La Sangre: Lógica de un Fluido – por Marie-Hélène Brousse – 2015-03-01

LA SANGRE: LÓGICA DE UN FLUIDO

Por Marie-Hélène Brousse

2015-03-01


Del 4 al 11 de noviembre, el Teatro de la Ville presentaba el primero de tres espectáculos que Romeo Castelluci consagró en el marco del Festival de otoño en Paris, Go down, Moses, espectáculo en el cual Castellucci escribía acerca del programa: “No se trata de la historia de Moisés. No está presente como personaje”. Es verdad y es mentira a la vez. Sí, su vida no hace parte del espectáculo, pero en ese contenedor de basura, mobiliario contemporáneo de nuestras grandes ciudades, de una bolsa de plástico se eleva un vagido. Un llamado de la voz precoz.

“Cada vez que una mujer abandona a un bebé después del alumbramiento, estoy conmovido, quiero saberlo todo: el lugar donde lo abandonó -la basura, los baños, un refrigerador-, con qué estaba cubierto y por qué, con plástico, con lana. Esa historia es siempre la misma historia… Se trata de un gesto primitivo.”

La representación ya había comenzado antes de la llegada de los espectadores: los actores, en disfraces citadinos, cinco hombres y tres mujeres, deambulan, se agrupan, se separan, uno u otro se golpean bajo la presión violenta de otro en un ruido de crujido, viven esa vida cotidiana y ordinaria de la cual está hecha el lazo social. Sin duda se hablan, pero la palabra es imitada, falta la voz, es el objeto voz áfono, separado de la palabra. Algo ya no pertenece al lazo social: los gestos tienen una forma geométrica, y también la proximidad de los cuerpos, demasiado acentuada. El lazo social es develado en su estructura, su matema. Una espectadora, sentándose, señalaba, incrédula: “¡Comenzaron sin nosotros!”, nosotros, ese público cuyo ruido de la voz se vuelve inaudible, frente al silencio de los actores en escena, ensordecedor. Sí, esto no es una representación, o, si es una, no tiene ni principio ni final.

Luego viene un objeto técnico, un tipo de cilindro inmaculado que se pone a girar con un ruido estrepitoso. Todo en el teatro se pone a vibrar. El cuerpo de cada espectador es atravesado por ello.

Después un silencio, un cuadrado luminoso en medio de la oscura escena: toallas de un lugar público en su banalidad cotidiana; una joven mujer en sienta sobre los baños, se refriega, mira sangre en el papel, mira en el vidrio. La sangre chorrea. Rápidamente nada la detiene. Es una hemorragia: la sangre chorrea a lo largo de sus muslos, ella trata de detenerla en vano. Hay alguien que golpea impacientemente la puerta. Ella restriega el piso, ella tira la cadena, prende el secador de manos para hacer creer que todo está en la normalidad. Pero los flujos invaden todo. La escena sucede en tiempo real, algunos espectadores, espectadoras protestan: “Entendimos”. Llena de espasmos, la mujer se desliza hacia el suelo; la sangre, chorreando de su sexo, se desliza bajo la puerta. Oscuridad absoluta.

Cambio de decoración. Un comisario de policía, un investigador, trabajadores sociales, una enfermera y la joven mujer, envuelta en una sábana inmaculada, que no responde a las preguntas, no quiere decir dónde está el niño, y delira acerca de su destino de aquel niño que acaba de abandonar: Moisés. Ella es inaccesible al discurso del amo, sea cual sea el modo de enunciación: benévolo, impaciente, angustiado, brutal…

Los espectadores y espectadoras que protestaban con un “Entendimos” impaciente, ¿qué entendieron? Exigiendo que se detenga la cuestión, ¿de qué insoportable querían ser aliviados? ¿Qué “no quiero saber nada de eso” se enunciaba a través de sus bocas?

No querían saber nada de la sangre en lo femenino. No obstante, es una experiencia que ha hecho cada mujer: las reglas, las primeras y las otras, que llegan o no llegan, la sangre durante y después del alumbramiento. Cada una ha vivido una experiencia de impotencia frente a un desbordamiento siempre posible. No tener tampón o toalla en el momento donde comienza a chorrear, no darse cuenta de la mancha que ensucia la ropa, el suyo o el de otro al cual no se sabe si conviene decírselo o callarse. Cuando se practica el psicoanálisis, se escucha también a jóvenes mujeres hablar de escarificación evocando el alivio cuando se ve sangre que chorrea de la herida que acaban de infligirse. La sangre es parte del misterio de la feminidad corporal del cual habla Lacan a propósito de Dora en los Escritos[1], entiéndase como misterio para Dora aquel femenino que habita su propio cuerpo.

