Microscopia – por Jacques-Alain Miller – 1989

MICROSCOPIA[1]

Por Jacques-Alain Miller

1989


La escena transcurre en Nueva York

ELLA. — ¡Tome! ¡Se lo devuelvo! ¡No me hable más de esto! (Tira el opúsculo al suelo violentamente.) ¡Este hombre no quiere ser comprendido!

YO. — ¡Oh, oh!

ELLA. —¡No quiere, le digo! ¡Desde ayer lo leí tres veces y no entiendo nada! ¡Me vuelve loca!

YO. – Pues ya es algo.

ELLA. — ¡Ah, conque pretende hacerse el gracioso! Cuando se quiere gustar a una mujer, no se le dan a leer esas cosas; usted no vale más que su maestro. No he dormido en toda la noche.

YO. — No parece: la furia le pinta los colores más lindos del mundo.

ELLA. — ¡Qué bien le sienta hacerse el galán! No piense que me va a calmar con lisonjas tan ridículas.

YO. —Ni se me ocurre. ¿Qué culpa tengo si la irritación la embellece aún más?

ELLA. — No es irritación, es rabia, y horror.

YO. — La que está en la tapa del libro es usted.

ELLA. — ¿Cómo?

YO. — Pues fíjese. (Recoge el librito y se lo muestra.) No se sabe lo que está viendo, pero es evidente que se protege.

ELLA. — Es cierto. (Toma el libro y observa la imagen.)

YO. — Quizás acaba de arrojar este libro, se aparta de él horrorizada y en un instante el velo volverá a caer sobre su rostro; y entonces no verá nada más.

ELLA. — ¿Quién eligió esta imagen para el libro?

YO. —Yo. La esperaba a usted.

ELLA. — ¿Y de dónde procede, taimado señor?

YO. —Es bastante conocido, de Pompeya. Lo más hermoso que hay allí. Usted entra en una gran habitación y se encuentra con un fresco que ocupa tres paredes, de colores tan vivos que el tiempo ya no existe. El fresco cuenta una historia que nunca se pudo descifrar bien, pero lo que se sabe es que se trata de una iniciación. En el centro están representadas las bodas místicas: la hierogamia, el matrimonio sagrado de Dioniso y Ariadna. Ese lugar encantador al día me gustaría llevarla fue bautizado como la…

ELLA. — Sí, usted quisiera ser mi Dioniso y que yo fuese su Ariadna

YO. — … la Villa de los Misterios.

ELLA. — Pues bien, exactamente eso es Televisión para mí.

YO. — Pero “misterio” quiere decir que uno acaba por ver la verdad.

ELLA. — ¿Y cuál es esa verdad?

YO. —Al término del “misterio”, después de recorrer el reglamentado no de una ascesis, se encontraba uno ante… la clave de las cosas.   

ELLA. —¿Y era…?

YO. — Un falo, lo confieso.

ELLA. —Ah… Ya estamos: “la Mujer no existe”, y la verdad es el falo. Sepa que hace tiempo que tengo formada mi opinión sobre esa verdad última que usted y sus iguales pretenden enseñar al mundo. No me está enseñando nada, y si lo conduje a esa confesión fue sólo para verificar que se trata del mismo “dale que dale”. Y si es eso lo que hay al final, pues bien, estamos de vuelta en el principio. Buenas noches.

YO. —Se da por satisfecha muy pronto. Pero nada más que por un malentendido. Se quejaba de no entender nada y ahora lo ha comprendido todo. Usted no comprendió otra cosa que su fantasma. Es el destino común.

ELLA. —Ahora me está insultando.

YO. — Querida Ariadna, nunca dije que el psicoanálisis fuera una iniciación y que al precio de unos cuantos zarandeos la conduciría a la revelación fálica, después de lo cual no le quedaría más que unirse al Dios en un lazo sagrado. El analista no es Dioniso. No puede asegurarle el goce pacifico una relación sexual consumada. El primer nombre del goce es, en Freud, castración; esa castración de la que sus analistas, quiero decir los de Estados Unidos, han perdido el uso y la noción.

ELLA. —No entiendo nada de lo que me dice. Habla con puros aforismos.

YO. —Si aceptara darme su mano, así, con la palma abierta y los tendidos, ésa que es una pobre mano que no quiere saber nada, si aceptara dármela, cerrarla dentro de la mía y sentarse aquí, a mi lado, yo podría disipar esos misterios. Bastaría entonces con que me cediera una partecita suya, esa orejita, y para mí sería el hilo -sí, el hilo invisible, Ariadna— que me permitiría, cual nuevo Teseo, matar al Minotauro.

ELLA. —Y me abandonaría entonces en Naxos…

YO. —…donde usted tendría la posibilidad de ser hallada por su Dioniso.

ELLA. — ¿Me está pidiendo que sea su paciente?

YO. —Sólo que sea paciente, y amable. Leamos juntos este librito que la estuvo atormentando. Yo hablaré para usted. Si uno de nosotros ha de en la posición del analista, no soy yo sino usted. La hago juez, ama[2] que diré.

ELLA. —Y si estoy disconforme, si me pierdo en los dédalos de su laberinto, ¿volverá sobre sus pasos, empezará de nuevo? 

YO. — Tantas veces como quiera. Hablar para usted implica eso.

ELLA —Durante el tiempo que dure este juego, ¿debo confiar en usted, creer que sabe algo que yo no sé, y que hay algo que saber?

YO. — Sin duda.

ELLA. — Pero eso es lo que yo no sé.

YO. — Ese es el juego. Basta con que ponga curiosidad. Y no crea que haré de sabio. En realidad, dado que hablo para usted, dado que cuanto puedo decir lo mido por lo que usted puede entender, en este juego la que sabe es usted. Su saber será el patrón de medida; todo mi discurso estará hecho sólo para sus oídos; sólo estaré conforme si usted lo está; y, cuando hable su lenguaje, como espero, será como si procediese de usted.

ELLA. — ¿De mí?

YO. —Sí, de usted. Y así lo que le transmitiré, y de lo que se creería que usted no es más que un receptor pasivo, será como si saliese de su boca. Y cuando diga: “Eso lo supe siempre”, no me molestará.

