La Huella: Entre Memoria y Olvido – por Marie-Hélène Brousse – 2020-06-18

LA HUELLA: ENTRE MEMORIA Y OLVIDO[1]

Por Marie-Hélène Brousse

2020-06-18


Muchas gracias por esta bella acogida. ¿Cómo decirlo? Voy a hablar de una cuestión que se me ha impuesto, de hecho, no sé mucho por qué, pero desde hace un año reflexiono en ello, una pregunta sobre la memoria y naturalmente el olvido -aunque no es tan natural. De hecho, quisiera comenzar primeramente por una cita de Lacan en el Seminario El reverso del psicoanálisis que me recordó un miembro de la NLS en Suiza, en la página 55 y que voy a leerles:

“Podríamos llamar de otra manera a esta falta de ser. […] falta de olvido, que nos recuerdan las formaciones del inconsciente. […]La falta de olvido es lo mismo que la falta de ser, puesto que ser no es más que olvidar.”

Entonces, voy a poner esa equivalencia, no tan fácil finalmente de cernir. Y que ya sitúa las formaciones del inconsciente en oposición, si puedo decir, a la cuestión del olvido, como lo que impide olvidar. Pero quisiera decirles enseguida mi tesis, bueno, no una tesis, una orientación que puede sorprenderme. No quiero evocar en lo absoluto la cuestión del tiempo. No quiero tomar la memoria a partir del tiempo. Quiero tomar la memoria a partir del lugar, a partir del espacio. Naturalmente, no podía comenzar sin hablar de Proust. Justamente él está en lo del tiempo, el tiempo rencontrado, el tiempo perdido, el tiempo desperdiciado. Pero hay entonces en esta enorme obra que destaca en relación con la memoria la dimensión del tiempo, una palabrita muy pequeña que se encuentra en la página 144-145 de Du côté de chez Swann de la edición Flammarion, dos pequeños párrafos consagrados a dos cosas que todo el mundo conoce y que están ahí del lado del registro que quiero trabajar esta noche. Es el episodio de la magdalena.

Voy a leérselos un pequeño extracto. Leo mucha literatura. Pongo al psicoanálisis en la enseñanza de la literatura, es decir, enseñada por la literatura. Entonces esto es lo que dice. Está tomando un té con su madre, como de costumbre. Y lleva a sus labios un sorbo de té donde dejó ablandar un pedazo de magdalena. Cito a Proust:

“En el instante mismo en que el sorbo lleno de la miel de las galletas tocó mi paladar, me puse muy atento a lo que sucedía en mí: un placer delicioso me había invadido, aislado, sin la noción de su causa”.

Entonces, hay allí hay una abolición del tiempo. Y continúa:

“De golpe, un recuerdo se me apareció. Este gusto, el del pequeño pedazo de magdalena que el domingo en la mañana en Combray (porque ese día no salí hasta la hora de la misa). Cuando iba a decirle “Buenos días” en su habitación, mi tía Léonie me la ofreció después de haberlo embebido en su infusión de té o de tilo. La vista -subrayo la vista- de la pequeña magdalena no me había recordado nada antes de haberla probado.”

Entonces, ahí tienen lo que extraigo de Proust, para quien francamente la cuestión del recuerdo es central. Y precisamente, hace muy bien la diferencia entre el momento de la memoria y el momento del recuerdo, el tiempo 2, que es el tiempo del recuerdo en el que logra reclasificar las cosas, a nombrarlas, y en particular en nombrar a la tía Léonie y ese momento particular en el que está. Desarrolla después -si tienen la curiosidad de ir a verlo-, desarrolla después la importancia del cuerpo y la importancia del lugar porque al separar -lo que voy a intentar hacer esta noche- la memoria del tiempo, se la articula al lugar; y articulándola al lugar, vamos a ver que se la articula al cuerpo.

