Sobre el Problema de las Alucinaciones – por Jacques Lacan – 1933/10/07

Informe presentado por Jacques Lacan en la 84ª Asamblea de la Société Suisse de Psychiatrie à Prangins los días 7-8 de octubre de 1933. Publicado en L’Encephale, 1933, n.º 8, pp. 686-695.

Limitamos este informe a las dos sesiones de trabajos científicos dedicados al problema del día: la alucinación. Tres informes. Una discusión. Comunicaciones.
Solo podemos señalar las notables indicaciones del discurso de apertura del doctor R. de Saussure, presidente del Congreso, quien, recordando muy acertadamente la filiación intelectual de Pinel al botánico Boissier-Sauvage, contrasta el «espíritu de naturalista» que anima a la psiquiatría francesa con el espíritu de especulación sobre la esencia, que caracteriza la tradición alemana desde sus orígenes Stahlianos; se desea que el estudio de nuestros problemas se aborde con un espíritu de síntesis.
El informe del profesor H. Maier de Zúrich nos ofrece primero una revisión general de las diversas teorías antiguas y modernas de la alucinación. Si insiste en la crítica clínica de los hechos, tal como fue culminada por la escuela alemana con la separación, retomada por Jaspers, entre alucinaciones verdaderas y pseudo-alucinaciones, menciona de paso las teorías mecánicas de la alucinación, proyección de una actividad cortical automática, como las de Tamburini y Tanzi, que jugaron su papel en la interpretación misma de los fenómenos. Esto lleva a rechazar en conjunto las concepciones antiguas, que para él pecan en el punto de vista mismo que las fundamenta. Las distinciones producidas como esenciales para el problema, entre sensación, percepción, representación, tienen a sus ojos solo un valor didáctico, pero carecen de valor clínico, en la medida en que los criterios de «materialidad», de «realidad», de «intensidad» se han revelado insuficientes para definir las percepciones mórbidas.
Es necesario estudiar la alucinación, no como un fenómeno aislado o como una entidad psicológica, sino en sus relaciones con la personalidad total y las alteraciones de esta. Este punto de vista está de acuerdo con Goldstein, Monakow y Mourgue, y con las tendencias más jóvenes de la psiquiatría francesa. Es sobre esto que el profesor Maier basa su división genética de las alucinaciones, que clasifica de la siguiente manera:
1° Las alucinaciones “catatímicas” o psicógenas (el término catatimia, creado por el autor, designa la formación de complejos asociativos bajo la influencia de factores afectivos). Estas alucinaciones son psicógenas, no solo en cuanto a su contenido sino también en cuanto a su origen, dado que el debilitamiento de la conciencia que las condiciona también se debe a causas psíquicas. Tales alucinaciones se encuentran en estados oníricos e hipnóticos, en delirios psico-neuróticos, en alucinaciones teleológicas presuicidas, a menudo salvadoras.
2° Las alucinaciones a la vez catatímicas y orgánicas. Son psicógenas en cuanto a su contenido, pero provienen de un debilitamiento de la conciencia específico de procesos patológicos del sistema nervioso, como la esquizofrenia, la epilepsia o la melancolía.
3° Las alucinaciones de origen tóxico. Su contenido es simple, generalmente independiente de los factores catatímicos y condicionado por el estado del sistema nervioso. Su origen está en el debilitamiento de la conciencia debido a intoxicaciones exógenas (alcohol, cocaína, mescalina) o endógenas (delirios agudos, urémicos, etc.). Los contenidos catatímicos observados en algunas embriagueces alcohólicas, por ejemplo, se deben a disposiciones esquizofrénicas anteriores.
4° Las alucinaciones de origen orgánico puro. Estas alucinaciones resultan de debilitamientos profundos de la conciencia que se observan en lesiones anatómicas corticales o subcorticales, en la parálisis general, la encefalitis, la senilidad o los traumatismos craneales.
