EL BORDE Y SUS RESONANCIAS
Por Marcelo Beltrán
2021-05-19
Dra. Nora Villa:
Buenas tardes a todos, un gusto estar acá con ustedes y compartir esta segunda clase anual para graduados, Puntuación en el autismo y en la psicosis. Hoy con Marcela Piaggi y Marcelo Beltrán. Voy a presentar a los dos y luego arrancamos. El título de la clase es Borde y neoborde.
Marcela Piaggi es psicoanalista, docente e investigadora de la Segunda Cátedra de Psicopatología de la UBA, docente integrante del Departamento de Autismo y Psicosis, responsable de la Antena CABA del Observatorio de Políticas de Autismo y supervisora de Mafalda.
Mauricio Beltrán es psicoanalistas, docente de la Cátedra Clínica del Autismo y de la Psicosis en la Infancia, colaborador docente en el Departamento de Autismo y Psicosis en la Infancia del ICdeBA y de la EOL.
Bueno, arrancamos.
Mauricio Beltrán:
Bueno, quedamos con Marcela que arrancaba yo. Bueno, antes que nada, quiero agradecer como siempre a Nora Villa y a su equipo por la invitación que nos hace. Con Marcela estuvimos en varios cursos de Mafalda, así que quiero agradecer de nuevo en la confianza para participar en este espacio de formación. Me interesó la propuesta del Borde y los neobordes, entonces, articularé mi trabajo en base a esos dos conceptos.
Lo titulé El borde y sus resonancias. Contiene tres apartados.
Resonancias
El diccionario etimológico de Guido Gómez de Silva nos dice que un borde es un extremo, un margen, una orilla que etimológicamente deriva del indoeuropeo tabla, que a su vez procede de cortar. Tengo las palabras en indoeuropeo, pero son impronunciables porque son solo consonantes. No utilizaban las vocales. Existe originalmente en el cristal de resonancias que nos ofrece la lengua una ligazón entre el borde y el corte de la que también podemos encontrar resonancias en la enseñanza de Lacan. Y eso es lo interesante, especialmente en el Seminario XI Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Allí Lacan establece que la estructura significante, la estructura del lenguaje se basa en la función del corte que se articula como función topológica del borde. Repito, la estructura significante se basa en la función del corte que se articula como función topológica del borde. Esto lo pueden encontrar en la página 224 del Seminario. Esto supone que el significante introduce un corte en el viviente, que ese corte deviene borde y que ese borde cumple una función.
Precisamente, en el autismo, constatamos las dificultades en la articulación del significante, lo problemático de su anclaje en el cuerpo, las paradojales soluciones en las que se introduce los cortes en el campo del autismo. Sin apoyadura significante, todo lo que se desprende del cuerpo es vivenciado como una castración en lo real. Hay muchos autores que utilizan esta terminología: Éric Laurent, Jean-Claude Maleval, Silvia Tendlarz. Para Jean-Claude Maleval, esto es consecuencia del rechazo de la alienación significante que supone, como un segundo movimiento, que el goce que no se localiza en la palabra retorna sobre un neoborde. Éric Laurent complejiza esta propuesta suponiendo que lo que subyace a este rechazo es la forclusión del agujero. Y Pierre Naveau, otro psicoanalista de orientación lacaniana introduce una idea original cuando plantea que lo esencial en el autismo es la forclusión del corte. Ahí tenemos nuevamente unido el borde y el corte, entendido como la operatoria de lo simbólico sobre lo real. Lo interesante de esta propuesta es lo que las aúna, tanto la alienación significante, como el agujero y el corte, suponen la articulación del sujeto al Otro del lenguaje. Más adelante veremos de qué manera. Por lo pronto anticipamos que cada una de estas concepciones, la de Maleval, la de Laurent y la de Pierre Naveau remiten a la idea de que en el autismo no hay borde que trabe la relación al Otro. Eso lo tomo de un comentario que lo hizo Fabián Schejtman que se publicó en el libro Estudios sobre el autismo. El artículo de Schejtman se llama ¿Qué es un agujero? Entonces, todas las concepciones que mencioné proponen que no hay borde que trabe la relación al Otro, yo agrego, al Otro como falo de orientación; esto replica en una erogenización muy singular de lo que hace de las veces de cuerpo, que en el autismo son sus neobordes.