Todo esto porque he tenido ya conversaciones de ello con colegas. Entonces, discutí de ello con la señora Wajcman que me mostró un evento en el que se acordaba de haberlo leído. Era un actor que se llamaba Garson Kanin, que era también director de escenario. Había una anécdota -que nosotros verificamos porque ella también se acordaba de ella, ustedes pueden ir a verificarla-, este señor debía interpretar una escena en un film y entonces había aprendido de memoria su diálogo. Los sabía de memoria. Llega en frente de la cámara -no era esto algo impresionante, conocía las cámaras, tenía la costumbre porque era su mundo-, y de pronto, ¡mutismo! Se quedó sin nada. No recuerda ni una palabra del texto que aprendió de memoria. Entonces, se vuelve a la habitación donde la había aprendido y ahí es capaz de recitarla a su compañero exactamente, perfectamente. Regresa ante la cámara y pfff, de nuevo, no se acuerda de nada. Eso duró 2 ó 3 veces. Cuando estaba en cualquier otro lugar, tenía la memoria del texto; cuando estaba ahí, ya no la tenía. Mutismo. Entonces, se puede decir -algo que puede ser un poco extraño- el separar la cuestión de la memoria de la cuestión del tiempo para ponerla en relación con la cuestión del lugar.

Voy a comenzar dos autores porque es de dos autores que me vino la idea de trabajar la cuestión de la memoria. Uno se llama Aharon Apellfeld, Historia de una vida. Es un recital de su vida. Es viejo y escribe un texto de su vida. Y voy a tomar algunos extractos de esta obra para desplegar lo que quisiera poner a prueba con ustedes y es la articulación de la memoria con el lugar y el objeto y no con el tiempo. En el capítulo 8 de esta obra, página 60 de la Éditon Point Pocket:

“Más de 50 años han pasado desde el final de la Primera Guerra mundial. El cuerpo ha olvidado mucho, principalmente de los lugares, de los datos, de los nombres, de las personas y, sin embargo, resiento ese día, en todo mi cuerpo, cada día que llueve, que hace frío, o que sopla un viento violento, estoy de nuevo en el gueto, el campo o en el bosque que me resguardaban hace tiempo. La memoria tiene sus raíces profundamente ancladas en el cuerpo. Es suficiente a veces con el olor de la paja mojada, del grito de un ave para llevarme lejos y al interior de él. Digo ‘al interior’ aunque todavía no he encontrado palabras para estas violentas manchas de memoria.”

Entonces, la primera palabra que dice es que son “manchas”. Ven que estamos en una deriva metafórica que toca el lugar y no toca para nada al tiempo.

“Con el pasar de los años, intenté más de una vez tocar el armazón de la cama. Todo lo salía de este esfuerzo era un magma de vocablos -ahí subrayo un ‘maga de vocablos’- o más precisamente de vocablos inexactos, un ritmo abundante de imágenes débiles o exageradas.”

Este es el primer elemento que quería poner de relieve. El segundo está en la página siguiente. Está completamente solo. Está en el bosque. Ha perdido a su padre y su madre y debe esconderse.

“De mi entrada en el bosque no me acuerdo. Me acuerdo el instante en el que me encontré debajo de un árbol de manzanas rojas. Estaba tan estupefacto que di algunos pasos para atrás. Mi cuerpo se acuerda mejor que mí de esos pasos hacia atrás. Cada vez que hago un falso movimiento de dorso, que doy pasos hacia atrás, veo el árbol y las manzanas rojas. Ya eran algunos días que no había comido nada y he aquí que delante de mí si figuraba un árbol cubierto de frutos. Solo hubiera tenido que extender la mano para cogerlo, pero me quedé paralizado por la sorpresa y mientras más me quedaba así, la parálisis aumentaba. Finalmente, me senté allí y comí une pequeña manzana, cuya mitad estaba podrida, que había caído al suelo. Después de comérmela, me dormí.”

Es el primer extracto que quería aportarles para respaldar la tesis de la relación fundamental de la memoria con el lugar y con el cuerpo.

El segundo pasaje toca un poco más a la subjetividad, es decir, un recuerdo esta vez. Pero comienza por -es el capítulo 9-:

“Hay visiones que un hombre no puede olvidar tan fácilmente. Tenía 10 años. Estaba en el bosque, muchas sorpresas, […] Me parecía que, si encontraba el buen camino, éste me conduciría directamente hacia mis padres.”

Sabe muy bien que padres están muertos porque asistió físicamente a su muerte, del y uno y del otro. “El pensamiento de que mis padres me protegían durante toda la guerra”. Ahí ven lo que hace contrapunto -si puedo decir- al pequeño pedazo de la manzana podrida, es el pensamiento que protege. Es decir, el delirio, en el sentido lacaniano del término, del “Todo el mundo delira”. Sabe muy bien que sus padres están muertos. Piensa tomar ese camino para reencontrarlos, sabiendo muy bien que están muertos. Y añade: “A veces pasaba inmóvil durante horas para esperar a mis padres. Con los días me inventé signos que presagiaban su retorno”. Ven ahí que tenemos el delirio, tenemos los signos y la interpretación. Lo que no es para nada el caso cuando se trata de la memoria.