El informe de nuestro colega y amigo H. Ey resume la posición general del problema de las alucinaciones, tal como se desprende de los diferentes estudios de crítica teórica y análisis clínico, fragmentados en función de la complejidad de los hechos, que han sido fruto de su colaboración con el profesor Claude. Aparece una sorprendente armonía entre sus premisas, que son, como lo sabemos, de análisis psicológico, o mejor dicho, gnoseológico del fenómeno de la alucinación, y las conclusiones que son completamente clínicas y permiten no solo un agrupamiento de enfermos más acorde con los hechos, sino que, en contraste con una ilusión simplista, una apreciación más justa y más amplia de los factores orgánicos en juego.
Es en efecto, sobre la consideración de las relaciones de la imagen, la sensación y la alucinación que el ponente basa su crítica experimental de las relaciones entre el valor de la sensorialidad y el valor de la realidad de los fenómenos alucinatorios. Se sabe que es sobre la confusión de estos dos últimos términos que se basa esta teoría de la alucinación, que se pretende ser la teoría organicista por excelencia, aunque de hecho solo tiene derecho a ser una teoría mecánica de la alucinación. Su impotencia se demuestra aquí, como en cualquier teoría donde la alucinación se considera abstractamente como un fenómeno elemental: la alucinación es esencialmente una creencia en un objeto sin objeto, basada en una percepción (es la alucinación verdadera) o sin percepción (estas son las pseudoalucinaciones, los sentimientos xénopáticos, etc.). Imposible, entonces, sin integrarla en el estado mental del cual procede, explicar la creencia delirante, así como el sentimiento xénopático o el asentimiento convencido, ni los grados de integración subjetiva o de proyección espacial, todas cualidades que se revelan infinitamente variables y no correlativas, siempre que se evite dar valor de objetos a tales declaraciones sistemáticamente elegidas por el enfermo, y desconociendo las variaciones de estas, sus postulados implícitos, su valor metafórico y las dificultades propias de su expresión.
Solo un análisis de este tipo permite dar su verdadero lugar a las alucinaciones y a las pseudo-alucinaciones en los estados oníricos y en los estados psicolepticos (verdaderos tipos del estado alucinatorio), y en los delirios de influencia, en los estados oniroideos de acción exterior, en los síndromes de acción exterior tipo Claude (tipos de los estados pseudoalucinatorios).
Se opondrán a las alucinaciones así definidas las alucinosis como síntomas sensoriales aislados, que frecuentemente tienen un carácter perceptivo, pero sin creencia en la realidad del objeto, sin delirio.
Ahora bien, la alucinosis se manifiesta clínicamente como teniendo una relación sintomática directa con una lesión neurológica, si no por el mecanismo cada vez más problemático de la excitación del centro, al menos por el de la desintegración funcional.
Las alucinaciones y las pseudo-alucinaciones, por el contrario, fenómenos del conocimiento que manifiestan en relación a sus factores orgánicos esta distancia {écart } orgánico-psíquica que hizo la originalidad de la psiquiatría. Pero sin la medida de esta distancia {écart}, que es para cada fenómeno el objeto propio de la ciencia psiquiátrica, imposible apreciar su justo valor, es decir, sin confundirlos, las condiciones de los estados alucinatorios, pseudo-alucinatorios y las alucinosis. El ponente llega así, por las mismas consecuencias de su investigación, y no por una limitación de su alcance, a admitir dos tipos de caídas {chutes } del nivel psíquico, causas de los trastornos alucinatorios:
1º Las caídas {chutes} del nivel psíquico por trastornos neurobiológicos.
2º Las caídas {chutes} del nivel por trastornos afectivos.
Si, en los primeros, los estados oníricos, los estados psicolepticos y los estados de disociación pseudoalucinatorios se muestran provocados por infecciones, intoxicaciones de lo más diversas y una gran variedad de lesiones neurológicas, en los segundos predominan los mecanismos de ambivalencia afectiva, las actitudes de objetivación propias a ciertos estados delirantes, ya estén ligados ellos mismos a un episodio orgánico pasajero o bien puramente psicogenético. Pero así como en este segundo grupo no está enmascarado el mecanismo fisiológico de la emoción, en el primero juega un papel eficaz la personalidad, es decir, todo el complejo histórico-ideo-social, en el cual nosotros mismos hemos intentado definir.