ELLA. — Realmente creo que se está burlando de mí. O bien, con esas seductoras palabras trata de disfrazar que usted es el maestro y yo la alumna.

YO. —No piense así. Es cierto que quiero gozar de su favor y que si no lo consigo no llegaremos lejos. Pero esto va más allá: procuro introducirla despacito en la lógica del lugar del Otro. donde la instalo, y que implica que el mensaje mismo que se le dirige procede de él. 

ELLA. -¡No esperará que diga “sí” a tamaña paradoja!       

YO. —No diga “si”, bastará con que no diga siempre “no”. No se muestre afectuosa, simplemente escuche sin prejuicios y sea tal vez un poco, un poquito condescendiente: no olvide que estoy a su merced y que una palabra suya me reenviaría a la nada. Pues si me cierra sus oídos, si se levanta y se va, yo, en tanto hablo, desaparezco inmediatamente, dado que no hablo sino desde el lugar que usted me ofrece.

ELLA. — Dado que no habla sino desde el lugar del Otro.

YO. — Exactamente.

ELLA. Está bien, acepto su “lugar del Otro”, como dice usted con ese lenguaje alambicado al que no me acostumbraré. Pero no vaya a imaginarse que tiene ganada la partida. Las frases enredadas no tendrían ningún poder sobre mí. No, no seré condescendiente con usted, tenga la seguridad de que seré, por el contrario, rigurosa, y mala, y despiadada.

YO. — ¡La bella dama despiadada! A riesgo de ser tachado de masoquista, confieso que no podría complacerme más. Y precisamente esto sitúa nuestra conversación en el registro adecuado: el del amor cortés, no el del catecismo. El poeta elige una mujer entre todas, una mujer única, hace de ella su Dama, lo que quiere decir -ignoro si conoce la raíz latina— la que manda; le dedica todo su arte, ella sola motiva su canto, que no está hecho sino de juegos hallazgos de lenguaje; de sus versos ella es la única referencia, de su pasión el único objeto. Para merecerlos tiene que permanecer así, sin consentir en nada, como no sea indicando al trovador las pruebas a rendir. Y todo eso, final, ¿para obtener qué cosa de ella? Una nimiedad: un signo. Ni siquiera un sí, sino una respuesta, suficiente para salvarlo de su decadencia y permitirle escapar a la nada.

ELLA. — ¿No se acuestan juntos?

YO. — Seguro, al final. No se sabe bien. Lo que no significa que hagan el amor.

ELLA. — Hoy en día ya no somos así.

YO. — Esto marcó el estilo del amor en Occidente mucho más de lo que usted piensa. Es llevado a la incandescencia y certificado históricamente con el carácter de práctica social, lo que Freud llama, en su análisis del amor y de la dependencia que de él resulta para el enamorado, verliebe Hörigkeit. La Dama sin perdón es un fantasma del hombre; aún resta encontrar mujeres que se presten a él.

ELLA. — Leí algo así en el libro que me dio.

YO. — Precisamente, y volveremos sobre ello. Si evoco este amor cortés cuya práctica quedó muy lejos de nosotros, es sólo para indicarle hasta qué extremos pueden llegar los hombres para… hacer existir a la Mujer, en singular.

ELLA. — ¡Oh, termínela con eso de “La mujer”! No quiere decir nada, y si quiere decir algo, su sentido es completamente, cómo decirlo, inestable.

YO. —Es lo que dice el proverbio francés: “A menudo la mujer varía, loco está quien de ella se fía”. Y por eso el trovador se inventa esa mujer invariable e imposible que es su punto fijo. También yo necesito una brújula, y mi oriente es usted.

ELLA. —Aquí, cuando uno parte hacia lo desconocido, se dirige al Oeste…

YO. — De acuerdo, sea usted mi Nueva Frontera.

ELLA. — Lo que usted quisiera alcanzar es el Minotauro.

YO. — ¡Pues bien, usted es mi Minotauro!

ELLA. — Entonces, no puedo ser Ariadna, ¡usted terminará devorado!

YO. — Dejemos la mitología de los antiguos, quiero ser tan norteamericano como usted. Veamos, si intento ilustrar a la Dama, al partenaire inhumano abrevando en su mitología. ¿a quién voy a encontrar? ¡A Moby Dick, por supuesto! Y la pierna de Ajab no está mal para mostrar que la castración…

ELLA. — Sí, tiene razón, soy Ariadna, soy el Minotauro, soy Moby Dick. terminémosla. Noto que en cuanto me instala usted en ese lugar del Otro de su invención, ve en mí una ballena y cree que quiero comerlo.

YO. — Eso —llamémoslo por su nombre— es una interpretación. Aplaudo. ¡Bravo! Tengo que besarla.

ELLA. — Estos transportes. señor, ¿no han terminado aún? Acuérdese del librito que se proponía leer conmigo. Sólo él me retiene a su lado, y lo que pretendo es que pase al acto de explicármelo. Aseguró usted que me lo comentaría en mi lenguaje y de tal manera que podré creer que son mis palabras las que salen de su boca. Esto es lo que espero de usted ahora.

YO. —Soy su servidor. ¿Querrá tirarme una cuerdita empezando por preguntar?

ELLA. —Pues bien, tengo curiosidad por saber si un texto semejante, tan alusivo, tan velado, tan opaco, pudo ser difundido por la televisión francesa. Pues en su advertencia usted sólo dice que su difusión fue “anunciada”.

YO. — ¡Ah, veo que la que me interroga sabe también leerme! Es verdad que en el momento de la impresión no estábamos seguros de la difusión. Aquí tengo un cuentito para usted. Todo empezó con una llamada telefónica que recibí de alguien a quien no conocía, un tal Benoît Jacquot, quien dijo haber recibido el aval del Servicio de Investigaciones de la televisión francesa para hacer un programa sobre Jacques Lacan. Quería hacerlo conmigo, me dijo, antes que con un especialista en divulgación, que no faltaban, se lo aseguro.

ELLA. — Supongo que él se ganó así su estima y su simpatía.

YO. — Ciertamente, pero no mi acuerdo.

ELLA. — ¿Se negó usted?

YO. — No, lo dirigí al doctor Lacan.

ELLA. — ¿Al doctor Lacan?

