Cuatro Perspectivas sobre la Diferencia Sexual – por Daniel Roy – 2019-05-02

CUATRO PERSPECTIVAS SOBRE LA DIFERENCIA SEXUAL*

Par Daniel Roy

2019-mayo-02


Cada dos años, el Comité de iniciativa del Instituto de la Infancia presenta propuestas temáticas a Jacques-Alain Miller para su próxima Jornada. Para el 2021, una única propuesta -“La diferencia sexual”- hizo unanimidad. J.-A. Miller dio su aprobación y nos confió, a Marie-Hélène Brousse y a mí, la presentación. Si el texto de orientación que esperamos, como de forma habitual, nos va a faltar, veo allí por mi parte la invitación hecha a cada uno de entre nosotros, así como a los grupos y redes del Campo Freudiano, para producir un saber firme ante las rápidas conmociones de la clínica. Éstas últimas, especialmente patentes en el campo de la infancia, dan testimonio de la deriva en los continentes de nuestras convicciones -los semblantes que nos mantienen-, y de nuestros hábitos -los placeres que nos convienen-, deriva que produce líneas de falla y áreas de fractura. La diferencia sexual es el nombre de una de estas áreas privilegiadas.

El psicoanalista, ni guardián del templo ni libertador moral

Entrando en el mundo que lo precede, cada niño es el primero en confrontar esta falla; él llevará desde entonces la marca de origen, inscrita en la lengua bajo los diferentes nombres “niño” y “niña”, “hombre” y “mujer”. Pero esta zona de sex and gender se ha vuelto incierta y objeto de un problema entre corrientes contrarias. Esta cuestión está particularmente representada hoy en día, en los medios de comunicación y en la clínica, por el desamparo y el discurso de los niños llamados “transgénero”. No se reconocen a sí mismos en el sexo que les es asignado y afirman desde muy temprano la convicción de haber nacido en el “cuerpo equivocado” o en un “cuerpo falso”. Tendremos que enseñarnos a nosotros mismos el hecho de que estos niños hacen escuchar como primera demanda un cambio de nombre para un otro que ellos mismos han elegido. Nos interrogaremos sobre esta solicitud dirigida a la familia, al cuerpo social, y luego al cuerpo legal, la de proporcionarles una identidad sexual estable y nueva, introduciendo así un régimen derogatorio a la ley común que se refiere a la asignación de sexo, así como al nombre y la filiación, en el sentido de un decir, de una declaración, por parte de los que competen como responsables de la llegada de un nuevo ser al mundo.

Este hecho, clínicamente probado, de que un sujeto puede no querer pasar por esta vía común nos invita a reconsiderarlo y a interrogar las identificaciones sexuales. Por un lado, ellas parecen deducirse “naturalmente” de la diferencia entre los sexos, y, por otro, parecen venir a sostenerse, fortalecerse e inscribirse en el mármol de un orden simbólico. Los psicoanalistas son interpelados regularmente sobre este tema, ya sea como guardianes del templo edípico o como propagadores del liberalismo moral más desenfrenado.

Nuestra vía, en el Instituto del Niño y en el Campo Freudiano, consiste en confrontar nuestra práctica, nuestra clínica, con las pistas abiertas por Freud y Lacan. ¿Siguen siendo actuales? ¿Proporcionan respuestas que valen frente a los impedimentos, los aprietos y conmociones que encuentran los niños, sus padres y sus educadores? Propongamos cuatro perspectivas sobre la “diferencia sexual”, destacadas en las obras de Freud y Lacan, refiriéndonos a la lectura que hace de ello J.-A. Miller, en particular en su texto “Los seis paradigmas del goce.”[1]

Nuevo y singular: ¡el sexo marca la diferencia!

La primera perspectiva es aquella tomada por Freud en el prefacio de sus Tres Ensayos sobre la teoría sexual, en 1910. En él, expresa su esperanza de que “libro envejezca rápidamente, a causa de la aceptación universal de lo que antaño fue su nuevo aporte[2]“. Pero en los dos prefacios siguientes, en 1915 y 1920, encontró que este deseo no había sido concedido y que la recepción de su teoría sexual se distribuyó entre acusaciones de pansexualismo y resistencia dirigida a esa parte de su descubrimiento. El factor sexual, tal como lo introduce en el discurso universal, es en realidad una novedad que no puede ser “universalmente admitida”. Nueva y singular, tal es el carácter mismo de lo sexual tal como se presenta en la cura analítica. La posición que el sujeto, desde la infancia, toma en relación con este elemento de novedad y este elemento de singularidad, introduce para él el germen de su diferencia absoluta. Esto es fundamental en una cura, pero también a nivel de la civilización, porque significa que existe una diferencia que no se origina en una segregación, contrariamente a todas las otras diferencias que produce lo social.