El informe del doctor H. Flournoy de Ginebra se limita a la cuestión desde el punto de vista psicoanalítico. En una primera parte, expone la doctrina común del psicoanálisis sobre la alucinación. La psicogénesis está constituida por la realización de un deseo, creadora no de una imagen-recuerdo, sino de una imagen de percepción. Esta creación surge en el estado de vigilia a partir de una verdadera regresión en el ciclo sensoriopsicomotor, una regresión tópica (la cual está en función de la intensidad de las pulsiones); a esta se le suma una regresión cronológica, donde se marca la influencia de los recuerdos reprimidos. El carácter penoso de numerosas alucinaciones está lejos de excluir tal génesis, si se considera la finalidad de dichos contenidos alucinatorios, a su carácter simbólico, y si se tiene en cuenta los procesos de autopunición tan capital. La estructura de las psicosis alucinatorias no estaría suficientemente caracterizada si no se subrayara que la ruptura del yo {moi} con la realidad toma la forma de una verdadera invasión {envahissement} del yo {moi} (psicosis no de defensa, Abwehr-psychosen , sino de sumersión {submersion}, Uberwältigungs-psychosen). En realidad, se trata de una verdadera regresión a una fase primitiva alucinatoria del yo {moi}, postulada por la doctrina de Freud, y que corresponde al estadio del narcisismo. Las alucinaciones auditivas verbales, tanto por su conexión con la verbo-motricidad como por su contenido, revelan sin embargo otra génesis en relación con el superyó {sur-moi}.
En una segunda parte de consideraciones personales extremadamente sugestivas, el ponente demuestra la indisolubilidad esencial del contenido y la forma en el síntoma en psiquiatría, y funda en este hecho el verdadero valor biológico del psicoanálisis. Luego agrupa todos los hechos, desde la psicología del niño hasta las “disposiciones alucinatorias” que Bleuler considera normales en el adulto y en el anciano, que pueden ser consideradas como residuos clínicos de esta fase primitiva alucinatoria y permiten considerar la hipótesis como fundada. Finalmente, divide los factores etiológicos de los trastornos alucinatorios en tres categorías:
1º Alteración del sistema nervioso central.
2º Perturbación del sistema órgano-vegetativo, donde incluye no solo hechos como los que Head destacó en las afecciones viscerales, sino también las alucinaciones teleológicas antisuidas.
3º Los traumas afectivos y emocionales. Concluye demostrando el paralelismo entre el psicoanálisis y las teorías más recientes denominadas organicistas, es decir, especialmente el trabajo de Mourgue, presente en la mente de todos en un congreso como este.
La discusión es abierta por una intervención del profesor Claude. Excluyendo las divergencias de espíritu y método que podrían separarlo de los ponentes, quiere centrar el debate desde el punto de vista clínico. Muestra las numerosas variedades tanto cualitativas como evolutivas del síntoma alucinatorio. Esta misma complejidad exige una disciplina terminológica, cuya importancia demuestra el profesor Claude mediante ejemplos apropiados, como el uso paradójico de ciertos términos en algunos autores, como el de alucinosis en Wernicke; las definiciones mismas de Esquirol o de Ball le parecen de poca utilidad práctica. Lo que surge de la experiencia clínica son ciertos grupos bien definidos:
1° los estados de alucinosis, cuyas percepciones mórbidas toman ciertos caracteres de la alucinación, pero no llevan a la creencia en el objeto, están desprovistos de carga afectiva y no se integran en la personalidad del sujeto; son trastornos de naturaleza neurológica;
2° las alucinaciones verdaderas, de las cuales el Sr. Claude precisa los caracteres de calidad sensorial y naturaleza delirante, y donde, además de los mecanismos psicogénicos, se deben admitir determinismos orgánicos, como lo demuestran los hechos que ha estudiado recientemente en la encefalopatía parkinsoniana ;
3° las pseudo-alucinaciones, con aspectos sintomáticos múltiples, pero todos integrados en la personalidad, de los cuales ha mostrado desde hace mucho tiempo las relaciones con las manifestaciones de ruminación mental, las hiper-endofasias y donde se marca una objetivación evidente de las preocupaciones del sujeto.
