Honoris Causa en la Universidad de Córdoba – por Éric Laurent – 2019-12-02

HONORIS CAUSA EN LA UNIVERSIDAD

DE CÓRDOBA[1]

Por Éric Laurent

Córdoba, 2019-12-02


Señoras y señores, profesores, miembros del público, invitados. Ser nombrado Doctor honoris causa es una nominación que de entrada pone de entrada la naturaleza doble del nombre. Nombre propio y nombre de función. Sabemos desde Homero que todos nosotros tenemos un nombre. Ulises cuando retorna es acogido así: “Que ningún hombre carece completamente de nombre, ni el nombre del pueblo, ni el nombre una vez que ha nacido”. Como nombre propio, estoy ahora vinculado a una función que se define a partir del discurso universitario. No sé todo lo que implica todo lo que implica la función honoris causa aquí y ahora. El discurso universitario lo sabe. Sin embargo, algo sí sé. Y es que esta función no me obliga a enseñar aquí en la Universidad de Córdoba, aun cuando sepa que debo continuar una enseñanza. Aquel que es nombrado a una función percibe exactamente la brecha que existe entre su nombre propio y el hecho de ser nombrado para. Sé también que recibir un honor implica agradecer. Por lo tanto, agradeceré además de la Sra. Mariana Gómez, a las autoridades universitarias que me han atribuido este título: el doctor Pedro Yanci Ferreira, vicerrector de la Universidad Nacional de Córdoba, la magister Patricia Altamirano, decana de la facultad de Psicología, el honorable Consejo Superior de la Universidad Nacional de Córdoba y el honorable Consejo Directivo de la Facultad de Psicología.

Que este título sea entregado por la facultad de Córdoba, primera universidad de Argentina, eslabón de los establecimientos jesuitas en América que del norte y del país de los grandes lagos hacia las misiones de Paraná, sostuvieron una gran utopía hasta que fueron interdictos. Esta fundación dio a su ciudad el nombre de Córdoba La Docta a través de un deslizamiento metonímico y que sea esta Universidad que me da este título es para mí un honor suplementario. El profesor Manzur, durante mi primera visita a Córdoba en 1984, me había iniciado en los arcanos de vuestra historia universitaria. La profesora Gómez me ha dado afortunadamente indicaciones más recientes respecto de la Universidad y acerca de la honorable compañía de doctores que me han precedido y que me seguirán, de los cuales tengo conocimiento con sumo interés. En la serie quiero destacar a Germán García con quien tuve un lazo particular. Él fue un autor. ¿Ser nombrado doctor implica ser un autor? Mi nombre remite sin duda a un cierto número de producciones que la Universidad me hace el honor de distinguir. Una cuestión se plantea entonces. ¿En qué sentido el nombre que llevo y el nombre de quien firma esos textos merece el nombre de autor? Todas las producciones discursivas que se pueden firman se inscriben en efecto en el marco de un discurso que las engloba, el del psicoanálisis. Michel Foucault comenzaba su conferencia titulada “¿Qué es un autor?” con una cita memorable de Samuel Beckett. La cito: “¡Qué importa quién habla! Alguien ha dicho, ¡qué importa quién habla!”. En esta ausentificación, decía Foucault, creo que debemos reconocer uno de los principios éticos fundamentales de la escritura contemporánea. La desaparición del autor comienza con Mallarmé, pero ésta no impide que haga aparecer a través de la desaparición misma las funciones del autor. Decía Foucault: “El nombre de autor es un nombre propio y plantea los mismos problemas. No es posible hacer del nombre propio, evidentemente, una referencia pura y simple”. Luego de haber distinguido el nombre como descripción definida y el nombre como designación rígida, Foucault introduce una nueva dimensión: la de la función en la que se escriben un cierto número de autores de los cuales quedan excluidos aquellos que han fundado una ciencia. Los nombra “fundadores de discursividad”. Foucault nombra así, “instancias de discursividad”, y se acerca a aquello que Lacan llamó “discurso”, pero se diferencia en el punto en el que, por ejemplo, para Foucault no puede haber discursividad de la histeria. Los fundadores de discursividad tienen una doble particularidad. Por un lado, ellos establecieron una posibilidad indefinida de discurso y, contrariamente a lo que ocurre a la ciencia, el acto de instauración no puede olvidarse. Por otra parte, se encuentra como una necesidad inevitable en tales discursividades la exigencia de un retorno al origen. Esta necesidad no se refiere a una disparidad en la actitud entre el momento fundacional y el momento actual sino en la brecha existente en el origen fundacional del discurso en relación a los otros discursos establecidos. Restaurar esta brecha en otro momento requiere la invención de conceptos nuevos. Se trata, por lo tanto, de otra cosa que la fidelidad. Lacan, presente en la conferencia que dio Foucault, recordó de qué modo él había promovido el retorno a Freud y no veía nada que objetar a la presentación de Foucault salvo la de agregar su nombre propio a las consideraciones generales.