“Si el viento era fuerte, si veía un caballo blanco, si el ocaso no era formidable, esos signos me decepcionaban, pero, sin embargo, no me desesperaba. Aumentaba otros signos, encontraba otros caminos.”

Entonces, eso viene en contrapunto de las experiencias memoriales. Son experiencias de sentido, de un sentido delirante e interpretativo, me atrevo a decir, metafóricas.

Ahora, el otro pasaje que quiero leerles. Hay todo un periplo terrible. Les aconsejo leer toda esa obra que es fenomenal. Y llega en los lugares más tranquilos. Llega a Israel -no es que allí uno pase bien-, pero está fuera del campo de la muerte, vamos a decir. Y comienza a preguntársele, entre la gente hay un pequeño niño, sobre todo, y son ya dos años, después de un periplo hasta Italia, entonces la gente le pregunta qué le sucedió, qué hizo. Le piden que se los cuente, y dice:

“Digo ‘No recuerdo’. Y es la estricta verdad. Lo que se grabó en mí de esos años son principalmente sensaciones físicas muy fuertes. La necesidad de comer pan, todavía hoy, me despierta en la noche hambriento, sueños de hambre”.

Y continúa: “Durante la guerra fui a cientos de ciudades, villas, estaciones cerca de cursos de agua. Cada lugar tenía un nombre. No tengo ningún recuerdo de ello. ¿Por qué? Porque no hay ningún nombre.” Dicho de otro modo, el primer punto que permite a la memoria convertirse en recuerdo, es decir ser subjetivada y no solamente corporizada, es el nombre. No hay memoria sin nombre. Evidentemente, la gran diferencia es que una vez que tenemos el nombre, perdemos la huella. Dice: “Cada vez que me saco los zapatos y que camino en la hierba, me acuerdo de los pastorales y el ganado agrupado.” Otro elemento:

“Los rusos regresan en el ’44 y yo estaba en Ucrania. Tenía 12 años. Alguien que me vio y constató mi desarraigo se inclinó y me preguntó: “¿Qué te ha sucedido mi niño?” –“Nada” -respondí. Mi respuesta debió sorprenderle ya que no me planteó ninguna otra pregunta. Esa pregunta se me planteó de diferentes maneras durante todo el recorrido hacia Yugoeslavia y se la continuó planteando a mí en Israel.”

Y añade:

“en los niños no es nombre lo que está grabado en la memoria, sino algo radicalmente diferente. En ellos la memoria es un reservorio que no se vacía nunca. No es una memoria cronológica, sino una memoria abundante y cambiante.”

Todavía otra cita. Habla de sus visiones, visiones de refugiado, visiones que se inventó también:

“Durante la mayor parte de la guerra estuve solo. No hablé. Me nutría de esas visiones y esas divagaciones que rellenaban mi pobre vida. A veces, naufragaba en ellas y olvidaba que estaba en peligro. Mi diario de los años 45-50 -cuando regresa a Israel tiene un diario- estaba lleno de la nostalgia de esos días en los que estaba solo, rodeado de árboles y de peligros que vivían en mi mutismo. Durante la guerra, tuve que ocultar mi nombre, mi identidad y la primera regla era el silencio.”

Helo ahí. Eso es en referencia a lo que me enseña Apellfeld, la correlación de la memoria al cuerpo y a las sensaciones del cuerpo que es una marca definitiva y, por otra parte, la ausencia de temporalidad como la ausencia de recuerdo que él interpreta como ausencia de nombres. ¡Es porque no hay nominación que no hay recuerdo! Todo recuerdo implica una nominación. Al final de mi recorrido con ustedes, voy a evocar lo que sucede con nuestros AE, testimonios que son -diría yo- nominaciones, no solamente nominaciones con este título, sino que están hechas de nominaciones. Ya retomaré el tema. Encontrar el nombre para decir la memoria corporal -me atrevo a decir.

