El Sesgo de Goce de la Clínica Algorítmica – por Éric Laurent – 2021/09/23

EL SESGO DE GOCE DE LA CLÍNICA ALGORÍTMICA

Por Éric Laurent

2021-09-23


Efectivamente hay muchas cosas que han sido abordadas que son apasionantes y que seguramente van a hacer eco con lo que va a desarrollar Éric Laurent. ¿Nos escucha, Éric?

Escucho muy bien.

De acuerdo. Nosotros también lo escuchamos. Estamos contentos de recibirlo aquí. No sabemos si hay que decir que lo “recibimos aquí” ya que hay una delocalización de lugar, algo un poco nuevo que hay que pensar.

Entonces, tenemos el honor de recibirlo aquí y el placer de escucharlo. Éric Laurent es psicoanalista miembro de la Escuela de la Causa Freudiana, antiguo presidente de la Asociación Mundial de Psicoanálisis y usted ha trabajado en varios centros públicos hospitalarios. Usted ha publicado tres obras que se han convertido en referencias en nuestro campo. Primeramente “Lost in cognition” a propósito de las relaciones y no-relaciones entre psicoanálisis y las ciencias cognitivas. Usted publicó ese libro en el 2008. Después publicó “La batalla del autismo” en el 2012, libro que citó Barbara Stern en la apertura del coloquio y finalmente “El reverso de la biopolítica” en el 2016.

Quisimos invitarlo hoy ya que usted precisamente ha estudiado sobre las incidencias de la edad de tecnología digital sobre la psiquiatría y sobre los cuerpos hablantes, sufrientes y gozantes que no pueden pedir asilo en otras partes. Recomiendo en particular dos artículos publicados en la revista de “La cause du désir”, dos artículos que se pueden consultar en el website cairn.info. El primer artículo se titula “La crisis post-DSM y el psicoanálisis en la edad digital” y el segundo artículo se titula “Gozar de internet”.

Querido Éric Laurent, tenemos la idea de que usted nos va a ayudar a interpretar el malestar de la psiquiatría actual y ayudarnos a tomar aliento en la práctica en la psiquiatría cotidiana. Su intervención tiene como título “El sesgo de goce de la clínica algorítmica”. Le doy la palabra.

Gracias por esa presentación. En efecto, ya que el argumento de estas jornadas habla de lo virtual hay que decir que «virtual» tiene por lo menos dos sentidos. El primero, lo virtual que está sumergido en el mundo de lo digital y los datos numéricos, la inmersión en la clínica de los algoritmos y, de otro lado, la desmaterialización que puede implicar en sus consecuencias. Son dos aspectos, dos sentidos diferentes de lo virtual. Pero es cierto que la incidencia en sus diferentes registros de la clínica algorítmica va a ser uno de los puntos clave de los cimientos de la salud mental y de la psiquiatría que se van a sostener al final.

Entonces, de las consecuencias que se producen por la inmersión de la psiquiatría en su práctica y su teoría en el mundo algorítmico se habla de los bieses cognitivos. A mí me interesan más los sesgos más emocionales, los sesgos que fueron evocados en la secuencia precedente: esos sesgos de adopción entusiasta delante de las perspectivas designadas por el avenir algorítmico, o de los sesgos de rechazo que golpean a las antiguas maneras de hacer, los sesgos de rechazo de las proposiciones -que acompañan a estos sesgos de goce de nuestra inmersión en el mundo algorítmico-.

Primeramente, habría que examinar algunos de ellos. Primero, el sesgo de rechazo de los diagnósticos descriptivos por amor a la ciencia. No había ciencia en la clasificación de las enfermedades mentales. Es lo que ha constatado el director del National Institute of Mental Health, el NIMH americano, en su reciente intervención en abril de 2013, quince días antes de una de las publicaciones más importantes, el DSM-5. Entonces, barría con la mayoría de los males y de las sutilidades de inclusión y exclusión de nuevas categorías obtenidas por las largas horas de vigilia de una comisión de expertos. Constataba pocas variaciones entre los 15 años que separaban el DSM-IV revisado y el DSM-5. Constataba que el diccionario se mantenía fiable, fiabilidad entre jueces que era buena, pero que la debilidad de ese diccionario se mantenía -decía él- por su falta de validez científica. En otras palabras, la lengua era perfecta, pero no quería decir nada ya que había olvidado por completo que lo que tenía que medir algo diferente a su propia lengua.