Volvamos a la etiología. No introduzco de manear azarosa la referencia a la tabla, a lo plano de la raíz indoeuropea. Este es el estatuto inicial del sujeto del que habla Lacan en el Seminario mencionado, el Seminario XI, la de un sujeto aplanado, planificado -dice Lacan- y objetivado como una superficie que se articule a la pulsión entendida como una fuerza constante. De lo aplanado también deriva la palabra placer, cuya raíz plac, en griego, remite justamente a lo plano, a lo sosegado, como el mar en calma y otra vez la orilla y el borde. En latín, placare también significa lo que apacigua suavemente, lo que produce placer. Cuando Lacan aborda en ese seminario el factor económico, el factor pulsional, establece que la regulación de éste dependerá de las condiciones que sobre él ejerza el principio de placer, un sistema destinado a asegurar cierta homeostasis en relación con las tensiones internas. En esta regulación del factor pulsional que apoyada en el Otro -y esto es lo importante- toma forma de circuito, se delimitan los orificios que hacen de esa superficie aplanada una superficie agujereada, que hace de los orificios reales del cuerpo agujeros simbólicos.
En el autismo, en cambio, observamos la desregulación de estas tensiones que muchas veces derivan en crisis de excitación y autoagresiones, acciones impuestas para intentar poner en orden el apremio de lo pulsional y su empuje; para desembarazarse del exceso de goce e incluso producir un agujero en lo real, lo que nos remite -curiosamente o no- a la segunda raíz de la palabra placer. Paradójicamente o no, plac -que era la forma en griego de ubicar el placer- también significa pelear, golpear. Ambas raíces, la del golpe y de lo plano, representan la onomatopeya del golpe que aplana, que aplasta, que aplaca, plac. Una primera conclusión que se impone es que el borde, entendido como una función ligada al placer, trabaja en la reducción y el aplacamiento de la tensión. Es una zona de transición que establece un corte con el exceso, delimita una frontera, un límite que se presenta como intolerable, desordenado y caótico.
Una referencia temprana en Lacan sobre este punto es la que corresponde al estadio del espejo. Allí, el infans experimenta su imagen completa en el espejo y el desorden propioceptivo que lo invade es reprimido. Se asimila una imagen por anticipación a partir de la cual el niño asume el control de su cuerpo de forma prematura. En este punto, lo que funciona como borde regulador es el espejo, marco de una primera organización libidinal que redunda en ese gesto de reconocimiento y jolgorio frente a la imagen. Pero esta concepción sufrirá modificaciones a lo largo de la enseñanza de Lacan, principalmente a partir del Seminario X La angustia, donde el cuerpo deja de ser el cuerpo de la forma, el cuerpo de la imagen del estadio del espejo y pasa a ser un cuerpo ligado a las zonas erógenas, a lo informe, a lo no-especularizable, a lo que queda del otro lado del espejo.
Esta propuesta resulta más pertinente para pensar el autismo en tanto supone una topología del espacio y de la superficie del cuerpo -de esta superficie aplanada de la que habla Lacan- que escapa al registro de la forma y que establece una relación con los objetos pulsionales que trasciende la del cuerpo circunscrito, la del interior y del exterior. De esta manera, podemos validar cada arreglo subjetivo que invente el niño con autismo en lugar de atosigarlo con las buenas formas y las buenas maneras como hacen algunas terapias de corte correctivo; que le dicen cómo utilizar determinada cosa, cómo utilizar determinado, de qué manera sí, de qué manera no. Hay que ver que, en ese arreglo singular, el niño está ordenando algo de ese neoborde en relación con la superficie de su cuerpo. Las zonas erógenas cobran relevancia por a la vinculación que establecen entre los objetos que se desprenden del cuerpo y el campo del deseo y la demanda del Otro. Es decir, funcionan como borden que administran las pérdidas de objetos ligados a la presencia del Otro, y delimitan simbólicamente los agujeros a partir de los cuales se constituye un cuerpo.