Esto introduce una dificultad particular: no hay ningún código que permita al sujeto descifrar lo que le sucede y de lo cual no sabe por qué le sucede, o lo que significa. Sin embargo, él es responsable de ello. Y es con respecto a esta falla que se van a construir las teorías sexuales de los niños y se van a edificar las diversas identificaciones de la infancia. Así, con Freud, lo sexual marca la diferencia y esta posición radical da su estilo a la acción del psicoanalista: preservar esta singularidad, bordear esta novedad cuando es demasiado violenta.

El falo: un órgano muy especial

La segunda perspectiva se abre en 1923 con el texto titulado La organización genital infantil[3] y continuó en 1925 con “Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica entre los sexos”[4].  El nuevo actor es un órgano muy particular, el falo, que, según Freud, ejerce un “primado” en la vida sexual infantil para ambos sexos. Es particular porque sólo es eficaz siendo posiblemente perdido. Esto es lo que Freud llama “castración” y la fase fálica es el momento en que cada una y cada uno es llamado a tomar posición en relación con el valor de uso de este órgano para ellos. Un siglo de psicología ha hecho perder este filo. Es un área de turbulencias en la que niños y niñas entran:

-Los chicos con angustia y bajo la amenaza, por el hecho de ser portadores de lo que debe ser perdido para fundar la diferencia. ¿Qué valor entonces se debe dar a lo que creen que lo tienen? ¿Las satisfacciones pulsionales presentes no vienen a desmentir las promesas del futuro?

-Para las niñas, ¿cómo el valor que ponen en su “no tener” va a determinar su posición? ¿Aceptación teñida de inferioridad y que gira a la renuncia? O bien, ¿que se abre a un uso de la falta que van desde la expectativa hasta la preferencia absoluta dada a esta falta? ¿O, incluso, una posición de revuelta que la hace entrar, como el chico, en un mundo de amenazas?

No es por azar que esta perspectiva termine con los textos de Freud que tratan acerca de la feminidad[5] y los muchos textos de sus alumnas[6], ya que hace aparecer un punto de fuga: no tener lo que se necesitaría para calibrar la diferencia pone a la chica en la posición de estar bajo el golpe de la diferencia, sin tener los medios para limitarla en su propio cuerpo. Lacan designará a este momento como “la querella sobre el falo”[7].  No es de extrañarse, sólo un falo para dos sexos, ¡es una guerra garantizada! Esta guerra continuaría todavía, si se cree en los periódicos y gender studies…, pero ¿deberíamos creer en ellos?

Frente a prueba del deseo del Otro

La tercera perspectiva es elaborada por Lacan entre 1956 y 1959, con sus Seminarios La relación de objeto, Las formaciones del inconsciente y El deseo y su interpretación[8], y en su texto de 1958 La significación del falo en el que propone una solución desde arriba a la querella del falo. Hace de este último un tercer término, que será el eje alrededor del cual se puede operar una repartición dialéctica entre hombre y mujer. Pero, ¿qué es este falo que puede decirse, respondiendo a Freud, que los hechos clínicos “demuestran una relación del sujeto al falo que se establece independientemente de la diferencia anatómica de los sexos”?[9]  Este tercer término es el falo como significante, significante del deseo del Otro. Según Lacan, la posición estructural inicial del niño es que quiere ser el falo para satisfacer el deseo de la madre, no que lo quiere tener o que consiente o no a tenerlo o no tenerlo. Esto es lo que él nombra “la prueba del deseo del Otro” del que dirá que “la clínica nos muestra que no es decisiva en cuanto que el sujeto se entera él mismo si tiene o no un falo real, sino en cuanto se entera de que la madre no lo tiene”[10]. Esta “prueba” se presenta entonces como la vía de construcción de un objeto inexistente, de la presencia de una ausencia. El encuentro con el “falo de la madre” designa a un momento esencial de la cura del niño, donde se repite en la transferencia este enigma del “¿Qué me quiere?” que va a ser el motor de la cura. Designa también el momento en que “el sujeto descubre que el Otro no sabe”.[11]

Pero si este falo posiblemente se encarga de todo lo que hay de sexual en la diferencia, y si, para responder “a este falo, pues lo que tiene no vale más que lo que no tiene”[12], entonces ¿qué tiene que ofrecer? ¿Qué pasa con la pulsión sexual, con sus objetos y los acontecimientos de los cuerpos que hacen huella por su impacto, todas las cosas que escapan al Otro y que son el fundamento de la soledad y de la diferencia?

