Ser Sexuado (2) – por Daniel Roy – 2020-07-20

SER SEXUADO (2)

Por Daniel Roy

2020-07-20


Soledad y solidaridad

Cada una y cada uno de los seres hablantes se descubre como portador de esa marca de diferencia que constituye el hecho de ser sexuado. Es este descubrimiento, que hemos dicho, al seguir a Freud y a Lacan, siempre sintomático, que condena a cada uno y a cada una a la soledad. Es así como entiendo esa frase de Lacan de 1974: “El ser sexuado no se autoriza sino de sí mismo.”[1]

Esta dimensión específica del ser hablante, que Lacan viene a nombre como “sexuación”, distinguiéndola así de toda idea de desarrollo, concierne a cada uno de esos seres de dos maneras:

-¿Cómo se inscribe esa marca?

-¿Cómo el sujeto acoge ese descubrimiento? O más bien: ¿cómo se hace un lugar allí?

Pero el hecho que el ser hablante es primeramente un ser hablado induce que la soledad de su inscripción en la realidad sexual se encuentre sumergida en un discurso sexual ya constituido donde existen de manera preliminar “el uno y el otro sexo”[2], como significantes encarnados en lo imaginario del cuerpo, por una parte, y por otra parte, articulados en la estructura simbólica de la familia. Es esa solidaridad tan especial que entiendo cuando Lacan completa su frase tan contundente “el ser sexuado no se autoriza sino de sí mismo” por “y algunos otros.”

Son las particularidades iniciales de ese impacto del hecho sexual -como falla a la vez que cava ese agujero de “soledad” en el cuerpo propio y que crea esa “solidaridad” con los otros cuerpos, que Freud recogió en su experiencia fundadora como “organización genital infantil”[3] y de la cual Laca va, al final de su enseñanza, a construir la lógica con la escritura de las fórmulas de la sexuación. La escritura tiene aquí toda su importancia ya que es la que permite abordar en un mismo movimiento la clínica actual del niño y los medios de intervención del psicoanalista que acompaña las “construcciones en análisis” del niño.

La función fálica: ϕ(x)

La inscripción de esa marca que constituye el hecho de ser sexuado no se hace sin pérdida. Es un doble movimiento -marca significante/pérdida de goce -que se condensa en la escritura de la fórmula ϕ(x) como siendo “la función que se llama la castración”[4]. “Lo que expreso mediante esta notación ϕx es lo que produce la relación del significante con el goce. Esto quiere decir que x no designa más que un significante. Un significante puede ser cada uno de ustedes, precisamente en el tenue nivel donde existen como sexuados.”[5]. Cada uno viene a alojarse como “argumento” en esa función haciéndose representar por un significante que, para él, tiene valor de goce. Es lo que los mejores libros de niños ilustran con talento: Jojo la castaña y Lulu la princesa (o al revés) se sumergen en las aventuras donde encuentran el precio que cuesta el de inscribirse bajo esos significantes, con efectos de pérdida (y fracasos) garantizados, pero también efectos de dividendo que hay que encontrar en ese trazo, que ha sido recibido del Otro, de los recursos para separarse de ello haciendo un uso de él al mismo tiempo. Esta operación se encuentra en el corazón de todos los destetes, ya que son los objetos pulsionales los que sirven de monedad de cambio para pagar ese precio. Es así como un niño aprende a contar, y al mismo tiempo a descifrar las marcas significantes que le corresponden y que escoge. En el tiempo de la adolescencia, los términos actuales con fuerte valor sexual añadido LGBTQ etc., tienen también esa función para los jóvenes muchachos y las muchachas en el momento en el que tienen que inscribirse como valores sexuales en un mundo mayor que el de la familia.

Pero un punto aquí que tiene que ser subrayado, en el hilo de esa observación de Lacan en el Seminario XVIII: “Ni el muchacho ni la muchacha corren riesgo en primer lugar más que por los dramas que desencadenan, son el falo durante un momento”[6]. Esa identificación al falo que hace del niño/adolescente el objeto precioso de la madre y/o del padre es una posición de repliegue siempre disponible para un niño, y no es raro que haga obstáculo en la cura de un niño para “autorizarse” en las aventuras de la fase fálica, donde esa identificación se encuentra siempre impugnada.

Esa primera lógica, denotada ϕ(x), lógica que se apoya en el hecho de que los parlêtres se definen como tales por ser portadores del trazo “ser sexuado”, trazo de castración, no es una asignación o una orden del Otro, eso toma la forma subjetiva de una toma de posición: sea la de sostener esa lógica, o someterse a ella, o negarla, o denunciarla, o gritar como una injusticia, rebelarse, etc. Ese momento de toma de posición es un momento fundamentalmente sintomático en la vida de un niño, un momento de crisis, que marca esa aventura que constituye el hecho de “vivirse como separado”, separado de las satisfacciones ligadas a los primeros objetos de amor y de goce que son el padre y la madre. El síntoma del niño se desprende completamente de la manera en el cual toma posición en cuanto al hecho de reconocerse de un sexo, en cuanto a la existencia de otro sexo y en cuanto a la satisfacción “sexual” que viene a atravesar su cuerpo y añadirse ahí de manera desarmónica. “Tomar posición” indica aquí no la decisión de una voluntad autónoma, sino el hecho de que hay en la vida del niño encrucijadas, lugares y tiempos en los que encuentra elementos nuevos, “difíciles de integrar”, que hacen agujero en lo que es trazado para él y que también hace obstáculos sobre su camino y frente a los cuales está solo, buscando el apoyo de “algunos otros” para autorizarse a dar un paso más. Es esa la aventura, o más bien las aventuras de la infancia. Esos puntos de encuentro están indexados por un afecto que no engaña, es la angustia, que está en el centro de los síntomas de la infancia. Es todo eso que se traza y se enuncia en el más mínimo dibujo y el más mínimo juego de niños, es lo que autoriza al practicante a hacerse agente auxiliar de las aventuras del parlêtre.