La sangre del cuerpo femenino no es aquel del cuerpo masculino en el discurso común, no son los mismos semblantes que moviliza.

En la Antigüedad, se creía, Plinio hace eco de ello, que la sangre menstrual tenía el poder de secar las fuentes, de secar las cosechas, y de aniquilar los animales. De aquel venía el poder de las brujas. El Levítico, capítulo 15, afirma a propósito de una mujer que tiene la regla: “Cualquiera que la toque permanecerá impuro hasta la noche. Toda cama en la que sentase será impura. Quienquiera que toque un objeto sobre el cual ella se hubiese sentado tendrá que lavar sus ropas, se lavará y permanecerá impuro hasta la noche.” El papa Inocente III habla de “la pestilencia y de la inmundicia” que la acompañan siempre. La prohibición de la relación sexual con una mujer que tiene su regla es una de escasas cosas que la obra de Sade no franquea. A partir de los años 1827, los descubrimientos científicos sobre la ovulación, la menstruación y luego el funcionamiento hormonal modifican progresivamente esa asociación entre la sangre de la menstruantes y la impureza o la “herida sagrada”, para hablar como Michelet quien, en sus obras, El amor en 1859 y La Mujer en 1860, se hace el vocero de una posición ideológica Tercera República acerca de la cuestión[2]. Encontramos, en una analista como Hélène Deutsch, un resto de su concepción del masoquismo moral propio de las mujeres, tesis con la cual la enseñanza de Lacan permite romper.

Y bien, justamente, ¿qué puede decir el psicoanálisis de orientación lacaniana acerca de esa experiencia de la sangre en lo femenino que Castellucci hace subir en escena, según su práctica de interpretación por el objeto?

Ella participa de la dimensión de lo imaginario, provocando en los seres hablantes un disgusto del cual Inocente III se hace predicador, “pestilencia e inmundicia”, disgusto que llega hasta el pavor. En lengua psicoanalítica, se podría afirmar que se trata de la imaginarización de la castración femenina, lo que el término “impuro” también traduce, tanto como aquel de “herida sagrada” que se inclina hacia el misterio. En resumen, produce miedo en la medida en la que eso ataque la imagen del cuerpo como modelo de completud, esa imagen de la cual Lacan en una de sus Conferencias en las universidades americanas dijo: “Podemos percibir, mediante el análisis, que del cuerpo no se aprehende sino lo que hay de más imaginario. Un cuerpo se reproduce por una forma […] De su funcionamiento no tenemos la más mínima idea. Lo aprehendemos como forma. Lo apreciamos como tal, por su apariencia. Esa apariencia del cuerpo humano, los hombres la adoran […] Comencé a poner el acento sobre lo que Freud llama narcisismo, id es el nudo fundamental que hace que, para darse una imagen de aquello que llama el mundo, el hombre lo concibe como esa unidad de pura forma que representa para él el cuerpo”.[3]

Participa también de la dimensión de lo simbólico en la medida que somete la forma a la oposición binaria hombre-mujer que organiza en series metafóricas los discursos y, por ende, el lazo social. En este sentido, hay que tomar como un mito la sangre de lo femenino que “da forma épica a la estructura”. Cada época y cada sociedad da de ello una versión, que encuentra hoy en día su límite en el repliegue que la ciencia ha impuesto al real que le permite efectuar las manipulaciones que conocemos sobre la reproducción de la vida. De haberse convertido del dominio de la animalidad del viviente, la sangre menstrual no obstante no ha perdido todo su poder imaginario y simbólico.

Plateemos la pregunta a partir de la categoría lacaniana del objeto a, objetos que, siempre dando lugar a una proliferación angustiada del sentido, sin embargo, solo condensan el goce alrededor de los acontecimientos de cuerpo, marcados por la contingencia que los produjo. La sangre no hace parte de ellos, propiamente hablando, aun si tiene algunas características como aquella de poder provenir de un orificio del cuerpo, y de sus desbordes. Jacques-Alain Miller, en abril del 2014, decía: “Es del cuerpo de donde son tomados los objetos a; en el cuerpo es donde se extrae el goce para el que trabaja el inconsciente”. [4]