YO. — Cuando vivía yo lo llamaba así.

ELLA. — ¡Qué extraño!

YO. —No tanto. Usted sabe que era médico, psiquiatra y que tenía derecho a ese título. Pero es cierto que además yo lo empleaba porque él me parecía verdaderamente docto, plenamente doctor, como santo Tomás, el Doctor Angélico…

ELLA. — ¡Lacan, el Doctor Diabólico!

YO. — Lacan recibió a Benoît. Y, para mi sorpresa, aceptó inmediatamente. Comprendí por qué cuando lo conocí: era muy joven y no era un hombre de los medios, no pretendía usar ese trabajo como un trampolín, se interesaba en el asunto de veras. A mí también me gustó inmediatamente. Cuando se hizo el programa, el Servicio de Investigaciones no quiso emitirlo. Pensaban que sería incomprensible para el gran público.

ELLA. — ¡Dígamelo a mí!

YO. — Nos pidieron, a Benoit y a mí, que cortáramos las tres cuartas partes y las reemplazáramos por explicaciones que yo daría.

ELLA. — Lo mismo quiere usted hacer conmigo.

YO. —En aquella ocasión, ni hablar. A fin de cuentas, ¿qué esperaban de Lacan, esos descarados? ¿Que hablara como ellos para darles el gusto?

ELLA. — En cambio usted, habla como yo.

YO. – No tengo por qué forzar mi naturaleza, y no soy Lacan. Lo cierto es que fue la prueba de fuerza. No aceptamos ningún compromiso: la televisión fue amenazada con un escándalo. Ella quería dar pruebas de su amplitud de espíritu —ya habían aparecido en pantalla Jakobson, Claude Lévi-Strauss, François Jacob— y la iban a tachar de oscurantista; todavía se recordaba la indignación producida por el cese del Seminario en la Escuela Normal. En resumen, el tono subió: presiones, amenazas, reyertas; el presidente de la televisión cedió; y se pudo ver el programa, en dos partes, a fines de enero y comienzos de febrero de 1974, a las diez de la noche.

ELLA. — ¿Quiere demostrarme que fue una batalla? 

YO. —Lo fue. Nunca nos pusieron la alfombra roja. Y si lo hicieron, nosotros caminamos por el costado.

ELLA. — ¿A qué le llama usted manuductio en su advertencia?

YO. —Es el término propio, latino, de esas escansiones marginales destinadas a servir de guía al lector. ¿Quiere saber de dónde saqué la idea? Del Pilgrim’s Progress, que por entonces estaba releyendo; y si la hace murmurar, mala suerte.

ELLA. — Yo no dije nada.

YO. — Ductio es la conducta, manu, por la mano, y la que tengo ahora en la mía es la suya.

ELLA. — Podría haber sido más explícito…

YO. —Ante todo yo atestiguaba que ese texto se podía seguir, y también indicaba, de la manera más simple, cómo leer a Lacan. Porque usted no comprenderá nada si lee rápido, y además no es posible, tirará el libro. Sepa que Lacan se lee frase por frase, que en realidad todos los giros retóricos se alzan sobre una estructura, que los juegos de lenguaje son cadenas de razón. Le mostré al doctor esas marginalia, una noche, en la calle de Lille. Estuvo dos horas espulgándolas una por una. Cuando la cosa terminó —él ya tenía su abrigo sobre los hombros y yo aún estaba sentado a la mesa de trabajo— le dije que hacían falta dos palabras suyas tomando distancia respecto de algo que, al fin y al cabo, no era más que mi lectura, dejando abiertas las otras. Sin decir nada, volvió a abrir su estilográfica y, siempre de pie, escribió esta frase: “Aquel que me interroga sabe también leerme”.

ELLA. — ¡Se habrá sentido usted muy orgulloso!

YO. —Quedé emocionado, y sorprendido. También tuve que cargar con ella, pues no me significó solamente amigos. Sin embargo, no la tomé sólo para mí; y tampoco cuando, siete años después, él me designó como el al-menos-uno para leerlo. Esto implicaba hacer de mí un ejemplo, sin duda, la prueba viviente de que el conjunto de sus lectores no estaba vacío, un testigo, pues, como le decía. Pero no significaba que yo fuera el único. Y fíjese que, aquí, no se me nombra; por qué no entenderlo así: ¿interrogarlo, es saber leerlo? Esto también vale para usted. Aquí se requiere un saber leer, pero no pasa por ningún sí, pasa por la pregunta.

ELLA. — ¿Acá, hay que decir sí?

YO. — Sí.

*  *  *

ELLA. — Pues bien, tomo entonces este libro que, por más pequeño que sea, demanda un saber-leer nada más que para él, y leo. Voy a mostrarle de inmediato lo que no funciona, ya en el primer párrafo, Yo digo siempre la verdad. De acuerdo, pero sólo contamos con su palabra para creerle.

YO. — ¡Exactamente!

ELLA. — ¿Es cierto que dice siempre la verdad? ¿Cómo saberlo? Hay que prestarle confianza…

YO. — ¡Así es!

ELLA. —…ciegamente, y esto no coincide con el espíritu de libre examen que usted parecía pregonar. Yo digo siempre la verdad no es una verdad de experiencia, ¡es más bien una fanfarronada! Pero, en fin, se comprende sin exégesis erudita, es lenguaje de todos los días. La segunda frase también funciona: No toda, porque decirla toda, eso no lo conseguimos. La idea de que no conseguimos decir toda la verdad, de que todo conocimiento es siempre incompleto, me parece perfectamente admisible; hay aquí una modestia de buen cuño que contrasta con la fanfarronada precedente.

YO. — ¿No cree usted que a lo mejor se trata de otra cosa, y no de cualidades morales?

ELLA. — Sigo. Decirla toda es imposible: ya lo habíamos entendido, se está repitiendo; pero ¿por qué agregar materialmente? No veo qué viene a hacer aquí este materialmente. ¿Y por qué faltan las palabras? En absoluto: la obra inconclusa será reanudada por otros. Y para terminar, esta última frase, propiamente incomprensible: Precisamente por este imposible, la verdad concierne a lo real.[3] En unas pocas líneas y partiendo de un Yo digo siempre la verdad, a fin de cuentas cristalino, desemboca en un oscuro aforismo y yo ya no sé lo que es la verdad.

