Escritura Goce – por Éric Laurent – 2021-03-20

ESCRITURA ◊ GOCE[1]

Por Éric Laurent

2021-03-20


Alexandre Stevens: Agradezco mucho a Éric Laurent por haber aceptado esta conferencia para el Campo Freudiano de Bruselas. No es la primera vez que está con nosotros, pero es la primera vez que lo recibimos por Zoom. Debo decirles que, cuando invité a Éric en el mes de junio, le había dicho que sin duda podría hacerse presencialmente en el marzo, a lo que me respondió: “En lo absoluto. Todavía no por la epidemia. Seguramente será por Zoom”. Tuvo perfectamente la razón.

Éric Laurent ha trabajado mucho esta cuestión del cuerpo, en particular en su destacado libro desde ese punto de vista, El reverso de la biopolíticaUna escritura para el goce. El título que ha escogido hoy tiene un punzón, Escritura ◊ Goce, que evoca completamente esa cuestión de la escritura para el goce. Es un título, en todo caso, que resuena con la fórmula de Lacan del fantasma, $◊a, o de la pulsión, $◊D. Me decía que esto resuena mucho con la escritura del fantasma, $◊a, pero escrito con los términos de la última enseñanza de Lacan, es decir, profundamente remodelado.

Voy a dejar entonces la palabra a Éric Laurent sobre Escritura ◊ Goce.

Éric Laurent: Gracias, Alexandre, por tu presentación. ¿Me escuchan bien? Sí. Perfecto. Finalmente, escogí responder, en efecto, a vuestra invitación y al tema y el subtema que me propusieron, poniendo el acento en los efectos corporales de la escritura y así prolongar, en efecto, a la vez el libro como lo han señalado y además los artículos que publiqué tanto en la revista La Cause du Désir #106 -la última publicada- y luego un artículo que va a venir y que va a ser prontamente publicado en La Cause du Désir #107.

La escritura, en efecto, es el instrumento para Lacan que permite operar una ruptura crucial con lo imaginario para orientar el cuerpo del parlêtre hacia lo real. En el estadio del espejo, el sujeto cree en su cuerpo; está fascinado por la buena forma; él, que experimenta el cuerpo fragmentado, se fascina por esa forma unificante. En el curso de su enseñanza, Lacan no cesa de separar el cuerpo de la operación de fascinación imaginaria. El cuerpo es poco a poco separado de la forma, es agujereado; no existe más sino por su goce. Este cuerpo devenido informe no tiene ya envoltura, ciernes. Es una superficie topológica sobre la que se inscribe el impacto de lalengua. Es ahí que vendrá a alojarse la escritura, ésta que deshace la forma para introducir, más allá del imaginario del límite del cuerpo, un litoral, un borde directo con el goce.

Primeramente, separemos la lenguaen su dimensión imaginaria y la lenguaen su dimensión real. La escritura, en el sentido de Lacan, depende de la palabra. Ella viene después lógicamente, pero no es transcripción de la palabra. Ella se separa de la escritura, de lo imaginario de la significación, de la cosa significada que parece vehicular el sistema de la lengua. La palabra pasa primeramente por el sistema de la lengua que se habla. Antes de decir “esa lengua que se habla”, antes que llamarla lengua materna, Lacan evoca una primera elección de la lengua que se habla. Esta elección de la lengua que se habla, le da en el Seminario XXIII un estatuto imaginario. Dice: “[…] uno no hace más que imaginarse que la elige.”[2] Pero, de hecho, es una elección forzada. Es el Otro que nos habla. Pero la implicación de la elección prosigue. Este comienzo imaginario se sigue de una elección Otra, una adopción Otra, significación personal y equívoco personal. Cada uno neologiza a su manera. El equívoco producido por el uso de cada uno implica una suerte de recreación que, sola, hace una relación a la lengua que se habla, una relación viviente. Cito:

“Esto supone o implica que se elige hablar la lengua que efectivamente se habla. De hecho, uno no hace más que imaginarse que la elige. Y lo que resuelve la cosa es que, a fin de cuentas, esta lengua se crea. […] Se crea una lengua en la medida en que en cualquier momento -soy yo quien lo subrayo- se le da un sentido, se le hace un retoquecito, sin lo cual la lengua no estaría viva.”[3]

Este retoquecito del efecto del sentido porque permite que ahí se aloje lo viviente y él es, sin lugar a dudas, real.

