El Honor del Pasador – por Alice Delarue – 2022/01/22

Fui pasadora durante dos años. Desde el inicio de esta función, me pregunté qué es lo que debía hacer con la vida que me forjé bajo los testimonios y es esa pregunta de la vida del pasador que quise someter a discusión hoy.

En la “Proposición del 9 de octubre”, Lacan presenta al pasador como siendo aquel de quien se puede esperar un testimonio preciso sobre el franqueamiento en un analizante del pasaje al deseo de ser psicoanalista. Esta precisión se sostiene para él en aquello que el pasador aún sostiene de ese pase. En la mayoría de casos, es designado por su analista para ocupar esta función cuando está en un tiempo de su cura en la que está presente -indica Lacan- su deser donde su psicoanalista guarda la esencia de lo que le es pasado como un duelo. Esto quiere decir que se trata de un momento preciso donde el analizante ha podido disipar los espejismos del ser, en primer lugar, lo que compete de su fantasma mientras que el sujeto supuesto saber ha sido menoscabado, pero no ha caído. Y ese estado subjetivo depresivo en el que se encuentra todavía da oportunidad al pasador de poner autentificar al pasante -más allá de la recepción necesaria de la construcción de un saber sobre el fin de su análisis- una cierta posición de enunciación que verifica que éste ha salido de ello, que eso se le ha pasado como un duelo. Y de eso -continúa Lacan- no hay nada que uno se pueda dar aires sino no se está allí.

Seis años más tarde en la “Nota italiana”, Lacan evoca de nuevo la función del pasador precisándola. Escribe: “El analista lleva la marca que atestigua aquello de lo que ha cernido la causa de su horror, del propio suyo, separado de aquella de todos. Desde entonces, él sabrá ser un desecho”[1]. El pasador, su congénere, debe saber encontrar esa marca, pero la situación debe estar en medida de ver si este descubrimiento ha llevado al pasante al entusiasmo o no. Si no es el caso -como dice Lacan- puede haber análisis, pero no habría ninguna posibilidad de analista.

Hago un pequeño apartado acerca de este término de entusiasmo porque me ha sorprendido. Jacques-Alain Miller ha propuesto un desarrollo sobre el entusiasmo[2] en su curso indicando que es un afecto que no se lleva particularmente con el analista en la medida donde sostiene un “Yo soy ahí. Eso es” y lo separa de su necesaria relación con su no quiero saber nada de ello para forzarlo. El entusiasmo del que habla aquí Lacan es entonces de otro tipo. Es efímero, permanece articulado a aquello que de la verdad tiene de horrible.

Se ve que el carácter operatorio del pasador se sostiene para Lacan en una parte por un entre-dos que marca su posición subjetiva -entre deser y duelo en los términos de 1967, entre desecho y entusiasmo para retomar los del ’73-. Pero hay otro entre-dos en el que el pasador está tomado: es su lugar entre el pasante y el Jurado. Resulta de allí una tensión -a menudo debatida en la Escuela- entre su posición de secretario y aquella de intérprete, tensión que conjuga el hiato entre la logificación de su cura hecha por el pasante y la autenticidad de su enunciación. Ese entre-dos es un punto esencial y fecundo del dispositivo. Es una paradoja productiva.

Ahora bien, Jacques-Alain Miller ha podido subrayar que el carácter indirecto del testimonio no era lo esencial de la función del pasador en el dispositivo tal como Lacan lo había pensado. Recordó que en una primera versión de la “Proposición” -no publicada-, Lacan había imaginado que sean los pasadores quienes decidieran acerca de la nominación del pasante. Lacan ciertamente no retuvo esa idea, pero tengamos en cuenta el hecho de que la tuvo. Y si en 1967, Lacan había propuesto que el pasador sea testigo y no juez, en su “Nota Italia” afirma que el pasador se deshonra al dejar la cosa incierta[3]. Esta cosa que no hay que dejar en suspenso es el hecho de saber si un pasante -por el hecho de que ha actualizado un punto de horror antes de su desprendimiento- es apto para transmitir un deseo inédito. Y Lacan afirma entonces que el pasador se deshonra si en lo que dirige al Jurado esa cosa permanece incierta para él. «Deshonor» es un término fuerte. A lo que Lacan invita a sus interlocutores italianos -a los que dirige esta nota después de haber recibido su anhelo de fundar una Escuela- es a tomar el dispositivo del pase de manera más seria de lo que se hacía en la Escuela Freudiana de París. En ésta, les dice: “esta incertitud a veces mantenida por los pasadores desemboca en inclinaciones corteses de ciertas candidaturas”. Pero si no hay quiebres, sin embargo, la falla del analista -no autorizándose sino de sí mismo- pasa al pasador. Inversamente, esta incertidumbre puede también participar en nominaciones precipitadas.

Lacan había evocado el honor en “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano” cuando indicaba que “[…] toda cadena significante se honra en cerrar el círculo de su significación”[4]. Se entiende que el honor se sostiene en el lenguaje mismo, al circuito del significante entre el sujeto y el Otro. “Honor de los hombres, santo Lenguaje, discurso profético y engalanado, bellas cadenas donde se aventura el dios en la carne extraviado…” escribe Paul Valéry.

Si como lo indicó Lacan, el dispositivo del pase tiene la estructura de una agudeza [mot de sprit], el pasador no es solamente un portador pasivo del mensaje entre el pasante y la dritte Person representada por el Jurado. Tiene no solamente la tarea de hacer pasar los enunciados y la enunciación del pasante, pero como él mismo está implicado como primer destinatario y como es el único que tiene acceso a los efectos de verdad del testimonio oral, tendría una cobardía de su parte al no tomar parte de ellos. Si se hace simple secretario y pone en el Otro el peso de poner el punto de capitón del mensaje que lleva, es sin duda que ese Otro es aún consistente para él y entonces ha sido designado demasiado precozmente en mira de su trayecto analítico. No se trata, por lo tanto, que se convierta en un pasador-intérprete cuyo juicio truncado haría obstáculo al pasante. Pero si el pasador es el pase en sí, entonces se honra de cerrar él mismo su mensaje admitiendo todas las sutilidades y las variaciones necesarios y el Jurado se honra de pedirle su opinión y tomarlo en cuenta si le parece conveniente aun si la decisión de nombrar o no le retorna.


[1] J. Lacan. “Nota italiana”, in Otros escritos. Buenos Aires: Paidós, 2012, p. 329.

[2] Cfr. J.-A. Miller. Sutilezas analíticas. Buenos Aires: Paidós, 2014, pp. 50-52.

[3] Ídem.

[4] J. Lacan. “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano”, in Escritos, tomo 2. México: Siglo XXI, 2009, p. 778.

Publicado por Psicoanálisis Lacaniano

Blog en la articulación Freud-Lacan

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