Ahora, otro autor que me ha enseñado es un autor que escribe en alemán. El libro que les voy a traducir está escrito en hebreo. Es una novela sublime, desde mi punto de vista, de un autor que ha trabajado enormemente acerca de la memoria ya que hay una obra que se llama La arqueología de la memoria, conversación con W. G. Sebald que puede ser un autor que lo conozcan, textos que aparecen como obras maestras de la literatura contemporánea. Y en una de sus novelas que se llama Austerlitz, que es el nombre de un héroe de la novela. Todo se ordena -si puedo decir- alrededor de un recuerdo. Un recuerdo que retorna desde una huella que regresa en un momento dado. Digamos enseguida, que en todas estas novelas de Sebald, hay una característica. Hay varias, obviamente, pero no les voy a hacer un curso de literatura acerca de Sebald. Hay un estilo extraordinario. Digamos, frases extremadamente largas que pueden tomar casi toda una página. Pero, sobre todo, sus obras están a menudo cortadas por imágenes en blanco y negro, algo feas, pero absolutamente esenciales; ya que no hay casi ninguna de sus obras -de sus novelas- que no conlleven estas -si puedo decir- escansiones por imágenes. Una entre ellas es de una fotografía que el héroe encuentra gracias a una amiga de este pequeño chicuelo que es él. Y entonces le muestra muchas fotografías. He aquí el texto de Sebald:

“Me hablaba del carácter insondable propio de estas fotografías arrancadas inmediatamente al olvido. Se tendría la impresión -decía ella- que algo se movía en ella, se tenía la impresión de escuchar gemidos de desesperanza como si las imágenes en sí tuvieran una memoria, como si se acordaran de nosotros y nos recordaran cómo los nosotros, los sobrevivientes, y los otros pasaban esas jornadas violentando el tiempo de antaño.”

Es la primera cita que quería leerles. Ahora voy a leerles la cita fundamental que el punto nodal de la novela. Este niño formó parte de una flota de barcos que zarparon justo antes de la toma nazi a países que podían acogerlos y sobre todo en Inglaterra. Partió, muy pequeño, su madre lo puso en uno de esos y partió a Inglaterra. No se acuerda de nada, ¡pero de nada! Se compuso otra memoria, se compuso otros recuerdos. Lo demás es un blanco, un vacío, si quieren. Como Sebald lo escribe, está organizado por el concepto de destrucción, se puede decir que ese punto de su vida estaba destruido. No es un recuerdo que le viene, es otra cosa. Sucede que llega a Norfolk, donde habita, y está en la estación Liverpool Street Station y ahí en la ladies waiting room tiene lo que llama un “momento de deslumbramiento”. Lo cito:

“Tenía la sensación de que la sala de espera en la que estaba aturdido por un deslumbramiento contenía todos los momentos de mi pasado: mis angustias, mis aspiraciones reprimidas desde siempre, asfixiadas, que bajo mis pies en diseños de cuadrados blancos y negros del embaldosado era un tablero de ajedrez que contenía en toda su superficie el tiempo en la que mi vida estaba jugada. Es talvez por qué vivo en la penumbra. En la sala, dos personas, vestidas con el estilo de los años ’30, una mujer con un abrigo y gabardina de color crema con un sombrero que posaba en sus faldas y al lado un señor delgado en terno, sombrío, con un cuello de pastor alrededor del cuello. Sí, no solamente vi a la mujer y al pastor de Austerlitz, sino también al pequeño niño que venían a buscar que estaba completamente solo en una esquina sobre un banco, las piernas recogidas con los zapatos blancos cuyos lazos no topaban el suelo y con una pequeña mochila en sus rodillas, creo que en Austerlitz no lo hubiera reconocido sino por esos pequeños detalles, esa pequeña mochila y por la primera vez que fui capaz de memorizar, me acuerdo de mí. En ese instante, comprendí por esa sala de espera que debí haber llegado a Inglaterra.”.

Voy a dejar ahí a Sebald para extraer una segunda enseñanza después de la que hice de Apellfeld. Lo que es fundamental en Sebald es la imagen. No es el nombre. El nombre no le importa, es solamente la imagen, las imágenes, ciertas imágenes que se imprimen de una manera definitiva aun si no son nombradas o si no las ubica den un lugar. Una vez más el lugar.