Jacques-Alain ha acentuado fuertemente la consecuencia de creación que implica el discurso del Uno-completamente-solo: la lengua suya para cada uno. Cita del curso de Jacques-Alain:

“Uno solamente habla su propia lengua y la crea por retoquecitos. Forzamos una palabra -otra vez, el forzamiento– para que signifique ligeramente otra cosa que lo que suele significar. Se crea la lengua con retoquecitos, es decir que se inventa con forzamiento.”[4]

Estos diferentes forzamientos implican una relación particular del significante con la moterialidad de la letra. Es una manera diferente de abordar la poética del inconsciente y el estatuto del poema que lo atraviesa.

Lacan dio ejemplos de retoquecitos interiores de la lengua que hablaba mediante sus propios efectos de escritura. Ya veremos más ejemplos de ello.

Así como hay que separar lengua imaginaria y lengua real, es necesario separar la escritura transcripción y la escritura agujero. El efecto de escritura se distingue del efecto de sentido en la medida en que la letra viene a dibujar la huella de una ausencia de significación. La letra es el memorial del encuentro del imposible-de-decir al que reenvía el goce contingente que cada sujeto encuentra. Desde el momento en que hay goce no hay vocablo para decirla. Será necesario entonces forzar a la lengua común para que acoja la huella de lo que ha tenido lugar. El mensaje sobre la letra que Lacan pone al inicio de Lituratierra es que la letra no señala nada más sino el agujero que opera en la palabra que la precede y el saber que se deposita de ello cuando los escollos de la palabra son recogidos, puestos en serie en un psicoanálisis. La letra, en singular, designa el borde del agujero del saber. El agujero es la consecuencia fallar que se produce cuando un ser vivo hace uso del lenguaje, que la habita hablándola. Es entonces cuando se producen un cierto número de efectos que Freud llamó el inconsciente, que acompañan a aquel que habla, como su Otro.

Pero, comprendamos bien. La escritura como marca del agujero y los significantes que le encarrilan la significación se oponen como dos órdenes heterogéneos. Y en Lituratierra, la heterogeneidad de esos dos órdenes es máxima, aunque las relaciones entre la palabra y la letra sean dialécticamente exploradas. En Lituratierra, Lacan señala una cierta cantidad de malentendidos acerca de su relación con la literatura. Precisa bien que él no se vive como literato, no escogió la vía literaria para transmitir su enseñanza, se plegó a las relaciones, a textos circunstanciales, a ciertas metas, a intercambios con interlocutores variados que quiso tocar con su palabra. Por otra parte, no quiso introducir un estilo literario en psicoanálisis. Introdujo en psicoanálisis un uso casi matemático de la letra donde señalaba las funciones que se desprendían de la lectura de Freud y así guiaba sus lecturas. Los dos usos de la letra, el uso literario y el uso matémico, se distinguen y entran en oposición a veces. La dimensión de la letra implica una cierta instancia, una cierta insistencia, un cierto forzamiento para incluirse en la trama significante y las significaciones que de allí se deducen. Lacan retoma en Lituratierra lo que escogió como título, La instancia de la letra, para decir que esta instancia, esta insistencia, designa en la letra -lo cito-: “¿[…]lo que, por tener que insistir, no es allí con todo derecho y tan pleno de razón como eso se afirma?”[5] Y es para hacer escuchar un nuevo toque, la tensión, la insistencia entre el orden de la letra y aquel del significante que conlleva la palabra, que Lacan retoma lo que Lacan llama una demostración literaria, su apólogo sobre la letra, una cibernética divertida. Y ahí, en ese famoso apólogo de Lituratierra, Lacan anima ahí su concepción de la letra como un borde que le permite sostener, en conclusión, un uso no-científico de la letra, un abordaje de lo real propio del psicoanálisis y de la experiencia del goce.

Entonces, retomo el apólogo de Lituratierra que todos conocen, a partir de este sesgo de que es una visión que deshace. Entonces, Lacan habla de su experiencia japonesa, de lo que experimentó en Japón de la sobresaturación del espacio japonés por la escritura. La llama “la afectación eminente de la lengua japonesa por la escritura”. Y de esa experiencia japonesa que va de las luces de neón de Ginza hasta la caligrafía, Lacan va a desarrollar su demostración como una operación de separación, de atravesamiento de la experiencia estética para llevarla a su núcleo de real. La operación de separación se hace a lo largo de un desarrollo -como siempre en Lacan- organizada en tiempos lógicos.