En la medida en que haya discurso del psicoanálisis, más allá de las variaciones del uso de conceptos, nociones, definiciones del psicoanálisis, mi trabajo se inscribe triplemente en este laminado de discurso en el que se anuda. En primer lugar, como psicoanalista me inscribo en este discurso que Freud fundó. Luego, como lector de Lacan, me inscribo en las consecuencias del retorno a Freud que él promovió a través de su lectura inédita de la obra de Freud, emprendida durante los 10 primeros años de su seminario, Lacan dio a Freud una nueva armazón. Por último, como psicoanalista lacaniano, me inscribo en lo que fue, no el retorno a Lacan, sino lo que resultó ser el comentario razonado, como el índice que había redactado en los Escritos, emprendido por Jacques-Alain Miller desde 1974 en Vincennes, continuando luego de la muerte del maestro. Jacques-Alain Miller definió así una orientación lacaniana, haciendo aparecer el otro Lacan que había sido opacado por el triunfo de la primera enseñanza de Lacan. Este oscurecimiento permitía a algunos dejar de lado las consecuencias de aquello que Lacan había llamado “su invención” en el psicoanálisis, el objeto a, y de todos los desarrollos en relación al goce, haciendo una profunda revisión de la herencia freudiana de la libido y del más allá del principio del placer.

El honor que el discurso universitario me hace por intermedio de la Universidad de Córdoba, refleja también la interacción entre los discursos que no están junto a otros en una ignorancia u olvido recíproco. El psicoanálisis se enseña en la Universidad. Freud lo había querido así y Lacan siguió este anhelo adaptándolo al marco renovado de la Universidad francesa post ’68. El departamento de Psicoanálisis de la Universidad de París VIII lo atestiguó aún. El trabajo emprendido por Jacques-Alain Miller en Vincennes, así como su trabajo de edición de los textos de Lacan, le valió el reconocimiento de la Universidad de Gent, en Bélgica, la cual en 1985 le había acordado la dignidad de honoris causa. Recuerdo haber estado presente en esta emocionante ceremonia. Hoy, el psicoanálisis, no siendo una ciencia, la pertinencia de su inserción en la Universidad es cuestionada, controvertida, incluso rechazada en nombre de una pragmática de la eficacia. Como lo dice muy bien la profesora Mariana Gómez en un texto en la ocasión de un aniversario de la reforma universitaria en Córdoba –la cito-:

“La universidad reformada ha subvertido el discurso del amo de ayer, pero sigue enlazada al de hoy que, como sabemos, se sostiene en una ideología de la evaluación, de la estadística, de la evidencia objetiva. Por esto es que el psicoanálisis molesta allí moviendo defensas y tocando un real. Como lo dijo Miller: “La universidad solo acoge a los saberes que el amo permite y es por ello que el psicoanálisis puede generar rechazo por su orientación hasta lo no-reglamentario.””

No hay que confundir ciencia matematiza y disciplina universitaria. ¿En dónde se enseñarían la filosofía, la historia o las otras disciplinas si la Universidad les cerrara las puertas? De la misma manera, el psicoanálisis debe enseñarse en la Universidad. En el marco de esta enseñanza, los psicoanalistas participan también en el grado universitario procediendo a la atribución de grados reconocidos en el discurso que el compete. La excelencia en Argentina del psicoanálisis en la Universidad, en Córdoba, en Buenos Aires, así como en otras ciudades del país, demuestra la vitalidad de esta orientación. El honor que me otorgan da cuenta de la importancia de la comunidad cordobesa en la enseñanza del psicoanálisis lacaniano en la Universidad, pero también en Argentina y el mundo. Sé cuántos estudiantes de otros países vienen a formarse aquí y cuán felices son de hacerlo. Los estudiantes y profesores circulan entre Córdoba, Buenos Aires y París. Y que un estudiante de Córdoba llegue a ser profesor en París no sorprende a nadie. Esta vez, el viaje se hace en sentido inverso.