El profesor Lhermitte toma la palabra para oponerse a la distinción que establecen el profesor Claude y el doctor Ey entre la alucinación no reconocida y la alucinación reconocida (a la que llaman alucinosis), y presenta hechos observados en delirantes seniles donde la creencia delirante depende únicamente de si la imagen alucinatoria coincide o no con la realidad actual. Protesta contra la separación arbitraria entre neurología y psiquiatría. Se alinea con Flournoy en cuanto a la relación entre los estados alucinatorios y el sueño, pero subraya la necesidad de admitir, junto con el dinamismo del deseo, un estado funcional especial, el estado alucinatorio.
El profesor L. van Bogaert resalta el interés de estas investigaciones para los neurólogos; insiste en su convergencia con los puntos de vista actuales de la neurología, que están muy alejados de la determinación inmediata e irritativa del síntoma por la lesión; plantea la cuestión de la clasificación nosológica, las fotopsias, cromatopsias, hiperacusias y otros fenómenos sensoriales elementales.
La discusión no finalizará sino hasta después de varias comunicaciones de las que lamentamos no poder destacar suficientemente los elementos de interés que a menudo son múltiples.
La alucinación peduncular, por Sr. Lhermitte – Lesiones focales, infección encefalítica epidémica, intoxicación barbitúrica, neoplasias. Alucinaciones visuales, de un estado afectivo especial. Ritmo vesperal. Alucinaciones criticadas, pero sensorialmente relativas. Trastornos correlativos de la función del sueño. Todos estos caracteres sugieren que el estado alucinatorio, vinculado a la lesión mesencefálica, depende de la función activa del sueño: el sueño.
Alucinaciones y fenómenos oculogiros, por Sr. L. van Bogaert – Comunicación basada en tres observaciones notables, de las cuales dos ya se han publicado al menos en parte. El primer caso de crisis oculogira con hemianestesia y trastornos paréto-apraxicos (notables porque el origen perceptivo puede demostrarse), se complicó con una hémi-algo-alucinose muy dolorosa con una percepción anormal de las dimensiones de un cuerpo en el mismo lado que los trastornos anestésicos. El segundo caso involucra angustia visual con trastornos visuales alucinógenos, que parecen estar constituidos por impresiones visuales y se reducen mediante reacciones vestibulares. El tercer caso, crisis oculogiras con parkinsonismo y adiposidad, presenta, por un lado, alucinaciones en las que la paciente revive escenas de su vida infantil más conmovedora en un estado de lucidez crítica e indiferencia afectiva, y por otro lado, estados oníricos confusionales con convicción delirante. El autor concluye admitiendo la relación patogénica de las crisis oculogiras y el estado de sueño, como dos estados de inhibición progresiva de extensión y profundidad variable, que comparten algunos signos en común, modificados por influencias de la misma naturaleza. Insiste muy pertinentemente en el papel de los trastornos perceptivos y gnósicos asociados a los trastornos de la propiocepción en el mecanismo alucinatorio. Menciona los importantes trabajos de Steck de Lausana sobre casos similares.
El síndrome alucinatorio (automatismo mental) en la patología general. El síndrome místico. Un caso de síndrome alucinatorio de tipo místico durante el curso de una sífilis cerebral, por el Sr. G. de Morsier, de Ginebra. – El síndrome alucinatorio del automatismo mental, considerado como típico, ha sido encontrado en casos de etiología manifiestamente orgánica, tales como: fiebre tifoidea, encefalitis psicótica, anemia aguda, osteítis fibrosa con hipercalcemia reversible después de la tiroidectomía, hipertensión intracraneal, traumatismo craneal, etc. Una observación muy detallada del síndrome místico brinda una excelente oportunidad para que el autor critique las cuatro tendencias psicogénicas admitidas desde Leuba por la mayoría de los autores en la base del síndrome místico.