Ahí donde nuestros caminos se separan

Esa lógica de la sexuación que se impone del hecho sexual, que se presenta falsamente como universal a pesar de que es la marca de lo real del cual provenimos, abre en dos vías que difieren a partir de esa encrucijada singular designada por Freud y por Lacan como “la castración de la madre”. En efecto, ese descubrimiento introduce en la subjetividad esa novedad de que no existe uno de los seres hablantes que no esté sometido a la castración. Cómo hacerse un lugar en las consecuencias de ese descubrimiento, con mi cuerpo de chica o mi cuerpo de chico: tal es la pregunta que se plantea al niño. Es un segundo momento sintomático.

Una de las respuestas posibles es la de erigir el hecho sexual como una ley universal: hasta nuestros días, eso se inscribe como la lógica masculina, que reúne a los chicos en grupo, ces la lógica de Un sexo, uno para todos, todos para uno, el falo. Se trata en esa encrucijada de abandonar los goces ligados al padre y a la madre para “salvar lo más precioso”, eso consiste también en lanzarse, chico o chica, en la aventura con sus propias armas, pero en esa vía se puede encontrar siempre un boss, uno que hace excepción a esa ley “la castración para todos”, sea bajo la figura de un protector, de Papá Noel, o, lo más inquietante, del dictador, del gorrón, del capitalista o el jefecito del pueblo. Lo que se ignora en el tiempo de la infancia, es que una figura de excepción no es exterior al sujeto, es el punto real que tomará existencia en su cuerpo cuando tuviere que confrontar el goce fálico y el objeto que causa su deseo en su encuentro con un cuerpo Otro. Más fundamentalmente, ese punto real de la excepción que funda la ley está lógicamente articulado a la elección inicial de privilegiar un “eso vale para todos” como necesario para oponerse a la contingencia absoluta del real que no sabe nada de nosotros.

Pero también existe Otra vía que consiste, ciertamente en reconocerse castrado, separado, pero no en un conjunto todo, sino uno por uno, una por una, y eso no vale sino por ser verificado a cada vez, ya no que no hay ley que diría que vale para todos. Aquí se funda la lógica del Otro sexo, del sexo que encarna la alteridad de lo sexual, por su posición singular que dice que no-todo es del orden del goce fálico, que hay Otro goce, que no desdeña sin embargo el goce ligado al sexo, sino que es situable por la palabra en su relación al Otro: es lo que Lacan reconoció, más allá de Freud, como la lógica femenina. Otras aventuras se abren allí para el sujeto, chico o chica, que se engancha ahí, aventuras que se despliegan en el Wonderland de Alicia de Lewis Carroll, allí donde el límite hay que inventarlo cada vez que no hay garantía preliminar que indique o fije el camino.

Cada niño, desde su venida al mundo, aprende a arreglárselas, y a enredarse, con esas dos lógicas, las interroga, las experimenta con su propio cuerpo y las somete a prueba en aquellos que las encarnan, hombres y mujeres, hombres o mujeres que lo rodean, y que viven esas aventuras a trancas y barrancas… Para Lacan, las cuatro fórmulas de la sexuación, que cruza con las figuras freudianas del padre real, la madre castrada, y con las posiciones sexuadas del chico y de la chica, hace surgir una solidaridad “real” de los cuerpos hablantes, que no se fundan ni sobre los lazos simbólicos de alianza y de la filiación, ni sobre las proyecciones imaginarias sobre las identificaciones normadas -sin por lo tanto negarlas-, una solidaridad que toma acto de lo real de esa diferencia de la cual cada ser hablante lleva la marca y de la cual los otros cuerpos hablantes son también portadores. Desde la infancia, chicas y chicos en análisis dan testimonio que es la existencia del sexo femenino como tal que hace signo de ello, sobre su propio cuerpo (o el de un “semejante”) para una chica, sobre el cuerpo de la chica para un chico.


[1] J. Lacan. El Seminario, libro XXI, Los no-incautos yerran. Lección del 9 de abril de 1974. Inédito.

[2] Tal es el título que Jacques-Alain Miller da a la primera parte del Seminario XIX.

[3] S. Freud. “La organización genital infantil” (1923), in Obras completas, tomo XIX. Buenos Aires: Amorrortu, 2003.

[4] J. Lacan. El Seminario, libro XIX, …o peor. Buenos Aires: Paidós, 2017, p. 32.

[5] Ibíd., pp. 31-32.

[6] J. Lacan. El Seminario, libro XVIII, De un discurso que no fuera del semblante. Buenos Aires: Paidós, 2017, p. 33.

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