Psicoanálisis…Nodal – por Fabián Schejtman – 2021/11/10

PSICOANÁLISIS…NODAL

Por Fabián Schetjman

2021-11-10


Buenas noches, ¿cómo les va?

Un cubito de hielo se derrite contrariando su inexorable liquidación un insólito moño lo vuelve un regalo precioso y efímero. Suspendida en el tiempo, la soberbia sencillez de la imagen de Chema Madoz, un oxímoron visual que hemos elegido como insignias para estas noches nos interpela. ¿Se rendiría finalmente el psicoanálisis disolviéndose exitoso en el océano políticamente correcto de las religiones laicas de moda o como conviene a su causa perdida -como nos enseñó Freud- fracasará mejor -para decirlo con Beckett- persistiendo a la pendiente oscurantista?

Con esa imagen y ese interrogante de fondo quisiera volver hoy sobre algunas cuestiones que quedaron abiertas la reunión pasada a partir de las indicaciones de Nieves Soria y Claudio Godoy referidas a la relación entre el nudo y la estructura con la que intentaron -siguiendo a Miller- producir la Aufhebung entre lo sólido y lo líquido del psicoanálisis de nuestra época. Para resumir, la solidez flexible -esta vez el oxímoron es de Nieves- del nudo sería el recurso con el cual Lacan redobló su apuesta por la estructura en la era de la liquidez, pero -agregaba Claudio- “aún no hemos extraído muchas de las consecuencias clínicas de esta última concepción lacaniana de la estructura”. Efectivamente, no hemos extraído muchas, más bien pocas -diría yo- y es preciso preguntarse por qué. ¿Qué obstáculos nos lo han impedido? Y más radicalmente, ¿es qué hemos adoptado la idea del nudo como estructura que soporta la última enseñanza de Lacan? O para retomar la pregunta en los términos en que los formulé en nuestra última reunión, ¿qué lugar tienen o deberían tener los desarrollos nodales del último Lacan en nuestra Escuela, en la AMP y eventualmente en el lacanismo en general? La cuestión no está zanjada y se plantea imperiosa y urgente a partir del capítulo 11 del curso de Miller Todo el mundo es loco, nuestra referencia para estas noches.

Una aclaración antes de pasar a mis consideraciones. Miller se refiere ahí en ese capítulo al nudo en un sentido clínico, es decir como un aparato de formalización, pero también a la intervención analítica misma sobre el nudo del parlêtre, la interpretación como corte o tironeo de cuerdas. Por cuestiones de tiempo y como una primera aproximación al asunto, me referiré casi exclusivamente al primer aspecto que, por complicado que parezca, es de una simplicidad pasmosa comparado con el segundo.

Ahora vienen entonces 15 breves puntos que quiero compartir con ustedes y parten precisamente de la distinción recién señalada.