Alucinaciones “in statu nascendi”, por el Sr. M. Boss, de Zúrich. — Curioso caso de alucinaciones del tipo esquizofrénico, aparecidas al mismo tiempo que impulsos agresivos, durante el tratamiento psicoanalítico de una neurosis. El autor lo ve como el último refugio al que se acogen, después de otras manifestaciones neuróticas, las resistencias del paciente. Este caso concluyó, gracias a la continuidad del tratamiento, con la curación.
De algunos caracteres clínicos de las alucinaciones auditivas verbales, por el Sr. F. Morel, de Ginebra. — Toda alucinación auditiva verbal requiere la puesta en marcha de un proceso de ideación en la forma fonética exacta que le proporcionan los aparatos o parte de los aparatos de la voz del enfermo.
Tal es la ley que el autor establece, una ley capital en efecto si se considera lo que implica en el mecanismo del fenómeno. El autor descarta para su estudio cualquier apreciación de los caracteres propiamente sonoros de la alucinación auditiva verbal (intensidad, timbre, localización), que debemos reconocer junto con él como incommensurables e incoordinables, tanto para el enfermo como para el observador. Su ley surge de una investigación, tanto más sorprendente en su precisión cuanto que es puramente clínica, de las condiciones de aparición del fenómeno. El autor formula así una serie de hechos empíricos, con un análisis extremadamente fino, sobre las relaciones que se manifiestan entre la velocidad del flujo alucinatorio, el número de voces discernidas, sus particularidades y problemas fonéticos por un lado, y las mismas cualidades y problemas del lenguaje interno o hablado del enfermo por otro lado. La desaparición del eco cuando el enfermo habla en voz alta, la irreductibilidad de los fenómenos por maniobras sobre el conducto auditivo, su reductibilidad por dos maniobras: no pensar, no respirar, no son de las menores adquisiciones de este estudio tan nuevo. Lleno de observaciones sugerentes (se escucha con la boca abierta, no se lee con la boca abierta), arroja una luz que quedará adquirida sobre la naturaleza del «eco mental» en sus diversas formas. Constatemos que contribuye a relegar las teorías que lo imaginan como un eco cerebral centrípeto.

Las alucinaciones durante el proceso de curación en las esquizofrenias, por el Sr. C.-G. Tauber, de Berna. — En el transcurso de tales casos, cuya realidad debe admitirse, manteniendo al final del proceso de curación su valor relativo, el análisis revela una cierta regularidad en las fases observadas (Max Müller, Mayer-Gross: “Los desarrollos típicos”, typische Verläufe). Para las alucinaciones, se pueden observar:
1º su cese espontáneo;
2º su persistencia con la desaparición de la reacción del enfermo;
3º la progresiva transformación de su valor afectivo, por ejemplo, en influencias beneficiosas.
Este tercer caso parece el más propicio para la psicoterapia, que no debe dudar en actuar patoplásticamente, es decir, utilizar las convicciones favorables del delirio del paciente, premisas habituales de una curación.
Las alucinaciones esquizofrénicas, por el Sr. J. Wyrsch, de Saint-Urban. — El autor distingue dos tipos esenciales: las alucinaciones fisiogénicas, primarias, auténticas, también llamadas pseudo-percepciones; las alucinaciones psicogénicas, secundarias, también llamadas pseudo-alucinaciones. Las primeras se encuentran en los estados agudos y el sujeto adopta frente a ellas una actitud objetiva, similar a la de un individuo normal frente a sus percepciones, una actitud que implica más indiferencia hacia su manifestación que hacia su valor significativo. Las segundas se encuentran en los estados de esquizofrenia crónica, por lo que el autor designa los estados paranoides, y el paciente adopta frente a ellas una actitud subjetiva; las percibe como mucho más similares a «inspiraciones», lo que les otorga un carácter intraindividual claro. Esta diferencia podría deberse a la estructura psíquica (In-der-Welt-Sein) propia del paranoide y se reduciría entonces a la de dos fenómenos diferentes de un mismo síntoma.