Como la leche (materna), la orina, las heces, el moco, la saliva o incluso las lágrimas acerca de las cuales un analista daba cuenta en su testimonio de qué no-interpretación, en términos de elucubración de saber, hacían parte como objeto: “Las lágrimas, eso es misterioso”. En ese mismo texto, J.-A. Miller añadía: “La interpretación no es un fragmento de construcción que apunta a un elemento aislado de la represión, como pretendía Freud. No es la elucubración de un saber. Tampoco es un efecto de verdad absorbido enseguida por la sucesión de las mentiras. La interpretación es un decir que apunta al cuerpo hablante, y para producir un acontecimiento, para llegar a las tripas, decía Lacan – eso no se anticipa, sino que se verifica con efecto retroactivo (après-coup), porque el efecto de goce es incalculable. Todo lo que el análisis puede hacer es concordar con la pulsación del cuerpo hablante para insinuarse en el síntoma. Cuando se analiza el inconsciente, el sentido de la interpretación es la verdad. Cuando se analiza el parlêtre, el cuerpo hablante, el sentido de la interpretación es el goce.”[5]

Entonces, esos objetos, fluidos y desechos, ininterpretables, pero fuente constante de la interpretación por el fantasma, esos objetos que nutren los delirios y las delicias del sentido, ¿cómo abordarlos?

Tanto la sangre menstrual como la leche materna reenvían a la vida, a aquello que escapa tanto a lo imaginario como a lo simbólico, sin por lo tanto poder calificada de real, ya que funciona tan bien que es, hasta el día de hoy y a pesar de los esfuerzos que ha hecho la civilización, a prueba de todo. La sangre femenina es un flujo que surge de un agujero, no un agujero en el cuerpo, del punto de vista de la imagen, sino que se trata más bien de una cavidad, incluso una caverna. La sangre femenina renvía a un agujero en lo simbólico. El espectáculo del Castellucci reproducía ese flujo más allá de los límites aceptables, la elevaba a la dignidad de un indicador de la carne en tanto que está fuera de los límites de la imagen adorable del cuerpo tanto como está fuera de lo descifrable. Producía una interpretación que apuntaba no al inconsciente como saber que entrega una verdad sino “al cuerpo hablante para provocar allí un acontecimiento, para llegar a las tripas”. Los espectadores, por sus reacciones, dan testimonio de ello. La segunda parte del espectáculo se desarrollaba, lógicamente en una caverna, con los humanos prehistóricos. Ella sumergía esta vez a los espectadores en el corazón de la matriz, movilizando entonces ya no el goce del horror de la sangre sino todas las fuentes de la estética de lo bello en el arte occidental. Y entonces, en un momento preciso, esos seres prehumanos vienen a escribir con fango sobre la tela trasparente situada entre la escena y la sala que daba a la belleza de la imagen su poder de ilusión. ¿Qué escribían? Un incomprensible e insipiente llamado de ayuda, haciendo salir a los espectadores de su goce confortable de mirada vacía. “Los escabeles están ahí para producir belleza, porque la belleza es la defensa última contra lo real”[6]. Castelluci realizaba así una obra que confrontaba al “escabel”, nombre lacaniano de la sublimación, al sinthoma.

Propongo considerar la sangre que chorrea por el cuerpo femenino, en consecuencia, como un acontecimiento de cuerpo por excelencia, ese cuerpo que se tiene[7], del cual se está separado por la imagen adorada, por la palabra, por los saberes de la ciencia. Un sinthome, entonces, que resiste tanto a lo simbólico como a lo imaginario, y aquello, aunque de manera diferente, tanto para los hombres como para las mujeres.


*M.-H. Brousse. « Le sang : logique d’un fluide », in La Cause du Désir, No 89 Le corps des femmes. París : Navarin Éditeur, 2015.

[1] J. Lacan. “Intervención sobre la transferencia”, in Escritos, tomo 1. México: Siglo XXI, 2009. [2] Sobre esa temática se puede leer la tesis de Thérèrese Moreau, Le sang d’histoire: Michelet, l’histoire et l’idée de la femme au XIX siècle, Paris, Flammarion, 1982.  

[3] J. Lacan. «Conferencias y entrevistas en las universidades americanas», conferencia del 2 de diciembre de 1975 en el Massachusetts Institute of Technology, Scilicet 6/7, 1975, p. 53.

[4] J.-A. Miller. El inconsciente y el cuerpo hablante. [En línea] https://www.wapol.org/es/articulos/Template.asp?intTipoPagina=4&intPublicacion=13&intEdicion=9&intIdiomaPublicacion=1&intArticulo=2742&intIdiomaArticulo=1

[5] Ídem.

[6] Ídem.

[7] Ibíd. “El cuerpo, el parlêtre no lo es, lo tiene”.

Traducción por Patricio Moreno Parra.

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