  1. La clínica psicoanalítica no se confunde con la práctica del análisis, constituye su redoblamiento conceptual, su formalización. Comporta ya el saber que decanta de aquella experiencia, pero uno que no se derrama espontáneamente de ella; no se adquiere por osmosis ni proviene de la acumulación de horas de vuelo. No lo asegura el calentamiento y el desgaste del sillón del analista. Es el resultado más bien de una elaboración formal que supone un artificio sobreagregado. Por eso Lacan afirmó en su Seminario XXII que es preciso que el psicoanalista sea al o menos dos, el del acto y el que lo teoriza. El primero -ya escribía Freud- no especula ni cavila mientras analiza –Consejos al médico-, causa -según Lacan- el trabajo de un psicoanalizante. El segundo, primero que trabaja y sí que piensa. Y es que deviene clínico en el sentido estricto. Procura responder por lo que hace y carga con la responsabilidad de la transmisión del psicoanálisis. La eficacia de nuestra práctica no basta. El paso formal de la clínica es indispensable si queremos que se distinga al psicoanálisis de la magia, la religión o de los esoterismos que se venden en todas las esquinas.
  2. Pero no hay formalización que no suponga formolización. El intento simbolizador coagula, solidifica lo real…unido de la experiencia. El nudo lo muestra bien puesto que al menos el primer paso de su formalización comporta su achatamiento, puesta en plano del anudamiento al que resiste el cuerpo nodal, su consistencia. En esa intransigencia se capta lo real de lo imaginario, resistencia frente a la mortificación que el avance de lo simbólico conlleva. La formalización primera, la que hace del nudo esquema -dibujado, por ejemplo, en una pizarra- le quita una dimensión, lo aplasta. Cualquier ensayo formalizador supone ese aplanamiento. Dar como ejemplo el matrimonio, formalizar la pareja, por lugar común que sea no es menos aleccionador. Como de costumbre algo se gana y algo se pierde.
  3. ¿Dónde apoyar la revitalización de la clínica sino en la transferencia misma? Pero aquí transferencia de trabajo antes que trabajo de la transferencia. La soledad del acto analítico prolongada en aquella mortificada del clínico se ve entonces compensada por una elaboración colectiva. La clínica no puede ser concebida más que elevada a este segundo grado. No es sin los otros. Por ello solo ek-siste y luego hace agujero y consiste cuando se alcanza una masa crítica de clínicos que ponen a cielo abierto los problemas que la experiencia del psicoanálisis presenta y procuran inventar soluciones para una práctica que no es sino el obstáculo. Y eso no se consigue sino a partir de la institución de una lengua común: operadores conceptuales compartidos sin los cuales no hay construcción clínica. En Babel, no se conoció clínica alguna.
  4. De donde se constata que no existe clínica psicoanalítica nodal aún. No hay tal masa crítica de clínicos nodales que en la actualidad esclarezca nuestra práctica sirviéndose del nudo, la cadena o la trenza. Miller lo señala en su curso. Dice: “Algunos tratan de desarrollar esto, pero no creo exagerar al decir que esos intentos no cuentan con el consentimiento de la comunidad informal de los practicantes”. En efecto, nuestra clínica, la del lacanismo contemporáneo cuando se la ensaya -porque hay quienes ya tiraron la toalla- se soporta especialmente del grafo del deseo y su campo conceptual, o más en general, es la enseñanza de Lacan de los años ’60. Así, luego de medio siglo de introducido por Lacan en el psicoanálisis, el nudo es penosamente ignorado en el abordaje clínico en sus dos vertientes fundamentales. Escasas son las contribuciones nodales entorno de las estructuras llamadas clínicas, casi inexistentes por elucidar con el nudo la dirección de la cura. ¿El panorama es desalentador? Al contrario, queda tanto por hacer.
  5. Pero antes -y es en esto en lo que me detendré hoy- es necesario considerar los obstáculos que han postergado el avance y despliegue de aquella clínica nodal. De ellos destacaré tres por sus efectos especialmente perniciosos respecto de la posibilidad del desarrollo del recurso nodal en nuestra disciplina.
    • La disyunción operada entre la clínica del psicoanálisis y del nudo.
    • La deformación sufrida por la noción lacaniana de sinthome.
    • La conversión de la institución analítica en Iglesia cuando se soporta en la estructura revelada por Sigmund Freud exactamente hace 100 años en Psicología de las masas y análisis del yo.
  6. La exclusión clínica del nudo ha tomado dos formas extremas. Están, por un lado, quienes rechazan las incursiones nodales de Lacan considerándolas como su postrero y fracasado intento de volver al psicoanálisis una ciencia formalizada. Claro que eso casi nunca los disuade, sin embargo, de servirse de nociones de ese último Lacan a las que apelan arrancándolas sin miramiento alguno del contexto nodal en el que fueron concebidas. Resultado: mutilación de su enseñanza, deformación de aquellas nociones -la del sinthome como se verá es paradigmática-, esterilización de sus consecuencias clínicas. Por otro lado, avanza la perspectiva opuesta en la que se extravían aquellos que internándose en el bosque nodal no encuentran el camino de vuelta a la ciudad en psicoanálisis. De esto se diría que en su extremo abandonan la clínica del psicoanálisis por la matemática de los nudos resignando así la orientación propiamente lacaniana que pone el nudo al servicio del psicoanálisis y no a la inversa.
  7. Sobre la desviación de la noción de sinthome me he referido en múltiples ocasiones. Basta recordar aquí los dos reduccionismos que a mi juicio la han vuelto inoperable para su uso clínico. Si se acuerdan distinguir un primer estatuto del síntoma en la enseñanza que destaca su cara simbólica de la que prevalece en su último período y que subraya más bien su dimensión real, no se vacila muchas veces en denominar sinthome a ésta última. A eso lo llamo reduccionismo realista. A lo que se agrega tantas otras veces suponerlo fruto exclusivo de un análisis llevado hasta su término. Reduccionismo teleológico. Tales dos extendidas lecturas del sinthome terminan confluyendo. Un psicoanálisis conduciría del trabajo con la dimensión metafórica del síntoma -su cara propiamente analizable- hasta alcanzar un saber-hacer-ahí con ese real incurable para el que Lacan habría reservado la grafía sinthome.
  8. Ahora bien, la más breve visita que se haga al Seminario XXIII basta para verificar que Lacan no superpuso el sinthome con la vertiente real del síntoma, sino que lo concibió más bien como el elemento cuarto responsable del anudamiento de sus tres registros. Y que lejos de considerarlo un producto exclusivo del fin del análisis, cuando tuvo que valerse de un caso para introducir al sinthome en su enseñanza no solo por el de alguien que no había terminado un análisis, sino que eligió el caso de uno que jamás se psicoanalizó: James Joyce. Por lo demás, si no se deja caer el lastre de esas dos desviaciones se vuelven ininteligibles con enorme cantidad de afirmaciones que Lacan soltó entre noviembre de 1975 y julio de 1978, entre ellas: “No es inoportuno querer hablar de la psicopatía bajo el nombre de sinthome. El sinthome es la psicopatía”; “El sinthome es sufrir por tener un alma” o “Solo tenemos el equívoco como arma para el sinthome” o “El arte de Joyce es algo tan particular que el término sinthome es justamente el que le conviene” o “En la medida en que hay sinthome hay relación” o “El inconsciente colectivo de Jung es un sinthome” o “El psicoanálisis no es un sinthome, el psicoanalista lo es” o “Todo lo que es mental es lo que yo escribo con el nombre de sinthome” o -finalmente- “Hay un sinthome él y hay un sinthome ella. La relación sexual es intersinthomática”. De este modo, o nos alejamos de aquellos dos reduccionismos o la última enseñanza de Lacan es un galimatías.