El autor finalmente señala casos de alucinosis crónica. Esta comunicación se sitúa desde el punto de vista fenomenológico, familiar a la escuela alemana y demasiado descuidado entre nosotros.
Alucinaciones y energía psíquica, por el Sr. de Jonge, de Prangins. — Esta comunicación, de la cual el tiempo lamentablemente nos impidió escuchar más que los principios, nos ofrece reflexiones profundas sobre las funciones de la cantidad y de la calidad en los fenómenos psíquicos.
La alucinación y lo real por M. de Montet, de Vevey. — Comunicación en la que se introduce el relativismo nouménico más radical en la consideración de los propios fenómenos psicopatológicos. La calidad, para el autor, siempre parece escurridiza en cuanto a cualquier realidad ontológica. Para estos fenómenos, como para todos los demás, nada tiene significado excepto en relación con otra cosa. Las discriminaciones sagaces, pero impotentes, de nuestras teorías no son más que el reflejo de esa relatividad entre un número infinito de singularidades. Parece que el problema que se plantea aquí no es un problema de orden médico, es el problema de la verdad.
El doctor Jung, que ilustra este Congreso con su presencia, cede a la simpática insistencia del presidente y expone su punto de vista sobre la alucinación. Está extraído de la historia de la profecía y de las observaciones que él mismo ha realizado entre los primitivos africanos, medicine-men en su mayoría, que ha frecuentado y observado. Las alucinaciones que experimentan y utilizan no son más que una forma especial de esa función que expresa la palabra intuición, inspiración o, para ser más exactos, lo que es intraducible en la palabra alemana Einfall, empleada por el propio doctor Jung. Existen todas las transiciones entre las formas familiares para nosotros y las propiamente alucinatorias de esta función que es de naturaleza subliminal. El nivel cultural individual y ambiental influye en el uso, la interpretación y la aparición misma del fenómeno.
La discusión se reanuda. Hay que lamentar el abandono del profesor Claparède de una intervención muy esperada. El profesor Vermeylen, aprobando en su conjunto las posiciones de los ponentes, nos ofrece una visión sobre el papel de la actividad psíquica en la percepción normal, puesta en evidencia por los trabajos de la Gestalt-psychologie. Esboza en un cuadro, ilustrado con observaciones personales y muy destacado, las fases evolutivas de la constitución de lo real en el niño.
El profesor Maier y el doctor Flournoy declaran no tener nada que añadir sobre las posiciones adoptadas por los interpeladores.
El doctor Ey responde a algunos de ellos. Es para subrayar cuánto los hechos aportados por el profesor van Bogaërt le parecen favorables a las distinciones clínicas que sostiene. Los fosfenos, acúfenos, algias, parestesias de todo tipo, le parecen entrar de pleno derecho en la hallucinose. Insiste en que los hechos aportados por el profesor Lhermitte le parecen encajar en el marco de las alucinaciones relacionadas con estados oníricos y psicolepticos, y no en las hallucinoses. A pesar de estar de acuerdo con el doctor F. Morel sobre el mecanismo funcional que revela para las alucinaciones auditivas verbales su muy fino análisis, H. Ey cree necesario poner en duda la legitimidad de una precisión descriptiva excesiva en esta materia. Detrás de la incontestable evidencia de los hechos aportados por M. de Morsier, Ey plantea una vez más una disputa sobre lo que él llama el espíritu del automatismo mental: es una disputa cortés. Concluye respondiendo al profesor Lhermitte que no se trata de oponer los métodos de la neurología y la psiquiatría en su uso por el observador, que al contrario debe emplearlos conjuntamente, sino de delimitar su dominio en los hechos.
Queremos agradecer, para terminar, a nuestros colegas de la Sociedad Suiza de Psiquiatría por su hospitalidad confraternal, que no es menos amplia, y eso es mucho decir, que su hospitalidad científica.


Jacques LACAN.

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