Primeramente, el instante de ver. Entonces, en su viaje de regreso de la Siberia, las arroyadas de los grandes ríos que se le aparecen al surgir entre las nubes como una gran escritura cursiva. Él ve lo que de la Siberia es planicie, “planicie desolada con la vegetación de los reflejos, que empujan a la sombra lo que no refleja en ellos”[6]. Detengámonos en la elección del vocablo chorreado [ruissellement] para describir los flujos del río. Él lo descríbeme como chorreado entre las nubes. El chorreado viene a hacer eco del esquema que presentaba Saussure de otro tipo de oleaje y de flujo representado entre dos nubes[7]. Lacan hablaba así de ello en su Seminario de 1955-1956 sobre las psicosis cuando establecía el punto de capitón en el deslizamiento fundamental del flujo significado sobre el flujo significante. Lo cito:

“Saussure intenta definir una correspondencia entre ambos flujos, correspondencia que los segmentaría. Pero el solo hecho de que su solución permanezca abierta, ya que la locución sigue siendo problemática, y la frase entera.”[8]

Quisiera presentarles los trazos de Saussure:

Ahí está el esquema reproducido en el Seminario Las psicosis donde se ve el flujo superior, el flujo inferior y los trazos que van a pasar a través de esos dos flujos. Los trazos verticales de Saussure pasan a través de estos tipos de nubes que vienen a representa, como llama Lacan, la masa amorfa del significante, para Saussure, y la masa amorfa de significación, para segmentar de manera momentánea las dos corrientes. Remítanse a la página 373 del Seminario Las psicosis. Evoca también en el Seminario Las formaciones del inconsciente: “esquema célebre de Ferdinand de Saussure en el que se ve representado el doble flujo paralelo del significante y del significado, distintos y condenados a un perpetuo deslizamiento el uno encima del otro”.[9]

Entonces, la aparición que recoge Lacan conjuga al mismo tiempo un fenómeno natural, la materialización de un trazo, la evocación de una representación Otra de la relación significante-significado y el trazo de la letra. Ese es el instante de ver.

Luego viene un largo desarrollo, un tiempo para comprender que no seguiremos ahora en sus meandros rigurosos que no se pueden descifrar sino apoyándose en el curso de Jacques-Alain, El Uno-completamente-solo. Simplemente, anotemos que la escritura cursiva -y no en imprenta- que forma las chorreadas del río viene a añadirse a la naturaleza. Forma, en sentido estricto, una tachadura, una litura-tierra, en el sentido de la tachadura lino, litura evocada en la etimología latina de Ernout y Meillet al comienzo del texto de Lituratierra. Los ríos son tachaduras sobre la tierra. Los trazos de la escritura no son capitonados, sino que ligan juntos dos registros distintos. Lacan se aleja allí de todo uso del trazo como notación de una cosa natural. Hace de la escritura un Uno siempre más puro. En el curso de su Seminario La identificación particularmente, hace del trazo del Uno un signo aislado. Hace un desvío en su Seminario La identificación mediante la prehistoria y las muescas en los huesos trabajados por los cazadores magdalenienses. Opone el trazo y las cosas del mundo que vienen a marcar. Lo cito, en la sesión del 6 de diciembre de 1961:

“La relación del signo a la cosa debe ser borrado. Ese Uno del hueso magdaleniense -del cual podrían decir de manera muy astuta de qué hacía signo-, ese Uno como tal, en tanto que marca la diferencia pura, es a éste al que nos vamos a referir para designar los diversos borramientos [effaçons] del cual viene siempre el significante.”

Subrayemos “borramientos”. Por supuesto, es una ayudita que pilla Lacan entre la palabra “façons” para decir en vez de “las diversas maneras [façons]”, dice “los diversos borramientos [effaçons]”. En La identificación, aunque en ese Seminario Lacan no tenga haya purificado aún su uso de la letra dice que:

“el proceso de aislamiento del Uno del significante separado de toda significación nos permite comprender mejor las maneras a la segunda potencia en que la barra viene a marcar el borramiento de la significación para dibujar solamente el trazo de la experiencia de goce en el que el sujeto se borró.”