Y esa declaración -hay que decirlo- hizo fracasar completamente la publicación de ese imponente diccionario. Y esa declaración estaba sostenida por la idea de que en lo sucesivo el programa de investigación sobre la psiquiatría en su conjunto no sería ya financiado por el National Institute, no sería ya financiada toda la investigación pública que se basa sobre el diagnóstico clasificatorio, sino un proyecto completamente diferente, el de las clínicas algorítmicas que se titulaba Research Domain Criteria y que trata de conjugar en una misma base de datos todo lo que es estrictamente científico en el sentido de las ciencias duras, es decir, neuroimagenería, marcadores genéticos probables, alteraciones de las funciones cognitivas, circuitos neurológicos, todo lo que constituye cognición, emoción y conducta. Y entonces, sosteniendo este proyecto a partir del 2010, el National Institute ponía todas sus esperanzas en una clínica algorítmica tratando de conjugar la iniciativa sobre el cerebro, la Brain Initiative de la administración Obama. Se había invertido mucho en la modelización del funcionamiento del cerebro. El corte fue realizado entonces únicamente esa investigación propiamente dicha y la psiquiatría PEA que estaba obligada a continuar siendo aplicada en clasificaciones existentes y reconocidas por todos.

El año pasado se festejó el décimo aniversario de ese proyecto, el Research Domain Criteria y el nuevo director del National Institute of Mental Health -que se llama Joshua Gardon- constataba que el resultado más probatorio producto de esa nueva clínica era el de deconstruir los agrupamientos diagnósticos descriptivos en beneficio de un nuevo agrupamiento. Un nuevo agrupamiento que permite hacer subgrupos de individuos que, aunque estuviesen repartidos en diferentes diagnósticos descriptivos, del punto de vista de la clínica algorítmica se parecen y deben ser agrupados. Así se obtiene una nueva configuración, pero el problema es que esta nueva configuración por el momento no ha dado ninguna terapéutica nueva, ningún enfoque viable que permitiría redefinir cuadros de las nuevas prácticas para la clínica psiquiatría, ni tampoco ha dado diagnósticos neurobiológicos que hubiesen alcanzado una consistencia tal que puedan ser transmitidas y orientadas de manera verdaderamente nueva en este campo. Lo que fue cambiado -como lo dice muy bien- es la conversación sobre las enfermedades mentales. Lo que cambió es la manera de hablar de ello. Las referencias, en efecto, de esta clínica neurobiológica y cognitiva pasan a un segundo plano, pero, no obstante, nos encontramos siempre reagrupando todos esos elementos diversos y bastante divergentes, nos encontramos en lo que un comentador decía: “Finalmente, estamos -en lo que concierne a las enfermedades mentales y el cerebro- en el estado en el que estaba la genética antes de que se descubra la doble hélice”. Es decir, elementos que se yuxtaponen sin ningún principio organizador ni científico claro.

Sin embargo, no está solamente la clínica y la investigación clínica pública que se interesaron en los algoritmos. La Big Tech -como se señaló también en la intervención anterior- tiene la esperanza de obtener medicinas de precisión colectando todas las informaciones personales de cada uno y reuniéndolas en una misma base de datos personalizada -hiperpersonalizada en efecto-. Es el otro uso de las series algorítmicas, no por la constitución de tiras de datos universales, sino hipercentrada en uno. E inclusive allí, las promesas que fueron realizadas y enunciadas no han dado después de 10 años -en todo caso en el campo de la salud mental- los mismos resultados que fuero esperados, por ejemplo, en la clínica del cáncer. Estamos lejos de ello. Y finalmente, las declaraciones sobre la modelización del cerebro y de la integración de los diferentes datos algorítmicos desembocan en un tipo de mezcla de máquinas de tratamiento de la información. No se comprende para nada cómo funciona el cerebro. Estamos muy pero muy lejos de poder modelizar uno. Además, las sospechas y el rechazo de los diagnósticos descriptivos son evidentes allí y no son ya más retenidos como manera de escribir y de hablar del sujeto y finalmente de las enfermedades mentales.