Como el psicoanálisis se enseña en la Universidad, los representantes del discurso psicoanalítico no son indiferentes a aquello que se transmite sobre el plano epistémico del psicoanálisis y al modo en el que es enseñado. Los representantes de las asociaciones psicoanalíticas nacionales, como la EOL –especialmente su presidente Daniel Millas-, locales como los representantes de la EOL-Córdoba –Gabriela Dargenton, Adriana Laión, Alejandro Willington-, pero también internacionales como la presidenta de la Asociación Mundial de Psicoanálisis –Angelina Harari-, lo demuestran a través de su presencia aquí. Del público numeroso, debería también mencionar a mis colegas y amigos, así como a los miembros de toda una comunidad de trabajo vital que sostiene la orientación lacaniana. Por esta razón también debería agradecerles. No podré hacerlo con cada uno. Haré, por lo tanto, como el rey de Bohemia en El cuento de invierno de Shakespeare. Lo cito: “Llenémosle de nuestro agradecimiento, hermano mío, que estaríamos todavía y por toda la eternidad en deuda con ustedes. Por esto, multiplico con un solo número, pero bien colocado, con un solo ‘¡Os agradezco!’ las miles de otras gracias que habría que dar ante todo”. El solo número en inglés es cipher, es el nombre del cero de posición, del árabe, adaptado del hindú de vacío. Entonces, multiplicando el Uno –pensaba Shakespeare- podía alcanzar el infinito. En realidad, para hacer verdaderamente infinito el agradecimiento, era necesario no multiplicar por el cero sino dividirlo, puesto que el matemático hindú Bhaskara ha establecido desde el siglo XII que 1 sub 0 vale infinito. En esta multiplicación de agradecimiento que pone en valor Shakespeare, se revela algo de la naturaleza de las gracias que Jacques-Alain Miller había despejado en su discurso de honoris causa. Lo cito: “Gracias, para decirlo tan solo lo suficiente, hay que decirlo varias veces. Incluso con variaciones. Hay una desproporción entre la significación como producto finito que no admite nada más que “Gracias” y la cantidad de significantes que hay que tomar y encadenar para que esta significación se produzca efectivamente”.

El lazo complejo que articula mi nombre y el discurso que me atraviesa me permite sostener que desde este discurso analítico hice mi causa. Debo ahora examinar ahora qué quiere decir esta causa y sus relaciones con la identificación en el discurso analítico en relación a los otros discursos que lo acompañan. Introduciría este desarrollo diciendo que hice del psicoanálisis mi causa, sin por ello amarlo como se ama un ideal. Esto es algo a lo que lleva un análisis, a separarse –en la medida de lo posible- de la relación al ideal respetando los semblantes y ubicando a la causa en su lugar. Esto es lo que el discurso analítico viene a interrogar, desplazar del lazo, del nombre, aislando a través de su operación, lo que causa para cada sujeto. Cuando un sujeto llega al análisis se queja en general de sus desventuras del amor y de un sufrimiento existencial o de sus síntomas dolorosos. La queja dirigida supone una confianza depositada en el analista, primer rostro del amor de transferencia. El analizante supone un saber al analista que le permitiría responder a aquello que no va en su vida, lo que anda mal. En cualquier edad de la vida, el lazo del amor que parece el más seguro es el de todos los sufrimientos y de todas las pasiones. En estas historias de amor, el sujeto juega diversos roles que se sistematizan, se repiten. Las identificaciones atraviesan la existencia del sujeto como tantas claves que ordenan las repeticiones dolorosas. La experiencia analítica puede presentarse así como una sucesión, una serie de demostraciones identificatorias. El paciente se esfuerza en decir la verdad de lo que le atraviesa, dice lo que le surge; el analista subraya aquello que tiene un sentido libidinal o pulsional. Responde en términos de goce. Y así, un sabe se deposita. Nos encaminamos a través de esta gitana reveladora hacia el atravesamiento del plano de las identificaciones. Para Freud, la interpretación es actualización y traducción de nominaciones que el inconsciente efectúa. Sin embargo, Freud distinguía detenidamente el nivel de traducción de la significación y de su uso. Una vez hecha la traducción, queda por saber el lugar y la función que tiene este enunciado en el discurso del sujeto. Cito a Freud: “La interpretación de un sueño se distingue en dos fases: su traducción y su utilización. Como si estuviéramos en presencia de un autor de un capítulo de lengua extranjera. Por ejemplo, Titus Livius. En primer lugar, queremos saber lo que Titus Livius cuenta en este capítulo y solamente después, al intervenir la discusión, saber si aquello que hemos leído es una reseña histórica, una leyenda o una digresión del autor”. Freud nota que la dificultad reside en el uso que se puede hacer de la interpretación. Este uso prohíbe hacer conclusiones generales, o sea, todo automatismo de la traducción.