En Lituratierra, Lacan no habla de los borramientos. Dice: “el ramillete del rasgo primero y de lo que lo borra”[10], en la que retoma ese borramiento del Seminario La identificación. Entonces el ramillete del rasgo primero y de lo que lo borra inscribe la relación del Uno de la letra con la experiencia de goce. Es una barra pura que designa una orilla, un litoral entre la tierra de la letra y las aguas del goce. Esa barra es también el producto del inconsciente como rasgo y entonces como su vía.

Después de ese desarrollo acerca del Uno y el ramillete primero, Lacan concluye con una cierta visión de la chorreada. La llama así y lo retomaremos más tarde, pero primeramente quería llevarlos a ese punto conclusivo de Lacan de un uso particular de la manera en que nos transmite su experiencia, su modo de relación con el Uno de la letra. Dice que más tarde:

“Más tarde, desde el avión, se vieron al sostenerse allí en isóbaras, aunque fuese al desviarse oblicuamente por un terraplén, otras huellas perpendiculares respecto de aquellas en las que la pendiente suprema del relieve se marcaba con cursos de agua.”[11]

Se podría leer esta frase sin saborearla. Una primera lectura rápida podría tomar el verbo “se vieron allí sostenerse” como una experiencia de visión simple, incluso ver huellas normales a aquellas que marcan los cursos de agua. El único problema es que es muy anormal como visión. Es imposible ver un campo de isóbaras. Es una pura letra matemática, científica para trazar una curva isóbara, es decir, de igual presión. Es necesario un medio para medir la presión de la atmósfera para enseguida extraer huellas perpendiculares, es decir normales, a una superficie como aquella de la tierra marcando el curso del agua. Entonces la curva de presión isóbara borra los relieves del suelo. En provecho de un relieve puramente científico, puramente deducido de una desigualdad de presión que se ejerce sobre las nubes para trazar otro mundo de curvas perpendiculares a esas huellas. Así, en la visión de Lacan el mundo y lo inmundo se mezclan; la naturaleza y lo exterior a la naturaleza también. Y al final del párrafo, Lacan regresa a una experiencia de visión donde se conjuga las huellas de la naturaleza y los objetos exteriores a la naturaleza que son las autopistas de Osaka, “posadas unas encima de las otras como planeadores venidos del cielo. Y al mismo tiempo dice que tienen el movimiento elevado de alas de pájaras que despliegan o repliegan sus alas. Y dice una fórmula muy bella: “hacerse ala que se abate de un pájaro”[12]. La visión se Lacan se conjuga o se reúne con objetos perceptivos por esencia y objetos que competen a la percepción. Lacan encuentra allí el ejemplo clásico del vocablo visión que incluye también los objetos místicos de la visión sobrenatural. Cito -es una cita dada por Alain Rey en su diccionario epistemológico de la lengua francesa a propósito del vocablo visión-: “La visión intuitiva beatifica, es el medio de conocer cosas divinas fuera del orden natural”. En la concepción laica de Lacan, la visión de la traza/huella sobre la Tierra y de lo que asciende hacia las nubes del significante es a la vez visión de la traza/huella caligráfica, visión del objeto matemático, recuerdo de la experiencia de goce así marcada -la manera en que Lacan vivió eso- y también una visión de trazas/huellas arquitectónicas de las más contemporáneas y de la manera en que borraron el movimiento natural de los pájaros de las cuales están tejidas. La visión del chorreado de Lacan es, en una misma experiencia, captar todos los modos y maneras que se produjeron para llegar a una escritura. En el ramillete hay a la vez la memoria de todo lo que ha sido marcado -y por ende borrado- en las experiencias de goce en las que un sujeto ha encontrado las formas de lo imposible de decir. Esta visión se conjuga con la letra y el significante gracias a un forzamiento de relación entre las dos dimensiones.