Tomemos ahora un segundo sesgo, el sesgo de adopción de la justificación de la Big Data en el campo de la salud mental, lo que es una dificultad propia al campo psiquiátrico y justamente la dificultad de construir series homogéneas. Pero se tiene siempre series muy pequeñas, que es una característica que hace que sea un campo que esté marcado por una muy poca reproductibilidad de estudios en neurología psiquiátrica o genética. Todo esto se aleja de la seguridad de los grandes nombres, de las grandes series a la que apunta la Evidence-based medicine. Por esto se tuvo que inventar el sesgo del metaanálisis, es decir, reagrupar todos esos tipos de análisis para hacer grandes series al precio de cierto número de manipulaciones estadísticas, pero finalmente no llegan a constituir algo verificable.

Se quiso remplazar eso, primeramente, por enormes bancos de datos. Lo que había a propósito de esto en EEUU constituyó el National Institute Global -que reagrupaba todos los diferentes institutos de diferentes dominios- y constituyó una base de datos que enroló a un millón de participantes, nombrándola All of US -jugando con el us y el de U.S.-. Entonces, se buscaba con ese millón de participantes integrar también un dossier médico electrónico y compartido por cada uno de los participantes que estaba ligado a un portal de Internet donde se registraban todos los datos que les concernían lo más posible en relación con la atención, hábitos de vida, etc. Se trataba, a partir de esa base de datos, conjugarla con algoritmos de inteligencia artificial para poder descifrar todos esos datos del millón de participantes. Y fue evidente que había que invertir mucha -digamos- inteligencia para ordenar esas series. Pero, por el momento, ¿en qué ha desembocado? Un buen ejemplo, en Francia, lo tenemos por los trabajos de la Fundación FondaMental. Esta fundación que es un poderoso agente de lo que Allen Erenberg llamaba “la adquisición de autoridad moral por el enfoque de las neurociencias cognitivas”. Es un equipo de esta fundación que trabaja mucho con institutos mentales. Entonces, tiene un objetivo -digamos- liberal ambicioso. Actualiza esencialmente una clínica fabricada a partir de centros de expertos donde se procede con listas exhaustivas y personalizadas de servicios dados a los enfermos. Es una clínica muy high-tech, pero como lo high-tech es algo rarificada, es decir subraya en un reporte publicado en el 2016 que en ese tiempo el centro de expertos había acogido a 100.000 pacientes. Si comparamos 100.000 en ese año con los 2’000.000 de casos que cada año en psiquiatría -tanto en el sector público como en el privado-, la diferencia es vertiginosa. Entonces, la lista de estos 100.000 casos que fueron examinados por todos los costados algorítmicos, han dado una lista de factores que podría privilegiar el surgimiento de una enfermedad mental, una lista extremadamente interesante. Voy a citarla:

“Entre los factores medioambientales que influyen en el riesgo de aparición de la enfermedad, se encuentran los tóxicos -en particular el cannabis, los traumatismos craneales, las infecciones maternas durante el embarazo, las complicaciones obstétricas, los traumas psicológicos durante la infancia, la estación de nacimiento, la urbanidad, la migración y la contaminación.”