La lectura del inconsciente y de las nominaciones que opera, presenta muchas paradojas. Siempre hay que rehacerlas, y el texto del inconsciente durante la experiencia analítica no cesa de deformarse de un modo constante. Las lecturas son múltiples, siempre renovadas, en función de los diferentes lugares ocupados por el sujeto que puede hacer del mismo texto: digresión, luego leyenda, para llegar al relato fantasmático y la historia de un encuentro fallido con el goce. Las identificaciones funcionan tanto como nombres propios particulares, significantes amos –dirá Lacan- que se acapararon del destino del sujeto sucesivamente hasta el momento en que surge un nombre que no es amo de nadie, un nombre paradójico, un nombre del encuentro fallido. El texto que surge del análisis debe estar provisto de una topología que autoriza la constante deformación y que permite la renovación de la interpretación. Una significación no reenvía más que a otra significación. La palabra no reenvía a una cosa. El efecto de significación se produce a través del deslizamiento de significantes anterior a todo confinamiento de la significación.

Este punto de partida freudiano permitió a Lacan correrse de la problemática de un significante enganchado a un significado para pasar a los efectos de significaciones en tanto que éstos sean producidos por el juego de significantes como tal. Es lo que explora la poética, que desborda de este modo a la lingüística.

Lacan sitúa por lo tanto en el origen de lo inconsciente una metáfora fundamental y no una designación que permanece imposible. La metáfora hace fracasar la nominación, reenvía siempre al deslizamiento de la nominación por venir, en una metonimia renovada. El inconsciente utiliza los tropos. Sin embargo, no se trata de creación artística o poética. No se trata de arte sino de razones. La razón que se hace escuchar es la de la pulsión o la del goce que resuena en el texto inconsciente. La poética del inconsciente es esta transformación pulsional a través de los juegos puestos de manifiesto por la interpretación. El sujeto logra, de este modo, decir su fantasía con las palabras de la tribu, simplemente las que planta a su modo, las homofoniza, las hace equivocar de un modo cada vez más particular. Luego de escuchar a un tiempo, es posible lograr discernir hasta qué punto cada uno de nosotros no habla la lengua común –el francés, el castellano, el inglés-, habla en SU lengua, aquella con la que se las arregla, inventando un modo particular de hacer escuchar su dolor singular de existir y las modalidades en las que el encuentro fallido con el goce se manifestó para él. Una vez atravesadas las identificaciones, lo que se revela es una relación del sujeto purificada, separada de sus identificaciones con un uso fundamental del fantasma concebido como programa de goce en un encuentro marcado siempre por el goce como causa. Atravesadas las identificaciones, el sujeto mantiene su nombre propio. ¿En qué se convirtió? En una suerte de designación rígida, al modo de Kripke, que a través de todas las identificaciones mantiene la velación con el goce que falla en nombrarse, solo puede cernirse. Da lugar, en última instancia, a lo que Lacan va a llamar una identificación al sinthome. El aparato sinthome es un anudamiento fuera del sentido, del inconsciente y del goce. Es algo que no se atraviesa, que no podemos dejar atrás, es algo con lo que tendremos que arreglarnos mejor con el saber-hacer adquirido durante la experiencia. Cuando Lacan propone Joyce el síntoma como nombre de Joyce, no significa de ningún modo que luego de haber escrito su obra a Joyce le basta ser un escritor que contempla su nombre propio. Joyce el sinthome es Joyce Finnegans Wake, es decir, un esfuerzo nunca logrado de hacer equivocar todas las lenguas, todos los nombres posibles, todas las nominaciones fallidas de sus encuentros contingentes con el goce. Ciertamente Joyce aparentemente ha logrado disponer la cosa en círculo. Finnegans Wake se abre y forma un bucle con Riverrun. Pero no hay que engañarse. Se trata de un esfuerzo constante que no cesa. Joyce el sinthome es un tipo de nombre que un sujeto en análisis puede terminar por encontrar. Su nombre propio se completa, precisamente, con el esfuerzo de no cesar de identificarse con su síntoma. Es otro nombre de su causa. Despertar esta causa se acompaña también de un adiós al amor de las idealizaciones que la