YO. — No se lo podría decir mejor.                                                          

ELLA. — En este párrafo está todo Lacan.

YO. — Estoy de acuerdo.

ELLA. —Alardea, se repite, se equivoca y desaparece en las tinieblas, mientras enciende una colección de fuegos artificiales.

YO. — Sí, en un brotar de chispas, como si tomara la mano del Comendador.

ELLA. — ¿Del Comendador?

YO. —Vamos, al final de Don Juan… Todo Lacan, en efecto, es así: siempre termina por echar una mano a las potencias de la sombra y del horror… Acheronta movebo, dice Freud por boca de Virgilio en los umbrales de la Traumdeutung: Movilizaré a los del Aqueronte, a los dioses infernales. Lacan es más simple con su Yo digo siempre la verdad, pero esto también conduce a su Aqueronte, que es lo que él llama lo real.

ELLA. —Es usted tan confuso como su maestro, en vez de ser claro como yo. Pero no me impresiona. Y espero que con estas una, dos, tres frases sea tan concreto como yo.

YO. -Bebo sus palabras. Ese imperativo es el mío. Estoy cansado de las sinopsis. Además, en psicoanálisis, todo es cuestión de detalle. Las formaciones del inconsciente -lapsus, acto fallido, chiste— no tienen más ser que un ser de detalle. ¿Para qué serviría una interpretación general? Y el estilo de Lacan también la conduce al detalle. Así que detallemos, detallemos. “¡Los divinos detalles!”, dice muy bien Nabokov.

ELLA. —Poe, en cambio, no quiere que se busque la verdad en los detalles…

YO. —Y bien, en cuanto a Televisión, mirémosla con el microscopio.

ELLA. — Yo digo siempre la verdad: ¿qué dice usted de esto?

YO. — ¡Ah, muchas cosas! Y, en primer lugar, que cuando usted dice Yo digo siempre la verdad, puedo ponerlo en su cuenta, dado que Yo, corriendo de boca en boca, siempre es el mismo, no tiene más referente que el que lo dice en ese momento. Yo es de esas palabras que Roman Jakobson llamaba, de acuerdo con Jespersen, shifters, queriendo decir que no cobran sentido sino desde la actualidad de la palabra. Nadie habla sin decir siempre Yo digo la verdad.

ELLA. — Salvo el que dice Yo miento.

YO. — Ha dado usted en el blanco. Precisamente porque no puede haber palabra que no se establezca en la dimensión de la verdad, Yo miento vale como paradoja, y también por eso Lacan adopta de entrada la postura -hay teatro aquí, estoy de acuerdo, o más bien espectáculo, ya que estamos en la televisión, como por otra parte en el seminario— la postura del Ante-Epiménides. Y el Ante-Epiménides es más verdadero que Epiménides, pues la verdad no es simétrica a la mentira.

ELLA. —¿Cómo puede ser? Yo puedo decir lo verdadero o decir lo falso, y esta alternativa define claramente una simetría.

YO. —Hay sin duda un verdadero que no es sino el revés de lo falso, pero también hay algo verdadero que los domina, o que los funde a los dos y que reside en el hecho mismo de formular; no puedo decir nada si no lo postulo como verdadero. E incluso cuando digo Yo miento, no digo otra cosa que Es verdad que miento. Así se explica que lo verdadero no sea lo contrario de lo falso. O incluso que haya dos verdaderos: aquel que es lo contrario de lo falso y aquel que soporta a la vez, e indiferentemente, lo verdadero y lo falso. No sé si será a sus ojos una garantía el que evoque en este aspecto a Frege y Russell.

ELLA. — ¡No iremos a decir que son lacanianos!

YO. —De Frege tenemos un pequeño signo que él dibujaba así: ├, y que colocaba a la entrada de las fórmulas de su escritura conceptual para expresar “así es”, “dicho está”. En cuanto a Russell, lea la lección de Meaning and Truth sobre el carácter primario de la afirmación, y derivado de la negación. No otra cosa dice Freud en su artículo “Die Verneingung”, donde un “No es mi madre” del paciente a propósito de su sueño lleva al analista a interpretar que se trata de ella, efectivamente; pues la palabra está ahí; y la negación que la flanquea es la marca de la represión.

ELLA. — Pero veamos, el que dice “No es mi madre”, cuando es su madre, no dice la verdad. 

YO. —A nivel del enunciado de la frase tiene razón. Pero a nivel de lo que llamamos enunciación, se equivoca: madre, la palabra madre está dicha, y eso basta.

ELLA. — ¡Ah! ¿Entonces es: Yo digo siempre la verdad a nivel de la enunciación, aun si, a nivel del enunciado, yo miento?

YO. — Precisamente, y no otra cosa funda el “lugar del Otro” como lugar de la verdad: la verdad que no tiene contrario.

ELLA. — ¿Entonces usted tiene una noción de la verdad que incluye tanto lo verdadero como lo falso?

YO. — Pues sí, como la palabra misma. Hasta el punto de que Lacan escribió una bella prosopopeya de la verdad que leerá usted cuando quiera y donde encontrará esta frase: Yo, la verdad, hablo. Usted dice: “No es mi madre”. Pero la verdad habla por su cuenta a través de lo que usted dice, y ella dice otra cosa a la que usted simplemente le presta su boca. Es la verdad que ninguna maestría doméstica, que da vueltas, que vagabundea, que la cautiva y la extravía y la hace tropezar, la verdad freudiana, la del lapsus y el chiste, esa que no se atrapa: “Estáis ya perdidos, dice, me desmiento, os desafío, me escabullo; decís que me defiendo.”

ELLA. — Si esa es la verdad, ya no comprendo que falten las palabras para que se pueda decir toda la verdad. Es lo contrario, las palabras no faltan nunca.

