Lugares de Vida en la Edad Adulta – por Patricio Álvarez Bayón – 2018-04-07

LUGARES DE VIDA EN LA EDAD ADULTA

Por Patricio Álvarez Bayón

Barcelona, 2018-04-07


Acompaño en análisis a un sujeto autista hace unos 8 años. Él tiene 35. Estudió contabilidad en la universidad y ha hecho de los números el eje de su vida. Tardó varios años en recibirse -tiene alguna dificultad- por lo que él llama “esas materias sin sentido sobre la vida de las personas”, como sociología o antropología. Pese a ello, ha logrado hacerse un lugar de reconocimiento en su empresa sobre la base de habitar una oficina lejana y separada de todos. Los balances se acumulan en su oficina y él lo saca en tiempo récord, sin tener nunca un solo error, salvo que lo molesten sus compañeros.

Definir en su análisis qué es “que lo molesten” es difícil de hablar para él. Puedes ser que le hablen o también puede ser que los escuche cuando mastican o cuando arrancan el motor del carro que está afuera. Sabe bien cuál ruido de auto es el de sus compañeros o de otro que pasa por afuera. Esas molestias lo pueden dejar perturbado durante horas o incluso días, por lo que le cuesta continuar su trabajo. No hay ninguna autorreferencia en estas molestias, ningún signo de algo dirigido a él, ninguna sospecha de un goce del Otro. Solo, la presencia molesta de lo que él llama “la vida de las personas”. No llama a nadie por su nombre en el análisis. Habla de “un compañero de trabajo”, “uno de los jefes”, y nunca se sabe si se refiere al mismo de la sesión pasada o a otro, incluso cuando uno de ellos murió.

Su mujer, porque está casado, habla mucho. De ella, es todo lo que sé. No contó nada de su casamiento ni de cómo es la relación. Ella dice que él es muy tímido y que su silencio la tranquiliza. Él dice que ella habla mucho pero que, a veces, cuando la escucha -solo a veces- ella le hace entender cómo manejarse con las personas. Han tenido un hijo que tiene dos años que ya lo interpela cuando le pide algo. En los últimos meses, su tema se ha desplazado de las molestias a sus compañeros, a la molestia que le causa su hijo.

Aun así, su vida transcurre apaciblemente. Sabe bien numerar la serie de los números primos cada vez que algo lo desborda. A veces, comienza la sesión: “2, 3, 5, 7, 11,13, 17”; y así sé que no está en un buen día.

En la transferencia, también me he colocado en el lugar de quien traduce algo sobre la vida de las personas. Y a pesar de que me señala mi escasa capacidad matemática -se río bastante cuando se enteró que yo era tesorero de la EOL-, me reconoce el lugar de lo que llama “el profesor de las cosas sin sentido”. Así, me llama.

¿Podría tratarse de un sujeto obsesivo? Eso pensé durante los primeros tiempos, aunque me asombraba el aislamiento perfecto que lograba. Más adelante comprobé que no había ningún dato de la demanda del Otro ni de lo imposible del deseo. Es muy fácil que para él que el deseo sea posible, solo basta con no tenerlo y así se le cumple. Así, ha logrado su lugar en la oficina y en la familia. Pero no fueron los informes psiquiátricos, de Asperger, de su infancia y adolescencia lo que me convencieron del diagnóstico -cabe aclarar que siempre ha hecho más o menos 4 tratamientos, todos analíticos. Siempre seguido por algún psiquiatra, pero siempre estuvo en análisis. Tuvo una muy mala experiencia con otro tipo de tratamiento y desde ahí siempre en análisis. Yo soy el cuarto analista- sino un recuerdo de sus cinco años. Un cachetazo de su madre que, al sentirlo, le hizo percibir que es ruido que venía escuchando hace rato, ese murmullo, era su propia voz. Era su propio grito y que el dolor en la cara que sentía provenía de una persona a quien antes no había notado. A partir de ese momento, comenzó a reconocer a algunas personas: a su madre y a su abuela; y a algunas palabras, por ejemplo, la palabra “no”. Recuerda cómo le costó entender que había distintos tonos para un “no”, que algunos eran risueños y algunos eran firmes. Contabilizó 12 tonos para el “no”, así como 4 para el “sí”. Así como 6 modo para hacer una pregunta y 8 para la respuesta. También, a partir de fórmulas de memoria, podía saber al instante el nombre, la edad, el sexo y el parentesco de la persona que le hablaba. Así logró -progresivamente y con bastante tiempo- distinguir personas, relaciones, modos de respuesta, etc. Por ejemplo, una sesión me dijo que yo tenía 14 tipos de intervenciones. Le pregunté si eran 14 intervenciones o tipos de intervenciones. Me dijo que 14 tipos de intervenciones, lo cual me dejó más tranquilo.