¿Cómo inscribirse en el discurso sexual?

La cuarta perspectiva toma forma en la enseñanza de Lacan de los años 1970-1972 – en los Seminarios XVII y XIX[13] – donde reformula las coordenadas de la inscripción de cada ser hablante en lo que nombra entonces como “el discurso sexual”. Todas las perspectivas anteriores están presentes y, sin embargo, nada es igual. ¿Qué ha cambiado?

Distribución y distinción

Lacan parte de una constatación: “no hace esperar en absoluto la fase fálica para distinguir a una muchachita de varoncito, ya desde mucho antes no son en modo alguno semejantes. Allí se maravillan”[14]. Hay una diferencia, pero no es “sexual” ya que si hubiera diferencia sexual, de hecho ella establecería una relación entre los dos sexos, una relación de diferencia. Esta supuesta “diferencia” responde al hecho real de que “en la edad adulta, es el destino de los seres hablantes es repartirse entre hombres y mujeres.”[15] Es una distribución, no anatómica, sino de puro semblante: “lo que define al hombre es su relación a la mujer e inversamente.”[16] En tanto que nombrados “hombre” o “mujer”, no tienen otra existencia más que significante. Estos son los semblantes por excelencia. Y es en tanto tales que se abordan, como lo explotan tan bien los sitios de citas.

Sobre la base de esta “distribución” entre hombres y mujeres que niños y las niñas se distinguen, y más precisamente que “se los distingue” en el discurso, desde su llegada al mundo. Esto es lo que hace que “esta diferencia que se impone como nativa es en efecto muy natural”[17], dirá Lacan. Lo que así se registra como diferencia es definitiva una distinción, como un título de nobleza o una asignación insoportable: están las “chicas distinguidas” y los “chicos distinguidos”. ¿Entonces, de dónde viene que esta distinción de puro semblante tome valor real de goce sexual para el sujeto?

Solidaridad de los semblantes

J.-A. Miller había destacado en su texto “En dirección de la adolescencia” la expresión de Lacan “la inmixión del adulto en el niño” para señalar “que hay como una anticipación de la posición adulta en el niño”[18]. Lo aplicamos aquí a esta distinción de niño/niña que se opera a partir de la distribución hasta el piso superior hombre/mujer.

Un primer aspecto de esta inmixión es que las identificaciones sexuadas son siempre dependientes de los semblantes: todo lo que pretenda hacer consistir una identidad sexual, viril o femenina, ve inevitablemente a desplegarse en la dimensión de la gala o de la mascarada. Esta allí la dimensión llamada hoy en día de “género.”

La otra dimensión, más fundamental, se basa en el hecho que, del lado del adulto, el goce llamado sexual es “solidario de un semblante”. Así, en una “situación real”, es decir, cada vez que el sujeto es convocado como hombre o como mujer, estos semblantes tienen una eficacia real que se produce como obstáculo entre los dos.

Hay una tesis fuerte de Lacan: en el encuentro de cuerpos sexuados, “lo real del goce sexual, en la medida en que se lo despeja como tal, es el falo”[19]. El falo es el “obstáculo” que se hace a la relación entre los sexos y por lo tanto a la “bipolaridad sexual.”[20] No es el nombre del goce sexual en la relación entre un sexo al otro -está allí la promesa de la pornografía, que se ha tomado el relevo del fantasma-, sino más bien el índice del goce sexual en tanto que se interpone entre un sexo y el otro. El falo aquí pierde su estatuto de significante de la presencia de lo sexual, pero gana su función de significado del goce: es el efecto sorpresa de la cura analítica, según Lacan.

La inmixión del adulto en el niño, está aquí el hecho de que el niño será llevado a ser distinguido y a distinguirse como una niña o un niño en función de este semblante constituido en la edad adulta según otra lógica y una economía de goce diferente que la que prevalece en la infancia. ¿Cómo va a tener esto en cuenta, cuando aún no se le pida que pague “el valor que más adelante habrá adquirido la pequeña diferencia”?[21] Aquí se establece una solidaridad de semblante entre las generaciones, solidaridad que indica y vela a la vez lo real del goce en juego y que da su consistencia a la estructura familiar, bajo sus diversas modalidades. La familia aparece así a la vez como el lugar donde se transmite la falla de lo sexual y como el lugar donde la enmascara, aquí sin la mediación del Edipo, pero no sin la castración, aquí castración de goce.