Entonces, decía que son las imágenes y no los nombres que no son olvidadas para Sebald, sino borradas. Que cuando regresan, algo de la memoria de nuevo funciona que pone en juego el cuerpo, evidentemente, de la misma manera que para Appelfeld. Eso me hace pensar en algo, creo que ustedes también habrán pensado en esto. En 1995, ¿cuál era el título formidable que Jacques-Alain Miller había encontrado para las Jornadas: “Imágenes indelebles”. Entonces, lo que Sebald pone en evidencia es el lazo de la memoria con las imágenes indelebles. Appelfeld pone en relación aquello con los nombres. Cuando digo ‘nombres’ no se trata de las palabras, no es el significante, es del orden de la nominación, es siempre del orden del nombre propio, aún si es un nombre de las cosas; puede ser un nombre propio. Entonces, es para uno, el nombre y para el otro, las imágenes. En los dos casos es eso lo que permite bascular del olvido a la memoria, del olvido a la memoria.

En los dos casos, lo que es absolutamente central, es evidentemente el hecho que, si no hay eso, no hay nada, como respondía Appelfeld cuando se le preguntaba qué le había sucedido: “Nada”. Entonces, llego a decir que el punto común es la memoria ligada a la huella, sea sonora -el nombre-, escrita -también un nombre-, o una imagen que siempre tiene como característica que es una imagen fija. No es para nada una imagen en movimiento. Es una imagen como en los libros de Sebald. Allí dice una cosa sobre la memoria en una conversación con alguien que le pregunta acerca de su obra. Habla de una línea de fractura. Dice lo siguiente:

“Es uno de los signos de nuestra especie, en términos de evolución el ser una especie desesperada por un cierto número de razones. Porque nos hemos hecho un ambiente que no es el que debería ser. Y estamos siempre exhaustos. Vivimos exactamente en una línea de fractura entre el mundo de la naturaleza -en cual somos cazados-, del cual nosotros mismos nos hemos excluido; y ese otro mundo que describí. Es entonces claro que esa línea de fractura emerge en nuestra constitución física y psíquica. Es el lugar donde probablemente esas placas tectónicas se chocan la una contra la otra y donde reside la fuente del dolor, y la memoria es uno de esos fenómenos.”

Entonces, para él, la memoria es algo que está ligada a imágenes, imágenes indelebles que están ligadas al afecto de dolor.

Entonces estimo que estos autores permiten afirmar que la memoria no es del orden de la subjetividad, en el sentido de la división subjetiva; que el olvido está determinado por esa división subjetiva, sino que la memoria está hecha de huellas -de ahí el título que les he propuesto- que están ligadas a marcas sobre el cuerpo. Entonces, naturalmente no es un cuerpo anatómico, sino un cuerpo pulsional. Ustedes escucharon acerca de la pequeña manzana. Podría haberles dado un centenar de ejemplos así: la pequeña mochila en Sebald, todo eso, hay muchos ejemplos. De hecho, esas huellas están ligadas a marcas en el cuerpo en tanto el cuerpo está verdaderamente -si puedo decir- marcado por los objetos a que son extraídos de ahí. Ustedes escucharon, cuando cité a Appelfeld, la importancia del ver, pero también hubiera podido subrayar la importancia del escuchar, la importancia de la voz. Es indudable que es más importante la voz y más fuerte.

Entonces, paso a un tercer punto. Me acordé de esta invención de Jacques-Alain Miller bajo la forma de una imagen indeleble. Me acuerdo del primer coloquio de los AE que había organizado porque yo era parte del grupo que había sido nombrado en conjunto.

Laurent Dupont:

Marie-Hélène, solo para precisar para algunas personas que AE es analista de Escuela, es decir, que las personas que reciben este título, después de un procedimiento que se llama el pase, testimonia del final de análisis. Han llegado al final de análisis y dan testimonio de eso. Es por eso por lo que tenemos los testimonios sobre los cuales te vas a apoyar. No sé lo que viene en tu intervención, pero me imagino que te vas a apoyar en eso.

Marie-Hélène Brousse:

Tal vez sea que diga algunas palabras sobre eso al final. Primeramente, les voy a explicar lo que va a ser mí vía. Entonces, les decía que fuimos muchos los nombrados AE e íbamos a dar testimonio de nuestro análisis y sus resultados por primera vez en público y por la primera vez juntos; puesto que ya había habido AEs que habían hablado. François Leguil ya habló de eso, de su análisis, entre otros. Pero ahí, sucedió que éramos muchos y que éramos verdaderamente el objeto de una reunión de la Escuela en Strasbourg en la cual Jacques-Alain Miller había escogido este título: “El pase: hecha de ficciones”.