Resonancia
Mi afán etimológico no era un esfuerzo de hacer gala de un carácter de erudición que no poseo. Intentaba mejor establecer esta ligazón originaria que existe entre la lengua y el cuerpo. Y mi planteo puntual para la clase de hoy es que la lengua es el primer borde que erogeniza un cuerpo, que delimita estas zonas de intercambio, estos bordes erógenos, estas zonas erógenas a partir de las cuales -como ya se dijo- se organiza una economía libidinal y un circuito pulsional. Pero la lengua -y esta es mi hipótesis, que comparten otros autores- antes de ser la lengua del Otro, en su más primitiva acepción, supone su carácter onomatopéyico, su carácter creativo, creacionista.
Según mi conocimiento, un trabajo de Sabina Spielrein dedicado al origen de las palabras -¿conocen a Spielrein? Spielrein era una gran psicoanalista, pero se la conoce más por el ménage-à-trois que decía que tenía entre Jung y Freud, pero ella también una gran psicoanalista- me resultó muy interesante para seguir pensando esta idea. Allí sugiere que las primeras expresiones verbales tienen su origen en el acto de succión, la primera actividad voluntaria del infans. La primera expresión verbal viene del acto de succionar. En ausencia de la madre, la tentativa de succión -dice Spielrein- produce los primeros sonidos al aire que se ligan al acto de chupar y proporcionan, por lo tanto, un cierto placer -placer por el sonido, señalamos-, por lo que podrá devenir palabra y posteriormente un llamado. En un segundo momento, continúa Spielrein, se da una especie de fase mágica y su principio reposa en la semejanza de la acción llevada a cabo con el evento cuya realización se desea ya que mediante la secuencia sonora que el infante repite -la succión y el sonido de la succión- se instaura la posibilidad de buscar el objeto ausente -porque el niño succiona y el objeto aparece-, de traer desde el sonido de la palabra aquello que aparece y desaparece, una especie de Fort-Da inicial del objeto oral que contornea su ausencia. Este circuito ya supone la respuesta del Otro, en tanto puede ya hacerse presente como eco de la acción de succionar que a partir de ese momento deviene llamado. De este modo define Lacan a la pulsión en el Seminario XXIII, como “el eco en el cuerpo del hecho que hay un decir”[1], como aquella palabra que replica en el cuerpo, que lo hace sonar como acontecimiento. Pero como constatan muchas investigaciones de observadores varios en el campo del autismo, en el niño autista no se efectúa la vuelta del circuito pulsional. El bebé autista, observan muchos, no busca hacerse escuchar ni hacerse mirar en ausencia de un período de ésta. Es decir, si la madre no pide, el niño no demanda ni ser mirado, ni ser hablado. En este punto -indica Laurent- “se goza sin el trayecto pulsional que podría articular su cuerpo con el Otro”[2], se queda en la pura iteración de lo mismo. La hipótesis que subyace a este rechazo y a este corte radical con el Otro es que el autista recusa del acontecimiento en el cuerpo que supone el traumatismo de la lengua que porta el Otro. No quiere saber de eso. Lacan juega con las palabras -como siempre- y habla de troumatisme. El vocablo francés trou es agujero, trauma del agujero, la palabra hace agujero en el cuerpo. Este trauma del agujero del que el autista no quiere saber nada introduce la dimensión de una pérdida en el espacio subjetivo que el sujeto autista no puede simbolizar a través del significante. De allí, los inventos que establezca para poder localizar ese exceso de goce que no se localiza en el significante. Y, de allí también, su esfuerzo por suturar, por obturar la pérdida de origen que introduce el lenguaje encapsulándose: el encapsulamiento como una respuesta al traumatismo de la lengua.