Para captar la originalidad de la visión de Lacan en su conjunción de la escritura científica y del significante, esa originalidad la captaremos mucho más si la comparamos a otras tentativas de conjugar ciencia y literatura. Tomemos una de ellas. Otra tentativa que Lacan cita en Lituratierra donde habla de la literatura de vanguardia que “pretende en su ambición de lituraterrizar es ordenarse a partir de un movimiento que ella llama científico”[13]. La literatura de vanguardia de la que se trata es esa literatura postjoyceana particular que afinó Raymond Queneau en su tetativa generalizada del Oulipo. Veamos la visión del uso de letra según Queneau. Primeramente, hay que subrayar que Lituratierra, publicada en 1971, corresponde al período 1970-1971, donde el Oulipo salía de su período de confidencialidad y se volvía objeto de comentarios y de críticas. Pero el Oulipo, que se hace conocer en los años ’70, es el producto de la impulsión, de la reflexión que Raymond Queneau hace de los años ’30, los años en que frecuentaba con Lacan el curso de Kojève. En sus treintas, como lo subraya bien Italo Calvino en un artículo sobresaliente sobre Raymond Queneau, se trataba de hacer bascular la literatura por el recurso de la lengua hablada, por un forzamiento del estilo convenido de la época, de la literatura como gran estilo, el de forzarlas por la lengua hablada. Es una reflexión contemporánea de la operación Céline sobre la lengua en Viaje al fin de la noche[14]. Y se apoyó en la convicción de que todas las grandes invenciones en el campo de la lengua y de la literatura fueron de transposición de lo hablado a lo escrito. Es precisamente este primer movimiento lo que corresponde a lo que pone en exergo Lacan al principio de Lituratierra para separarse del malentendido sobre la promoción de lo escrito. Lo cito: “la importancia que en nuestra época por fin Rabelais sea leído muestran un desplazamiento de los intereses con el que acuerdo mejor”[15]. Rabelais es el surgimiento de lengua hablada del Renacimiento en la lengua de los humanistas, en la lengua convenida, “académica” de la república de letras. Lacan subraya que con lo que él concuerda es el comando de los procedimientos tomados de la lengua hablada en los modos de escritura de la lengua escrita que inventó Rabelais enriqueciendo los modos de correspondencia o más bien de ruptura entre escritura y palabra [parole].

Digamos que es la primera cara de la visión de Queneau. Su primera novela, Le Chiendent, fue escrito en 1932 luego de la lectura traumática de Joyce. Está fundado en un esquema numerológico y simétrico y sobre un catálogo de género narrativo inspirado en el esquema de construcción que Joyce dio de su Ulises. Y para Queneau, solo ese esquema numerológico y simétrico puede introducir un orden en el caos de la lengua que la literatura finge ordenar. Es por eso que Queneau rompe con los surrealistas por su rechazo de la inspiración del lirismo romántico del culto del azar y del automatismo. Al contrario, se sirve de Joyce para decir que el artista debe tener plenamente conciencia de las reglas formales a las cuales responde su obra. La homología entre las reglas que va a fijar Queneau y las reglas de la axiomática matemática es precisada en un texto de 1963 -que está publicado en Batons, Chiffres et Lettres-. Lo cito: “Todo lo que conocemos de la ciencia es un método admitido como verdadero por la comunidad de sabios, método que tiene también la ventana de juntar las técnicas de fabricación. Pero ese método es también un juego, más exactamente lo que llamamos un juego del espíritu. Así, la ciencia entera bajo su forma lograda -es decir axiomática- se presentará -ustedes escuchan ahí los ecos hegelianos, es verdaderamente el curso de Kojève- tanto como técnica, tanto como juego. Es decir, como se presenta otra actividad humana: el arte”. Para Queneau hay continuidad entre el método axiomático de un parte, y las restricciones formales explicitadas y escogidas por el artista.

Queneau resume sus tentativas de entregar ese esquema numerológico para encuadrar los textos diciendo: “Somos los Kepler de los futuros Newton”.

Esa necesidad de producir la letra para encuadrar la significación, el orden que quiere Queneau, así surgido entre arte y juego matemático, se opone a la visión de Lacan. En la visión de Lacan, la letra matemática no surge en medio de un relato, surge en medio del mundo. Ella se adjunta al mundo. Pasamos de los ríos -vistos como una escritura cursiva-, de los caminos de las isóbaras y de todo tipo de depósito y de huellas del Uno de la letra en el mundo. Lacan ve en ello a las autopistas como planeadores y las curvas matemáticas y a los batidos de las alas de los pájaros -origen de la arquitectura japonesa y china-. Igualmente, la letra se deposita, se inscribe como tachadura sobre el cuerpo del sujeto que habla -del parlêtre- en la experiencia de goce. Se produce entonces un segundo tiempo. Esa tachadura, ese borde que se abrió entre la traza/huella y el goce, hay que remontarlo en las neblinas del Otro, hacerlo remontar al lugar del Otro del significante; operar un cierto forzamiento para que, en el lugar de la batería significante, el sujeto haga un lugar a la experiencia que atravesó y perturbe la batería del Otro mediante un forzamiento que le es propio. La escritura no calca al significante, sino que incluye el efecto de goce. Después ese acto de depositar, la letra trata de nombrarse. Cita de Lacan en Lituratierra: “. Ella remonta a él solo para en él tomar nombre, como sucede con esos efectos entre las cosas que la batería significante denomina por haberlas enumerado.”[16] La toma del nombre desplaza el sistema establecido de nombres preliminar y las maneras comunes de decir. La insistencia de la letra y su forzamiento designa su lugar que no es de pleno derecho. Para Lacan, la letra incomoda, inclina la regularidad de lo que se deposita de la palabra tanto en la batería significante como en las regularidades sintácticas.