YO. —Amiga mía, la verdad y toda la verdad no son lo mismo. ¿Cómo podría hacer usted, de la verdad vagabunda, un todo? Ella no se deja encerrar en esa prisión. Siempre hay más para decir. A la verdad le repele el Todo, como le repele el Uno, y por eso es del Otro. Si no la cansa que recurra a los lógicos, le aconsejaría leer a Tarski, donde verá demostrado que la verdad es, en la lengua que uno habla, indefinible. Habría que sacarla de esta lengua como se hace en los lenguajes formalizados, que se numeran y jerarquizan; a nivel n + l, usted pone la verdad en el nivel n; este desenganche, que Carnap llamó “metalenguaje”, no se puede efectuar en la lengua que uno habla y que no está formalizada; y éste es el sentido del aforismo de Lacan, el de que no hay metalenguaje; quiere decir que no hay otro metalenguaje que el lenguaje o al menos, una vez más, la lengua que uno habla; para denominarla, Lacan forjó una palabra que no existe, lalengua, que encontraremos más adelante.

ELLA. —Lo dejé vaticinar todo lo que quiso, pero al final es preciso que el buen sentido ponga objeción a su concento de la verdad. Yo llamo verdadero al enunciado que dice las cosas como son, y falso al que dice las cosas como no son. Y de ahí no me muevo.

YO. —No sé si el buen sentido es eso, pero “las cosas como son” viene directamente de Wittgenstein y su Tractatus. Conoce usted la memorable conclusión: “Lo que no se puede decir, hay que callarlo”. Esto es lo que no funciona en psicoanálisis, cuya ética es absolutamente contraria pues precisamente se debe hablar de lo que no se puede decir, y es entonces cuando se siente que las palabras para decirlo todo faltan. Aquí es necesario fijar un punto pues de lo contrario no podremos seguir entendiéndonos: lo que se dice no se tiene que medir por lo que es. 

ELLA. — Repítame eso. Creo haber comprendido que usted no admite realidad exterior al lenguaje, y, si es así, pues bien, buenas noches, lo dejo con sus divagaciones.

YO. —Sin embargo, podemos perfectamente, mediante algo que no es mi divagación sino un método metafísico, poner en suspenso la creencia en esa realidad exterior en provecho de otra completamente interior, y que es el cogito de Descartes. Y precisamente sobre el cogito, residuo de ese desastre hiperbólico, inventó Lacan la idea de fundar el sujeto al que se aplica el psicoanálisis; sí, el sujeto del inconsciente. Pero todavía no hemos llegado hasta ahí, y para responderle invoco esta vez a Freud y su práctica. Recordará usted que, enfrentado con su hombre de los lobos, Freud se esforzaba por hacer coincidir los dichos con los hechos; en efecto, quería establecer lo que las cosas eran y determinar, en la realidad exterior, •la escena primaria en la que veía justamente lo que su paciente no podía decir. ¿Pero no está probado acaso que renunció a este método? ¿Y que desde entonces ningún analista recurre a él? ¿Que la verificación, si es que hay verificación en el análisis, es interior a los dichos? Por eso decimos que la palabra puesta en juego en la experiencia originada en Freud no tiene exterior.

ELIA. — Entonces es muy sencillo, ¡se puede decir cualquier cosa!

YO. —La experiencia analítica no tiene otro principio que ése. Es lo que Freud llamó asociación libre. ¡Decir todo! Lo que se verifica aquí, a la inversa, es que “no lo conseguimos”. Actúa una lógica que lo impide. Este es el sentido mismo, me atrevería a decir, del inconsciente. Y es lo que condujo a Freud a hablar, en Inhibición, síntoma y angustia, de una represión originaria imposible de levantar como tal. Aquí no hay simplemente impotencia, hay imposibilidad. La impotencia, usted la siente; la imposibilidad se deduce; es todo el camino de un análisis. Y precisamente cuando se encuentra usted con lo imposible, se encuentra con la realidad; no con la realidad “exterior” -pongo comillas-, sino con una realidad en cierto modo interior al discurso, que resulta de sus impasses. En su lenguaje, Lacan llama a esta realidad de impasse lo “real”. Vayamos hasta ahí con él: lo real es lo imposible. Cuando el discurso choca, tropieza y no puede seguir adelante, se encuentra con un “no hay”, y esto, por su lógica propia, pues bien, es lo real. Según la antigua definición, la verdad concierne a lo real como adequatio rei intellectus, adecuación de la cosa al intelecto. Pero si la verdad no es eso, si la verdad no es la exactitud, entonces o bien no concierne a ningún real, o bien sólo concierne a él por lo imposible-de-decir.

ELLA. —Este “real” de Lacan que uno no puede decir, pero del que debe hablar, ¿no es lo que Freud llamaba simplemente “trauma”?

YO. —Lo real de Lacan es siempre traumático; es un agujero [trou] en el discurso; Lacan decía trou-matique; ¿quizá podríamos decir en inglés: no whole wtthout a hole? Yo traduciría el “no-todo” [pas-tout] -es una categoría- por (w)hole.

ELLA. —Ese real no es en absoluto la realidad, tal como se la entiende comúnmente.

  YO. —En absoluto. Lo real depende de la lógica del discurso que lo circunscribe a partir de sus impasses; de ahí que no sea una “cosa-en-si”; y no forma un todo; de ahí que para Lacan no haya sino “pedazos-de-real”.

ELLA. — No ha dicho usted nada del adverbio materialmente.

YO. — En efecto, quería ahorrárselo. Le diré cómo lo entiendo. Usted puede muy bien tener la intención de decir toda la verdad; esto tiene sentido. Pero son los signos los que se escabullen, los que ponen el obstáculo. Otra vez la lógica: usted sabe que en un momento crucial de este siglo se descubrieron en la teoría de conjuntos ciertas paradojas; como efecto de estas paradojas vaciló la creencia establecida hasta entonces en los fundamentos de las matemáticas; para responder a ellas Hilbert forjó el concepto de sistema formal; a este sistema se lo llama formal porque permite razonar, en un nivel elemental, supuestamente intuitivo, con signos, materiales; un dominio de las matemáticas se traduce, de este modo, a un sistema S; y entonces se demuestra que es consistente: es decir, que en él no se puede demostrar a la vez A y no A; esta ambición implica que S comprenda todo lo que hace falta para efectuar tales demostraciones, y precisamente la definición de la verdad que allí es válida. ¡Oh sorpresa! “No lo conseguimos”. Este programa fue desbaratado, apenas se lo formuló, por las teorías de la incompletud de Gödel, quien inventó, para todo sistema que formalice la aritmética, una fórmula indemostrable. Desde entonces -1931- no se hizo descubrimiento más importante en lógica matemática que el de ese imposible, que obedece al manejo de signos enteramente materiales. Gödel adaptó aquí -lo escribe con todas las letras- el antiguo Yo miento; se puede encontrar una bella edición de sus obras completas en inglés, y el primer volumen salió este año; fíjese en la página 149 y luego 362-363. 