A partir de esto podemos entender mejor por qué la constitución del cuerpo en el autismo, o el armado de esos neobordes se apoya en la supresión de todos los órganos posibles de intercambio. Evitan mirar o dirigirse al Otro, presentan excentricidades al momento de comer o ir al baño, una relación muy particular y singular con el objeto oral, el objeto anal. Esta retención de los objetos pulsionales -señala Jean-Claude Maleval- está en el principio del autismo: la retención de los objetos pulsionales. De allí el esfuerzo por suturar, obturar la pérdida del origen -la pérdida que introduce esta lengua- encapsulándose. Entonces, en el principio del autismo -decíamos con Jean-Claude Maleval- está la retención de los objetos pulsionales: el objeto voz, el objeto mirada, el objeto oral y el objeto anal. Y de ahí todo el comportamiento tan singular que estos niños tienen en relación con esos objetos que también marcan algo de la presencia del Otro, en tanto que son objetos que el Otro desea o demanda. Todo aquello que suelta del cuerpo, o que cae del cuerpo, como decíamos al principio -que puede ser sustancias, palabras, objetos- es vivido como un arrancamiento real, a no ser que pueda ser localizado en un borde: invención que no se apoya en el Otro, pero que, oportunamente, puede incluirlo.
Sobre onomatopeyas, orificios y ataduras
De las entrevistas y anamnesis que realizamos con los padres, podríamos concluir que el autista parecería haberse quedado a las puertas de la lengua del Otro; y que el espectro de palabras y sonidos muy variados que articula y con los que constituye -según Laurent- una especie de diccionario topológico personal son del orden de la onomatopeya, de la ecolalia de lo que resuena en el literalidad de la superficie del cuerpo, primera forma de neoborde que le permite encapsularse y supone algún orden de abrochadura bastante rígida entre la palabra, sonido y el cuerpo. Son esas manifestaciones que se multiplican por cientos y que son muy particulares de cada niña o niño con autismo. Todos esos sonidos que las terapeutas ocupacionales dicen que lo hacen como un esfuerzo de autorregularse. Bueno, hay algo de cierto en eso, hay algo en donde ese sonido abrocha algo de la superficie del cuerpo.
Si forzamos un poco la lectura de Lacan -que no voy a ser el primero, es lo que se hace habitualmente- que no se refirió más que en un par de ocasiones al autismo, podemos asociar esta hipótesis a esta constante que se desprende de esas pocas intervenciones sobre el tema. Lacan dice que si en el autismo, en las diferentes intervenciones que tiene -que son poquitas- hay algo que se detiene, que se congela -Maleval después va a decir que se petrifica-, se queda fijado. Si además seguimos a Walter Benjamin que propone que el estatuto original de la lengua antes de ser una lengua para la comunicación es la de ser una lengua de onomatopeyas, una lengua que crea a partir de la experiencia del cuerpo, podemos proponer que es el estatuto al que accedió el niño autista al cual queda fascinado, fascinado por esa juntura con lo real del cuerpo, tan cautivante que deviene solipcista en la medida en que la repetición de lo mismo es el principal obstáculo para el despliegue del sujeto. Lacan dice en el Seminario I que el sujeto se desarrolla ejercitándose en el simbolismo. Bueno, este niño se retira, queda fascinado en esos sonidos. El despliegue o el desarrollo del sujeto no está del lado de la repetición de lo mismo, sino de lo diferente, sino de lo Otro. Utilizo el vocablo fascinado -y les prometo que es la última mención etimológica- porque deriva de hechizado, y ésta deriva de atado. De esta manera, me hago eco un poco de la constante señalada por Lacan de “estar en un punto detenido, congelado, atado”. El autista está atado a la lengua del cuerpo. Este es su referente, el detrimento de las ataduras y dependencias que genera el Otro. De la ahí la exigencia de mismidad, de la iteración de lo mismo que no remite a la estructura articulada del lenguaje. Es un modo particular de arreglárselas con el objeto voz, de objeto que no quiere ceder al campo del Otro, de establecer un ejercicio regulado del goce vocal, como señala Maleval. Este ejercicio, este control le evita producir una