Temporalidad del Inconsciente en Confinamiento – por Dalila Arpin – 2020-05-06

TEMPORALIDAD DEL INCONSCIENTE

EN CONFINAMIENTO*

por Dalila Arpin

2020-05-06


El tiempo de confinamiento es vivido de manera diferente por los unos y por los otros. ¿Por qué, para ciertos sujetos, es la ocasión para ponerse al día en asuntos pendientes debido a la falta de tiempo, o incluso para finalmente liberar un poco de tiempo para descubrir nuevas experiencias, mientras que, para otros, el tiempo se eterniza o se deteriora o, al contrario, fluye a un ritmo frenético al punto que no se tiene tiempo para nada?

El tiempo es un real del que uno no sale[1], dice Jacques-Alain Miller; el tiempo está siempre en falta, ya sea por las necesidades del cuerpo viviente o por la urgencia del movimiento lógico. En la situación de confinamiento en la que vivimos, parece que está lejos de ser igual para todos. “El inconsciente […] oficia a su hora”[2], puntúa Pierre-Gilles Gueguen. En este mundo impaciente que ahora parece estar parado, ¿qué es lo que la temporalidad del inconsciente nos enseña acerca del parlêtre y su presente descontento o contento?

Temporalidad y satisfacción

El confinamiento se puede experimentar durante un período de tiempo lineal, ya que se puede contar los días, las semanas, pero también en su retroacción, como algunos lo asocian con eventos traumáticos anteriores (la guerra, la dictadura, otros traumas infantiles). Reconocemos aquí los dos vectores del tiempo, aislados por Lacan en Freud (presentes en la carta 52 a Fliess como nachträglich, retroacción): un tiempo lineal que va hacia el futuro y un tiempo retroactivo que vuelve al pasado[3]. Es el fundamento de la repetición, “que consiste en hacer regresar siempre la misma cosa a través de la realidad”[4]. A través de la retroacción, el confinamiento repercute en los traumatismos propios de cada uno haciendo un agujero entonces en la cronología. En otras palabras, el tiempo de confinamiento está agujereado por los acontecimientos que han dejado una marca indeleble y no cesan de resurgir.

También se puede experimentar el aislamiento como un presente dilatado, como una jornada única que se eterniza, o incluso, marcada por la fugacidad. A la idea filosófica de un presente evanescente, Lacan opone la noción de su duración[5], cuya percepción es variable: lo que da un grosor al presente es la satisfacción pulsional que se puede alojar allí. Esta satisfacción se concentra en zonas del cuerpo, llamadas “erógenas”, susceptibles de producir un goce. A cada una de estas zonas le corresponde a un objeto parcial: oral, anal, escópico, invocante -Lacan llama “objetos a” a estos objetos capaces de condensar el goce pulsional ligado a una zona específica. La satisfacción pulsional ligada a este objeto contornea la zona erógena, resultando en una satisfacción parcial en sus bordes.

Es esta relación con los objetos pulsionales lo que da la percepción del paso del tiempo. El hilo de la temporalidad propia del inconsciente se teje con el de la satisfacción en el ser hablante. Según el carácter más o menos logrado de esta satisfacción pulsional, se vive el tiempo a un ritmo lento o acelerado, estrecho o dilatado.[6]

Esta situación de confinamiento es reveladora de este nudo del tiempo y de la satisfacción, en tanto que pone de lado las posibles satisfacciones y confronta a cada uno a su parte de descontento. Sin embargo, la insatisfacción, lejos de ser el producto de una contingencia, encuentra su fuente en el encuentro del ser hablante con el lenguaje, provocando un impacto que determina un impacto que determina un descuerdo fundamental con la satisfacción. Un goce “quedará en exceso, disfuncional en relación con el cuerpo”[7]. El tiempo “se desprende, no como una secuencia infinita de instantes a llenar, sino como el advenimiento de un arrancamiento sobre el fondo de un goce a ser abandonado con el fin de conquistar otro.”[8]

Singularidades de los goces

En estos tiempos de confinamiento, cada uno experimenta el tiempo de acuerdo con su modo de gozar: ciertos goces son más fáciles de alojar entre cuatro paredes que otros. Y cuando el tiempo percibido como interminable o inatrapable se combina con el encierro, esto puede ser vivido como claustrofobia, o incluso como una tortura.

