Actualidad de la sesión breve
Por Danièle Olive
2020/02/15
En un momento en que las prácticas de escucha se están generalizando y las terapias de la palabra están en aumento, volver a los cimientos de la sesión corta revela la singularidad del psicoanálisis y pone en duda cualquier idea de estándar.
En «Introducción a la Erótica del Tiempo»[1], Jacques-Alain Miller aborda la lógica de la sesión corta, piedra angular de la práctica analítica de la orientación lacaniana. De hecho, para quienes se guían por la enseñanza de Lacan, «la duración de la sesión se regula, no en el cronómetro, sino en el inconsciente, en el goce en marcha en la palabra».[2]
El anudamiento del saber y el tiempo
J.-A. Miller elabora una historia filosófica y científica de la noción de tiempo desde la Antigüedad. Señala la resistencia al enfoque filosófico del tiempo desde el espacio en forma de línea continua[3] y las hipótesis que buscan «sustraer tiempo al tiempo».[4]
Pensar en el tiempo pasa de ser una consideración unilateral, infinita y eterna a una doble temporalidad. El paso del tiempo (tiempo 1, progrediente) se duplica continuamente con el tiempo 2 (un tiempo retrogrediente, retrógrado). Esta estratificación del tiempo, así como la distinción entre el tiempo 1 del evento y el tiempo 2, que aporta significación se inscriben en la ilusión del sujeto supuesto saber.
Las modalidades aristotélicas lógicas – posible, necesario, imposible y contingente – permiten a J.-A. Miller explicar la experiencia analítica y la tesis freudiana según la cual el inconsciente no conoce el tiempo. Subraya la paradoja de los futuros contingentes: cuando lo que era posible en el futuro finalmente ocurre, entonces se revela, por retroalimentación, que lo posible era necesario – no podía ser de otra manera, lo sabíamos, tenía que ocurrir – constitutivo del significación, de la ilusión del sujeto supuesto saber.
Así es como se establece la idea de la eternidad, es decir, «lo que es del futuro ya estaba ahí, inscrito en el pasado».[5] Sin embargo, este conocimiento atemporal resulta del conocimiento producido por el sujeto bajo condiciones que a su vez tienen temporalidad, ya sea dentro o fuera del análisis.
La presencia del analista
A través de su dispositivo, la sesión analítica introduce otra categoría temporal: la espera. Esta última «presentifica el futuro antes de que quede registrado en el pasado».[6] La espera se encuentra arriba del punto donde la relación temporal se invierte. La experiencia analítica sitúa al analista en la posición de expectativa y enfatiza la función particular del punto de inflexión sobre el vector temporal, ya que es capaz de operar la inversión temporal. Esta función, que es la del punto de capitón, pone en juego una estructura topológica, la del punto en el infinito, diferente de los otros puntos de la línea[7]. El analista, un elemento suplementario, reside en este punto, fuera de la línea de infinito que permite la inversión temporal. Sin esta referencia, la duración de la sesión sería insoluble.
J.-A. Miller propone identificar la sesión analítica según la siguiente doble temporalidad: en el mismo momento en que el tiempo se dirige hacia el futuro, va hacia el pasado. Pero en la experiencia analítica, esta reversión temporal se experimenta de una manera nueva y especial, porque la sesión es tal lapso de tiempo que todo lo que ocurre y se dice allí es experimentado por el sujeto en el contexto del sujeto supuesto saber. Todo lo que se dice allí adquiere un sentido inconsciente, es decir, que ya ha sido escrito antes. El presente en la sesión se duplica con su propia inscripción en pasado. La palabra analizante se vuelve equivalente a una lectura que reenvía a una escritura de antes.
Lo que es específico de la experiencia analítica es que el modo pasado del tiempo se actualiza mediante la presencia del analista, encarna en el presente la instancia del pasado, mientras al mismo tiempo está situado fuera del tiempo del inconsciente. Por eso no se trata solo de saber, sino del sujeto supuesto saber. El tiempo del analizante es el tiempo 1, el analizante habla. El tiempo que representa el analista para el análisis es el tiempo 2, tiempo retrogrediente. En otras palabras, encarna, en el presente, la inscripción pasada de la palabra, es decir, el sujeto que se supone debe saber[8]. Así, el analista encarna, como cuerpo vivo, «el operador que [primero] convierte el presente en pasado y, en segundo lugar, simultáneamente, transfiere ese pasado al presente».[9]
En la sesión analítica, el analizante está gobernado por un no saber todavía, y el analista por un saber que ya está ahí. Es la interpretación del analista la que establece «una conexión entre lo atemporal del inconsciente […] y el presente del analizante, y es a través de esto que opera: por referencia de la palabra a la escritura».[10]
De lo imposible al acontecimiento
Si el inconsciente está fuera del tiempo, la interpretación no puede decirse en cualquier momento, ella está inscrita en el tiempo, según la modalidad de la sorpresa. En la sesión, se espera interpretación, y esta espera le da otro valor. La sorpresa es constitutiva de la interpretación propiamente dicha. Esto supone cultivar la espera. La sorpresa entonces hace emerger una otra escena.
