Exfiltrar al Obsesivo – por Patrick Monribot – 2020-05-10

EXFILTRAR AL OBSESIVO

Por Patrick Monribot

2020-05-10


Un obsesivo cuadragenario viene una vez más por haber discutido con su novia, al punto de haber imaginado exhaustivamente el planear su muerte en un accidente automovilístico -una manera definitiva de resolver su problema sexual recurrente. Es un cliché: el obsesivo desea la muerte del otro, sin tener nada que ver con ello. Sin embargo, es responsable de su pensamiento y lo sabe muy bien. Así que, culpable por este escenario, declara en sesión: “¡Qué horror! Amo tanto a mi esposa…” Y concluye, un poco deprimido: “¡Soy un completo idiota [con[1]]!”

A este juicio moral, opongámosle un juicio clínico: el obsesivo es un confinado. Más precisamente, explica Lacan, es su deseo el que está confinado: el deseo, dice, “se amuralla” en “las fortificaciones estilo Vauban”[2]. Pregunta: ¿se lo puede desalojar fuera de esas paredes? ¿Se puede poner el sujeto “entre la espada y la pared de su deseo”[3], al otro lado de la muralla? Nada podría ser más difícil, señala Lacan… Porque esta claustración es una forma blindada de proteger “un deseo siempre amenazado de destrucción.[4]

¿Qué es esta amenaza, ubicada al exterior de esas paredes? Es el temido encuentro con el deseo del Otro: el obsesivo imagina erróneamente que este deseo aplastaría al suyo propio. Para protegerse de él, él quisiera destruirlo, así como al significante del falo que es el pivote simbólico necesario. Para ello, hay varias opciones: puede reducir este deseo a una simple demanda del Otro, muy fácil de prevenir por un diluvio de respuestas anticipadas. O puede fantasear simple y puramente con la muerte del Otro, bien protegido en su fortaleza, como este paciente lo indica. Pero esta estrategia de erradicación le plantea un problema: al eliminar el deseo del Otro, el obsesivo mecánicamente sofoca su propio deseo en lugar de salvaguardarlo como se esperaba, ya que todo deseo, por razones estructurales, se alimenta sólo del deseo del Otro -la histérica sabe algo al respecto… Un compromiso entonces se impone: no debe ser completamente destruido, sino sólo protegerse de él. De ahí la construcción de una fortaleza.

El obsesivo habrá sido el artesano de esta obra defensiva. La construyó “sobre el modelo de su yo”[5] dice Lacan: es decir, en una relación especular con un alter ego supuestamente más poderoso en el plano fálico, y por lo tanto inmune a este tipo de amenaza. La inclinación a la identificación imaginaria hacia la imitación idealizada es uno de los cimientos de estas paredes impermeables.

A fin de cuentas, ¿es realmente el analizante el “idiota [con]-finado” que dice que es? ¡No es seguro! En su Seminario XVII, Lacan afirma: “Cuando se dice que alguien es un tonto, significa que no es tan tonto”. Antes de añadir: “Lo que les deprime es que no se sabe muy bien qué tiene él que ver con el goce”. E incluso es “Por eso lo llaman así”.[6] ¡Aquí estamos! Más allá de su goce fálico familiar, generoso y bien confinado, el “tonto” no puede localizar el goce del Otro, goce femenino en particular. Como bonificación, eso lo deprime o lo angustia. No le queda más que construir otro muro de fantasmático, más precario de lo que piensa -más al estilo castrum que al estilo “Vauban”. Su objetivo es defenderlo de un real “opaco”[7] siempre extramuros: el de un goce inquietante e invasivo, procedente del “dark continent[8] de la feminidad, un territorio tan extraño como extranjero.

La cura del obsesivo es, por lo tanto, el prolongado asedio de una doble fortaleza que está lejos de estar vacía. Cabe señalar que el analista está en el exterior de esa fortaleza: sin duda habla a las paredes, pero depende de él astillar el muro defensivo para exfiltrar al parlêtre.  


*P. Monribot. “Exfiltrer l’obsessionel”, in Hebdo Blog, #203, 10 de mayo del 2020. Recuperado de: https://www.hebdo-blog.fr/exfiltrer-lobsessionnel/

Traducción por Patricio Moreno Parra.

[1] N.d.t.: el autor utilizará el vocablo con en francés para hacer un juego de palabras.

[2] J. Lacan. El Seminario, libro V, Las Formaciones del Inconsciente. Buenos Aires: Paidós, 2016, 497.

[3] J. Lacan. El Seminario, libro VIII, La transferencia. Paidós: Buenos Aires, 2016, p.  291.

[4] J. Lacan. El Seminario, libro V, op. cit., p. 497.

[5] Ibíd., p. 498.

[6] J. Lacan. El Seminario, libro XVII, El reverso del psicoanálisis. Buenos Aires: Paidós, 2016, p. 75.

[7] J: Lacan. El Seminario, libro XX, Aún. Paidós: Buenos Aires, 1975, p. 100.

[8] S. Freud. “¿Pueden los legos ejercer el análisis?”, in Obras completas, tomo XX. Amorrortu: Buenos Aires, 2002, p. 199.

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