Si el inconsciente no conoce el tiempo, al contrario, el goce, así como el deseo y el amor, lo conocen[9], subraya J.-A. Miller. Una vez confinados, lo que se busca, pensando a puerta cerrada en ella, vuelve a través de la ventana: el goce no tarde en manifestarse en todas las direcciones. En los discursos políticos, se puede adivinar la intención de obstruir el goce: apenas las terrazas, cafés y restaurantes se cerraron para evitar mezclarse, la gente se precipitó en los parques… que fueron prohibidos esa misma noche; tras el cierre de tiendas consideradas no esenciales, las ventas en línea explotaron en los sectores que reflejan modos de goce que hay que alojar de urgencia. El goce permanece en el respeto estricto de las reglas, así como en la transgresión; en las disputas sin fin, así como en el buen entendimiento a cualquier precio; en la prisa por mantener contactos virtuales cuando el encuentro no es posible, así como en la práctica de los placeres solitarios.

Sin embargo, la relación del ser hablante y de la satisfacción es compleja. El lenguaje introduce un profundo desfase entre el sujeto y el impulso. Obligado a pasar por la palabra, las satisfacciones ligadas a los orificios del cuerpo son siempre parciales. Ningún instinto en el ser hablante viene a indicarle el objeto que le conviene. El lenguaje colorea nuestra vida pulsional, nuestras preferencias, nuestras evitaciones, pero también lo somete a su régimen, autorizándonos o defendiéndonos de ciertos objetos. Como resultado, marcado por el sello del lenguaje, el acceso a los objetos de satisfacción puede estar barrado y el sujeto puede no ser lo suficientemente libre para acercárseles. No es amo en su casa en cuanto al deleite.

La situación inédita que vivimos nos confronta a un doble dilema: primeramente, en cuanto al objeto de satisfacción, que se vuelve escaso; en segundo lugar, en cuanto al fin de la pulsión[10], ya que estamos, por un lado, liberados de ciertas actividades y, en consecuencia, en la capacidad de alojar satisfacciones de las que no podemos deleitarnos en nuestra vida cotidiana y, de otro lado, no nos sentimos libres de hacer uso de ellas.

Lacan subraya que todo lo que somos, todo lo que vivimos, incluso nuestros síntomas, competen de satisfacción. Satisfacemos “a algo”: los sujetos que somos “no se contentan con su estado, pero aún así, en ese estado de tan poco contento, se contentan”. Lacan se interroga: “El asunto está justamente en saber qué es ese se que queda allí contentado.”[11]

Esta situación forzada por las medidas de confinamiento podría así tener efectos de interpretación para aquellos que tratarán de entender mejor su modo de gozar. Nuestro descontento, ¿será también un descontento? Captar, en lo que vivimos, a qué satisfacemos. En este tiempo ofrecido por la situación actual, me parece que cada uno puede encontrar el camino de goce que le es propio y tomar decisiones en consecuencia. En la perspectiva de la última enseñanza de Lacan, esta es una ocasión para cada uno para sacar alguna consecuencia. Y podríamos ver en esta parada obligatoria una invitación a hacer con su modo de goce, a reconciliarse con él.


*D. Arpin. “Temporalité de l’inconscient en confinement », in Lacan Quotidien, # 886, 6 de mayo de 2020.

Traducción de Patricio Moreno Parra.

[1] Cfr. J.-A. Miller J.-A. El ultimísimo Lacan. Buenos Aires: Paidós, 2014. Lección del 6 de junio de 2007.

[2] P.-G. Guéguen. “El tiempo de Freud y el de Lacan”, in La Cause freudienne, n° 45, abril 2000, p.30.

[3] J.-A. Miller. La erótica del tiempo. Buenos Aires: Tres Haches, 2014.

[4] P.-G. Guéguen. “El tiempo de Freud y el de Lacan”, op. cit., p. 36.

[5] J.-A. Miller. La erótica del tiempoop. cit.

[6] Ibíd.

[7] J. Lacan. “El fenómeno lacaniano”, citado por Éric Laurent en El reverso de la biopolítica. Una escritura para el goce. Olivos: Grama Ediciones, 2016.  

[8] P.-G. Guéguen. “El tiempo de Freud y el de Lacan”, op. cit., p. 35.

[9] J.-A. Miller. La erótica del tiempo, op. cit.

[10] J. Lacan. El Seminario, libro XI, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Buenos Aires: Paidós, 2014.

[11] Ibíd., p. 173.

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