  9. ¿Pero cómo se explica esta extendida deformación? Pruébese googlear el sintagma “del síntoma al sinthome” que sintetiza bien la distorsión subrayada y se verá que las entradas son numerosísimas, especialmente en castellano. ¿Pondremos entonces este reduccionismo en la cuenta de no se sabe qué idealización del francés en el psicoanalista hispanohablante promedio? ¿Será más «cheto» -como se decía en otra época- terminar un análisis con un sinthome que con un síntoma? Es algo que cuestionarse. La deformación ubicada, aunque en menor medida, no deja de presentarse también en francés, inglés y portugués. Es decir, la idealización del análisis está lejos de ser un fenómeno exclusivamente hispanoparlante. Culminar un psicoanálisis con un sinthome sigue siendo muy «cool», sin importar la lengua que se hable. En cualquier caso, la considerable expansión que alcanzan estas lecturas vuelve patente el efecto de esterilización clínica que conllevan. Reducir el sinthome a la cara real del síntoma y especialmente creerlo exclusivo del analizado impide operar con él en los casos de todos los días o verificar su funcionamiento en el tiempo previo a la cura, durante la misma o incluso por fuera de su marco -como quería Lacan-. Y siendo la noción de sinthome clave -lo señala Jacques-Alain Miller en Sutilezas Analíticas-, donde Miller dice que el sinthome es la noción clave de la última enseñanza de Lacan. Siendo esta noción clave de esta última enseñanza, su deformación afecta fatalmente el avance de la clínica nodal.
  10. La historia de las instituciones analíticas es concluyente de su deslizamiento hacia la Iglesia, adopten la forma que sea, por Escuelas que se las quiera. Una y otra vez se reencuentra en ellas la estructura que Freud reveló para la masa en 1921, lo que acarrea la confluencia letárgica de saberes inertes, producciones previsibles, argumentos de autoridad y sintagmas cristalizados que solo garantizan el reconocimiento del semejante y la proscripción de la alteridad. Extraña que en nuestra disciplina haya poca innovación o se genere ese efecto de tedio que a menudo impregna reuniones y jornadas -por numerosas que sean-. La medianía conceptual que tantas veces se constata es solidaria del estado de adormecimiento que produce la sumisión a los significantes anquilosados prevalentes en cada parroquia. Si ello constituye un obstáculo para el avance de la clínica psicoanalítica de modo amplio, agréguesele la promoción del divorcio entre la clínica y el nudo -en cualquiera de los sentidos antes descritos- más la deformación de la noción del sinthome y la vía nodal se vuelve prácticamente intransitable.
  11. Sin embargo, estoy lejos de promover aquí apología alguna del despertar, arenga anti-institucional o antireligiosa o alabanza del anarlista[1]. Señalé en cambio que no hay abordaje clínico del Uno-solo; que nodal -o la que fuere-, la clínica del psicoanálisis no es concebible más que con otros. La experiencia de formar parte de una Escuela de psicoanálisis, aunque no esté exenta de los efectos de grupo recién descritos, es fundamental. Es decir, ni euforia ni necedad. Adormecido como el humano promedio en la medida en que el despertar absoluto es indeseable -además de imposible-, pero atentos y advertidos de ello, conviene a los psicoanalistas no hacerle la contra a la religión -que no puede más que triunfar-, so pena de darle mayor consistencia, pero tampoco entregarse aborregados al sopor del rebaño. Más bien, mantenerse atentos a la novedad, esa que puede colarse precisamente en el desgarro en que esta tensión propicia. Soportando y sirviéndose del buen modo de esta hiancia quizás se encuentren algunas de las condiciones necesarias que permitan retomar la ruta nodal abierta por la última enseñanza de Jacques Lacan.
  12. La clínica nodal, cuando se despliegue, se sostendrá enteramente de la junta conceptual que la vio nacer y que Lacan construyó en su Seminario XXIII. El par lapsus del nudo/sinthome. Desde entonces, no hay nudo en el ser hablante más que fallado, es decir sintomático -sin th-. De esa falla da testimonio justamente el síntoma, signo de lo que no anda, del que se diferencia el sinthome que es a la vez reparación del lapsus y tratamiento del síntoma. Ahí donde eso no anda, que ande de todos modos. Así la clínica nodal será la del lapsus, el síntoma y el sinthome; clínica de la falla, su testimonio y su reparación. Especial -pero no únicamente- en el marco de la clínica psicoanalítica comportará la lectoescritura de los diversos encadenamientos en las que las reparaciones sinthomáticas -con th- vienen al lugar de la relación que no hay. Explorará así en el nivel singular y en el nivel del tipo clínico las diversas invenciones con las que un ser hablante se las ve con ese lapsus fundamental de la estructura nodal tanto como los desencadenamientos que a esas invenciones desmantelan.
  13. El recurso nodal eventualmente arrojará alguna luz, así lo aseguraba Lacan en su autocomentario, sobre esa clínica que es antes del discurso analítico, la que heredamos de la psiquiatría clásica. A distancia de quienes reducen el diagnóstico al reparto de etiquetas que violentarían la singularidad que orienta nuestra práctica, servirse del nudo habilitará un apoyo serio en lo real del síntoma, ese que escribe nombres singulares a partir de nudos que pueden seriarse por su particularidad. En nuestra época que promociona un nominalismo relativista que acarrea el desmantelamiento de la clínica y el descrédito del diagnóstico -como lo señaló muy bien Claudio Godoy en la última reunión-, vale la pena subrayar el realismo nodal de Lacan -que además está destacado por Miller en el capítulo 11 precisamente de este curso que estamos teniendo como referencia-. Miller destaca allí que, a pesar de mantener distancia, Lacan conservó la dimensión matemática del anudamiento, es decir, su dimensión real al lado de sus esquemas y manipulaciones del nudo en lo que abundó puesto que lo suyo fue hacer avanzar la clínica del psicoanálisis y no las matemáticas.
  14. Y ese realismo justamente es el que le permitió a Lacan sostener que hay tipos de síntomas, es decir de nudos. Nuevamente el autocomentario. Así, el nudo neurótico no es el de la psicosis. Que no se crea entonces que la denominada clínica continuista del último Lacan arrojaría por la borda aquella oposición establecida en su primera enseñanza. Nada más discontinuo que la diferencia entre las cadenas borromeas neuróticas y las que no lo son -psicóticas-. Lo cual no impide que tales encadenamientos constituyan soluciones distintas a un problema común, tan continuo como se lo quiera. Que somos enfermos del lenguaje, que no hay relación sexual o que hay una forclusión generalizada, lo que engendra la diversidad de chifladuras que inventamos los seres hablantes para remediar tal falla fundamental. Pero que todo el mundo sea loco no implica que tales chifladuras sean indistinguibles.
  15. Último punto, para terminar. Los puntos suspensivos que introduje en el título propuesto dejan claro que estamos lejos del momento de concluir respecto del lugar que le hacemos al nudo en nuestra Escuela, pero también evidencia que eso nos hace síntoma -sin th-. Aunque ese síntoma espera aún la interpretación que lo ponga en forma.