Su recuerdo infantil muestra de modo claro lo que los psicoanalistas entendemos por el concepto de lalengua, lalangue: ese enjambre o murmullo de palabras antes que éstas sean distinguidas como tales. Lalengua era su propia voz antes de ser distinguida, como un ruido emitido por él mismo, y era el estado donde el Otro y él mismo no estaban singularizados. El recuerdo muestra cómo en un momento determinado, algo funciona recortándose del murmullo difuso de la lengua. Llamamos letra a ese recorte y a su vez, ese recorte o inscripción permite a partir de ello, distinguir otros elementos que funcionarán como significantes del lenguaje: el “no”, el “sí”, una pregunta, una respuesta, una persona u otra. De este modo, hay tres tiempos lógicos de lo simbólico que distinguir. En el origen hay lalengua, de ella se recorta una letra y con ella se arma un lenguaje. Lacan plantea que el autista está congelado, detenido con respecto al lenguaje. Y ello es porque la retención se produce en el tiempo del recorte de la letra. En un sujeto autista, la letra tiene la propiedad de ser siempre igual a sí misma, lo que Jacques-Alain Miller llamó iteración de la letra y es eso lo que produce la detención al nivel del lenguaje.

En este sujeto, lo que ha funcionado como iteración de la letra es su relación con los números. Contabilizar los tonos de las palabras ha sido lo que le permitió hacerse un lenguaje propio y salir parcialmente de ese congelamiento del lenguaje. Cada sujeto con autismo construye una relación singular al lenguaje y esto constituye su modo de anudarse, su modo de construir una elucubración de saber que le permite habitar el mundo. En algunos esa relación singular, es muy desarrollada y compleja, como en este sujeto. En otros, esa relación es más dificultosa e incluso en algunos no se logra nunca. Para eso sirve la presencia de un psicoanalista, para acompañar ese modo singular de construirse una relación al lenguaje y, con ello, habitar el mundo. Un analista intenta situar las variables con las que ese sujeto arma su relación con el lenguaje, su letra singular, su iteración.

Un autista de alto nivel, Temple Grandin, ha distinguido tres modos en que los autistas se construyen una relación al lenguaje. Lo llama: pensamiento en imágenes, pensamiento en palabras y pensamiento en patterns -o sea secuencias-. Nuestro paciente logra una relación con el lenguaje mediante el pensamiento en secuencias. El número que itera, que funciona como una letra igual a sí misma, le permite desde su infancia ir distinguiendo significantes y armar una relación con ellos. El número, modalidad de lo simbólico, que Lacan llama la cifra es un modo singular de relación con el lenguaje.

Mencionaré, sin desarrollar, un paciente de 23 años. Sus padres acudieron a mí preocupados por el final de sus estudios y el comienzo de la edad de la independencia. Ellos conocen sus dificultades y lo han acompañado excelentemente a lo largo de su vida. Luego de muchos percances en su educación, en un colegio encontró un grupo de amigos que resultó su anclaje fundamental. Este grupo que ellos mismos se denominan “el barco” -porque todos reman y así nadie se hunde- ha sido su punto de identificación imaginaria. Para cada decisión, cada vez que se le vuelve enigmática una escena, él me explica qué haría uno de sus amigos y actúa en ese sentido. En el barco hay un tímido, un exitoso con las chicas, un malhumorado, un llorón y uno sometido a su novia. Cada uno de ellos le provee un guion imaginario con el que sabe cómo obrar. La iteración de una letra, en este caso, no es el de la cifra, sino la de la imagen y le provee un mecanismo de identificación al modo del pensamiento en imágenes, él tiene el barco con el que ha transitado sin hundirse sus años de adolescencia.

La cifra en un caso, la imagen en otro, son dos modos singulares de habitar el lenguaje y con ellos construirse una vida tan digna y chiflada como la de cualquiera.

Gracias.

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