Nuestra bienvenida y nuestro trabajo con las familias actuales encontrarán un esclarecimiento de lo que se está desarrollando en este lugar. Muestra la constancia de la dimensión de “religión privada” que puede proporcionar una consistencia a cada uno: a la vez monstración de goce como de ritos que la sacrifican con el fin de perpetuar su existencia. Pero también es la posibilidad ofrecida a los hombres y a las mujeres del siglo de no desaparecer ni esconderse detrás de las figuras de la paternidad, de la maternidad o la parentalidad. Es únicamente esto lo que puede abrir nuevas formas de ser padre y ser madre, sin un estándar previo, lo que no es sin angustiar a aquellos y aquellas que se comprometen con él.

La crisis del falo

Los niños y niñas se distinguen a partir de una elección de goce, el que determina las posiciones hombre o mujer, que pasa por una distribución significante: esto es lo que Lacan llama “error común”[22]. Este error conlleva en todo momento en la subjetividad una situación de “crisis”, es decir, de elección. Aquí, Lacan retoma las coordenadas freudianas de la fase fálica para entregar su lógica. “La verdad a la que no hay ninguno de estos jóvenes seres hablantes que no deba hacer frente es que hay quienes no tienen el falo. Doble intrusión de la falta, porque hay quienes no lo tienen, y además esta verdad faltaba hasta ahora.”[23] Lo nuevo es que ahí hay que situarlo en la dimensión de acontecimiento en el campo de la verdad: “Es que a una verdad nueva, no es posible contentarse con darle su lugar, pues de lo que se trata es de tomar nuestro lugar en ella. Ella exige que uno se tome la molestia. “[24]

Desde esta perspectiva, dicha crisis no es cronológica sino lógica, en el sentido de que es siempre actual. Uno no se acostumbra a eso, no hay edad para ello. Esta doble intrusión de la falta se activa cada vez que el sujeto tiene que tomar lugar en una “situación real” donde su deseo y su goce están interesados, donde está confrontado al enigma del deseo del Otro o a la insistencia de su demanda, a su amor o a su odio, o a la presencia de su goce, que esta situación real le concierne, directa o indirectamente, por identificación a un tercero.

La crisis de la fase fálica puede considerarse entonces como una crisis del falo en sí mismo que, en el momento en que pasa al semblante, se convierte en un instrumento de la función castración para el ser hablante cada vez que entra el desafío de su identificación sexual, adulto o niño.

Identificaciones y síntomas

Una identificación sexual, sea “niña” o “niño” o “hombre” o “mujer”, ¿no es siempre una identificación de crisis? Tres razones para esto:

-Es inestable, porque proyecta el cuerpo parlante en el universo de los semblantes, lo que no se opera sin pérdida, una pérdida sin garantía, que se llama “castración”;

-Siempre es actual, en el sentido de que opera de una elección hic et nunc;

-Siempre es sintomática, en la medida en que los semblantes convocados fracasan en inscribir el goce en juego, goce sexual siempre en exceso en la economía del goce del cuerpo propio; ella subraya la discordancia entre los semblantes y el goce.

¿No es en un momento de crisis que el psicoanalista o el practicante son solicitados para uno de estos problemas de la infancia que ahora están proliferando bajo denominaciones que son montajes de los expertos? ¿No tenemos que hacer que resuene en ello el valor de inhibición, síntoma o angustia para el niño? ¿Estos problemas no son en efecto respuestas y defensas frente a este momento de crisis en la que es sacudida la identificación fálica que había sostenido hasta entonces a este niño? ¿Debemos considerar que esta identificación fálica -siempre disponible en el tiempo de la infancia y actualmente privilegiada en el seno de la familia y en el discurso corriente- realmente permite a un niño mantenerse a distancia de los problemas de la identificación sexual? ¿No deberíamos considerar más bien la crisis del falo como el momento fundamental en el que se sintomatiza la vida del niño, cuando comienza a aprender el régimen sinthomático de su inclusión en el discurso sexual? “La identificación sexual no consiste en creerse hombre o mujer, sino en tener en cuenta que hay mujeres, para el niño, que hay hombres, para la niña.”[25] Claramente hay varias maneras de tener esto en cuenta, y que no están de ninguna manera normatizadas.

