Ser Sexuado (1) – por Daniel Roy – 2020-06-01

SER SEXUADO (1)

Por Daniel Roy

2020-06-01


Cada uno, cada uno de entre nosotros llega como ser sexuado en un mundo de seres sexuados que le preceden y lo acogen. “Ser sexuado” es estrictamente indisociable de nuestra condición de ser hablante. No es el resultado de un desarrollo, sea filosófico, psicológico o sociológico: está allí de entrada un real ineludible, contra el cual cada uno choca, a toda edad.

Ese real va a concernir, desde el principio, varios cuerpos hablantes: por una parte, el recién nacido; por otra parte, aquellos, aquel o aquella que se declaran cause de esa venida al mundo, que declaran que éste es proveniente de ellos. Hoy en día, son llamados los parientes, o el familiar, término que tiende a sustituirse a aquel de padre y madre en el discurso social. Pero en los juegos y los dibujos de los niños sea en análisis o en los lugares de la infancia, ¡“mamá” y “papá” forman parte de los que resaltan!

Eso comienza con aquellos

De hecho, cada uno de ellos ha sabido estar en el mundo como ser sexuado, a tomar la responsabilidad de ello en su existencia, en repartiéndose según el repertorio sexual[1] ofrecido por el discurso corriente, hombre, mujer, hetero, homo, trans (…), cada uno a su manera en su encuentro con la alteridad sexual. Es desde ese lugar que cada uno de ellos va a acoger al nuevo ser hablante que lleva esa marca enigmática de ser sexuado, marca que es la huella de la alteridad absoluta de su condición: es un extranjero, un desconocido, incluso un intruso. La distinción, “chica” o “chico”, que, en el nacimiento se opera a partir de la diferencia anatómica entre los sexos, constituye el primer revestimiento de esa alteridad. Esa “distinción”[2] es lo que se llama en nuestro momento actual “el género”. El género no puede ser considerado como una pura construcción o asignación social, en la medida en que esa distinción, estos títulos de “chico” y de “chica”, como “caballero” o “princesa” se constituyen bajo la dependencia de esa repartición entre “hombres” y “mujeres”, que no son identidades estables, sino dos “semblantes” que revisten una elección de goce ligada al sexo, heterogéneo a los otros goces, a la edad llamada adulta.

Esa “inmixión del adulto en el niño”[3] es el resorte de la dimensión de enigma la cual lleva para el niño la unión, o la desunión, de sus padres. Pero los padres no son solamente una fuente de enigma para los niños, intervienen como fuentes de nominación y fuentes de semblantes, de “mascarada”, dos dimensiones que participan en la construcción de las identificaciones sexuadas.

Hacia la sexuación

Partiendo del niño tal como fue distinguido como chico o chica, tenemos que desprendernos de la idea que esa distinción “nativa” es “natural” o “cultural”. Obviamente hay hormonas, genes, caracteres sexuales primarios o secundarios, y también ideales, “estereotipos de género”, normas. Esos diversos elementos parecen indicar cómo se convierte uno en chica o chico (según nuestra anatomía o según las expectativas de los otros) pero no dicen absolutamente nada a cada uno o a cada una acerca de lo que es ser chico o ser chica, sino más que eso significa “ser de un sexo” y ser confrontado al hecho de que hay dos de ellos. La pregunta que se plantea no es entonces “¿cómo una chica se vuelve mujer?” o “¿cómo un chico se vuelve un hombre?”, sino ¿cómo dar cuenta, con el cuerpo que se tiene, del hecho que hay hombres y mujeres?[4]

“Con el cuerpo que se tiene” recubre tres cosas: por una parte esa nominación/distinción recibida del otro (“chico” o “chica”), por otra parte el cuerpo en su imagen encarnada (todo el campo del cortejo y de la mascarada), finalmente del cuerpo como atravesado por pulsiones que delimitan zonas de goce en ese cuerpo -zonas erógenas- y que aíslan objetos totalmente extraños que satisfacen esos goces -por ejemplo el chupeteo aislado por Freud como objeto de la pulsión oral.

En el tiempo de la infancia, se trata para cada uno y cada una de entre nosotros de arreglárselas con esa falla “nativa” que constituye el hecho de ser sexuado, individualmente, pero también colectivamente, según dos modalidades que responden a esa falla entre los semblantes con los cuales nos identificamos, por una parte; por otra parte, el goce, el goce de nuestros bienes, de nuestros males y de nuestras palabras.

Es eso que Lacan va a llamar la “sexuación”. No hay que considerarlo como un proceso que sería aquel de un individuo-tipo y podría ser el objeto de una observación desde el exterior, sino más bien como una concreción que se opera alrededor de esa falla, una concreción que anuda juntos el cuerpo y los discursos en los cuales el sujeto está tomado. La sexuación es el hecho sexual en tanto que se elabora en un espacio que no es físico, ni mental, sino “secreto”, al cual responde el inconsciente. Eso designa un lugar donde funciona un saber secreto, pero primeramente secreto para el sujeto en sí, un saber que no se sabe y que hace agujero. El demonio del pudor, Aidos[5], surge cuando se aproxima a ese lugar, y el afecto de vergüenza (Scham) indica que repentinamente es descubierto por el sujeto en sí.

Y desde la infancia se manifiesta como un saber extranjero, heterogéneo, un saber que no es conciliable con las identificaciones, con las significaciones comunes: un saber sintomático.

Así, la sexuación no hay que entenderla como un momento del desarrollo del niño, digno de elaboración de un nuevo saber para el psicoanálisis, sino como Lacan afirma, el movimiento en sí por el cual el cuerpo hablante se hace al ser…sexuado.


*D. Roy. « Être sexué (1) », [online] : https://institut-enfant.fr/zappeur-jie6/etre-sexue-1/

Traducción por Patricio Moreno Parra.

[1] J.-A. Miller. El partenaire-síntoma. Buenos Aires: Paidós, 2008, pp. 277-299.

[2] J. Lacan. El Seminario, libro XIX, …o peor. Buenos Aires: Paidós, 2017, p.

[3] Cfr. J.-A. Miller. “En dirección de la adolescencia”, in De la infancia a la adolescencia. Buenos Aires: Paidós, 2020, pp. 37-49.

[4] Cfr. J. Lacan. El Seminario, libro XVIII, De un discurso que no fuera del semblante. Buenos Aires: Paidós, 2018, p. 33: “La identificación sexual no consiste en creerse hombre o mujer, sino en tener en cuenta que hay mujeres, para el muchacho, que hay hombres, para la muchacha.”

[5] J. Lacan. “La significación del falo”, in Escritos, tomo 2. México: Siglo XXI Editores, 2009, p. 659.

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