velaban o la recubrían, verdadero velo de Maya. El saber obtenido en la experiencia analítica del lazo entre el nombre y la causa de goce repercute sobre las personas claves del drama subjetivo de cada uno y de los nombres que ellos portan. Ya no es posible considerarlos a partir del ideal sino a partir del goce particular que lo causa. Y esto vale especialmente para el nombre de padre, el nombre de madre que son más allá de nombres comunes más allá de sus nombres propios. En nombre de padre, nombra el rol doble que éste tiene en el mundo occidental como aquel que es amado y, al mismo tiempo, aquel que priva del goce. Esta particularidad fragiliza tanto más al padre que el niño contemporáneo se confronta con formas precoces de goces adictivos. El niño se confronta con aquello que no cesa de repetirse tanto desde la vertiente del ‘demasiado pleno’ o del vacío. Aquello que involucra a los circuitos pulsionales, al oral: anorexia, bulimia, junk food, substancias; al objeto anal: retención-expulsión, agresividad; al escópico: los videojuegos, las pantallas por todas partes; y el invocante: intolerancia a los mandamientos de la ley. Agregaremos también la imposibilidad de habitar un sexo que convenga al género asignado. Estos síntomas involucran directamente el goce y forman una serie difícil de considerar como neurótica sin por ello poder ser calificadas de psicóticas. La clínica psiquiátrica contemporánea responde con una taxonomía cada vez reconfigurada demostrando su fragilidad. La extensión del TDAH o de la bipolaridad, a pesar del frágil consenso –especialmente por el TDAH- son un ejemplo de ello. Estos nuevos síntomas definen una clínica particular. Para el psicoanálisis, estos síntomas nuevos subrayan la fragilidad del Padre. Llevó a ciertos psicoanalistas a abandonar su status en el rincón de los recuerdos y a contentarse con unas sociedades sin Padres diversamente calificada. No es el caso de Lacan quien en primer lugar construyó una versión lógica de este Padre universal, aislando la función paterna. Esto le servirá para pasar de la función del Padre al Padre en función, al Padre uno por uno. Freud parte de un Nombre del Padre universal, instalado en el umbral de la historia como el Padre de la horda cuya huella inolvidable hace de prototipo de Dios. La primera identificación se hace, por lo tanto, al padre del amor, clave de todas las otras. Lacan procede por reducción despejando la causa de goce de un Padre, es decir, la mujer de la cual él cuidará de sus hijos. El Padre no se define más a partir de un ideal y de un universal, sino a partir de su goce, de su padre-versión –en francés, su père-version, juego de palabras. Cito a Lacan: “Poco importa que tenga síntomas si él –agrega él- de la perversión paterna, es decir, que la causa sea una mujer que le sea adquirida para hacerles hijos y que, de estos, lo quiera o no, de cuidados paternos”. Normalmente, según la estructura del deseo masculino, el hombre se apega a los objetos a que causan su deseo, por ejemplo: un zapato, la ropa interior, el brillo de la nariz, etc. Lacan define al Padre a partir de un fetichismo particular, el del niño como objeto de la madre. De este objeto a tendrá que tener un cuidado particular, dice Lacan, aquel que llamamos paterno. Permite esto generalizar la posición con la función del Padre en las parejas –incluso del mismo sexo-. Todo hace parte de lo que llamamos función paternal, según la variación cultural. El Padre de la père-version se sitúa al nivel de la particular del síntoma, de la particularidad de su goce. Y si, la urgencia, en el momento en que estamos, de la extensión precisamente de los sentidos en los que se usa la palabra ‘padre’, con la extensión, con el matrimonio para todos, y la posibilidad de adoptar, de parejas del mismo sexo, produce extensión del Nombre del Padre. Entonces, es urgente de-teologizarlo. Precisamente, hacer que la función paterna no es una autorización por creerse depositario del ideal y pensarse como un Dios. Esto no tiene sino una función psicotizante. Este padre, versión lacaniana, no garantiza el acceso al goce como el padre Dios del modelo freudiano que lo hacía para todas las mujeres. Es por ello que Lacan insiste en el ‘sin garantía’ del que se trata ahora de hacer de una mujer la causa de la perversión paterna. A través de esta demostración particular, el padre puede dar al sujeto un acceso al real del goce en juego.