De ahí de deducen políticas de prevención, pero, no obstante, es algo difícil prohibir o prevenir la urbanidad, la migración, la polución. ¿Cómo definir exactamente las prioridades? Es a lo que se adjuntó el profesor Llorca en el libro que publicó a final del 2018 con el profesor Marion Leboyer[1], quien es de la fundación FondaMental, con lo cual las tentativas no resuelven todas las dificultades que conlleva ese proyecto de selección de factores de riesgo. Esto porque un estudio posteado en el website del sitio de la organización FondaMental se plantea la pregunta: “¿Y si los factores de la esquizofrenia fueran en sí los factores de una personalidad original del sujeto particularmente innovador en nuestra civilización?”. Y en efecto constatan que la migración, el hecho de haber nacido en zona urbana, el hecho de haber nacido en invierno, el hecho de ser el mayor de la fratría, que el padre tenga una edad avanzada al momento del nacimiento, todos esos factores de riesgo de las enfermedades mentales son también factores de éxito social y de una personalidad especialmente original. De ahí el problema, ¿cómo proceder? Las mismas cosas son índices de bienestar como de riesgo de enfermedad. He ahí una manera original de reformular el famoso problema 30 de Aristóteles que constaba la vecindad entre locura y genio. Finalmente, la clínica algorítmica recae sobre esta difícil línea de división entre -digamos- libertad y locura.

Finalmente, lo molesto de esta clínica de esta clínica algorítmica es que fabrica series de factores de riesgos que producen un efecto de dispersión, un efecto de no-agrupamiento, de yuxtaposición que, de hecho, no permite pilotear eficazmente las dimensiones de investigación necesarias para la organización del campo de la clínica.

Tomemos un tercer sesgo, un sesgo que ha sido el de desconfianza después de años de entusiasmo con los psicotrópicos. Lo que ha terminado por arruinar la credibilidad del sistema DSM es que, en 30 años de dominación del sistema de clasificación precedente, ningún medicamento nuevo ha sido dado. Todos los medicamentos de lo que se dispone en el campo psiquiátrico fueron descubiertos en los años ’50 antes del enfoque del proyecto DSM en su clasificación neopositivista. Y, por otra parte, la lista que Steve Hyman -antiguo director del National Institute of Mental Health, un científico de muy alto nivel- hacía en el 2012 de 50 años de uso de los neurolépticos -desde la Imipramina y los primeros IMAO- y observaba -lo cito en un artículo salido en el 2012-:

“Los medicamentos antipsicóticos han alcanzado un pico de eficacia nunca antes igualado y todavía no aclarado con el descubrimiento de la clozapina a mediados de los años ’60. Los objetivos moleculares de todos los medicamentos psiquiátricos aprobados hoy son los mismos que los de sus prototipos anteriores a los años ‘60 y sus mecanismos de acción no se entienden más allá de algunos acontecimientos moleculares iniciales.”

He allí una muy bella fórmula. Todo lo que conocemos de ciertos mecanismos de acción son algunos acontecimientos moleculares iniciales. Del resto nos callamos. Con lo cual, en los EEUU, el National Institute of Mental Health adopta una posición de sospecha con respecto a esos medicamentos y ha pedido una puesta en guardia explícita contra la prescripción continua de los neurolépticos. Esto indujo a los grandes laboratorios hoy en día a rechazar el lanzarse a la investigación y la proposición de nuevas moléculas pensando que la ciencia no permite llegar a un acuerdo entre la investigación biológica-medicamental y las hipótesis clínicas seguras. Con esto, todas las empresas de la Big Pharma han cerrado sus laboratorios de investigación uno tras otro. Esta realización de una psiquiatría sin Big Pharma no impide de ninguna manera los uso de psicotrópicos existentes y tampoco impide la prescripción de antidepresivos -la cual ha aumentado en un 10% por año en todos los países de la OCDE-. Una vez que la Big Pharma ha cerrado sus laboratorios, no obstante, ha habido tentativas que han continuado en la investigación pública estrictamente, particularmente declinando las familias de anestésicos ya utilizados, y en particular nuevos medicamentos antidepresivos, pero aumentando su especialización en casos solo de depresión post-partum -las mujeres que acaban de alumbrar justamente-. También, las extensiones de autorización para la Ketamina, pero eso no hace sino declinar la familia conocida de los anestésicos como Lacan subrayaba en los años ’70, la manera en que esencialmente en esa familia de moléculas se extraían nuevos medicamentos.