La interpretación compete de un registro de tiempo diferente al del sujeto supuesto saber, aquel de lo imposible y de lo contingente. En el tiempo 1, esto no parece posible. En el tiempo 2, esto «se produce [según] la modalidad de la sorpresa: ‘¡Pero no es posible!»»–[11] esta modalidad tiene un toque de real. Hay un forzamiento del círculo de lo posible por el acontecimiento. J.-A. Miller pone el ejemplo de la sorpresa del amor: piensa en Swann, en La búsqueda del tiempo perdido, que se enamoró de una mujer que no es su tipo. El acto analítico, en la medida en que es un acontecimiento y toca a lo real, compete a este registro sensible lo más estrechamente posible en la escansión de la sesión.
La subjetividad del tiempo
Si no existe un estándar en la llamada práctica lacaniana, es porque el tratamiento de la interpretación es específico de cada sujeto, o de la manera singular en que se transmite en su propia cadena significante. Por la fórmula un significante representa un sujeto para otro significante, Lacan sitúa al sujeto entre significantes del orden temporal de la cadena significante, de la palabra. La $ es el presente bajo el modo del instante. Está acompañado de la experiencia del grosor del tiempo vinculado a la libido, en relación con los objetos de la pulsión. Es a este objeto de la pulsión al que podemos atribuir los fenómenos de ralentizar o acelerar el tiempo, «los estrechamientos y dilataciones del presente».[12] Además, el equívoco del término perdurar resalta la dimensión del sufrimiento, del goce, que implica, «con el margen que es dejado al sujeto para hacerlo durar o para intentar absorberlo».[13]
Función del corte
En la práctica lacaniana, la duración de la sesión no está definida. En esencia, la sesión corta no forma parte de una duración cronológica que puntúa la significación, sino de una lógica que la suspende, de ahí cierto uso del corte.
Miquel Bassols distingue la sesión como una unidad semántica o asemantica, así como la práctica de la sesión que rompe con la que puntúa; la primera no puede tener lugar sin la segunda[14]. También diferencia entre el tiempo epistémico, que es aquel del saber producido por el significante, y el tiempo libidinal, aquel de la pulsión donde el sujeto experimenta la opacidad de su goce. Considera que la función del corte es más adecuada para llevar al sujeto a dar una nueva respuesta a la pulsión presente en el síntoma, ya que utiliza el significante fuera del sentido y apunta al resto que no se deja atrapar por la significación fálica.
El corte es «la única forma de apuntar a este real que se escapa».[15] Cuando el corte apunta a lo real, el tiempo epistémico, el tiempo para comprender está fuera de la sesión, en el intervalo entre sesiones, «un intervalo que no es una simple exterioridad».[16] Por el contrario, la idea de que el tiempo para comprender debe estar completamente dentro de la sesión conduce a la imposibilidad de definir sus límites y conduce a la definición de su «duración cuantificable».
La inversión de la espera en prisa
Existe el tiempo epistémico, ordenado por la lógica del encadenamiento de significantes y de la retroacción de la significación, y el tiempo libidinal, tiempo pulsional, en el que el sujeto es tomado como a, como un objeto en la mirada del otro. Es porque el Otro ya no se considera otro sujeto, sino como un objeto, que el sujeto podrá alcanzar la certeza de su ser pulsional.
Para llegar a esta conclusión, el analista debe transformar la espera en urgencia, la espera en prisa de concluir. Es solo en la inversión súbita de la espera en prisa que hace presente este objeto que el sujeto podrá acceder verdaderamente a la certeza del acto y concluir de forma duradera.
*Olive D., Noticias de la breve sesión | UFORCA
[1] Miller J.-A., «Introducción a la erótica del tiempo», La Cause freudienne, nº 56, marzo de 2004, p. 63.
[2] Le Boulengé C., «Editorial», La Cause freudienne, nº 56, op. cit., p. 10.
[3] Cf. Miller J.-A., «Introducción a la erótica del tiempo», op. cit., p. 67.
[4] Ibid., p. 69.
[5] Ídem., p. 70.
[6] Ibid., p. 74.
[7] Ídem., p. 75.
[8] Ibid., p. 77.
[9] Ídem.
[10] Ibid., p. 78.
[11] Ibid., p. 81.
[12] Ibid., p. 85.
[13] Ídem.
[14] Cf. Bassols M., «Logique de la séance courte «, La Cause freudienne, n° 56, op. cit., pp. 124-128.
[15] Ibid., p. 127.
[16] Ibid., p. 128.
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