separación traumática del objeto voz. Habíamos dicho que estas separaciones traumático tenían el estatuto de castración real, pero el resguardo que impone sobre este objeto, le impide localizarlo fuera del cuerpo. De ahí, que quede atado a la lengua del cuerpo. La separación del objeto voz es la condición necesaria para que la enunciación se ancle en el lenguaje y para que la voz del Otro -necesaria para la identificación primordial- sea incorporada por el sujeto. Incorporar y consentir a la lengua del Otro supone atravesar la inquietante experiencia de hacer pasar las necesidades por el desfiladero del significante. Esto también lo dice Lacan, Seminario XXIII. Y por lo que de todo esto deriva, hacer pasar las necesidades por el desfiladero del significante significa consentir a los equívocos, a las resonancias del significante, a los rechazos y consentimientos, a los malentendidos de la lengua, finalmente. En este punto, la vuelta al circuito de la pulsión ya supondría un efecto de subjetivación muy particular. Si el niño consintiera a esa lengua del Otro, ya habría un efecto de subjetivación muy singular de la lengua del Otro. En primer lugar, señala Lacan, están todas las demandas que puedan hacerse, y luego una vez que se ha demandado todo, lo que resta, lo que queda es la presencia del sujeto como corte más allá de todo lo que pueda demandarse, la presencia del sujeto como corte -Seminario XI-. En este trayecto, el sujeto descubre también que no hay lo que precisa el Otro. Ese recorrido deviene borde, marca del significante de la falta en el Otro S(Ⱥ), a lo que el sujeto queda irremediablemente atado como lo demuestran las imperiosas preguntas que el sujeto dirige al Otro en el campo de la neurosis. Queda atado a esa dependencia del Otro y siempre va a la búsqueda de ¿Qué quiere el Otro para mí? ¿Cómo puedo hacer esto? ¿Qué va a decir mi mamá? ¿Qué va a decir mi papá? ¿Qué va a decir mi mujer? ¿Qué va a decir mis hijos?
¿Será por evitar esta inquietante experiencia que muchos niños diagnosticados con autismo dejan de hablar luego de haber adquirido muchas palabras sueltas? Como cuentan algunos padres. “Al año, año y medio decía tales palabritas y de golpe dejó de decirlas”. ¿Será por eso que se cortan prematuramente del Otro? Pero a pesar de la retracción masiva que genera este encapsulamiento inicialmente, éste constituye una defensa precaria -y esto hay que resaltarlo-, no puede recubrir en forma permanente el traumatismo inicial, el trauma del agujero, y no funciona como un lugar en el que el sujeto pueda alojar su falta. Necesariamente, ese encapsulamiento tiene que desplazarse. Debemos señalar enfáticamente que este encapsulamiento es una instancia inicial de tratamiento de las pérdidas, pero que tiene que desplazarse. Si bien es una forma de encapsulamiento, tiene que desplazarse. Este desplazamiento debe considerar, en primer lugar, el interés que muchos niños autistas suscitan los diferentes orificios -los del cuerpo o los del espacio-. Estos niños buscan mucho obstaculizarlos, taparlos con masa, con sustancias corporales, con objetos que encuentran en el consultorio. Laurent llega a hablar de intolerancia al agujero. Se trata también de un trabajo sobre los agujeros que, de alguna manera, remiten a los orificios del cuerpo. Para Maleval, este interés no es contingente -el interés por los orificios-. Y se debe a que los agujeros funcionan como una especie de prefiguración mental con la cual hacen la experiencia de la pérdida y de la falta. Fíjense qué interesante. El interés por los agujeros es una especie de anticipación, de puesta en trabajo de la experiencia de la pérdida y de la falta. Por eso tenemos niños metiendo y sacando por un tubito, por un agujerito, tiran un papelito por el ascensor, tiran por la ventana, tiran por el inodoro… Hay un intento allí de trabajar sobre esos agujeros. En este punto, el neoborde puede trabajar para enmarcar el agujero. Basta recordar solamente cómo el pequeño Robert, el paciente de Rosine Lefort gritaba: ¡El lobo! ¡El lobo! -que era la palabra que gritaba de manera iterativa-, frente al agujero del inodoro. Con esa palabra intentaba subjetivar la experiencia de horror que le generaba desprenderse del objeto anal en ese agujero.