Esto hace que lo nuevo -en la clínica y en el tratamiento- esté del lado de la estimulación eléctrica del cerebro, sea la estimulación por sismoterapia, sea por electrodos implantados de modo mucho más selectivo. Lo que es asombroso es que las últimas esperanzas han venido de otro sesgo que la clínica algorítmica. Hace 15 días apareció un nuevo medicamento contra la enfermedad de Alzheimer que fue aprobado por la agencia americana de medicamentos. Es una pequeña Start-up, es la Sociedad Biogen que encontró ese medicamento Aduhelm que ataca a la presencia de placas beta-amiloides en el cerebro, por primera vez. Por supuesto, desde entonces los recursos de esta sociedad se ha multiplicado por 50. Pero nos encontramos en una configuración que es como aquella que tuvimos a propósito de las vacunas ARN mensajeras. Son pequeñas Start-up que descubren cosas nuevas y no grandes series escogidas por -digamos- las Big Pharma en su conjunto.

El último punto que quería abordar es lo que representa una fantasía de lo que sería una psiquiatría sin psiquiatras. En efecto, el número de psiquiatras en Francia ha disminuido en un 40%. Sin embargo, en el último decenio el sistema de psiquiatría ha observado 3.000 pacientes suplementarios por año, incluso con esa disminución tan importante del número de psiquiatras. Todas las relaciones con la psiquiatría en el mundo indican una disminución del anhelo de los internistas de escoger esta profesión. Hay este fenómeno de desaparición del deseo de psiquiatría, lo que es un fenómeno que conduce a múltiples síntomas. Primeramente, la voluntad, en efecto, de sacar lo más posible los casos de la psiquiatría. Es lo que sucedió, por ejemplo, cuando el Plan Autismo declaraba que -como lo decía la secretaria de Estado de personas con hándicap-: “Con nuestro plan, se trata de ya no situar niños autistas delante de un psiquiatra. Es necesario parar de hablar de psiquiatría en relación con el espectro del autismo”. Es a lo que los psiquiatras responden que ellos se encuentran muy a menudo desarmados frente a los sujetos autistas y que carecen de estructuras médico-sociales adaptadas. Añaden que para encontrar hospitales especializados que podrían acoger momentos de crisis los medios faltan.

También hay las esperanzas de poner a los pacientes frente a computadoras, chat box o aplicaciones personalizadas -se evocó eso en la secuencia precedente-. Pero, en efecto, no se ve por qué la psiquiatría no iría a encontrar la necesidad de los chat box y el surgimiento de los asistentes personales en la vida de cada uno. Hoy en día tenemos el hábito de hablar a Siri, de hablar con Alexa. Así, no vemos por qué no se pediría a Siri de hablar lo que hace sufrir. Entonces, en este punto -especialmente para los estudiantes- en lo que se llama en inglés un Woebot, un chat bot, un robot hablante que acoge los malestares, los woes. Se nos promete que los Woebot están siendo actualizados, gracias a procedimientos de machine-learning, y que gracias a una base de datos de todas las conversaciones que han tenido lugar por teléfono con los estudiantes americanos. Todas esas conversaciones son agrupadas. Se nos promete que los Woebots serán inteligentes e incluso podrán hacer juegos de palabras, lo que será formidable. Será un progreso respecto a los sistemas actuales en los que los pacientes -sobre todo en Inglaterra- son emparejados con aplicaciones que son molestosos, de una rigidez grande y que son incapaces de hacer juegos de palabras. Al menos, el Woebot que va a ser actualizado por la inteligencia artificial de la Silicon Valley, será ciertamente mejor que los actuales programas actuales de computador y los tratamientos cognitivo-comportamentales contra la depresión que consiste en rellenar casillas completamente solo delante del computador. Los médicos ingleses han terminado por subrayar que esa manera de dejar al sujeto depresivo frente al computador era inhumana. Aún así, hay esa fantasía de la consulta personal, pero también la consulta por video -como lo que hacemos actualmente- muestra que todo el campo hoy en día está siendo remodelado. La distancia se abole de una nueva manera. Es evidente que la videoconsulta va a permitir una nueva alianza entre el computador y el consultante. Esto permitirá probablemente reinsertar a los psiquiatras, los cuales se pueden servir de ello de otra manera de los computadores. El problema no es en sí que las máquinas representan un peligro, representan un peligro por el uso que les demos. Se trata de encontrar los usos que permitan servirse de los medios técnicos para anudar lazos nuevos y poder renovar esa alianza entre el sujeto sufriente y aquellos que pueden ocuparse de ellos.