Este es básicamente el nuevo deal en el que los niños y niñas de nuestro tiempo están metidos, ahora más directamente confrontados a los enredos de la castración tal como están encarnados en los hombres y las mujeres que los rodean y los acogen. Esta falla toma su nombre en la lengua que es hablada al niño y en el que es hablado -el nombre de “la diferencia sexual”-, a riesgo de todos los malentendidos y de todos los errores. No las denunciamos como ficciones, todo lo contrario, acogemos como tales las ficciones del niño que nos habla, ficciones que llevan la marca de la diferencia absoluta que ellas contienen, siempre sexual.

En su texto “El niño y el saber”, J.-A. Miller nos dio el vector que guía nuestra acción: “Le pertenece al Instituto del Infante el restaurar el lugar del saber del niño, de lo que los niños saben”.[26]  Los próximos dos años, vamos a aprender de lo que los infantes, niñas y niños, saben sobre la diferencia sexual, de lo que de ello quieren o no quieren saber, lo que pueden y no pueden saber.


* Leroy, D., Quatre perspectives sur la différence sexuelle. Recuperado de : https://institut-nfant.fr/orientation/quatre-perspectives-sur-la-difference-sexuelle/

Traducción por Patricio Moreno Para.

[1] Miller J.-A., “Los seis paradigmas del goce”, in La Cause Freudienne No. 43, octubre de 1999, pp. 7-29.

[2] Freud S., “Tres Ensayos sobre Teoría Sexual” [1905], in Obras completas, tomo VII. Buenos Aires: Amorrortu, 2004, p. 117.

[3] Freud S., “La organización genital infantil” [1923], in Obras completas, tomo XIX. Buenos Aires: Amorrortu, 2004.

[4] Freud S., “Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica entre los sexos”[1925], in Obras completas, tomo XIX. Buenos Aires: Amorrortu, 2004.

[5] Freud S., “Sobre la sexualidad femenina” [1931], in Obras completas, tomo XXI. Buenos Aires: Amorrortu, 2004.

[6] Cfr. Hamon M.C., ¿Por qué a las mujeres aman a los hombres? París: Seuil, 1992 & Femininity Masquerade, estudios psicoanalíticos reunidos por M.-C. Hamon. París: Seuil, 1994.

[7] Lacan J., “La significación del falo”, in Escritos, tomo 2. México: Siglo XXI, p. 656. A este respecto, léase los dos artículos de referencia de Pierre Naveau: “La querelle du phallus”, in La Cause Freudienne No. 24, enero de 1993, pp. 12-16, y “La comédie del phallus”, in La cause du désir No. 95, abril de 2017, pp. 25-32.

[8] Lacan J., El Seminario, Libro IV, La relación de objeto; El Seminario, libro V, Las formaciones del inconsciente; El Seminario, libro VI, El deseo y su interpretación. Buenos Aires: Paidós, 2012.

[9] Lacan J., “La significación del falo”, op. cit., p. 654.

[10] Ibid., p. 660.

[11] Cfr. Miller J.-A., Interpretar al niño. Recuperado de: https://psicoanalisislacaniano.com/jam-interpretar-al-nino-20130323/

[12] Lacan J., “La significación del falo”, op. cit., p. 660.

[13] Lacan J., El Seminario, libro XVIII, De un discurso que no sería del semblante; El Seminario, libro XIX, …o peor. Buenos Aires: Paidós, 2012.

[14] Lacan J., El Seminario, Libro XVIII, op. cit., p. 30.

[15] Ibid., p. 31.

[16] Idem.

[17] Lacan J., El Seminario, Libro XIX, op. cit., p. 15.

[18] Miller J.-A., “En dirección a la adolescencia”, in Interpretar al Niño. París: Navarin, 2015.

[19] Lacan J., El Seminario, Libro XVIII, op. cit., p. 33.

[20] Ibid., p. 62.

[21] Lacan J., El Seminario, libro XIX op. cit., p. 16.

[22] Ibid., p. 17.

[23] Lacan J., El Seminario, libro XVIII, op. cit., p. 34.

[24] Lacan J., “La instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud”, in Escritos, tomo 1. México: Siglo XXI, 2009, p. 488.

[25] Lacan J., El Seminario, Libro XVIII, op. cit., p. 33.

[26] Miller J.-A., “El niño y el saber”. Recuperado de: https://psicoanalisislacaniano.com/jam-nino-saber-20110319/

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