Los neobordes que instituye el sujeto autista tiene una forma de ejercer una pérdida dominada de todo aquello que se separa del cuerpo. Laurent lo explica como una forma de indexación de las pérdidas[3]. Esto me parece súper interesante y no ha sido lo suficientemente desarrollado. Él habla más que de pérdida, de indexación de las pérdidas. ¿Qué sería el indexar las pérdidas? El indexar remite a ordenar una serie de datos o informaciones de acuerdo con un criterio común a todos ellos. Por ejemplo, la guía de teléfono establece su índice por el orden alfabético de los apellidos de los abonados. Del mismo modo, el autista pone en serie todo aquello que le permite cierto tratamiento de la pérdida que se apoya en su neoborde a través de series o catálogos de autitos, muñequitos, dibujos animados, materiales que poseen las mismas características físicas o dinámicas, etc. Cuando se cumple a partir de esta indexación, de esta puesta en serie, una separación del neoborde ligado al tratamiento de los orificios del cuerpo, se pasa al uso de ciertos objetos ya más distanciados del cuerpo, observamos cierto grado de apaciguamiento en las conductas y modificaciones sustanciales que devienen de la apoyatura en el objeto -lo que hablaremos en la clase dedicada al objeto autista, que es la próxima-.
Pero me interesa detenerme solo en aquella característica relacionada al tema propuesto para hoy. El objeto ya supone cierto terreno de interacción compartida de la que el otro puede hacerse depositario. Nos abre el camino a la lengua del objeto que ya no es tan refractaria al Otro, como lo es la lengua del cuerpo y funciona como un índica a partir del cual se puede continuar produciendo esas indexaciones del objeto voz a partir de la réplica de sonidos, de ritmos y de escansiones verbales. Siempre me resultó muy llamativo que más allá de la formación que se tenga, de la orientación que se tenga, de las lecturas y las teorías que se supongan sobre el autismo, en determinado momento de una cura, y casi espontáneamente, todos aquellos que trabajamos con niños autistas, nos encontramos inventando o replicando las onomatopeyas de los objetos que los niños portan. Más allá de la orientación, en determinado momento, todos nos encontramos haciendo “Brrrr, bmmmm, miau, miau”. Hacemos eso porque eso tiene efectos sobre la retracción autística y su encapsulamiento. En la repetición de esos efectos se producen afectos. Se afecta al cuerpo de una manera novedosa, se lo desata de su fascinación sonora y se lo ata momentáneamente al Otro y las particularidades de ese Otro que se vuelve el partener del niño autista sin que esto le resulte intolerable. Esa desatadura implica una extracción de goce que permite el desplazamiento del neoborde. Esta perspectiva abre una vía inédita con respecto a la relación del niño autista con el referente, que deja de ser la superficie de su cuerpo. No dice algo muy distinto Éric Laurent cuando invirtiendo la fórmula del título de John Austin, ¿Cómo hacer cosas con palabras?, señala que más bien en el autismo se trata de hacer palabras con cosas. Y a partir de esa torsión, otorgarles un sentido, inicialmente privado que oportunamente podrá tener o no, un sentido en el campo del Otro. La cuestión es cuál es el referente: ¿el cuerpo o el objeto, o incluso el Otro? Podemos suponer entonces que esa mismidad, que esa iteración que busca el niño autista no sería otra cosa que la voluntad irrefrenable de construir un mundo singular pegando los sonidos con el referente, librándose de los equívocos de la lengua del Otro.
Lo que quería dejar establecido en el encuentro de hoy, y con esto cierro, es que ese primer referente es la superficie del cuerpo y sus orificios que no fueron recortados por la instancia palabrera que viene del Otro, pero que, aun así, se encuentran abiertos a sus resonancias; eso siempre que haya alguien allí atento para escucharlas. Muchas gracias.
[1] J. Lacan. El Seminario, libro XXIII, El sinthome. Buenos Aires: Paidós, 2017, p. 18.
[2] É. Laurent. La batalla del autismo. Buenos Aires: Grama, 2013, p. 53.
[3] Ibíd., p. 17.
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