También la desaparición en el horizonte de los psiquiatras y su disminución va a dar un paisaje nuevo de delegaciones de profesiones paramédicas que van a jugar un rol en plena definición, como vemos con las señales tímidas de tentativas de enviar a adolescentes en sufrimiento a ver psicólogos y que eso pueda pasar por un rembolso.

Finalmente, es cierto que es urgente de rencontrar un lazo entre la difusión de la clínica algorítmica, de los medios extraordinarios de los que dispone y la fabricación de una conversación neurobiológica. Incluso, el antiguo director del NIMH, Thomas Insel -investigador neurobiológico-, no los reconoce. Dice:

“Pasé trece años en el National Institute of Mental Health poniendo el acento sobre la neurociencia y la genética de los trastornos psíquicos. Y cuando vuelvo a pensar en eso, me doy cuenta de que, de acuerdo, publiqué buenos artículos, cool, con buenos científicos y que necesitaron mucho dinero para ser financiados, pero, no obstante, no pienso hacer movido el cursor para reducir el suicidio, la hospitalización, mejorar las condiciones de una decena de millón de personas que tienen una enfermedad mental y me siento responsable por ello.”

En efecto, la gran amenaza es que esta clínica algorítmica se desarrolle como una burbuja, exactamente como esa burbuja diagnóstica que conllevó el autismo, los problemas bipolares o los problemas de la atención, sin duda. Romper con esa burbuja es evidentemente una tarea y ésta se añadirá a lo que fue evocado en conclusión de la secuencia precedente por Éric Sadin, una puesta en guardia necesaria contra el desarrollo de esas burbujas algorítmicas que por mantener promesas que no se realizan provocarán luego decepciones y -si puedo decir- un tipo de depresión algorítmica. Es eso lo que queremos evitar.

Gracias.

Gracias por esa intervención que hace una constatación bastante precisa acerca de los malestares de la clínica algorítmica. Usted ve un horizonte de una suerte de depresión algorítmica, ¿sobre qué podríamos apoyarnos para diseñar otro horizonte? Usted dijo en la apertura que el cuerpo y su goce escapa permanentemente haciendo caducos todos los esfuerzos de predicción de las aplicaciones. ¿Podría decirnos unas palabras más acerca de la cuestión del cuerpo en la psiquiatría con los pacientes?

Yo diría que eso desbarata todas las predicciones. Hay ciertas predicciones que pueden ser hechas. Por ejemplo, si usted permite a su iPhone ligarse con un centro de manejo de información ligado a su instituto psiquiátrico, el iPhone puede darse cuenta de si el paciente está entrando en un episodio maníaco porque está haciendo 2.000 llamadas en una hora, si comienza a no dormir, y su iPhone se va a dar cuenta de ello -si le dan autorización- y ustedes pueden recibir en ese momento un mensaje de alerta de su centro de psiquiatría diciendo: “Preséntese mañana en urgencias porque no está para nada bien”.

Del mismo modo, para una disminución. Cuando alguien ya no responde su teléfono durante dos días, se puede prever que hay un episodio depresivo que acontece, y allí también se puede recibir un mensaje o recibir en ese momento la visita del equipo ambulatorio que viene a golpear la puerta. ¿Por qué no? Pero, digamos que son limitadas. Hay un cierto número de previsiones que pueden ser hechas y son relativamente de corto plazo y eso puede producir efectos, pero está limitada. Es más bien eso lo que subrayo. Es decir que, delante de la complejidad, los investigadores subrayan cuán lejos estamos de modelizar el cerebro, yo diría que también estamos muy lejos para movilizar el cuerpo y su goce. Y es esa distancia hay que apreciarla a pesar de las buenas noticias que no cesan de anunciar aquellos que quieren de alguna manera proponer el sueño algorítmico. Es un sueño, y en muchos aspectos es el sueño de nuestra civilización de la ciencia, el de que la ciencia podrá finalmente responder a los malestares que el hecho de ser un cuerpo hablante implica.