De esta perspectiva tenemos un ejemplo reciente en la publicación del intercambio epistolar entre Ponge que data de un año después de la publicación de Lituratierra. Este intercambio acaba de ser publicado en La cause du désir #106. Lacan retransmite a Ponge una pregunta de Jakobson. Le dice: “Hay ciertos ejemplos de poesía en francés donde se denota una insistencia sobre la violación en el acuerdo gramatical, disfunción del singular y del plural del tipo, postposición de la preposición, etc.” Transmitiendo la pregunta, Lacan evoca la insistencia de la letra poética para infringir las regularidades sintácticas. No retrocede frente a la violencia y agresión hecha a la sintaxis por la letra al hablar de una insistencia sobre la violación. Lo que interesa a Lacan es la escritura poética como medio de efracción de las irregularidades. La referencia de la carta a Ponge de la obra del poeta americano vanguardista E. E. Cummings pone de relieve esa voluntad.

La visión del derrame del Uno, según Lacan, es aquella de una letra que viene a adjuntarse al mundo molestándolo. Como lo dice en su visión “Lo que se revela de mi visión del chorreado, en el que domina la tachadura” que puede también tomar de isobara o de autopista en violación de las reglas naturales. En todas las cosas del mundo y de la lengua, Lacan ve la irregularidad, el equívoco. Está tan afectado en su deseo propio por la saturación de la escritura en Japón donde la saturación de la irregularidad barroca de los cuerpos en el arilo italiano. De esa irregularidad, Lacan dará un desarrollo radical dos años después de Lituratierra en el Seminario Aún y en El atolondradicho. Tendrá esa fórmula que no cesa de resonar en sus consecuencias: “Una lengua entre otra no es nada más que la integralidad de los equívocos que su historia ha dejado allí persistir”. Esa definición dada en El atolondradicho es llevada como fundamento de la posibilidad de ese decir particular que es el decir del psicoanalista: la interpretación. Ese decir no es poético sino solamente en que se sostiene -y solo se sostiene- de forzar el equívoco.

Me voy a quedar allí.


[1] É. Laurent. Écriture ◊ Jouissance. Conferencia para la Sección Clínica del Champ Freudien en Bruselas. Transmisión vía Zoom. 2021-03-20.

[2] J. Lacan. El Seminario, libro XXIII, El Sinthome. Buenos Aires: Paidós, 2017, p. 131.

[3] Ídem.

[4] J.-A. Miller. El ultimísimo Lacan. Buenos Aires: Paidós, 2014, p. 86.

[5] J. Lacan. “Lituratierra”, in Otros Escritos. Buenos Aires, Paidós, 2012, p. 22.

[6] Ibíd., p. 24.

[7] Cfr. F. de Saussure. Ensayos de lingüística general.  Buenos Aires: Ediciones Losada, 2015, p. 212.

[8] J. Lacan. El Seminario, libro III, Las psicosis. Buenos Aires: Paidós, 2017, p. 374.

[9] J. Lacan. El Seminario, Libro V, Las formaciones del inconsciente. Buenos Aires: Paidós, 2017, p. 15.

[10] J. Lacan. “Lituratierra”, op. cit., p. 24.

[11] J. Lacan. “Lituratierra”, op. cit., p. 25.

[12] Ídem.

[13] Ibid., p. 26.

[14] L.-F. Céline. Voyage au bout de la nuit.

[15] J. Lacan. “Lituratierra”, op. cit., p. 20.

[16] J. Lacan. “Lituratierra”, op. cit., p. 25.

Éric Laurent

Publicado por Psicoanálisis Lacaniano

Blog en la articulación Freud-Lacan

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