Voy a saltar uno párrafos que el tiempo corre.

También ahora vamos a examinar la reconfiguración del nombre de mujer y de su causa. Freud nos había dejado con un enigma con las mujeres, un “continente negro”. Los desfiladeros del complejo de castración femenino le parecían lograr de un modo concluyente al situar el deseo de la maternidad. Pero, sin embargo, del lado de las mujeres para Freud, lo que quiere decir el deseo de la mujer sigue siendo un enigma. Lacan situó el extravío en otro lado. Y para él es común este extravío para los dos sexos. Ni la libido masculina ni las certezas de la maternidad no hacen nada finalmente. El semblante, como dice Lacan, se pierde a nivel de la relación sexual. Aquello que para Freud era extrañamente sólido al punto de llamarlo “la roca de la castración” se convierte, para Lacan, en un punto incernible, una pérdida, un punto que no viene a encontrarse. Que el sujeto se pierda en la relación sexual puede relacionarse con uno de los aforismos más conocidos de Lacan: “La mujer no existe”. No hay una descripción definida de La mujer que diga qué es una mujer. Lo que sí existe, aquello que tiene una existencia lógica son las mujeres una por una en tanto que ellas escapan a la definición común, a un todo. Es el revés de la madre que sí tiene una definición común. Se sabe qué es, la madre es certísima. Y el amor madre-hijo, especialmente madre-niño le parecía a Freud la más incondicional de las relaciones.

Otro punto de anclaje parecía a Freud la libido masculina. El goce fálico ciertamente tiene un lado sólido y lo debe a su vertiente fetichista. La pornografía lo ilustra bien. Se desarrolla industrializando a través de la imagen la relación entre un escenario fantasmático y el goce fálico en búsqueda del #perfecto. Los algoritmos calculan sus ingresos sobre grandes plataformas industriales. Del lado de las mujeres, al revés, tenemos dificultades en saber cómo sistematizar el goce. Los proyectos de pornografía femenina no dan nada. La perversión femenina se escabulle. Algo del goce femenino no pasa por las caudinas de la castración. Al lado de la libido masculina subsiste Otro goce. Las mujeres, una por una, precisamente porque no están obstaculizadas por el órgano pueden encarnar este goce más allá del falo. La oposición de estos dos goces no concierne solamente la relación heterosexual. E lugar del goce más allá viene no solo a encarnar la posición de la mujer sino es lo que se explora en el interior de las comunidades de goce LGBT. Éstas exploran explícitamente cada una la relación entre el goce fálico y el goce que está más allá, el goce no negativizable que escapa a la castración. La igualdad de derechos entre hombres y mujeres, independientes de su orientación/desorientación sexual y la caída del sistema machista hacen surgir terrores nuevos y despierta angustias de castración masculinas. La figura del machista gozador puede ser una suerte de pantomima del goce sin límite, una imitación mimética de lo que sería el goce femenino como el drogadicto que quiere exonerarse a través de lo ilimitado de la droga de la caída fálica. Puede ser también un franqueamiento total de los límites de la castración. Cuando se produce no estamos ya en la pantomima sino en el feminicidio. Las angustias masculinas pueden hacer de una mujer la voz de su superyó, lo que está en juego en la articulación de los dos goces, el goce fálico y su más allá, es saber que cualquiera que sea la igualdad de derechos, una mujer sigue siendo Otra para un hombre. Entonces, así puede ser síntoma y no superyó. La hibridad entre los múltiples goces pueden actualizar pulsiones asesinas. El crimen fundacional para Lacan no es el asesinato del Padre sino la voluntad de asesinato de aquel que encarna el goce que se rechaza, el odio al goce del Otro. Digamos que Lacan en este punto se acerca más a Georges Bataille que a Freud. Para Bataille, el asesinato primordial que está en la base de la sociedad no es el del Padre sino de una mujer. La comunidad que ha precedido al asesinato de Sharon Tate lo mostro en los años ’70. Otras comunidades que incluyen algunos cerebros extraviados pueden también muy bien volverlo a pensar. La magnitud del feminicidio dice bien de esta tentación asesina y la necesidad de construir una protección legal, sólida, crucial.

