. Entonces, mi pregunta -si se quiere llegar un poco alrededor de la singularidad- es ¿en qué feminista, homo, trans, autistas, va contra la singularidad? ¿Quisieras retomar este punto? Porque en efecto nos es necesario oponer el universal, lo particular y lo singular. ¿Quisieras decirnos algo?

Philippe De Georges:

Es importante retornar sobre las categorías de Aristóteles que son el fondo de esta reflexión y que son prolongadas por Lacan y retomadas en varias veces. Vemos en Freud que hay una tensión entre su inquietud, por ejemplo, de tomar a su cuenta las categorías de neurosis, psicosis y perversión -por ejemplo, cuando lo hace en sus casos clínicos- y su preocupación de la singularidad que es muy preciosa, muy neta; cuando dice que cada uno debe ser acogido con una gran ingenuidad, como si uno no supiera nada -por ende, por una pasión de la ignorancia, para retomar un término de Lacan-. Freud tiene una preocupación por la singularidad. Es la preocupación que tiene cuando habla, por ejemplo, de Einziger Zug, el trazo unario. Einziger es lo singular y esto es muy precioso porque ha sido un debate muy vasto. Por ejemplo, en la época del marxismo, Max Stirner escribió un libro Der Einzige[3] contra la toma en masa, la toma colectiva. Cuando vemos gente que ven en Internet para saber si son autistas, trans, para buscar una etiqueta, eso va en contra del acogimiento de la singularidad, es decir, de la subjetividad en lo que tiene de irreductible. Creo que Francesca Biagi-Chai evocó eso muy bien hace un instante. La singularidad es aplastada por esas categorías, aun si han pasado al discurso corriente.

Agnès Aflalo:

Sí. Entonces, podemos decir que la singularidad se encuentra al menos en dos vertientes: la vertiente significante y la vertiente goce, la del objeto. Y que esas categorías sociales y políticas deshacen algo de la clínica, algo que se trata que el discurso analítico recapture como lo que puede haber de más determinante, de más excepcional para un sujeto y solo para él, lo que lo diferencie a él de todos los otros; mientras que estas categorías funcionan sobre lo universal y van en contra de esto -me parece-.

Philippe De Georges:

Yo pienso que lo singular es el término más preciso. Es aquel de Aristóteles y aquel del nominalismo, y aquel de la recepción de la subjetividad propia de cada uno. Pero para nosotros eso es evidente en el discurso analítico. Es por eso por lo que tomaba el ejemplo de los AE. Los AE no buscan clasificarse, no buscan identificarse a un grupo, al contrario, intentan poner en primer plano la singularidad de su respuesta sinthomática. Toda la mañana ha estado atravesada por este tema. Eso no impide que todos nosotros continuemos refiriéndonos a la noción de psicosis…

Agnès Aflalo:

Esa era mi tercera pregunta. Era solo para responderle en relación con los puntos de excepción. Yo no lo expresé en el sentido de que es la excepción que confirma la regla. Es decir que retomaríamos las cuatro figuras con lo universal y lo particular. Es en el sentido de que podríamos hacer una lista de excepciones, es decir los dispersos descabalados, los que no entran la categoría.

Mi tercera pregunta es la siguiente. Usted hablaba de la permutación de la clínica del Nombre-del-Padre y luego la clínica borromea. Justamente el Nombre-del-Padre está fundado sobre el universal y lo particular si vamos al lado macho de la sexuación: el Padre hace excepción en relación con los que están sometidos a la función de la castración. Diría que, con los nudos, en oposición, cada uno es singular. Sin embargo, la psicosis es trashistórica. Eso nos produce una dificultad, una tensión -me parece-. ¿Cómo la sitúa en el análisis de hoy en día?

Philippe De Georges:

Repienso, por ejemplo, la jornada de otoño y los casos clínicos que fueron presentados el sábado. Vimos que un número enorme de casos competían de la psicosis ordinaria. Fue dicho o a veces no tan claramente dicho, pero estaba presente. Lo que supone que en nuestro espíritu de los colegas que trataron y recibieron esos casos, las categorías de psicosis son aún operatorias. La cuestión es saber qué estatuto les damos. ¿Nos quedamos en una lógica de clases? Pienso siempre en los tres grandes encuentros en Aracachon, Angès y Antibes, donde Jacques-Alain Miller nos ayudó a trabajar en eso. ¿Entramos en una lógica de clases o extrapolamos la lógica del no-todo para decir que efectivamente ahí es lo singular que es lo importante? Cuando hablamos del Presidente Schereber no hablamos como lo hacemos del Hombre de los Lobos ni cuando hablamos de Joyce. Tenemos la idea de un paradigma y de la singularidad de cada uno de los casos y de la solución o del impase de cada uno. Creo que es eso lo que hay que poner en primer plano y que nuestra Escuela ha ganado al promover esa sensibilidad particular a la singularidad.

Para regresar a algo muy antiguo, estudié en una época los trabajos de Kretschmer -para nosotros una figura esencial de la definición de una forma de paranoia-. Pero Kretschmer dice cosas formidables, un poco porque era fenomenologista. Dice que no hay una paranoia, sino que hay paranoias. Cada una es un caso particular -ahí vemos el término particular y no singular- porque cada uno en nuestra percepción lo podemos compararlo con lo que él llama fundamentalmente un «ideal tipo» -un tipo ideal que tendría ciertos caracteres que definen la paranoia kretschmeriana-. Podríamos decir: “Ese sujeto se ajusta un poco a esos caracteres y entonces puedo considerarlo como tal y acogerlo como tal”. Pero eso no se detiene ahí. Kretschmer no clasificaba.

Agnès Aflalo:

Encuentro eso como algo precioso. Puede ser que lo dejemos ahí para pasar enseguida a lo que sigue. Le agradezco, Philippe. Es ahí donde encuentro que la categoría de psicosis ordinaria -conceptualizada por Jacques-Alain Miller- es de una potencia bien superior a aquella de paranoia de Kretschmer justamente porque permite expresar la singularidad. Y las singularidades son numerosas. Me decía -vamos a ver en la discusión- que a la vez es trashistórica y que, sin duda, la clínica de los nudos hay que privilegiarla, pero que un punto hay algo que articular de una a la otra. Pongo eso en discusión.

Philippe De Georges:

A partir de las respuestas de cada uno. Según como encuentre su solución cada uno sería más o menos psicótico o neurótico.

Agnès Aflalo: Pienso que eso plantea dificultades, pero vamos a dejar eso a la discusión.


[1] N.d.t.: SDF son las iniciales de “sans domicile fixe”, personas sin domicilio fijo.

[2] Miller, J.-A., Polémica política, [en línea]: Polémica Política – por Jacques-Alain Miller – 2021/05/02 – PSICOANÁLISIS LACANIANO (psicoanalisislacaniano.com)

[3] Stirner, M., Der Enzige und sein Eigentum.

Publicado por Psicoanálisis Lacaniano

Blog en la articulación Freud-Lacan

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