Agradecemos a Éric Laurent por todo el análisis que ha hecho acerca de los malestares actuales. Invito a toda la asamblea a consultar sus artículos en Internet y a sus libros.

Solo un punto. Frente al sueño algorítmico o los datos de las conductas utilizables por esta nueva clínica, convendría y sería muy útil tener y actualizar proyectos que muestren que el hecho de dirigirse, de mantener un lazo vivo, en presencia con los pacientes que competen de la acción de la salud mental es muy necesario. Es necesario mostrar resultados obtenidos cuando hay un lazo, no cuando los sujetos están abandonados -en la calle, con consultas efímeras, con cuidados dejados en las manos del ingenio de las familias para inventar un recorrido de cura propio sin ayuda-. Al contrario, mostrando cuán posible es obtener una transferencia, obtener la confianza de las familias, de los sujetos, de los pacientes y manteniendo un lazo vivo de palabra con ellos es que se obtienen los mejores resultados.

Finalmente, es lo que, por ejemplo, con su sistema de toma a cargo psiquiátrico que actualmente tiene muy buena prensa, muestra sobre todo que para obtener los mejores resultados estar lo más posible en contacto con los pacientes y sus familias a la vez. Es lo hay que poder demostrar sin cesar, proyectos innovadores que permitan renovar esa clínica del sujeto hablante y del cuerpo hablante.

Una última palabra. Quisiera saber si en el horizonte que usted describe la presencia es capital. ¿En qué nosotros no somos aplicaciones conectadas? ¿Qué diferencia hay entre las aplicaciones conectadas y nuestra presencia? ¿Por qué a pesar de esto hay un deseo hacia todos estos gadgets y todas esas terapias que van con estos?

Evidentemente hay una erotización de los gadgets. Los gadgets invaden nuestra vida. Están ahí y son nuestros partenaires. Muchas veces son nuestros partenaires de vida más íntimos. Hay que sacarle partido a esta erotización. Un joven de 20 años tiene con su computador una relación erótico particular, no solamente porque ve cosas prohibidas con su computadora, sino porque todo pasa por ahí.

Muchas consultas con adolescentes pasan por el uso de computadores. Se les habla por ese medio de ellos en sus cuartos, ahí justamente donde juegan, donde ven porno, donde hablan con sus compañeros, etc. Y en esas pantallas añadir el hablarles, ¡sí! Porque como no somos aplicaciones conectadas, podemos hacer juegos de palabras, podemos interpretar delante del computador a condición de mantener ese lazo -puede ser una forma innovadora-. Y en efecto, para la generación que fue criada con Assassin’s Creed -excelente juego- o bien con otros como Minecraft, cuando alguien ha crecido con eso, sí que hay que servirse de aquello. Ahí hay alguien y una voz que les habla y que llega a hablarles sirviéndose de eso. Esa es una dematerialización útil. Habrá otros medios que habrá que inventar. Es la apuesta. Es la constitución de nuevas prácticas que se insertan en el mantenimiento de contacto lo más frecuente posible con todos los participantes de ese campo de interacción de los cuerpos hablantes que es la salud mental.

Muchas gracias. Vamos a detenernos ahí. Gracias, Éric Laurent.


*Intervención en el coloquio Vers une psychiatrie virtuelle? La folie au paradis des algorithmes. 2021-09-23.

[1] M. Leboyer et P.-M. Llorca, Psychiatrie – état d’urgenceFayard, 2018.

Publicado por Psicoanálisis Lacaniano

Blog en la articulación Freud-Lacan

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