Voy a dejar esto de lado, aunque como ustedes podrán adivinar, algo de las imágenes de Sebald y las sensaciones corporales de Appelfeld tiene que ver. Pero no voy a desplegar mucho esto porque no es conveniente. Al contrario, las ficciones es algo apasionante. ¿Por qué es apasionante? Porque es equívoco eso de las ficciones, sea las ficciones de los relatos, las ficciones de historias bellas, de momentos de infancia, los de la mamá, los del papá, de los abuelos. “Todos los atentados sexuales que he vivido, en los que he dado a veces mi consentimiento y otras veces no lo hecho en absoluto”. Eso es la ficción. Pero, pienso que algunos de ustedes, no todos, han leído los testimonios de los AE porque son publicados regularmente y que los AE dan testimonios durante varios años en una trayectoria y avanzan su camino y en su elaboración; y finalmente se percibe que pasan de una ficción necesaria a una fixión -con una x-, es decir algo que es fijo, algo fijado.  De ahí las dos frases por las cuales Lacan resume el análisis de dos de sus analizantes, dos pequeñas frases, se puede decir que recude al mínimo -es decir hace una fixión significante equívoca, si es posible-, y que, podríamos decir, es la imagen indeleble de la huella o de la marca de goce del cual -aquí introduzco un nuevo término que no desarrollaré- el sinthome está compuesto. El sinthome de Sebald tiene un nombre, es “destrucción” y aquel de Appelfel tiene otro.

Entonces, si hay una orientación del análisis que busca descifrar, interpretar -interpretación y desciframiento estando juntos-, incluso poner en escena el delirio, que es aquel de todos los seres hablantes, el progreso del trabajo analítico en los diferentes testimonios de los AE va en el sentido de un vaciamiento progresivo del sentido y una fijación de la huella de goce, que va a determinar la orientación del sinthome como los textos de Éric Laurent lo muestran.

Usted ven que distingo muy firmemente lo que es del orden de esa memoria del cuerpo, que pertenezcan a todo el cuerpo o que pertenezcan esencialmente a la imagen -pero no a la imagen del cuerpo- sino a la imagen fija, la imagen que no cambia, a la imagen ininterpretable, indeleble -es el mejor término que podemos tomar con Jacques-Alain Miller-, como todo eso escapa al olvido. Eso quiere decir que eso escapa al inconsciente, es decir que escapa al olvido, puesto que el inconsciente está fabricado a partir del olvido y de la represión.

Recuerden ustedes la frase de Lacan por la cual comencé e introduje mi charla con ustedes, y, en consecuencia, me veo llevada a ver cuál es el lazo que podemos hacer entre lo que intenté desarrollar como memoria aquí, definir como memoria, y los llamados ‘atentados sexuales’. Como es un Zoom, no puedo tomar casos clínicos. Es así. Hubiera podido si no hubiera sido un Zoom, si hubiera sido un grupo de trabajo con algunos de ustedes, hubiera llevado casos clínicos. Pero finalmente, tuve que hacer algo con lo que tenía a disposición, es decir, me pregunté si yo tenía huellas de atentados sexuales. Sí. Tengo huellas de atentados sexuales como muchos de nosotros, estuve expuesta a eso en mi vida. De hecho, tengo tres. Estuve en peligro en tres circunstancias diferente.

Primer punto. Han quedado en mi memoria de una forma absolutamente intacta, absolutamente no olvidadas. Y han permanecido, a partir de los recuerdos visuales muy precisos y de recuerdos corporales muy precisos también. No voy a decir cuáles, pero los recuerdo muy bien.

Estos tres atentados, estas tres agresiones -porque se trata de agresiones- tienen lugar afuera. El primero en la calle, el segundo en el metro y el tercero en un tren. En el primero fui a buscar mi carro para acompañar a una amiga junto con su bebé a su casa. Y en la calle me encontré con un señor que estaba visiblemente fuera de sí. Tenía la mirada completamente alucinada. Pienso que había tomado muchas drogas -lo que personalmente no me molesta- pero tenía una intención sexual y agresiva. Lo que me molestaba era que tenía un cuchillo. Y lo apuntaba a mi garganta lo que realmente -puedo decir así- toca el cuerpo. Eso no solamente da miedo, sino que paraliza.  