ELLA. — ¿Todo eso hay en materialmente?

YO. — Lacan recurre con frecuencia al ejemplo de Gödel.

ELLA. — Me está sacando usted, estimado amigo, una biblioteca entera de lógica matemática y para tres frases de este libro. No hay proporción.

YO. —Ah, pero es que esas tres frases son muy densas. ¿Qué saber se le debe suponer al público? Lacan plantea la cuestión algo más adelante. Y responde que, por su parte él habla a los que conocen del asunto, a los cognoscenti.

  ELLA. —Y a mí me parece que por lo menos en la televisión, que llega al gran público, tendría que haber hablado a los que no conocían del asunto. No sólo no les habla, sino que los injuria, llamándolos, llamándonos, idiotas. Es una actitud altanera, despreciativa, antipedagógica y, para decirlo todo, no democrática.

YO. — Esa actitud es mucho más compleja de lo que usted dice. Sin duda no es aquí la mía.

ELLA. — ¡Sí, usted! ¿No es cierto? ¡Usted dialoga con una idiota!

YO. — ¡No! ¡Yo dialogo con la verdad!

ELLA. — ¿Yo soy la verdad?

YO. — ¡Al menos, mientras esté disconforme conmigo! Usted busca la fisura del saber que yo le aporto, yo trabajo para usted y usted me hace tropezar: ¡nunca es eso! Así que tengo que decir las cosas de nuevo. Pero, en fin, su argumento me toca. ¿A quién cree que se refiere Lacan cuando dice que le sugirieron la idea de hablar para que unos idiotas me comprendan?

ELLA. — ¿A usted?

YO. — Estoy convencido.

ELLA. — Debe de saber muy bien si lo hizo.

YO. — Oh, no creo haberlo hecho. Lo cual no impide que Lacan lo haya pensado, y me haya devuelto esa… interpretación. La verdad es que lo que yo quise, y lo declaro más adelante, fue plantearle las preguntas más insignificantes. Hubiese querido, lo confieso -yo también digo siempre la verdad- que él aprovechara la ocasión para exponer su doctrina en forma popular. Mi referencia estaba, lo está siempre, en las Luces. Y también lo eran para Lacan. pero a su manera. El “cualquier hijo de vecino”, el interlocutor culto que representa a la humanidad reducida a lo racional, ése que es, en suma, el que se supone sabe pensar, como dice Kant, por cualquier otro, es el idiota. Ese hombre universal es en realidad Idios, que en griego significa “particular”. Diderot es más listo cuando toma por interlocutor al Sobrino de Rameau, el más singular de los hombres, y cuando en el reparto se concede a si mismo el sentido común. ¿Qué pasa si usted hace su Otro con aquel que no conoce del asunto? Porque, de acuerdo con nuestras convenciones iniciales, es de él de quien recibe el mensaje que emite usted misma en su dirección; usted no va a valer más ni le enseñará nada a nadie, contrariamente a lo que cree. Conseguirá únicamente esto: que la comprendan los idiotas. 

ELLA. — ¡Pues bien, ya es algo!

YO. — Hacerse comprender no es enseñar, es lo inverso. No se comprende sino lo que ya se cree saber. Más exactamente, nunca se comprende otra cosa que un sentido cuya satisfacción ya se ha experimentado, lo mismo que la tranquilidad que aporta. Se lo diré de una manera que no podrá comprender: uno nunca comprende otra cosa que sus fantasmas. Y nunca somos enseñados por otra cosa que por aquello que no comprendemos: el sinsentido. Si el psicoanalista deja en suspenso su comprensión de lo que usted dice, entonces tendrá usted la posibilidad de dejar en suspenso también la suya, y a partir de esto se enseñará a usted misma; precisamente a medida que se despegue de sus fantasmas.

ELLA. —¿Y a pesar de todo esto incitó usted primero a Lacan a hacer divulgación, hasta que se rectificó? 

YO. —No es así como sucedieron las cosas. Y a pesar de lo que parece a primera vista, ese comienzo fue efectivamente una captatio benevolentiae, como recomendaba el orador antiguo, un exordio destinado a asegurarse la benevolencia del auditorio. Lacan concede una confesión –Confesaré, segundo párrafo- que evoca al principio un decir la verdad, nada más que la verdad, nada más que la verdad, en Francia el juramento de rigor del testigo ante el Tribunal, y que él corrige en la digresión que comentábamos. Y el propósito de esta confesión es justificar el estilo que lo distinguirá en la televisión: el mismo de su seminario. 

ELLA. — ¿Por qué dice la presente comedia?                                         

YO. —Todos los reportajes son comedias, y quizá todos los lazos tejidos por la palabra; hasta el análisis, a despecho de la referencia trágica de Freud. En fin, es teatro. A Lacan nunca le repugnó hacer teatro: pega bien con el ejercicio del discurso. Los cargosos se lo reprocharon, pero razonan mal. Se había previsto lo siguiente: que yo conversara con Lacan ante las cámaras. Y no pudo ser: a cada “¡corten!”, cuando había que recomenzar, Lacan se desplazaba un poco, en su discurso. En cada ocasión le daba una vuelta más a su reflexión, que se producía ahí, bajo los focos, haciendo imposible cualquier empalme. Al cabo de dos horas, paramos; yo le entregué por escrito una lista de preguntas y él escribió Televisión en quince días; lo veía todas las noches y él me entregaba las páginas de ese día; después leyó, actuó, con algunas variantes improvisadas, el texto escrito, ese que tiene usted ahí. De ese falso punto de partida hizo él su comienzo.

ELLA. — ¿Por qué dice Lacan fallido pues, pero por eso mismo logrado?