Diré, para terminar, que en última instancia es el deseo de Lacan el que nos sintomatiza de ese modo. Esa es la lectura que propongo para aquel «su»[2] que antecede al sintagma «psicoanálisis nodal» al menos una vez en el curso de Miller que es nuestra referencia: “su psicoanálisis nodal”, sentencia Miller refiriéndose al psicoanálisis del último Lacan, y agrega que ese nos adentra en “la práctica contemporánea del psicoanálisis”. Es que lejos de alejarse es necesario no apresurarse a comprender deteniendo el movimiento de una enseñanza viva, polifónica, llena de matices -la de Miller-, conviene leer en ese «su» precisamente la marca de un deseo, el de Jacques Lacan; ese que con aquellos nudos, cadenas y trenzas que inundan el último tercio de su enseñanza -empapando enteramente las nociones que de ella se desprende- nos incomoda, nos interpela y nos invita una vez más a reinventar el psicoanálisis.

Gracias.


*Intervención en la tercera noche abierta del “Psicoanálisis líquido y sólido”, vía Zoom. 2021-11-10.

[1] Condensación entre anarquista y analista.

[2] J.-A. Miller. Todo el mundo es loco. Buenos Aires: Paidós, 2015, p. 212.

Publicado por Psicoanálisis Lacaniano

Blog en la articulación Freud-Lacan

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