Del lado hombre, el goce fálico autoerótica se produce fuera del cuerpo sobre el órgano. Del lado mujer, la localización distinta se representa en función de no-todo. El lugar del goce no es el punto de excepción del cuerpo, se produce en el cuerpo femenino con la salvedad de que este cuerpo no constituye una unidad. No hace de un todo. La mujer queda Otra para sí misma.

“La consecuencia es que, en la relación de pareja, la mujer es empujada a fetichizarle, sintomatizarse, y a aun a velarse, a enmascararse y acentuar sus semblantes”. Lo dice una cita de Jacques-Alain Miller. En este punto tanto en Oriente como en Occidente, independientemente de las divergencias en las selecciones del velo y de lo descubierto convergen en la acentuación de todos los fetichismos. No es solo la disimetría de la producción del goce en el cuerpo diferente del órgano. Hay también un rol diferenciado de la demanda de amor, de la palabra de amor, incluso de la carta de amor. Si Lacan pudo decir en Encore que lo que suple a la relación sexual es el amor, en el que las mujeres ponen el acento, teniendo un acceso privilegiado, no se trata, sin embargo, de una receta de acceso a la felicidad. Esta demanda de amor es una demanda de que el partener les hable y descifre esta parte de enigma que ella encarna para sí misma. Esta demanda puede cobrar la forma de una exigencia apremiante con una nota de ilimitación. Se revela entonces un giro al estrago.

De la seguridad de la relación de amor madre-hijo pasamos con Lacan a la demanda de amor potencialmente infinita y devastadora, pero sin embargo hemos ganado en el cambio. Ya podemos responder a la pregunta que Freud había dejado sin respuesta. Sabemos lo que quiere una mujer. Despejar la causa, contrariamente a la identificación al ideal amado no permite la unificación. No permite hacer comunidad porque lo particular del goce no se comparte. Sin duda, las comunidades de goce pueden producirse, pueden querer en común poner sus acontecimientos de cuerpo. Lo llevan a cabo todo tipo de comunidades, sin embargo, no es menos cierto que lo que propone el psicoanálisis es una nueva psicología de las masas. Es posible despejando el nombre del ideal, del esfuerzo de nominación de la causa, de transponer a un nivel social una identificación no segregativa, una identificación que no separe en bloques separados a la civilización del individualismo de masa. Los mejores sociólogos insisten en la multiplicidad de las identificaciones que no pueden reducirse a una entidad manipulable. Determinados discursos políticos apuntan, por el contrario, a reducir las identificaciones a un rasgo, permitiendo en última instancia definir dos campos, únicamente dos: “Estás con nosotros o en contra”. El aporte fundamental del psicoanálisis al discurso de la política es precisamente la desconfianza en el ideal que lleva a la segregación en nombre del amor. Se trata de mantener siempre separados el nombre y la causa. Freud había atribuido a las formaciones del inconsciente un ser de fugitividad, una presencia que fuga, un modo de inconsistencia propia, desafiando a la lógica de las idealidades aristotélicas. No obstante, el inconsciente se impone en la vida del sujeto como el verdadero amo. Lacan termina asignando a las irrupciones del goce una paradoja marcada de cierta homología. El goce como causa se impone, se siente, pero escapa radicalmente a ser nombrado. Lo es solo a través de la metáfora. Por ello el nombre propio, finalmente, no cubre más que un vacío. La inadecuación del nombre y de la causa cobra así un sesgo particular en el discurso psicoanalítico.

Señoras y señores, han hecho de mi nombre propio con esta nominación el índice de que no remite más que a este vacío que nos causa. Por última vez, les estoy muy agradecido.


[1] Discurso pronunciado en la Universidad de Córdoba el 2 de diciembre del 2019. Tomado de: https://www.youtube.com/watch?v=IO-Um5WzZZ8. Último acceso: 2019-12-08.

Transcripción por Patricio Moreno Parra.

Un comentario en “Honoris Causa en la Universidad de Córdoba – por Éric Laurent – 2019-12-02

  1. Lupe Rodriguez Bolaños dice:

    FELICES FIESTAS y que haya más y más trabajo Psicolóanalitico !!! Lupe Rodriguez B.

    Nota: Las tildes han sido, intencionalmente, omitidas para facilitar la lectura del mensaje en cualquier formato. ¨La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar. Eduardo Galeano – Megafono 

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