YO. —En psicoanálisis, los actos logrados no son otros que los fallidos. Son fallidos en lo que se refiere al sentido, a la intención de significación; logrados en cuanto a la verdad, que surge de la equivocación. Lapsus equivale a chiste.

ELLA. — ¿Por qué preferir erranza [errement] a error [erreur]?

YO. — Lacan no solo prefiere a uno sobre el otro, sino que exhibe esta elección, puesto que no tacha y los deja a los dos. De ello resulta la acentuación de esa errancia [errancel que encontramos en el libro del seminario que inició a finales de 1973, “Les non-dupes errent”, versión homofónica del seminario anunciado en 1963, “Les Noms-du-Pêre”, cuando después de la primera lección renunció definitivamente a darlo. Un error, Lady Truth, es local; una erranza [errement] afecta a los principios. Tomemos las cosas desde más arriba: el sujeto es naturalmente errante, errante en la palabra, sí, como la verdad que yo llamaba vagabunda; las estructuras de discurso son las únicas que le dan sus amarres y sus puntos de referencia; signos lo identifican; signos lo orientan; si los descuida, si los olvida, si los pierde, erra y yerra [erre][4] de nuevo; es necesario pues que el sujeto se deje engañar por esos signos para tener la posibilidad de ubicarse, es necesario que se ponga y se mantenga en la estela de un discurso, que se someta a su lógica; en una palabra: que se deje engañar por él [qu’il en soit la dupe].

ELLA. — Recién estaba usted en la cuestión del sujeto de la verdad y de repente se trata ahora de dejarse engañar por unos signos, y de ser víctimas un discurso. 

YO. —Olvida usted que la verdad no es la exactitud y que no tiene existencia fuera de los signos. Esos signos son ficciones, sin duda, ficciones ordenadas en discurso, pero la verdad misma tiene estructura de ficción, no es sino efecto de discurso.

ELLA. — ¿Pretende usted que yo, que soy una idiota, lo entienda? Búsquele alguna otra vuelta. Ahora no sé a qué le llama usted “discurso”.

YO. — ¡Oh, le acepto que sea para mí La idiota, es decir, una Idiota sin par! ¡Cada una de ellas lo es! Tiene razón, omití introducirla en el concepto de discurso, distinto del de la palabra, y no avanzaremos en Televisión si no consigo proporcionarle al menos una idea de conjunto. Hay actualmente un empleo general, difuso, común del término “discurso”, y esto me autorizaba a tenerlo, lo mismo que usted, por obvio; así lo encontrará también en Lacan. Pero, cuidado. A partir de los años ’70 Lacan le da un uso especial y si se quiere técnico o, en cualquier caso, construido; Lacan fabrica cuatro esquemas de discursos que son otros tantos modos determinados de enunciación. No le haré la lista por el momento: yo la llevo de la mano, no lo olvide, y a través de estas laderas le prometí un paseo, no un escalamiento; vamos paso a paso, lo que conviene al discurso, que justamente se disloca. Si le digo que todo tipo de discurso implica y prescribe una jerarquía de valores, usted piensa que entiende. Pues bien, me conformo con eso y simplifico todavía más planteando que todo discurso instituye un valor como supremo; si admite que esto también lo entiende, entonces dé solamente el paso de considerar que este valor se encarna en un signo. Sí, un signo. Puedo proponerle una imagen, la de Constantino, que vio en sueños… pero usted conoce todo eso.

ELLA. —No lo conozco tanto como para que no pueda refrescármelo con provecho.

YO. — Constantino vio en sueños el signo de la cruz y recibió la promesa de obtenerlo si lo colocaba sobre sus estandartes: In hoc signo vinces, por este signo vencerás. A esto le debemos el Imperio cristiano. Convendrá usted en que la imagen es bella y memorable: trasládela al discurso y compruebe entonces que todo discurso, al menos todo discurso que reclute, propone su signo de Constantino, es decir, para decirlo brevemente, aquello en cuyo nombre se habla. ¿La familiaricé ya bastante con la noción del “significante amo”?

ELLA. — Pues yo no veo este término por ningún lado.

YO. —Lo que usted encuentra es el revés. Le introduje el discurso en el sentido de Lacan por el “discurso del amo”; él da, en efecto, la matriz; el sujeto llama a un amo y…

ELLA. — ¿Cómo lo entiende usted?

YO. —La verdad es no-toda, e inapresable; el sujeto errante es, digámoslo, intrínsecamente débil mental; necesita siempre un amo, un Otro que sea el amo.

ELLA. — Pues bien, señor, esto no es psicoanálisis, es filosofía política, y nada agradable. Prefiero seguir creyendo en la bondad natural del hombre.

YO. — Desengáñese, esto es psicoanálisis y organiza la identificación freudiana. ¿Por qué cree que el sujeto está sujeto a identificarse sino porque, en sí, diría yo, carece de identidad? Lacan escribe esto con el símbolo -páseme su bolígrafo- $, una S mayúscula con una raya, raya que quizá, sin duda, tomó de Heidegger, quien la aplica a la palabra “ser” en su ensayo Die Linie. Es también lo que lo hace depender del “significante amo”, S1, lo identifica y le dice quién es; él lo paga con la represión de su verdad; por eso, a falta de understanding, he stands under: S1/$ . Comienzo así a escribir para usted el discurso del amo; quizás esté viendo ya, puesto que empleo los términos “identificación” y “represión”, que este es también el discurso del inconsciente.

ELLA. — Me pide que lo vea; pues bien, no, no veo.

YO. — ¡No ve nada, pero tal vez eso empieza a mirarla![5] Usted se subleva en nombre de la libertad: enseguida consideraremos más de cerca ese “significante amo”. Pero ahora le propongo el discurso del que el discurso del amo es el revés. Lacan no se presenta ante nosotros como el heraldo del discurso del amo sino como el heraldo del discurso del analista. El discurso del analista no es lo que dice el analista; este discurso resume la estructura de la experiencia analítica; establece las coordenadas de la enunciación que aquí se crea. Este discurso se diferencia del otro en primer lugar por lo siguiente: sustituye el lugar del “significante amo” por algo que no realiza ninguna identificación y que no pertenece al orden del signo: un objeto.