Y en el segundo caso, iba a buscar a mi abuela a la estación muy temprano en la mañana. Hubiera querido que mi pareja me acompañe. Entonces, quiero tomar el primer metro para ir a buscarla. Me faltaban unas horas de sueño todavía. Y en la estación siento en mi cuello que una mano se posaba. Feliz, pienso que el hombre que había dejado en mi casa, finalmente, había venido a acompañarme. Pero al darme vuelta, no era él. Era un señor con una pistola en la mano. Creo que quería algo de dinero o no sé, pero se lo veía muy decidido a un abuso. Y me acuerdo perfectamente de eso como si estuviera allí. Entonces, ven, hay una parte de memoria que se ha inscrito en mi cuerpo. Y particularmente, ya que logré escapar, había poca gente en el metro, salté dentro del metro y me recuerdo -incluso hoy en día- el no -no es una metáfora- tener ya piernas. En ese metro ya no tenía piernas. Eso duró unos diez minutos. Ahí me acuerdo físicamente.

La tercera es más divertida. Allí también acababa de dejar a alguien que me era grato. Era una época en la que había todavía una diferencia de moneada entre España y Francia. Compro un ticket para volver a mi casa. Me digo, bueno, estoy en el tren y no tenía dinero ni tampoco tarjeta de crédito. Había comprado un billete equivocado. El controlador que me había llevado justo hasta la parada del tren me dice que, si yo no tenía dinero, ¿cómo haríamos? Pero que él iba a ocuparse de mí. Enseguida comprendí las cosas, “Me voy a ocupar de usted y la voy a llevar a un compartimento en el cual va a estar bien. Voy a verificar los billetes de los demás y regreso con usted para verificar que no haya ningún problema”. Y entonces regresa. Se aproxima a mí y tenía un casco. Esa imagen del hombre con un casco me impresionó. Es decir, la imagen con un signo de su autoridad y un signo simbólico de lo que es la jerarquía -llamémoslo por su nombre-. Entonces trae a dos hombres más en que estaban en una situación similar. Les hace preguntas. No recuerdo de qué países venían. El segundo hombre era un delirante. El nos habló mucho tiempo y con muchos detalles. Decía que era el salvador del mundo, que era invencible, etc. Es decir, un delirio un delirio paranoico característico, pero que se notaba que le daba mucho placer de hablar de ello. Al llegar cojo el metro y siento que me salvé. Siento que fue la sesión más larga de la vida el que este señor me hable con tanto detalle de su filosofía y de su visión del mundo durante 7 horas y media. Pero bueno, había escapado de ese atentado sexual.  

Entonces, ¿qué saco de esto? Y con ello voy a detenerme. Digo que ellos permanecieron exactamente -como lo dice Appenfeld y Zabald- grabados en mi memoria. Eso no se olvidó. No se volvió una formación del incosnciente. Dejó una huella. Nada que ver con lo que se construye en análisis. Nada que ver con lo que pude contar en mi testimonio de pase. Nada que ver. Eso habla de otra cosa. Habla de simples imágenes y sensaciones corporales, pero no están conectadas al sentido y tampoco al equívoco de lalengua. Son, si puedo decir, del orden de lo imposible, del orden de lo real.

Entonces, es eso lo que quería hablar acerca de los atentados sexuales. Si no hubiera sido vía Zoom sino un seminario de trabajo hubiera tomado casos clínicos de personas que no han tenido la suerte que yo tuve. Pero que es en análisis que algo de eso se pudo modificar para ellas y esto les permitió rencontrar -llamémoslo así- una vida amorosa y una sexual. Habría estas formulaciones y eso habría sido un trabajo interesante. Digo esto porque me enseñaron la diferencia entre lo que llamé esta noche imagen indeleble, nombre y lo que llamaré, memoria del cuerpo y nominación. Y en un análisis diré que este lazo que se puede volver a hacerse, este lazo que desrealiza -de cierta manera- en el sentido que lo arranca del orden de la fijación y de lo indecible a través de un viaje de ficciones para convertirlo en una fixión transmisible. Dicho de otra manera, la marca no es lo mismo que la huella. La huella, en un análisis, puede volverse una marca, se elabora en marca. No se adquiere el hecho de ser indeleble, ya que eso estaba desde antes. Adquiere la conexión con -lo que Lacan evocaba desde el comienzo- la falta-en-ser, y de cierta manera, se vuelve algo del orden de una invención memorial.

Listo. He terminado.  


[1] M.-H. Brousse. La trace : entre mémoire et oubli. Conferencia hacia las 50o Jornadas de la École de la Cause Freudienne “Attentat sexuel”. Transmisión vía Zoom el 18 de junio del 2020.

Traducción y transcripción por Patricio Moreno Parra.

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