ELLA. — Esta vez lo encontré: No espero nada más de los analistas supuestos, dice Lacan, sino que sean ese objeto gracias al cual lo que enseño no es un autoanálisis. Dice además que acerca de este punto sólo esos “analistas supuestos” podrían entenderlo. Y yo no soy analista, ni siquiera supuesto, y además ese “objeto” no me dice nada. 

YO. —Lacan llama a ese objeto a minúscula. Necesitará un poco de paciencia para captar los primeros rudimentos. Primero déjeme aclarar por qué el amo y el analista nombran dos discursos inversos. ¿Cuál es el modo fundamental de enunciación en el que un análisis introduce al sujeto? Su nombre le viene de Freud: asociación libre. La asociación libre va contra la represión en la misma medida en que desembrida las identificaciones que estabilizan al sujeto en el síntoma; ella lo somete a la prueba de esa verdad que uno dice siempre, diga lo que diga, y que sin embargo es no-toda, que está en impasse y que, por lo imposible, concierne a lo real. El analista, por consiguiente, no identifica. desidentifica, y no se debe buscar en otra parte el principio de la crítica de Lacan a los pretendidos analistas “ortodoxos”: ellos no le ven al análisis otro fin que la identificación con el analista.

ELLA. — Sin embargo, el analista, en su “discurso”, es el amo; es él el que manda.

YO. —El analista ocupa ese lugar, pero no gobierna, y tampoco educa; el analista no propone un ideal. No bien Freud produjo Massenpsychologie, sus alumnos —Rado y después Strachey- se apresuraron a hacer del analista un nuevo ideal del yo, y esto en contra de la letra y del espíritu de Freud. Al fin y al cabo, no estaba mal visto, pues no hay discurso que no entrañe ese lugar del amo. Pero lo propio del analista es no ocuparlo como un amo, no ocuparlo ni como un significante -a entender como “factor de identificación”- ni tampoco como un sujeto, pues el analista no se abandona en absoluto a ninguna deriva en la palabra, y además se ausenta de la interlocución. ¿El analista es qué cosa? Ese silencio en nombre del cual el sujeto habla. Pero es preciso que esté ahí: el analista aporta su cuerpo; y ocupa el lugar de lo que no puede decirse. En una palabra, encarna lo imposible.

ELLA. — ¿Usted quiere decir que el analista es… lo real?

YO. —A título de ficción, por supuesto.

ELLA. — Lo real a título de ficción… ¡Vaya paradoja!

YO. — Esto es lo que el Maestro le dice a Jacques en la novela de Diderot: ‘Tal vez no haya bajo el cielo otra cabeza que contenga tantas paradojas como la tuya.” Y Jacques le contesta: “Una paradoja no siempre es una falsedad.” El lugar amo nunca está ocupado por otra cosa que por lo que Lacan llamó un “semblante”, y que en la lengua inglesa podríamos traducir por un “make-believe“.

ELLA. — Si lo sigo bien -pero cuidado, no estoy aprobando nada, simplemente me meto en su paradoja-, es el analista quien ocupa ese lugar amo en el discurso del analista. Pero usted no me ha dicho de qué cosa es él el make-believe.

YO. — No podía soltarle esto, así como así: el analista es el make-believe del objeto perdido. Es la función descubierta por Freud en sus Tres ensayos para una teoría sexual. Aquella que Abraham convirtió en pivote de su teoría del desarrollo y de donde sacó las primicias del “objeto parcial”; la que Melanie Klein, su alumna, situó en el nódulo de la economía psíquica hasta el punto de mostrar que al final del análisis, separándose del analista, ése es el objeto del que el analizante tiene que hacer el duelo. Ahí percibió también Winnicott el objeto transicional. Ese objeto es lo que Lacan resume, condensa, justifica, construye con el objeto a. Seamos justos, aquí entra también algo que George Bataille aporta en su Heterología y al respecto estoy seguro de que leyó usted la traducción en el último número de October.

ELLA. — ¿Entonces Lacan sería kleiniano? ¿Es éste el secreto de ese torbellino de referencias que me deja, lo confieso, completamente aturdida?

YO. — No, Lacan no es kleiniano, aunque haya sido el primero, en Francia, en la época de la Segunda Guerra Mundial, que descifró y ensalzó su obra; y tampoco es winnicottiano, aunque haya sido el primero que lo publicó entre nosotros. Lo crea usted o no, la “Ego-psychology“, que por su parte procede de Anna Freud y de Hartmann, sigue dominando en los Estados Unidos; para nosotros es como “wall-paper“, me decía ayer un analista de Chicago, tanto que ya no le prestamos atención. La “Ego-psychology” mutiló hasta tal punto la obra de Freud de su perspectiva auténtica, que hoy en día sufre el retorno de este rechazo bajo la forma llamada “object-relationships theory“, que no es menos parcial. Cruzar la una con la otra, como se hace ahora en su país, en proporciones variables, no reemplaza el “retorno a Freud” de Lacan.

ELLA. — ¡Lacan! ¡Lacan! ¡Lacan! Ocúpese un poco de mí.


[1] J.-A. Miller. “Microscopia”, in Escansión Nueva Serie 1. S.l.e., 1989 pp. 83-97.

[2] [N. de T.]: Maîtresse, femenino de maître significa amo, maestro y también amante. La aparición del término es frecuente en el artículo, y en empleos que conjugan esos significados. El lector debe tenerlo presente pues en castellano no hay un único término válido para todos los significados.

[3] [N. de T.]: en francés: la vérité tient au réel. Traducción inevitablemente aproximativa, ya que no hay verbo castellano cuyos elementos sémicos coincidan en número y cualidad con este peculiar empleo de la forma tenir à. “Concernir” se ajusta a buena parte de ellos, deja perder algunos otros y, según el contexto, podría sumarles, incluso, otros más; pero entendemos que, en lo esencial, transmite adecuadamente el sentido de la frase.

[4] [N. de T.]: SE consignan las dos formas castellanas del verbo “errar”, la regular y la irregular, con sus respectivos significados, a fin de dar expresión a la doble acepción del francés errer.

[5] [N. de T.]: Empleo anfibológico de regarder, “mirar”, una de cuyas formas familiares equivale a “importar”; en este caso; “eso empieza a importarle”.

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